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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1.

Un elemental sentido de la cautela me hizo alejarme del lugar, pendiente abajo, en busca del

ansiado camino. Al cruzar frente al segundo cedro -en el que, tal y como había «vaticinado» el

computador, había sido plantada una quinta tienda, bajo la que se apilaban numerosas jaulas

con palomas- apenas si me detuve. Aunque mi ánimo había recobrado la confianza al

comprobar que no había tenido grandes dificultades para entender y hacerme entender por

aquel israelita, tampoco deseaba tentar a la suerte.

El sol seguía corriendo hacia poniente, recortando peligrosamente mi tiempo en aquel

jueves, 30 de marzo. Debía darme prisa en entrar en Betania. A las 18 horas y 22 minutos, el

ocaso pondría punto final a la jornada judía. Para ese momento yo debería tener resuelto mi

contacto con la familia de Lázaro.

Apreté el paso y pronto me situé en la cornisa de un pequeño terraplén. Allí terminaba la

falda del Olivete. A mis pies, a unos cinco o seis metros, apareció el camino que unía Jerusalén

con Jericó, pasando por Betania. Desde mi improvisada atalaya se distinguían grupos de

caminantes que iban y venían en uno y otro sentido. Eran, en su mayoría, peregrinos que

acudían a la ciudad santa o que salían del recinto amurallado, camino de sus campamentos. A

ambos lados de la polvorienta calzada -perdiéndose en el horizonte- se extendía una

abigarrada masa de tiendas e improvisados tenderetes.

Me deslicé hasta el camino y comuniqué al módulo mi intención de iniciar la marcha en

dirección Este; es decir, en sentido opuesto a Jerusalén.

1 Los gentiles no podían celebrar la tradicional ofrenda de la Pascua judía. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

63

Pronto comprobé que aquellas gentes eran, casi en su totalidad, galileos llegados en sucesivas

caravanas y que, de acuerdo con una ancestral costumbre, solían acampar a este lado de la

ciudad. La fiesta de la Pascua, una de las más solemnes del año, reunía en Jerusalén a cientos

de miles de israelitas, procedentes de las distintas provincias y del extranjero. Aquel año,

además, la solemnidad era doblemente importante, al coincidir dicha Pascua en sábado1.

El alojamiento en Jerusalén debía ser harto difícil y los peregrinos terminaban por

acomodarse en los alrededores.

Entre las tiendas distinguí a decenas de mujeres y niños, ocupados en animadas

conversaciones o afanados en el arreglo de sus frágiles pabellones de pieles y telas

multicolores. A pesar de no estar obligados a participar en la fiesta, estaba claro que las

familias judías acudían en su totalidad hasta la ciudad santa. Y allí permanecían durante los

días y noches previos a los sagrados ritos de la ofrenda y de la cena pascual.

Mientras caminaba entre aquella multitud alegre, variopinta y parlanchina empecé a intuir

cómo pudo ser -cómo iba a ser- la entrada triunfal de Jesús de Nazaret en las primeras horas

de la tarde del domingo en Jerusalén...

Con gran contento por mi parte, ninguno de los acampados o de los peregrinos que se

cruzaban conmigo mostraban el menor asombro al verme. Sin embargo, mi inquietud creció al

divisar al fondo del camino un grupo de jinetes, perteneciente a la guarnición romana en

Jerusalén, que regresaba seguramente a sus acuartelamientos en la fortaleza Antonia. Como

medida precautoria, y fingiendo cansancio, me senté al borde del sendero, al pie de una de las

tiendas. Instintivamente me llevé la mano al oído y bajando el tono de mi voz comuniqué a

Eliseo la proximidad de la patrulla.

Mi hermano, previa consulta al ordenador, me proporcionó algunos datos sobre los soldados:

Puede tratarse de una pequeña unidad -una turmae- formada por unos treinta y tres jinetes.

La legión con base en Cesarea dispone de 5600 hombres, de los que 120 pertenecen a la

caballería. La presencia de una de las cuatro turmae en Jerusalén puede significar que Poncio

Pilato se ha trasladado ya a su residencia en la torre Antonia para administrar justicia durante

la Pascua... ¡Atención! -añadió Eliseo-. Santa Claus especifica que estos jinetes pueden

proceder de las tierras germánicas. Su extracción social es muy baja y su comportamiento

especialmente agresivo para con los judíos. Cada una de estas unidades está mandada por tres

oficiales -decuriones- cabezas de fila.

La advertencia de Santa Claus era acertada. Los jinetes avanzaban al paso, apartando a los

descuidados con las afiladas bases de hierro de sus pilum o lanzas. En total llegué a contar 33

soldados perfectamente uniformados con oscuras cotas de malla, cascos dorados y relucientes,

grebas, largas espadas al cinto y escudos hexagonales, orlados con un borde metálico. La

totalidad de los caballeros vestían unos pantalones rojizos, bastante ajustados, y hasta la mitad

de la pierna.

Marchaban de tres en fondo, ocupando prácticamente la totalidad del camino. Al pasar a mi

altura advertí con asombro que, a excepción de los jefes o decuriones, todos eran muy jóvenes;

quizá entre los dieciocho y treinta años. Naturalmente, tampoco podía conceder demasiado

crédito a aquella impresión. En el año 30, el promedio de vida podía oscilar alrededor de los

cuarenta años...

Cerraba el grupo armado un trío de soldados a lomos de caballos tordos sobre cuyas grupas

habían sido amarrados sendos haces de jabalinas, algo más cortas que los pilum que portaban

en la diestra y que posiblemente superaban los dos metros de longitud.

A pesar de estar viéndolo con mis propios ojos, ¡qué difícil me resultó en aquellas primeras

horas hacerme a la idea de que había retrocedido en el tiempo y que lo que verdaderamente

tenía a mi alrededor era la Palestina del emperador Tiberio!

1 Según las leyes hebreas, «todos estaban obligados a comparecer delante de Dios, en el templo, a no ser sordo,

idiota, menor de edad, hombre de órganos tapados (sexo dudoso), andrógino, mujer, esclavo no emancipado, ciego,

tullido, enfermo, anciano o no poder subir a pie hasta la montaña del templo». La escuela de Shammay definía al

menor de edad «como aquel que no puede (aún) ponerse a caballo sobre los hombros de su padre para subir a

Jerusalén a la montaña del templo». (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

64

Cuando me disponía a levantarme y reanudar el camino, sentí la leve presión de una mano

en mi hombro. Al volver el rostro me encontré con un niño de tez morena y profundos ojos

negros. Vestía una corta túnica de amplias mangas y color indefinible. En su mano izquierda

sostenía una escudilla de madera con agua. Sin pronunciar una sola palabra, dibujó una sonrisa

y me tendió el oscuro recipiente. Mojé mis labios en el agua y le devolví la vasija,

agradeciéndole el gesto.

-¿De dónde vienes? -le pregunté acariciándole su cráneo rapado.

El pequeño se volvió hacia un pequeño grupo de hombres y mujeres que descansaban en el

interior de una tienda. Una de las mujeres -posiblemente su madre- le animó con un gesto de

su mano para que respondiera.

-Somos de Magdala, señor.

-Eso está cerca del lago, ¿no?

El niño asintió con la cabeza.

-¿Has oído hablar de Jesús el Nazareno?

Antes de que mi joven amigo llegara a responder, uno de los hombres se adelantó hasta

nosotros. Aparentaba unos treinta y cinco o cuarenta años. Lucía una abundante barba negra.

Tomó al pequeño por el brazo y preguntó:

-¿Es que eres seguidor del tekton?

Aquella palabra me dejó confuso.

-Perdóneme, amigo -le respondí-. Soy extranjero y no sé el significado de esa palabra.

El hombre soltó al niño y, cruzando los brazos entre los pliegues de su manto, añadió:

-Nosotros conocimos a su padre como José, el carpintero y herrero. Y así llamamos también

a su hijo.

Tentado estuve de unirme a aquella familia de galileos y retrasar mi entrada en Betania.

Pero lo pensé dos veces y comprendí que nadie mejor que Lázaro y sus hermanas para

hablarme del Maestro...

Mientras proseguía mi camino, pregunté a Eliseo si podía obtener información sobre aquella

nueva definición de Jesús. Santa Claus fue muy conciso: «El Galileo, efectivamente, recibía el

sobrenombre de tekton -como carpintero, constructor o herrero- de acuerdo con la versión que

sobre dicho término hacia el escrito rabínico Shabbat, 31.ª También Marcos hace alusión a

tekton en 6,3.»

Es posible que llevase andado algo más de la mitad del camino entre Jerusalén y Betania

cuando dejé atrás el apretado campamento de los peregrinos israelitas. A partir de allí, las

tiendas eran mucho más escasas. Si no fuera porque podría equivocarme, habría jurado que en

el acceso a la ciudad santa se habían plantado más de un millar de improvisados albergues.

Esto podía significar -a un promedio de seis o siete personas por tienda- unos seis mil o siete

mil peregrinos.

En aquel último kilómetro no observé, sin embargo, una disminución del intenso tráfico de

gentes y bestias de carga. Grupos de judíos, con asnos y algunos camellos, seguían fluyendo en

uno y otro sentido, transportando haces de leña, pesados y puntiagudos cántaros o arreando

rebaños de cabras.

La vegetación, a ambos lados del camino, se había hecho más floreciente. A mi izquierda, la

ladera oriental del Olivete aparecía cerrada por los olivares, cedros y algunos sicómoros. A mi

derecha, junto a palmeras e higueras me llamó la atención una serie de cinamomos, con sus

incipientes racimos de flores violetas y extraordinariamente olorosas.

El hecho de no poder llevar reloj me preocupaba. No resultaba fácil para mí averiguar en qué

momento del día me encontraba. El sol se había lanzado ya hacia el Oeste, pero ignoraba

cuanto tiempo había transcurrido desde que abandonara la «cuna». Por otra parte, deseaba

acostumbrarme lo antes posible a mi nueva situación y ello me obligaba a prescindir, en la

medida de lo posible, de la conexión auditiva con Eliseo. A juzgar por el camino recorrido y los

altos efectuados, debían ser las 13.30 horas cuando, al salir de la única curva del sendero,

divisé a la izquierda un minúsculo grupo de casas. Al fondo, y a la derecha, descubrí también

otra aldea, aparentemente más grande que la primera. Entusiasmado, aceleré el paso. Aquellos

poblados tenían que ser Betfagé y Betania, respectivamente.

Conforme fui aproximándome al primer poblado, mi desencanto fue en aumento. Betfagé no

era otra cosa que un mísero conglomerado de pequeñas casas de una planta. Las paredes

habían sido levantadas con piedras -posiblemente basálticas- y los intersticios, malamente


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