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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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El hermano intentó calmarla, preguntándole algunos detalles. Dicen que está a unos diez

estadios de Betania -añadió la «señora».

Rice un rápido cálculo mental. Eso significaba que el rabí se hallaba a unos 1 860 metros de

la aldea.

Puedo jurar que, a pesar de mi intensa preparación, de los largos años de entrenamiento y

de mi condición de escéptico, la familia de Lázaro consiguió contagiarme su nerviosismo. Sin

poder evitarlo, un escalofrío me sacudió la columna vertebral. Inexplicablemente, mi garganta

se había quedado seca. Pero, en un esfuerzo por serenarme, lo atribuí a la loca carrera desde

los campos. (Una vez más me equivocaba...)

Siguiendo los consejos de Lázaro, permanecí en la casa. Mi primera intención fue salir al

encuentro del Nazareno, pero el resucitado me sugirió que era mucho mejor aguardarle allí.

-El viene siempre a nuestro hogar... Además -insinuó-, la noticia habrá llegado ya a

Jerusalén y dentro de poco no se podrá caminar por las calles de Betania.

-Entonces -comenté con preocupación- el Maestro ha aceptado el reto y pasará la Pascua en

la ciudad santa...

Mi amigo no quiso responder. Sin embargo, adiviné en su mirada un velo de pesadumbre.

Ellos presentían que aquélla podía ser la última Pascua de Jesús de Nazaret... Ni que decir tiene

que el sumó sacerdote y sus secuaces podían estar ya enterados de la presencia del impostor

en la vecina aldea. Y eso, como sabía muy bien Lázaro y sus hermanas, era peligroso.

Poco después de la hora nona -quizá fuesen las cuatro o cuatro y media de la tarde- la

agitación entre las numerosas personas que se hallaban en el patio porticado de la hacienda se

disparó súbitamente. Marta y María se precipitaron hacia el atrio y desaparecieron entre los

grupos de hombres y mujeres que taponaban prácticamente la entrada principal.

Mi corazón se aceleró. Desde el exterior se oía un rumor de voces, gritos y saludos. Sin

saber por qué, sentí miedo. Retrocedí unos pasos, ocultándome detrás de una de las columnas

del ala derecha del patio. Las palmas de mis manos habían empezado a sudar. Presioné

disimuladamente mi oído y, en voz baja, informé a Eliseo de la inminente llegada de Jesús.

A los pocos minutos, los servidores, amigos y familiares de Lázaro fueron apartándose y un

nutrido grupo de hombres irrumpió en el patio.

Entre risas, besos y mantos multicolores mis ojos quedaron clavados de pronto en un

individuo que sobresalía muy por encima de los demás... ¡Aquél tenía que ser Jesús!

Su extraordinaria talla -en un primer momento la calculé en algo más de 1,80 metros- lo

convertía, al lado de la casi totalidad de los allí reunidos, en un gigante. Vestía un manto color

«burdeos», fajando el tórax y con los extremos enrollados en torno al cuello y cayendo sobre

unos hombros anchos y poderosos. Una larga túnica blanca de amplias mangas le cubría casi

hasta los tobillos. No le vi ceñidor o cinturón alguno. Traía un lienzo blanco arrollado sobre la

frente, que caía sobre el lado derecho de sus cabellos.

Ni siquiera en el instante de la inversión de la masa del módulo, en aquella noche del 30 de

enero de 1973, experimenté una aceleración cardíaca como la que estaba soportando en

aquellos momentos.

El gigante caminó despacio hacia el centro del patio. Su brazo derecho descansaba sobre el

hombro de Lázaro. A su alrededor, Marta y María gesticulaban y daban palmas, entre el

alborozo general.

Era, sin duda, un hombre blanco, de rostro alto y estrecho, propio de los pueblos caucásicos.

El cabello, lacio y de una tonalidad ligeramente acaramelada, le caía sobre los hombros. Poco

después, al soltarse la banda de tela que llevaba arrollada sobre la frente y que portaban

también casi todos los hombres de su grupo, comprobé que se peinaba con raya en medio.

Presentaba un bigote y una fina barba, partida en dos, de un color oro viejo, similar a los

cabellos. El bigote, aunque pronunciado, no llegaba a ocultar los labios, relativamente finos. La

nariz me desconcertó. Era larga y ligeramente prominente.

Desde su entrada en la casa, Jesús no había dejado de sonreír, mostrando una dentadura

blanca e impecable, muy distinta a la que padecía la mayoría de los hebreos.

El Maestro fue a sentarse al filo de la piscina central, sobre uno de los taburetes que alguien

había rescatado del «comedor». Los hombres, mujeres y niños se arremolinaron a su alrededor.

Los rayos de sol incidieron entonces sobre su rostro y quedé maravillado. El contraste con

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aquellas caras endurecidas, sembradas de arrugas y avejentadas de sus amigos y seguidores,

era sencillamente admirable. Su piel aparecía curtida y bronceada.

Tímidamente fui asomándome por detrás de la pilastra. Jesús, a poco más de cuatro o cinco

metros, levantó repentinamente su rostro y me perforó con su mirada. Una especie de fuego

me recorrió las entrañas. Ante la sorpresa general, el rabí se levantó, abriéndose paso entre las

personas que habían empezado a sentarse sobre los ladrillos rojos del pavimento. Las rodillas

empezaron a temblarme. Pero ya no era posible escapar. Aquel gigante estaba frente a mí...

Jamás olvidaré aquella mirada. Los ojos del Galileo -ligeramente rasgados y de un vivo color

de miel- tenían una virtud singular: parecían concentrar toda la fuerza del Cosmos. Más que

observar, traspasaba. Unas pestañas largas y tupidas le proporcionaban un especial atractivo.

La frente, despejada, terminaba en unas cejas rectas y suficientemente separadas. No

pestañeó. Su faz, apacible y tibiamente iluminada por el sol, infundía un extraño respeto.

Levantó los brazos y depositando unas manos largas y velludas sobre mis hombros, sonrió,

al tiempo que me guiñaba un ojo.

Un inesperado calor me inundó de pies a cabeza. Traté de responder a su gesto, pero no

pude. Estaba confuso y aturdido, emocionado...

Sé bien venido.

Aquellas palabras, pronunciadas en griego, terminaron por desarmarme. Había tal seguridad

y afecto en su voz que necesité mucho tiempo para reaccionar.

El rabí volvió junto a la cisterna, mientras sus amigos le contemplaban en un mutismo total.

Algunos de los discípulos rompieron al fin el silencio y preguntaron al resucitado quién era yo.

El joven, con indudable satisfacción, les explicó que era su invitado: «Un extranjero llegado

expresamente desde Tiro para conocer a Jesús.»

Yo permanecí inmóvil -como petrificado- tratando de ordenar mis pensamientos. «No puede

ser -me repetía una y otra vez-. Es imposible que haya adivinado... ¿Cómo puede?...»

Por más vueltas que le di, siempre llegaba a la misma encrucijada. Si nadie le había hablado

de mí -por qué iban a hacerlo- ¿cómo podía saber quién era y por qué estaba allí? En el patio

había medio centenar de personas. A muchos los conocía -eso estaba claro-, pero a otros no.

Este era mi caso y, sin embargo, había caminado hasta mí...

Nunca, ni siquiera ahora, cuando escribo estos recuerdos, estuve seguro, pero sólo un ser

con un poder especial podría haber actuado así.

Para qué voy a mentir. El resto de la tarde fue para mí como un relámpago que rasga los

cielos de Oriente a Occidente. Apenas si me percaté de nada. Sé que Marta, al igual que hiciera

conmigo, lavó los pies del Nazareno y que los frotó con mirra. Recuerdo vagamente -entre

saludos constantes- cómo Jesús salió de la casa, acompañado por Lázaro y un nutrido grupo.

Marta me informaría después que las habitaciones de la hacienda estaban totalmente ocupadas

por los amigos y familiares que habían ido acudiendo hasta Betania y que -de común acuerdo

con Simón, un anciano incondicional del Maestro y viejo amigo de la familia- Jesús pernoctaría

en la casa de este antiguo leproso.

Al principio, muchos de los habitantes de Betania y de los peregrinos llegados hasta la aldea

discutieron entre sí, creyendo que el rabí entraría esa misma tarde del viernes en Jerusalén,

como desafío al decreto de prendimiento que había promulgado el Sanedrín. Pero se

equivocaban. Jesús y su gente se dispusieron a pasar la noche en la casa de Simón, así como

en otros hogares de amigos y parientes de la familia de Lázaro. Todos -esa es la verdad-

hicieron lo posible para que el Maestro se sintiera feliz durante su estancia en la pequeña

población.

Según Marta, Simón había querido agasajar convenientemente a Jesús y había anunciado un

gran banquete para el día siguiente, sábado. Eso significó un nuevo ajetreo en ambas casas, ya

que -de acuerdo con las estrictas prescripciones de la ley judía- el día sagrado para los hebreos

comenzaba precisamente con el crepúsculo del día anterior.

Durante el resto de la jornada, el Maestro de Galilea recibió a infinidad de amigos y

visitantes, departiendo con todos.

Al anochecer, Jesús regresó a la casa de Lázaro y allí, en compañía de sus íntimos y de la

familia del resucitado, repuso fuerzas, mostrándose de un humor excelente.

Lázaro me rogó que les acompañara. Los hombres tomaron asiento en torno a la gran mesa

rectangular del «comedor» y las mujeres -dirigidas por Marta- comenzaron a servir. En un


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