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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Como información puramente descriptiva puedo decir que dicha membrana o cubierta de la «cuna» posee unas

propiedades de resistencia estructural muy especiales. Una finísima red vascular, por cuyos conductos fluye una

aleación licuable, mantiene activa la membrana. (Algunos de sus elementos -para que se hagan una idea- no ocupan

volúmenes superiores a 0,07 milímetros cúbicos, estando compuestos, a su vez, por microdispositivos fabricados a

escala celular.)

Este recubrimiento poroso de la «cuna» -de composición cerámica goza de un elevado punto de fusión: 7 260,64

grados centígrados, siendo su Poder de emisión externa igualmente muy alto. Su conductividad térmica, en cambio,

resulta muy baja: 2,07113 10-6 « Col/Cm/s/oC/. (Para esta membrana es muy importante que la ablación se mantenga

dentro de un margen de tolerancia muy amplio.) Para ello se utiliza un sistema de enfriamiento por transpiración, en

base al litio licuado. Además, fue provista de una fina capa de platino coloidal, situada a 0,0108 metros de la superficie

externa. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Otra cuestión -imposible de solventar hasta ese momento- era el «trueno» provocado en el

instante de la inversión de masa de la «cuna». Afortunadamente para nosotros, ese estampido

podía ser atribuido a cualquiera de los cazas israelitas que evolucionaban día y noche sobre el

territorio y que al cruzar la barrera del sonido desequilibraban las moléculas del aire, dando

lugar a lo que en términos aeronáuticos se conoce como un «bang sónico»1.

Como había ocurrido en las seis pruebas precedentes, en el desierto de Mojave, el cada vez

más cercano lanzamiento del módulo alteró nuestros ánimos. Curtiss procuró que mi

compañero de viaje y yo nos apartáramos durante un par de días de la mezquita de la

Ascensión Pero nuestros pasos terminaban siempre por conducirnos hasta el hangar.

Tres días antes del inicio del «gran viaje», el jefe de Caballo de Troya nos convocó a una

última reunión, en la que repasamos las líneas maestras de la operación. Curtiss parecía

obsesionado por nuestra seguridad. Ambos conocíamos nuestras respectivas obligaciones, pero

la insistencia del general nos inquietó. ¿Qué podía estar ocultando el director del proyecto

Swivel? Meses después de aquella experiencia, mi «hermano» y yo tuvimos ocasión de conocer

la verdadera razón de su inquietud...

La estrategia a seguir en el «descenso» al tiempo de Jesús de Nazaret había sido meditada a

fondo. Una vez en tierra, y tras varias horas de revisión de controles, mi compañero de módulo

-a quien de ahora en adelante llamaré «Elíseo»- deberla permanecer durante los once días de

exploración al mando de la «cuna». Sólo en caso de alta emergencia podría abandonar la nave.

Mi papel, como creo que ya he insinuado, exigía el desembarco a tierra y la aproximación al

Maestro de Galilea, a quien debería seguir y observar durante todo el tiempo que me fuera

posible.

Con el fin de evitar una posible tentación por parte de los exploradores de rebasar el tiempo

fijado para la operación, el ordenador central de la «cuna» había sido previamente programado

-sin posibilidad alguna de prórroga o anulación de dicho programa- para el despegue

automático y el retorno de los ejes del tiempo de los swivels a las 7 horas del 12 de febrero de

1973. En esos instantes, todo estaría preparado en el recinto de la mezquita de la Ascensión

para el reingreso del módulo y su fulminante desmantelamiento.

Mientras durase la aventura, los hombres de Curtiss darían por concluido, en el segundo

barracón, el montaje del laboratorio receptor de fotografías del Gran Pájaro. Esto permitiría una

rápida evacuación del material de Caballo de Troya, así como la entrada del personal israelí en

los hangares.

Antes de levantar aquella última sesión de trabajo, Curtiss nos comunicó que -de

conformidad con el Pentágono y, por supuesto, con Kissinger- 24 o 36 horas antes del

despegue la atención mundial seria centrada a miles de millas de Jerusalén, reforzando así las

medidas de seguridad de nuestro salto hacia el siglo I.

1 Para un hipotético observador que se encontrase a corta distancia de nuestro módulo -y suponiendo que hubieran

sido desactivados los sistemas infrarrojos de camuflaje- en el instante de la denominada inversión de masa, aquél

tendría la sensación de que la nave había sido «aniquilada». Nada más lejos de la realidad. Como ya he reiterado en

otras oportunidades, en el instante en que todos los swivels correspondientes al recinto limitado por la membrana

cambian los ejes en el marco tridimensional en que está situado el observador, toda la masa integrada en dicho recinto

deja de poseer existencia física. No es que dicha masa sea «aniquilada», puesto que el substrato de tal masa la

constituyen los swivels. Dicho de otro modo: la masa deberá interpretarse como una especie de plegamiento de la

urdimbre de los Swivels. Nuestros científicos interpretan este fenómeno como si la orientación de esta «depresión» o

«pliegue» de las entidades constitutivas del espacio cambiase de sentido, de modo que los órganos sensoriales o los

instrumentos físicos del observador no son capaces de captar tal cambio.

En ese instante -que podemos llamar To- el vacío en el recinto es absoluto. No ya una sola molécula gaseosa, y por

supuesto cualquier partícula sólida o líquida, sino ni siquiera una partícula subatómica (protón, neutrino, fotón, etc.)

pueden localizarse probabilísticamente en dicho recinto o módulo. Dicho con otras palabras: la función de probabilidad

es nula en T0. Sin embargo, tal situación inestable dura una fracción infinitesimal de tiempo. El recinto se ve invadido

consecutivamente por cuantums energéticos. (Es decir, se propagan en su seno campos electromagnéticos y

gravitatorios de distintas frecuencias.) Inmediatamente es atravesado por radiaciones iónicas y, al final, se produce

una implosión, al precipitarse el gas exterior en el vacío dejado por la estructura «desaparecida». (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Efectivamente, tal y como había anunciado el general, el 28 de enero de 1973, y después de

«intensos esfuerzos por ambas partes», los Estados Unidos y Vietnam firmaban en París el

definitivo acuerdo que prometía poner fin a la trágica guerra...

El 30 de enero, Elíseo y yo apenas si salimos del hangar. La casi totalidad de la jornada

transcurrió en el interior de la «cuna», revisando los equipos. Mi compañero tuvo que

someterse a una última y delicada operación: la inserción en el recto de una reducida sonda,

dispuesta para recoger las heces fecales. Éstas, tratadas previamente con unas corrientes

turbulentas de agua a 38 grados centígrados, serian succionadas durante los once días de su

obligada permanencia en el módulo por un dispositivo miniaturizado que fue acoplado a sus

nalgas. De esta forma, las heces son descompuestas en sus elementos químicos básicos. Parte

de éstos son gelificados y transmutados en oxígeno e hidrógeno, sirviendo así para la obtención

sintética de agua, que es recuperada y devuelta al ciclo orina-agua para la ingestión. El resto

de los elementos es convertido en lodo y expulsado en forma gaseosa al exterior. En mi caso,

este dispositivo para la defecación no era aconsejable, ya que una de las normas básicas de

conducta para los exploradores que debían trabajar en el exterior era la de portar el equipo

mínimo imprescindible y siempre oculto a la vista de los posibles observadores.

Sí debía llevar, sin embargo, lo que en el argot de Caballo de Troya llamábamos la «piel de

serpiente». Mediante un proceso de pulverización, el explorador cubría su cuerpo desnudo con

una serie de distintos aerosoles protectores, formando una epidermis artificial y milimétrica,

capaz de proteger zonas vitales tanto de una posible agresión mecánica como bacteriológica.

Aunque esta segunda piel podía adherirse a la totalidad del cuerpo, en razón a la indumentaria

que debía vestir, el jefe del proyecto estimó que la coraza -transparente y de extrema

elasticidad- debía ser limitada desde los órganos genitales a las respectivas áreas del cuello que

protegen a ambas arterias carótidas.

Este eficacísimo traje protector -que algún día resultará de gran utilidad a nuestros

astronautas, submarinistas, etc.-, puede resistir, a la manera de los anticuados chalecos

antibala, impactos como el de un proyectil (calibre 22 americano), a veinte pies de distancia,

sin interrumpir por ello el proceso normal de transpiración y evitando, como digo, la filtración a

través de los poros de agentes químicos o biológicos.

El proyecto Swivel había desarrollado -en especial para los astronautas de la fascinante

operación Marco Polo- otros dispositivos que harían palidecer de envidia a los técnicos de la

NASA. He aquí algunos de los más sugestivos:

Los ojos y boca de los exploradores a otros marcos tridimensionales de nuestra galaxia

pueden ir protegidos con un sistema absolutamente revolucionario. Los primeros, por ejemplo,

van equipados con un sistema óptico -formado por lentes de gas- que, perfectamente

controladas por un ordenador, permiten la adecuación de la visión tanto en un medio

atmosférico adverso como en el vacío de los espacios siderales.

Los oídos de los astronautas, por otra parte, pueden llevar incorporadas sendas cápsulas

acústicas miniaturizadas, excitadas por un equipo receptor por ondas gravitatorias. Estos

dispositivos sirven para transmitir cortos mensajes entre los componentes de un grupo o, como

en nuestro caso, para sostener una permanente comunicación durante los once días que iba a

durar la aventura. Gracias a estas «cabezas de cerillas» -fácilmente ocultas en el interior del

oído- tanto Elíseo como yo pudimos saber el uno del otro, sin necesidad de cargar con

incómodos aparatos de radio, que hubieran quebrantado, por otra parte, la estricta pureza de la

exploración.

En cuanto a la alimentación, en el caso de viajes de larga duración, los astronautas son

dotados de un doble tubo que conduce, por un extremo, a un dispositivo especial ubicado en la

región lumbar y, por el otro, a un mecanismo sumamente frágil y sujeto al labio inferior. El

tubo está preparado en su interior con una red de cilios mecánicos que impulsan lentamente

unas cápsulas que encierran diversos alimentos concentrados. Estas son de sección elíptica y

van protegidas por una delgadísima película gelatinosa muy soluble en la saliva. El párpado del

astronauta, abierto y cerrado una serie secuencial de veces, envía una señal codificada al

equipo de la zona lumbar y las cápsulas son impulsadas hasta la boca.

La otra conducción transporta un suero nutritivo, con diferentes concentraciones reguladas.

Por último, unas cápsulas alojadas en las fosas nasales generan oxígeno y nitrógeno,

partiendo de transmutación del carbono puro. Además, el C02 es captado por el mismo


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