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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1- Curtiss había ordenado que la chlamys

dispusiera de una hebilla de cinco centímetros con la que poder sujetar el pallium o manto

sobre mi hombro izquierdo. Esta hebilla de bronce encerraba un microtransmisor, capaz de

emitir mensajes de corta duración mediante impulsos electromagnéticos de 0,0001385

segundos cada uno. De esta forma quedaba garantizada una eficaz y permanente conexión con

la base.

En cuanto al calzado, habían sido diseñados dos pares de sandalias, con suela de esparto,

trenzado en las montañas turcas de Ankara. Cada ejemplar fue perforado manualmente,

incrustando en los bordes de las suelas sendas parejas de finas tiras de cuero de vaca,

convenientemente empecinadas. Cada cordón -de cincuenta centímetros- permitía sujetar el

rústico calzado, con holgura suficiente como para poder enrollarlo en cuatro vueltas a la canilla

de las piernas.

Un mes antes del lanzamiento -con el fin de simplificar mi aseo diario durante el «gran

viaje»- dejé crecer mi barba de forma desordenada.

Aquel ropaje y mi crecida barba desencadenaron el buen humor de Eliseo, viéndome

sometido durante aquellos últimos minutos en el módulo a todo tipo de bromas y chanzas.

Aquellos momentos de diversión resultaron altamente relajantes, haciéndonos olvidar

momentáneamente dónde estábamos y lo que me reservaba el destino.

1 Aunque podía recibir a Eliseo directamente -siempre que él lo estimase oportuno- cuando yo deseaba abrir mi

comunicación auditiva con el módulo era imprescindible que presionara con los dedos sobre la parte externa de mi oído

derecho. Con el fin de evitar suspicacias o posibles malas interpretaciones por parte de los habitantes de Jerusalén,

Caballo de Troya había estimado que fingiera una leve sordera por el referido oído. De esta forma, y aunque la

comunicación con Eliseo debería llevarse a efecto lejos de testigos, el gesto de apertura del canal de transmisión

siempre podía quedar justificado.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

60

Siguiendo una de las costumbres populares en la Palestina de aquellos tiempos, impregné

mis cabellos con unas gotas de aceite común. De esta forma quedaron más suaves y sedosos.

Por último, colgué del cinturón una pequeña bolsa de hule impermeabilizado en la que Caballo

de Troya había depositado una libra romana en pepitas de oro1. La evidente dificultad de

conseguir monedas de curso legal, de las manejadas en Jerusalén en el año 30, había sido

suplida por aquellos gramos de oro, extraídos especialmente de los antiquísimos filones de

Tharsis, en las estribaciones de la sierra ibérica de Las Camorras. Según nuestros datos, no

tendría por qué ser difícil cambiarlos por denarios de plata y monedas fraccionarias como el as,

óbolo o sextercios2.

Eliseo verificó por enésima vez los sistemas de transmisión, ampliando la banda inicial de

recepción desde los 10 500 pies a 15 000. Antes de la toma de tierra, los equipos electrónicos

habían medido la distancia existente entre Betania y la ciudad santa -siguiendo el curso del

camino que rodea la cara este del Olivete- arrojando un resultado de 8325 pies3.

El escenario donde debía moverme en aquellos días había sido limitado justamente entre

ambas poblaciones -Betania y Jerusalén, con el pequeño poblado de Betfagé a corta distancia

de la aldea de Lázaro-, por lo que, presumiblemente, mi distancia máxima respecto a la «cuna»

(que se hallaba en un enclave equidistante de ambos núcleos urbanos) nunca debería ser

superior a los mil pies. El margen establecido para la transmisión y recepción auditiva entre

Eliseo y yo era, por tanto, más que suficiente.

A las doce horas, tras un emotivo abrazo, mi compañero accionó la escalerilla de descenso y

yo salté a tierra.

Mi primera preocupación al caminar sobre aquella tierra blanqueada por el sol del mediodía

fue comprobar mi posición sobre el Olivete. Al avanzar unos pasos hacia el bosquecillo de olivos

que se derramaba en dirección sur me di cuenta de aquel gran silencio, apenas roto por el

ronroneo de las libélulas. Me detuve y, tras cerciorarme, abrí la comunicación «auditiva» con

Eliseo. A juzgar por el trayecto que había recorrido desde aquel grupo de rocas amarillentas

sobre las que se había posado el módulo, debía encontrarme a poco más de noventa pies de

Eliseo. Las palabras del hermano sonaron claras y fuertes en mis oídos:

-Es muy posible que la razón de ese silencio -argumentó Eliseo- se deba a la presencia de la

«cuna»... A pesar del apantallamiento, algunos animales han podido detectar las emisiones de

ondas...

Algo más tranquilo proseguí mi detallada localización de puntos de referencia, vitales para un

posible y precipitado retorno hasta la nave. Aunque el microtransmisor de la hebilla actuaba al

mismo tiempo como radiofaro omnidireccional (con señales VHF de ultra-alta frecuencia),

haciendo posible de esta forma que uno de los radares de a bordo pudiera recibir mi «eco»

ininterrumpidamente y en un radio estimado de cincuenta millas, yo no estaba autorizado a

portar un sistema de localización del invisible módulo. La naturaleza de mi misión había

desaconsejado a los responsables de Caballo de Troya la inclusión en mi escasa impedimenta

de una de las «balizas» -de tipo manual- que operan en frecuencia de 75 megaciclos, y que

hubiera resultado utilísima para mi reencuentro con la « cuna». Debería valerme, en suma, de

mi sentido de la orientación, al menos hasta el límite de la zona de seguridad de la nave, a 150

pies de la misma. Una vez dentro de ese círculo, Eliseo podía «conducirme» mediante el

transmisor incorporado a mi oído.

Gracias a Dios, el «punto de contacto» se hallaba en una de las cotas máximas del Olivete.

Esta circunstancia, unida a la presencia del reducido calvero pedregoso, hacía relativamente

cómoda la ubicación del asentamiento de nuestro vehículo, tanto si se ascendía por la ladera

oriental (que muere en Betania) o por la occidental, que desemboca en la barranca del Cedrón.

1 La libra romana equivale a unos 326 gramos, aproximadamente. (N. del t.)

2 Según nuestros estudios, en aquella época, el «estater» ático o patrón 'oro griego (de 8,60 gramos) podía guardar

una relación o equivalencia de 1 a 20 respecto al denario de plata de uso legal en Jerusalén. Aquella pequeña cantidad

de oro puro suponía alrededor de 758 denarios, dinero más que suficiente para mis necesidades durante los once días

de permanencia en la zona, si tenemos en cuenta, por ejemplo, que el precio de todo un campo oscilaba alrededor de

los 120 denarios. (Cada denario de plata Se dividía en 24 ases. Con un as era posible comprar un par de pájaros.) (N.

del m.)

3 Unos 2 275 metros, más o menos. (N. del t.)


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