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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

7

-El de las cabezas olmecas...

-Sí, lo conozco.

-Le estaré esperando junto al Gran Altar...

-Pero, ¿cómo voy a reconocerle?

-No se preocupe.

Aquella seguridad me dejó fascinado.

Lo más probable -concluyó- es que yo le reconozca primero.

-Está bien. De todas formas llevaré un libro en las manos...

-Como guste.

-Entonces... hasta el viernes.

-Correcto. Muchas gracias por atender mi llamada.

-Ha sido un placer -mentí-. Buenas noches.

Al colgar el auricular me vi asaltado por un enjambre de dudas. ¿Por qué había aceptado tan

rápidamente? ¿Qué seguridad tenía de que aquel supuesto extranjero fuera un piloto retirado

de la USAF? ¿Y si todo hubiera sido una broma?

Al mismo tiempo, algo me decía que debía acudir a Villahermosa. El tono de voz de aquel

hombre me hacía intuir que estaba ante una persona sincera. Pero, ¿qué quería comunicarme?

Pensé, naturalmente, en esa enigmática información. «Lo más lógico -me decía a mí mismo

mientras trataba inútilmente de conciliar el sueño es que se trate de algún caso ovni

protagonizado por los militares norteamericanos. ¿O no?»

«¿Por qué citó mi interés por Cristo? ¿Qué tenía que ver un veterano militar con este

asunto?»

A decir verdad, cuanto más removía el suceso, más espeso e irritante se me antojaba. Así

que opté por la única solución práctica: olvidarme hasta el viernes, 18 de abril.

TABASCO

A las 10.45, una hora escasa después de despegar del aeropuerto Benito Juárez de la ciudad

de México, tomaba tierra en Villahermosa. Al pisar la pista, un familiar hormigueo en el

estómago me anunció el comienzo de una nueva aventura. Allí estaba yo, bajo un sol tropical,

con la inseparable bolsa negra de las cámaras al hombro y un ejemplar de mi libro El Enviado

entre las manos.

«Veremos qué me depara el destino», pensé mientras cruzaba la achicharrante pista en

dirección al edificio terminal. Aquella situación -para qué voy a negarlo- me fascinaba. Siempre

me ha gustado jugar a detectives...

Por ello, y desde el momento en que abandoné el reactor de la compañía Mexicana de

Aviación que me había trasladado al estado de Tabasco, fui fijando mi atención en las personas

que aguardaban en el aeropuerto. ¿Estaría allí el misterioso comunicante?

Si hacia caso al timbre de su voz, mi anónimo amigo debía rondar los cincuenta años. Quizá

más, si consideraba que era un piloto retirado del servicio activo.

Sujeté el libro con la mano izquierda, procurando que la portada quedara bien visible, y

despaciosamente me encaminé al servicio de cambio de moneda. Sí el norteamericano estaba

allí tenía que detectarme.

Cambié algunos dólares, y con la misma calma me dirigí a la puerta de salida en busca de un

taxi.

Nadie hizo el menor movimiento ni se dirigió a mí en ningún momento. Estaba claro que el

extranjero no se hallaba en el aeropuerto, o al menos no había querido dar señales de vida.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

8

Pocos minutos después, a las 11.15 de aquel viernes, 18 de abril de 1980, un empleado del

Parque Museo de la Venta me extendía el correspondiente boleto de entrada, así como un

sencillo pero documentado plano para la localización de las gigantescas esculturas olmecas.

El parque parecía tranquilo.

Consulté el mapa y comprobé que el Gran Altar -nuestro punto de reunión- estaba enclavado

justamente en el centro de aquel bello museo al aire libre. El itinerario marcaba un total de 27

monumentos. Yo debía llegar al enclave número cinco. Si todo marchaba bien, allí debería

conocer, al fin, a mi informador.

Sin pérdida de tiempo me adentré por el estrecho camino, siguiendo las huellas de unos pies

en rojo que habían sido pintadas por los responsables del parque y que constituían una

simpática ayuda para el visitante.

A los pocos metros, a mi izquierda, descubrí el monumento número 1. Se trataba de una

formidable cabeza de jaguar semidestruida, con un peso de treinta toneladas.

Proseguí la marcha, adentrándome en un espeso bosquecillo. El corazón empezaba a latir

con mayor brío.

A unos ochenta pasos, a la derecha del camino, aparecieron las esculturas de un mono y de

otro jaguar. Eran los monumentos números 2 y 3. Frente al jaguar, el plano marcaba la figura

de un manatí, tallado en serpentina. Era el número 4.

Avancé otra treintena de metros y al dejar atrás uno de los recodos del sendero reconocí

entre la espesura el enclave número 4 bis: otro pequeño jaguar, igualmente tallado en basalto.

El siguiente era el Gran Altar Triunfal.

Aquellos últimos metros hasta la pequeña explanada donde se levanta el monumento

número cinco fueron singularmente intensos. Hasta ese momento no había coincidido con un

solo turista. Mi única compañía la formaban mis pensamientos y aquella loca algarabía del sinfín

de pájaros multicolores que relampagueaba entre las copas de los corpulentos huayacanes,

parotas y cedros rojos.

Al entrar en el calvero me detuve. El corazón me dio un vuelco. El Gran Altar estaba

desierto. Bajo el ara, en un nicho central, un personaje desnudo y musculoso empuñaba una

daga en su mano izquierda. Con la derecha, la estatua sujetaba una cuerda a la que

permanecía amarrado un prisionero.

El furioso sol del mediodía me devolvió a la realidad.

«¿Dónde está el maldito yanqui?», balbucí indignado.

La sola idea de que me hubiera tomado el pelo me desarmó. Avancé desconcertado hacia el

Gran Altar, sintiendo el crujir del guijo blanco bajo mis botas.

«Quizá me he adelantado», pensé en un débil intento por tranquilizarme.

De pronto, alertado -supongo- por el ruido de mis pasos sobre la grava, un hombre apareció

por detrás de la gran mole de piedra. Ambos permanecimos inmóviles durante unos segundos,

observándonos. Jamás olvidaré aquellos instantes. Ante mí tenía a un individuo de considerable

altura -quizá alcanzase 1,80 metros-, con el cabello cano y vistiendo una guayabera y unos

pantalones igualmente blancos.

Respiré aliviado. Sin duda, aquél era mi anónimo comunicante.

-Buenos días -exclamó, al tiempo que se quitaba las gafas de sol y dibujaba una amplia

sonrisa-. ¿Es usted J. J. Benítez?

Asentí y estreché su mano. Suelo dar gran importancia a este gesto. Me gusta la gente que

lo hace con fuerza. Aquel apretón de manos fue sólido, como el de dos amigos que se

encuentran después de largo tiempo.

-Le agradezco que haya venido -comentó-. Creo que no se arrepentirá de haberme conocido.

Ni en esta primera entrevista ni en las que siguieron en meses posteriores pude averiguar la

edad exacta de aquel norteamericano. A juzgar por su aspecto -huesudo y con un rostro

acribillado por las arrugas- quizá rondase los sesenta años. Sus ojos claros, afilados como un

sable, me inspiraron confianza. No sé la razón, pero, desde aquel primer encuentro al pie del

Gran Altar en el Museo de la Venta, se estableció entre nosotros una mutua corriente de

confianza.

-Conozco un restaurante donde podemos conversar. ¿Tiene hambre?

No sentía el menor apetito, pero acepté. Lo que me consumía era la curiosidad.

Al cabo de unos minutos nos sentábamos en un sombreado establecimiento, casi al final de

la calle del Paralelo 18. En el trayecto, ninguno de los dos cruzamos una sola palabra. Supongo


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