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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Tomando como referencia -más que probable- la fecha de 1478 para el asentamiento de Cristóbal Colón en la isla

de Madera, donde su suegra regentaba una taberna, y de acuerdo con los testimonios de Las Casas y de la leyenda

taina, era muy posible que los misteriosos «predescubridores» de América hubieran visitado las islas del Caribe

(especialmente La Española) en los meses inmediatamente anteriores a dicha fecha. Quizá en 1476 o 1477. Hubiera

sido; por tanto, en ese año de 1478 cuando pudo producirse el retorno de los involuntarios «descubridores» hacia

Europa, con una fortuita escala en la referida isla portuguesa. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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escrúpulos o con una visión fanática y partidista de la historia. En las seis primeras inversiones

de masa que fueron practicadas con carácter puramente experimental en el desierto de Mojave

pudo comprobarse que el trasvase del módulo y de los pilotos a otras fechas remotas no

afectaba a la naturaleza física de los mismos ni tampoco al psiquismo o a la memoria de los

tripulantes. Estos, mientras duró el «salto hacia atrás», fueron conscientes en todo momento

de su propia identidad, recordando con normalidad a qué época pertenecían. En el grupo se

discutió a fondo y con toda honestidad las gravísimas repercusiones que hubiera entrañado

para una persona, o para una colectividad, la trágica circunstancia de que «alguien» de una

época pasada pudiese resultar muerto en un enfrentamiento, por ejemplo, con alguno de

nuestros exploradores. Si el principio causa-efecto respondía a una realidad, los resultados

históricos podían ser funestos.

De ahí que nuestra misión -por encima de todo- sólo podía aspirar a la observación y análisis

de los hechos, personajes o épocas elegidos. Y no era poco...

Por fortuna para el proyecto Caballo de Troya, nuestras relaciones con el Estado de Israel

eran inmejorables, en especial a partir de la guerra de los Seis Días. Era primordial para la

ejecución del «gran viaje» que la «cuna» pudiera ser trasladada a Palestina y ubicada en el

«punto de contacto» elegido. Todo ello -además- sin levantar sospechas. Pero poco puedo

referir sobre estas gestiones, que pesaron íntegramente sobre las espaldas del general Curtiss.

Sólo al final, cuando apenas faltaban dos meses para la cuenta atrás, los más allegados al jefe

del proyecto supimos de los obstáculos surgidos, de las duras condiciones impuestas por el

Gobierno de Golda Meir y de los fallidos pero irritantes intentos de la CIA por hacerse con el

control de la operación.

Aquellos combates en la oscuridad de los despachos y de la burocracia estatal pasaron

inadvertidos para mi y para el resto del equipo, enfrascados en la última fase de los

preparativos de la aventura. (Ahora doy gracias al Cielo por esta supina ignorancia...)

El resto de 1971, así como la casi totalidad de 1972, mi centro de operaciones cambió

notablemente. Durante esos dos años, mi tiempo se repartió entre el pueblecito de Malula, la

universidad de Jerusalén y la base de Edwards. La Operación Caballo de Troya contemplaba dos

fases perfectamente claras y definidas.

Una primera, en la que el módulo sufriría el ya conocido proceso de inversión de masa,

forzando los ejes del tiempo de los swivels hasta el día, mes y año previamente fijados. En este

primer paso, como es lógico, mi compañero y yo permaneceríamos a bordo hasta el «ingreso»

en la fecha designada y definitivo asentamiento en el Punto de contacto.

La segunda -sin duda la más arriesgada y atractiva- obligaba al abandono de la «cuna» por

parte de uno de los exploradores, que debía mezclarse con el pueblo judío de aquellos tiempos,

convirtiéndose en testigo de excepción de los últimos días de la vida de Jesús el Galileo. Ese era

mi «trabajo».

Este cometido -en el que no quise pensar hasta llegado el momento final- me obligó durante

esos años a un febril aprendizaje de las costumbres, tradiciones más importantes y lenguas de

uso común entre los israelitas del año 30.

Buena parte de esos 21 meses los dediqué a la dura enseñanza de la lengua que hablaba

Cristo: el arameo occidental o galilaico. Siguiendo los textos de Spitaler y de su maestro en la

universidad de Munich, Bergsträsser, no fue muy difícil localizar los tres únicos rincones del

planeta donde aún se habla el arameo occidental: la aldea de Ma’lula, en el Antilibano, y las

pequeñas poblaciones, hoy totalmente musulmanas, de Yubb'adin y Bah'a, en Siria1.

Y aunque el árabe ha terminado por saltar las montañas del Líbano, contaminando el

lenguaje de los tres pueblos, la fonética y morfología siguen siendo fundamentalmente

arameas.

1 Como información complementaria puedo añadir que el acceso a la aldea de Ma'lula -al menos en los años 1971 y

1972- podía efectuarse por la carretera de Damasco a Homs. Al alcanzar el kilómetro cincuenta hay que tomar un

desvío a la izquierda. Tras remontar nueve kilómetros de pendiente aparece ante la vista un monasterio católico de

monjes basilios. Al pie de ese monasterio se encuentra Ma'lula, con sus escasos mil habitantes. Toda la población era

católica. La iglesia está a cargo de un sacerdote libanés que habla árabe. En esta lengua, precisamente, se desarrolla la

liturgia, aunque el lenguaje del pueblo es el arameo occidental, muy mezclado ya por el propio árabe y otras palabras y

expresiones turcas, persas y europeas. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Una oportuna documentación que me acreditaba como antropólogo e investigador de

lenguas muertas por la universidad de Cornell, me abrió todas las puertas, pudiendo completar

mis estudios en la universidad de Jerusalén. Allí contrasté mis conocimientos del arameo

galilaico, aprendido entre las sencillas gentes del Antilíbano, con otras fuentes como el Targum

palestino y el arameo literario de Qumrán, el nabateo y palmireno.

Por último -como complemento- mi preparación se vio enriquecida con unas nociones básicas

pero suficientes del griego y el hebreo míshnico, que también se hablaban en la Palestina de

Cristo.

Recorrí infinidad de veces los llamados por los católicos Santos Lugares, aunque era

consciente de que aquel reconocimiento del terreno de poco iba a servirme a la hora de la

verdad...

Tampoco quise profundizar excesivamente en los textos bíblicos en los que se narra la

pasión, muerte y resurrección del Salvador. Por razones obvias, preferí enfrentarme a los

hechos sin ideas preconcebidas y con el espíritu abierto. Si mi obligación era observar y

transmitir la verdad de lo que ocurrió en aquellos días, lo más aconsejable era conservar

aquella actitud limpia y desprovista de prejuicios.

Al retornar a la base de Edwards, a finales de 1972, todo eran caras largas. Pronto supe -y la

confirmación final llegó de labios del propio Curtiss- que, a pesar de las gestiones, al más alto

nivel, el Gobierno israelí no daba su autorización para la entrada en su país de la «cuna» y del

resto del sofisticado equipo. Lógicamente, tenían derecho a saber de qué se trataba y el jefe del

proyecto Caballo de Troya tampoco había dado facilidades para solventar este extremo de la

cuestión.

El más estricto sentido de la seguridad, sin embargo, hacia inviable que el general pudiera

advertir a los israelitas sobre la auténtica naturaleza de la operación. ¿Qué podíamos hacer?

Después de un agitado diciembre -en el que, sinceramente, llegamos a temer por el éxito del

«gran viaje»- el Pentágono, siguiendo las recomendaciones de Curtiss, planeó una estrategia

que doblegó a los judíos. Desde 1959, tanto la Unión Soviética como nuestro país venían

desarrollando un programa secreto de satélites espías destinados a una mutua observación de

todo tipo de instalaciones militares, industriales, agrícolas, urbanas, etc. Estos «ojos volantes»

fueron ganando en penetración, especialmente a partir de los llamados «satélites de la tercera

generación» en 1966. En una cuarta generación, el Pentágono con la colaboración de empresas

especializadas en fotografía (la Eastman Kodak, la Itek Corporation y la Perkin-Elmer) había

conseguido situar en órbita un nuevo modelo de satélite (la serie Big Bird), cuyo instrumental

era capaz de fotografiar, a 150 kilómetros de altura, los titulares del periódico de un hombre

que estuviera sentado en la plaza Roja de Moscú. A pesar de la gran reserva del National

Reconnaissance Office -un departamento especializado y responsable de este tipo de

informaciones, con sede en el propio Pentágono- algunas de las características del Big Bird

terminaron por filtrarse entre los servicios de Inteligencia de otros países. El Gobierno de Golda

Meir había presionado en numerosas ocasiones para que la precisa red de nuestros satélites

espías pudiera proporcionarles información gráfica de los movimientos de tropas, asentamiento

de rampas, nuevas construcciones, etc., de los países árabes. Pues bien, aquélla fue nuestra

oportunidad.

Desde hacia aproximadamente año y medio -desde comienzos de 1971- el Pentágono había

empezado a trabajar en un nuevo diseño de satélites Big Bird: el KH II.

Curtiss, previa autorización del Alto Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos y tras

entrevistarse personalmente con el presidente Nixon y el secretario de Estado Kissinger, voló

nuevamente a Jerusalén. Esta vez si ofreció a la primer ministro, Golda Meir, y a su ministro de

la Guerra, el legendario Moshe Dayan, una explicación «satisfactoria»: dentro del más riguroso

de los secretos, EE.UU. deseaba colaborar con el país amigo -Israel- montando un laboratorio

de recepción de fotografías para sus Big Bird. De esta forma, los judíos podían disponer de un

rápido y fiel sistema de control de sus enemigos y mi país, de una nueva y estratégica estación,

que ahorraba tiempo y buena parte de la siempre engorrosa maniobra de recuperación de las

ocho cápsulas desechables que portaba cada satélite y que eran rescatadas cada quince días en

las cercanías de Hawai. Desde un punto de vista puramente militar, la Operación resultaba,

además, de gran interés para los Estados Unidos, que podían así fotografiar a placer franjas tan

«inestables» (políticamente hablando) como las de las fronteras de la URSS con Irán y


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