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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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2 del Sanedrín acordaron poner fin a

la vida del Maestro, todas nuestras precauciones son pocas...

1 Medida equivalente a unos veintidós litros. (N. del m.)

2 Aquella noche, en mi último contacto con el módulo, Eliseo me aclaró el significado de archiereis. Se trataba de un

nutrido grupo de sacerdotes-jefes que ocupaban cargos permanentes en el templo y que, en virtud de dicho cargo,

tenían voz en el Sanedrín. Santa Claus aportó documentación complementaria (Hechos de los Apóstoles, 4,5-6, y

Antigüedades, de Josefo, XX 8,11/189 ss.) en la que se especifica que el jefe supremo del templo y un tesorero del

mismo eran miembros del mencionado Sanedrín. El número mínimo de este grupo era de uno (sumo sacerdote) más

uno (jefe supremo del templo) más uno (guardián del templo, sacerdote) más tres (tesoreros). Es decir, seis. A este

número mínimo había que añadir los sumos sacerdotes cesantes y los sacerdotes guardianes y tesoreros. El Sanedrín,

por tanto, estaba formado por 71 miembros.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

69

-Sabemos que los betusianos y esbirros de Ben Bebay1 -terció otro de los asistentes a la

reunión- tienen órdenes de prender a Jesús. La fiesta de la Pascua está cercana y nuestros

informantes aseguran que los bastones y porras de la policía del Gran Sanedrín estarán

dispuestos para caer sobre el rabí. Sólo aguardan una oportunidad.

-¿Por qué? -intervine, mostrando vivos deseos de comprender-. El Maestro, según tengo

entendido, es hombre de paz. Nunca ha hecho mal a nadie...

Lázaro debió notar una especial vibración en mi voz. Aquél fue el primer paso hacia la

definitiva apertura de su corazón.

-Tú eres griego -respondió el resucitado, dándome a entender que yo ignoraba muchas de

las circunstancias que rodeaban al rabí de Galilea-. No sé si conoces la profecía que acaricia y

contempla nuestro pueblo desde tiempos remotos. Un día nacerá en Israel un Mesías que hará

libres a los hombres. Pues bien, la casta sacerdotal cree y ha hecho creer al pueblo que ese

Salvador tendrá que ser, primero y sobre todo, un sumo sacerdote.

-¿El Mesías deberá ser miembro del Gran Sanedrín?

-Eso dicen ellos. Los largos años de dominación extranjera han fortalecido la esperanza de

ese Mesías, convirtiéndolo en un 'efe político que libere a Israel del yugo romano. Los

sacerdotes saben que el Maestro predica otro tipo de «liberación» y por eso lo consideran un

impostor. Esto seria suficiente para terminar con la vida de Jesús. Pero hay más...

Lázaro seguía observándome con los ojos brillantes por una progresiva e incontrolable

cólera.

Esos sepulcros encalados -como los llamó el Maestro- no perdonan que Jesús les haya

ridiculizado públicamente. Es la primera vez en muchos años que alguien les planta cara,

minando su influencia sobre el pueblo sencillo. Jesús, con sus palabras y señales, arrastra a las

muchedumbres y eso multiplica su envidia y rencor Por eso han jurado matarle...

-Pero no lo conseguirán -apostilló otro de los hebreos.

Interrogué a Lázaro con la mirada. ¿Qué querían decir aquellas rotundas palabras?

El amigo amado de Jesús desvió la conversación.

-Por favor, disculpa nuestra descortesía. A juzgar por el polvo de tus sandalias y la fatiga de

tu rostro, debes de haber caminado mucho Te suplico que -como hermano nuestro- aceptes mi

hospitalidad...

Aquel brusco giro en la conducta de Lázaro me desconcertó. Pero le dejé hacer.

El hombre abandonó la estancia, regresando a los pocos minutos, en compañía de una

mujer.

-Marta, mi hermana mayor -explicó Lázaro refiriéndose a la hebrea que le acompañaba- te

lavará los pies...

El corazón me latió con fuerza. Y sin cerciorarme del error que estaba cometiendo, me puse

en pie. El resto del grupo permaneció sentado. Era demasiado tarde para rectificar. Procuré

serenar mis nervios. No podía negarme a los requerimientos de mi anfitrión. Hubiera sido

considerado como un insulto al arraigado sentido oriental de la hospitalidad. Así que, colocando

mis manos sobre los hombros del resucitado, le sonreí, agradeciéndole su delicadeza lo mejor

que supe.

No tuve casi tiempo de fijarme en Marta, la «señora», puesto que éste es el verdadero

significado de dicho nombre. Antes de que su hermano hubiera terminado de hablar, ya había

traspasado el umbral de la sala, perdiéndose en el patio porticado.

Lázaro me rogó que tomara asiento sobre uno de los pequeños y desperdigados taburetes de

cuatro patas y asiento de mimbre que rodeaban la mesa.

A los cinco minutos, la figura de Marta se recortaba nuevamente en la puerta. Sujetaba en

las manos un lebrillo vacío y de su antebrazo izquierdo colgaba un largo lienzo blanco. Le

seguía un niño con una jarra de bronce llena de agua.

Como si se tratara de un hábito de lo más rutinario, la hermana mayor de Lázaro depositó el

barreño a mis pies, ciñéndose lo que hoy llamaríamos toalla. Me apresuré a soltar las tiras de

1 El ordenador central del módulo confirmó el nombre de Ben Bebay como uno de los «jefes» del templo, con el

cargo concreto de «esbirro» (Escrito rabínico Sheqalim, V, 1-2). Este personaje estaba encargado, entre otros

menesteres, de azotar, por ejemplo, a los sacerdotes que intentaban hacer trampas en el sorteo de las funciones del

culto. Otra de sus funciones era la fabricación y colocación de la mechas, que se confeccionaban con los Calzones y

cinturones viejos de los sacerdotes. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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cuero que formaban los cordones de mis sandalias, mientras la mujer vaciaba parte del

contenido de la jarra en el lebrillo. Al introducir los pies en la ancha vasija de barro experimenté

una reconfortante sensación. EI agua estaba caliente!

-Gracias... -murmuré-. Muchas gracias...

Marta levantó el rostro y sonrió, dejando al descubierto un hilo de oro que servía para

sujetar algunos dientes postizos. Aquel era otro signo inequívoco de la acomodada posición de

la familia.

Mientras la mujer procedía a la limpieza de mis doloridos pies (las cuatro vueltas de los

cordones habían dejado otras tantas marcas rojizas en la piel), procuré observarla con

detenimiento. Sin duda, Marta era mayor que Lázaro. Aparentaba entre 45 y 50 años. Sus

manos, robustas y encallecidas, reflejaban una intensa y larga vida de trabajo. Era de una talla

muy similar a la de su hermano -alrededor de 1,60 metros-, pero más gruesa y con un rostro

redondo y curtido. Deduje que sus cabellos -cubiertos por un velo negro que caía hasta la

espalda- debían ser negros, al igual que sus ojos y las cejas.

Una vez concluido el lavatorio, Marta envolvió mis pies en el lienzo con el que se ceñía la

cintura y fue presionando el suave tejido (probablemente de algodón) hasta que ambas

extremidades quedaron completamente secas. Tomó las sandalias y, ante mi sorpresa, se las

pasó al muchachito. Guardé silencio, imaginando que la buena mujer trataba de asearlas.

Cuando pensaba que la operación había terminado, Marta me rogó que arremangara las

mangas de mi túnica. Obedecí y con suma delicadeza tomó mis manos, situándolas sobre el

lebrillo. Vertió sobre ellas el resto del agua que contenía la jarra, invitándome a que las frotara

enérgicamente. Por último, las secó, retirando a un lado el barreño. En ese instante, la «

señora» de la casa -que seguía arrodillada frente a mí- echó mano de un cordoncito que

rodeaba su cuello, extrayendo de entre sus pechos una bolsita de tela, color azabache. La

abrió, volcando el contenido sobre la palma de su mano izquierda. Se trataba de un puñado de

suaves y diminutos gránulos -con forma de lágrimas- que destelleaban a la luz de los candiles.

Marta trotó aquella sustancia de aspecto gomorresinoso sobre cada uno de mis pies. Después

hizo otro tanto con mis manos, devolviendo el oloroso producto a la bolsa.

No pude contener mi curiosidad y le pregunté el nombre de aquel perfume.

-Es mirra.

En los días que siguieron a mi salida del módulo, pude saber que muchas de las mujeres

israelitas -en especial las de las clases media y alta- llevaban bajo su túnica, al igual que Marta,

sendas bolsitas con mirra. Ello les proporcionaba una permanente y gratísima fragancia. Tanto

la mirra como el áloe, la hierba del bálsamo y otras resinas aromáticas eran consumidos con

gran profusión por el pueblo judío, que las utilizaba, no sólo para aromatizar los templos, sino

en el aseo personal, en el hogar e incluso en el lecho


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