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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

11

pasar y dada la antigua profesión y la nacionalidad del mayor, sus misivas siguieron siempre

este conducto confidencial. Ni siquiera Raquel, mi mujer, supo de la existencia de este nuevo

amigo ni de mis sucesivos contactos con él.

Por otra parte, y aunque las cartas del mayor hubieran caldo en manos de los servicios de

Inteligencia, dudo mucho que el contenido de las mismas pudiera llamarles la atención. Por más

que presioné, jamás logré que deslizara una sola pista sobre la información que decía poseer.

Sus amables escritos iban enfocados siempre hacia un más intenso y extenso conocimiento de

mi forma de pensar, de mis inquietudes y, especialmente, de mis pasos e investigaciones en

torno a la pasión y muerte de Cristo. Recuerdo que una de sus cartas estuvo dedicada por

entero a interrogarme sobre la última parte de mi libro El Enviado. Al parecer, mi supuesta

entrevista con Jesús de Nazaret, que cierra dicha obra, le causó un especial impacto.

Y llegó el otoño de 1980. En honor a la verdad, mis esperanzas de obtener algún indicio

sobre el impenetrable secreto del mayor se habían ido debilitando. Hubo momentos difíciles, en

los que las dudas me asaltaron con gran virulencia. Creo que mi escaso entusiasmo hubiera

terminado por apagarse de no haber recibido aquella lacónica carta -casi telegráfica- en la que

mi amigo me rogaba que «lo dejara todo y volara hasta la ciudad de Mérida, en el estado del

Yucatán». Durante varios días -no voy a negarlo- me debatí en una angustiosa zozobra. ¿Qué

debía hacer? ¿Es que el mayor se había decidido a hablarme con claridad? Tentado estuve de

escribirle una vez más y pedirle explicaciones. Pero algo me contuvo. Yo intuía que aquélla

podía ser otra prueba; quizá la definitiva.

Al fin tomé la decisión de volar a América e inicié un sinfín de gestiones para tratar de

subvencionar en todo o en parte el costoso viaje. En contra de lo que muchos puedan pensar,

mis recursos económicos son siempre escasos y aquel súbito salto al otro lado del -Atlántico

terminó por desnivelarlos. providencialmente, mi amigo y editor José Manuel Lara aceptó la

idea de presentar mis últimos libros en América, y con esta excusa aterricé en Bogotá.

Aquel rodeo, aunque retrasó algunos días mi entrevista con el mayor, se me antojó

sumamente prudencial. No estaba dispuesto a conceder el menor respiro a los servicios de

Inteligencia y así se lo anuncié a mi amigo en una carta que me precedió y en la que, por

supuesto, le señalaba el día y el vuelo en el que esperaba tomar tierra en Mérida.

Al concluir mis obligaciones en Colombia me las ingenié para cancelar mis compromisos en

Caracas, volando en el más riguroso incógnito -vía Belmopán- hasta Yucatán.

Al cruzar la aduana y antes de que tuviera tiempo de buscar al mayor, me di de manos a

boca con un cartel en el que había sido escrito mi primer apellido. El escandaloso cartón era

sostenido por un hombre recio, de espeso bigote negro y tez bronceada. Al presentarme se

identificó como Laurencio Rodarte, al servicio del mayor.

-Él no ha podido venir a recibirle -se excusó mientras pugnaba por hacerse con mi maleta-.

Si no le importa, yo le conduciré hasta él.

Mi instinto me hizo desconfiar. Y antes de abandonar el aeropuerto traté de averiguar qué

papel jugaba aquel individuo y por qué razón no había acudido el mayor.

Laurencio debió captar mi recelo y, soltando la maleta, resumió:

-El mayor está enfermo.

-¿Dónde se encuentra?

-Lo siento pero no estoy autorizado para decírselo. Él me ha enviado a recogerle y...

-Mire, Laurencio -le interrumpí tratando de calmar mis nervios-, no tengo nada contra usted.

Es más: le agradezco que haya venido a recibirme, pero, sí usted me dice dónde está el mayor,

yo iré por mis propios medios.

El hombre dudó.

-Es que mis órdenes...

-No se preocupe. Dígame dónde me espera el mayor y yo iré a su encuentro.

El tono de mi voz era tan firme que Laurencio terminó por encogerse de hombros y preguntó

de mala gana:

-¿Conoce Chichén Itzá?

-Sí.

-El mayor me ordenó que le llevara hasta el cenote sagrado.

Laurencio señaló mi reloj y puntualizó:

-Usted deberá estar allí a las cuatro.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

12

Y dando media vuelta se encaminó a la puerta de salida. Consulté la hora local y comprobé

que tenía dos horas escasas para llegar hasta el pozo sagrado de los mayas. Yo había visitado

en otras oportunidades el recinto arqueológico de la recóndita población de Chichén Itzá, al este

de Mérida, y en plena selva de la península del Yucatán. Conocía también los dos famosos

cenotes -el sagrado y el profano- situados a corta distancia de la ciudad y que, según los

arqueólogos, pudieron ser utilizados por los antiguos mayas como depósitos naturales de agua

y, en el caso del cenote sagrado, como centro religioso en el que se practicaban sacrificios

humanos.

Al ver alejarse el Toyota negro que conducía Laurencio, me concedí un respiro, tratando de

poner en orden mis ideas. Por supuesto, no tardé en reprocharme aquella seca y radical actitud

mía para con el emisario del mayor. En especial, a la hora de regatear con los taxistas que

montaban guardia al pie del aeropuerto...

Después de no pocos tira y afloja, uno de los chóferes aceptó llevarme por 850 pesos. Y a

eso de las dos de la tarde -sin probar bocado y con la ropa empapada por el sudor- el taxi enfiló

la ruta número 180, en dirección a Chichén.

Tal y como había prometido, el taxista cubrió los 120 kilómetros que separan Mérida de

Chichén Itzá en poco más de hora y media. Tras una vertiginosa ducha en el hotel de la Villa

Arqueológica, me dirigí al lugar elegido por el mayor. A las cuatro en punto, a paso ligero y con

el corazón en la boca, dejé atrás la impresionante pirámide de Kukulcán y la plataforma de

Venus, adentrándome en la llamada Vía Sagrada, que muere precisamente en un cenote u olla

de casi sesenta metros de diámetro y cuarenta de profundidad.

Antes de alcanzar el filo del pozo sagrado distinguí a dos personas sentadas al pie de una

frondosa acacia de florecillas rosadas. Al verme, una de ellas se incorporó. Era Laurencio.

Reduje el paso y mientras me aproximaba sentí una incontenible oleada de vergüenza. Una vez

más me había equivocado.

Pero aquel sentimiento se esfumó a la vista de la segunda persona. Quedé atónito. Era el

mayor, pero con veinte años más de los que aparentaba cuando le conocí en Villahermosa.

Permaneció sentado sobre la plataforma de piedra del viejo altar de los sacrificios,

observándome con una mezcla de incredulidad y emoción. Lentamente, en silencio, dejé

resbalar la bolsa de las cámaras, al tiempo que Laurencio le ayudaba a incorporarse. El mayor

extendió entonces sus largos brazos y, sin saber por qué, dejándome arrastrar por mi corazón,

nos abrazamos.

-¡Querido amigo! -susurró el anciano-. ¡Querido amigo!...

Sus penetrantes ojos, ahora hundidos en un rostro calavérico, se hablan humedecido. Algo

muy grave, en efecto, había minado su antigua y gallarda figura. Su cuerpo aparecía encorvado

y reducido a un manojo de huesos, bajo una piel reseca y salpicada por corros marrones de

melanina. Una barba blanca y descuidada marcaba aún más su decadencia.

Intenté esbozar una disculpa, estrechando la mano de Laurencio, pero éste, sin perder la

sonrisa, me rogó que olvidara el incidente del aeropuerto.

El mayor, apoyándose en mi hombro, me sugirió que caminásemos un poco hasta el prado

que rodea a la pirámide de Kukulcán.

Con paso vacilante y un sinfín de altos en el camino, fuimos aproximándonos al castillo o

pirámide de la Serpiente Emplumada. Así, en aquella primera jornada en Chichén Itzá, supe de

labios del propio mayor que su fin estaba próximo y que, en contra de lo que pudiera imaginar,

su muerte fijaría precisamente el comienzo de mi labor.

Supe también que -tal y como me había insinuado en otras ocasiones- su «enfermedad» era

consecuencia de un fallo no previsto en un proyecto secreto llevado a cabo años atrás, cuando

él todavía pertenecía a las fuerzas aéreas norteamericanas. Cuando le interrogué sobre dicho

proyecto, sospechando que podía guardar una estrecha relación con la información que había

prometido darme, el mayor me rogó que siguiera siendo paciente y que esperase un poco más.

Durante dos días, mi vida transcurrió prácticamente en la pequeña casita de una planta, a

las afueras de Chichén, y muy próxima a las grutas de Balankanchen, en la carretera que

discurre en dirección a la Valladolid maya. Allí, Laurencio y su mujer venían cuidando a mi

amigo desde hacía seis años.

Ni que decir tiene que aproveché aquella magnífica oportunidad para bucear en la medida de

lo posible en el pasado y en la identidad del mayor. Sin embargo, mis pesquisas entre las

diversas autoridades policiales y las gentes de Chichén no fueron todo lo fructíferas que yo


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