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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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31 DE MARZO, VIERNES

Al alba, un ruido ronco y monótono me despertó. Al asomarme por la ventana, comprobé

sorprendido que aquel sonido parecía salir de la totalidad de la aldea. No lograba explicármelo.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

79

Tras un rápido aseo, establecí contacto con la «cuna», pero Eliseo tampoco supo darme

información al respecto.

Intrigado, descendí las escaleras de piedra que conducían hasta el patio central de la

hacienda. Al llegar a las pilastras, aquel irritante ronroneo creció. Noté que partía de la estancia

donde había permanecido buena parte de la tarde anterior y hacia allí me encaminé. El fuego

del hogar se elevaba vigoroso sobre unos leños recién depositados en el fondo de la chimenea.

Al pie del murete circular del fogón, Marta y una de las sirvientas procedían con ímpetu a la

molienda del trigo, sobre una piedra muy parecida a las que yo había visto la mañana anterior,

en mi descenso por la cara sur del monte de los Olivos. A diferencia de aquéllas, este triturador

era negro y muy pulimentado. Al acercarme a las mujeres y saludarías comprobé que se

trataba de una piedra basáltica de casi medio metro de longitud y treinta centímetros de

anchura muy desgastada por su parte superior como consecuencia de la diaria y vigorosa

fricción. En un instante, mis dudas se disiparon. Ya partir de aquel día, aprendí a identificar el

cotidiano despertar de Betania y de la propia Jerusalén con aquel sonido obligado y

generalizado en todas las casas -poderosas y humildes- de la molienda del grano. Como me

contaron los ancianos de la aldea de Lázaro, si algún día se dejaba de oír el rumor de la muela,

convirtiendo el trigo en harina, es que la ruina y la desolación -como había escrito Jeremías-

habían llegado a Israel.

Por supuesto, no había sido el primero en levantarme. Desde mucho antes del amanecer, las

mujeres de la casa se afanaban ya en las tareas domésticas. Mientras Marta se encargaba de la

compra del pan en el horno comunal de la aldea, María y otras jovencitas acarreaban el agua y

terminaban de adecentar la hacienda. Los hombres, por su parte, ultimaban los preparativos

para el duro trabajo en los campos. El padre de Lázaro -rico hacendado- había dejado a sus

hijos la tierra suficiente como para vivir sin estrecheces, permitiendo holgadamente en cada

cosecha que los pobres pudieran recoger una de las esquinas de sus campos, tal y como

ordenaban los viejos preceptos1.

Cuando entré en el salón-comedor, la diligente e incansable Marta preparaba la harina para

cocer unas pequeñas tortas sin levadura. Al verme se incorporó, rogándome excusase a su

hermano. Lázaro había tenido que acompañar a sus operarios hasta uno de los campos

próximos, donde se venía trabajando en lo que llamaban la «siembra tardía»; es decir, el

cultivo de productos como el mijo, sésamo, lentejas, melones, etc., y que debían plantarse

necesariamente entre enero y marzo.

Antes de que pudiera reaccionar, Marta me suplicó que me sentara a la mesa. En un abrir y

cerrar de ojos situó ante mí un ancho cuenco de madera sobre el que vertió leche caliente.

Siempre en silencio, mientras su compañera seguía triturando el grano, cortó varias rebanadas

de una hogaza de pan moreno que posiblemente pesaría más de tres libras. Dos generosas

porciones de queso y miel completaron mi desayuno.

Desde la hora tercia (las nueve de la mañana, aproximadamente), grupos de peregrinos

procedentes de Galilea, de la Perea, viejos conocidos de la familia, parientes de Jerusalén y

muchos curiosos, habían ido llegando hasta las puertas de la casa de Lázaro. Como casi todos

los días, aquellos hebreos habían aprovechado su obligada presencia en la ciudad santa para

«distraerse» viendo y escuchando al resucitado. Al verlos sentados en el jardín e invadiendo,

incluso, el atrio y el patio central, sentí una cierta rabia. ¿Es que Lázaro no se daba cuenta que

la mayoría de aquellos individuos sólo buscaban un motivo para el comadreo?

Comprendí que el paciente amigo de Jesús hubiera preferido quitarse de en medio...

Al consultar a Marta sobre el camino que debía seguir para encontrar a su hermano, la

«señora» abandonó gentilmente sus quehaceres y me rogó que la siguiera a través del

espacioso huerto situado a espaldas de la casa y en el que se alineaban numerosos árboles

frutales. Apenas si habíamos caminado trescientos pasos cuando, al desembocar en una

pequeña explanada, me detuve sobresaltado. Frente a mí se levantaba una enorme peña de

caliza blanda. Al pie de aquella mole grisácea, salpicada en algunas de sus grietas superiores

por los nidos de barro de las primeras golondrinas, distinguí una piedra circular.

Marta comprendió el motivo de mi sorpresa y, con un gesto de su mano, me invitó a

acercarme al sepulcro familiar.

1 «Santa Claus» confirmaría esta costumbre, en base a los textos sagrados del Levítico (19,9; 23,22) y del

Deuteronomio (24, 19-21). Un tratado completo. con ocho capítulos, es recogido par La Misná. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

80

En silencio inspeccioné el cierre de la boca de la cueva. Se trataba de una losa

perfectamente labrada, de un metro escaso de diámetro y apenas treinta centímetros de

grosor. Aquella piedra, muy semejante a las muelas de molino, constituía el cierre de una

entrada que, a juzgar por las dimensiones, era bastante angosta. El frente de la peña, en una

superficie de dos metros -a partir del suelo- por otros tres de ancho, había sido esculpido a

manera de fachada y revocado en blanco.

Yo sabía que retirar la losa constituía una falta de respeto hacia los muertos. Así que, sin

hacer comentario alguno, olvidé aquel impulso que me llevaba a pedirle a la hermana de Lázaro

que me permitiera desplazar la roca. Por otra parte, lo más probable es que, aunque Marta

hubiera accedido, ni ella ni yo juntos hubiéramos sido capaces de mover aquellos trescientos o

quinientos kilos que debía pesar el cierre.

Minutos después salía del jardín, tomando una de las veredas que corría en dirección oeste y

que, según la «señora», me llevaría al encuentro de su hermano.

La temperatura a aquellas horas de la mañana era todavía fresca: «diez grados centígrados

y un moderado viento del norte de diez nudos», me confirmaría Eliseo. La noche anterior, el

cilómetro especial de la «cuna» --en base a un haz de luz láser- había detectado una barrera de

nubes tormentosas (cumulonimbus) de unos trescientos kilómetros de longitud, que se

levantaba a seis mil pies sobre el perfil de la costa fenicio-israelita. De momento, estas

amenazantes nubes de desarrollo vertical parecían frenadas en su avance hacia Jerusalén por

una corriente de aire frío procedente del norte.

«No hay que descartar, sin embargo -me anunció mi compañero-, que puedan cambiar las

condiciones y que en 24 o 48 horas se registren lluvias sobre nuestra área.»

Me arropé en la «chlamys» y proseguí por el tortuoso camino, entre los ondulantes campos

de cebada. Algunos campesinos habían iniciado ya la siega. Los segadores tomaban los tallos

con la mano derecha y con la otra los cortaban a escasa distancia de la base de las espigas. Las

hoces consistían en pequeñas hojas curvadas de hierro, sólidamente engastadas con remaches

a una empuñadura de madera. La trilla se realizaba en una era próxima al camino. Las mujeres

cargaban los haces, esparciéndolos sobre el suelo. Después separaban el grano de la paja, bien

a mano o con la ayuda de los bueyes. En este último caso -el más frecuente, según pude

comprobar- los animales pisaban la cebada. Después, los hombres pasaban el trillo por encima,

tirado por estos mismos bueyes. Los más comunes estaban construidos con una tabla plana en

cuya cara inferior habían sido incrustados pequeños trozos de pedernal. Otros eran simples

rodillos, también de madera.

En una segunda operación, las mujeres aventaban la paja, cerniendo el grano y guardándolo

finalmente en sacos. Varios asnos y algunos carros se encargaban del transporte de los mismos

hasta la aldea, donde era trasvasado a silos o grandes tinajas de barro como la que había visto

en la casa de Lázaro.

No tardé en encontrar al resucitado y a sus obreros. Lázaro se alegró al verme pero rechazó

de plano mi idea de ayudarles en las labores de siembra. Nos encontrábamos en pleno forcejeo

dialéctico cuando algunos de los servidores llamaron nuestra atención. Procedente de la aldea

se acercaba un jinete.

Lázaro colocó su mano izquierda a manera de visera y observó atentamente. De pronto, sin

hacer el menor comentario, soltó el sementero que colgaba de su hombro y salió a la carrera

hacia la vereda. El jinete llegó al trote hasta mi amigo y, descabalgando, abrazó a Lázaro. Un

instante después volvía a montar, alejándose hacia Betania. El resucitado hizo señales para que

me acercara. Al llegar junto a él su rostro aparecía iluminado.

-¡Viene el Maestro! -me soltó a bocajarro, con una alegría incontenible-. Al fin podrás

conocerlo... Vamos, tenemos mucho qué hacer.

-Pero, ¿dónde está?… ¿Ha llegado ya? -comencé a preguntarle atropelladamente, mientras

trataba de seguirle. Pero Lázaro no me respondió.

Antes de que pudiera reaccionar, me había sacado medio centenar de metros de ventaja. A

pesar de su aparente debilidad, corría como un gato salvaje.

Al entrar en la casa me di cuenta de que la noticia había alterado a la familia y amigos.

Marta, sobre todo, corría de un lado para otro, sonriente y nerviosa. Al vernos se abrazó a

Lázaro, confirmándole la buena nueva:

-¡Viene!... ¡Viene Jesús!...


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