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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

83

primer momento me mantuve prudentemente al amor de la chimenea. Pero Lázaro insistió y

me vi obligado a compartir con ellos las abundantes viandas: algo de caza, judías, legumbres,

frutos secos y vino. Me sorprendió comprobar que en ninguna de las comidas se probaba el

agua. Esta era sustituida habitualmente por vino.

Antes de iniciar la tardía «cena», el Maestro y las catorce o quince personas que compartían

los alimentos se pusieron en pie, entonando un breve cántico. Yo hice otro tanto, aunque

permanecí lógicamente en silencio. Al terminar, Marta -en una de las presurosas idas y venidas-

me explicó que aquel himno, titulado Oye, Israel, era en realidad una oración. Me sorprendió

ver cómo el rabí, a pesar de sus públicas y acusadas diferencias con los doctores de la ley,

respetaba las viejas costumbres de su pueblo. No sé si he mencionado que el Maestro había

hecho gala durante toda la tarde de un contagioso sentido del humor, riendo y haciendo

bromas por cualquier cosa. Aquél iba a ser -al menos en los días que precedieron al jueves, 6

de abril- otro de los aspectos que me sorprendieron de Él. ¡Qué lejos estaba de esa imagen

grave, atormentada y lejana que se deduce al leer muchos de los libros del siglo XX!... Jesús de

Nazaret era una mezcla de niño y general; de ingenuo pastor y concienzudo analista; de

hombre que vive al día y de prudente consejero. Pero, sobre todo, se le notaba feliz. Mucho

más alegre y despreocupado que sus propios discípulos y amigos, visiblemente alterados por

las amenazas del sumo sacerdote.

Acto seguido, Jesús -que presidía la mesa junto a Lázaro- se hizo cargo de una de las

hogazas de pan y, según su costumbre, lo troceó y distribuyó entre los comensales.

Apenas si habíamos comenzado cuando, de pronto, el Maestro se dirigió a uno de los

hombres del grupo. Al llamarlo por su nombre, el corazón me dio un respingo. ¡Era Judas

Iscariote!

El discípulo se levantó lentamente y, aproximándose al rabí, le entregó algo. Después

regresó a su puesto. Permanecí como hipnotizado, contemplando a aquel individuo flaco y

larguirucho, de algo más de 1,70 metros de estatura y cabeza pequeña. Su nariz aguileña

destacaba sobre una piel pálida, casi macilenta, dándole el clásico «perfil de pájaro» que yo

había estudiado en la clasificación tipológica de Ernest Kretschmer. (El gran psiquiatra se

hubiera sentido muy satisfecho al saber que su definición del «tipo leptosomático» coincidía de

lleno, en este caso, con el temperamento «esquizotímico» de Judas: serio, introvertido,

reservado, poco sociable y hasta esquinado. La verdad es que conforme fui conociendo el

carácter de este hombre, me percaté que se trataba en realidad de un gran tímido que no había

tenido oportunidad de desarrollar su inmenso caudal afectivo.)

Su cabello negro, fino y abundante, contrastaba con su rostro prácticamente imberbe.

Al aproximarse a Jesús noté que su túnica, en lugar del simple cordón o ceñidor, iba sujeta

por la cintura con una hagorah o faja oscura, de la que había extraído aquella pequeña bolsa de

cuero. Al parecer, por lo que pude ir verificando, la mencionada faja servía, sobre todo, para

guardar el dinero o pequeños objetos, amén de las armas. Judas portaba una pequeña espada,

sujeta en su costado derecho. En aquellos instantes, sin embargo, no me percaté de un hecho

singular: al igual que el Iscariote, otros discípulos ocultaban también sendas espadas bajo sus

mantos y hagorahs.

El rabí rogó a las hermanas de Lázaro que se aproximaran a Él. María fue la primera en

abandonar los enseres que estaba manejando junto al fogón, situándose en una de las esquinas

de la mesa, junto al Galileo. Al poco entraba Marta, secándose las manos en el delantal. La luz

de una de las dos grandes lámparas o lucernas portátiles que habían sido colocadas sobre la

mesa ponían al descubierto el atractivo perfil de María. Una espesa mata de pelo negro y

cuidadosamente cardado le caía por la espalda, casi hasta la cintura. Sobre la frente, María,

sujetando parte de los cabellos, lucía una cinta celeste que resaltaba sobre su cutis aceitunado.

Tenía las facciones pequeñas y delicadas, propias de sus dieciséis o diecisiete años.

Ni una sola vez había logrado hablar con ella y, no obstante, sus interminables ojos negros

revelaban un corazón singularmente sensible.

Jesús puso la bolsita en las manos de María y, dirigiéndose a ambas, les pidió que aceptaran

aquel pequeño obsequio. Mientras María se ruborizaba, Marta, presa de la curiosidad, arrebató

el regalo de entre las manos de su hermana, abriéndolo con presteza. Desde mi asiento apenas

si llegué a distinguir unos gránulos. Después supe que se trataba de semillas de bálsamo,

compradas por el propio rabí a su paso por Jericó.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Ante el regocijo general, María -siempre en silencio- se aproximó a Jesús, estampándole dos

sonoros besos en las mejillas.

Poco a poco, sin embargo, el tono alegre y desenfadado de aquella comida fue decayendo,

por obra y gracia de algunos de los hombres del Cristo. Saltaba a la vista que estaban

seriamente preocupados por la dirección que iban a tomar los próximos pasos de su Maestro y

que ellos, sin lugar a dudas, ignoraban totalmente. No tardó en surgir el asunto de la orden de

captura de Jesús por parte del sumo sacerdote y las medidas que debían adoptarse para

salvaguardar la seguridad del rabí, en primer lugar, y del resto del grupo al mismo tiempo.

Uno de los más fogosos y radicales era un discípulo de barba encanecida y bigote rasurado,

prácticamente calvo y de ojos claros. Su cabeza redonda destacaba sobre un cuello grueso.

Aquel hombre de rostro acribillado por las arrugas -yo estimé que era uno de los de más edad

(quizá rondase los 40 o 45 años)- no era partidario de la entrada en Jerusalén1. Temía,

lógicamente, por la vida del rabí y trató, por todos los medios a su alcance, de convencer al

grupo de lo peligroso del empeño.

Jesús asistió impasible y serio a toda la discusión. Dejaba hablar a unos y otros, sin

pronunciar palabra. Hasta que en un momento álgido de la controversia, el Maestro dejó oír su

voz grave. Y dirigiéndose al apóstol de los ojos azules, sentenció:

- Pedro, ¿es que aún no has comprendido que ningún profeta es recibido en su pueblo y que

ningún médico cura a los que le conocen?...

Después, fijando aquellos ojos de halcón en los míos, añadió:

Si la carne ha sido hecha a causa del espíritu, es una maravilla. Si el espíritu ha sido hecho a

causa del cuerpo, es la maravilla de las maravillas. Mas yo me maravillo de esto: ¿cómo esta

gran riqueza se ha instalado en esta pobreza?

Un silencio denso quedó flotando en la estancia. Y el Maestro, levantándose, se retiró a

descansar.

Aquella noche, y las siguientes, los discípulos -temerosos de todo y de todos- montaron

guardia por parejas a las puertas de la casa de Simón, «el leproso». Tanto Judas Iscariote como

Pedro, su hermano Andrés, Simón, llamado «el Zelotes» y los sorprendentes hermanos gemelos

Judas y Santiago de Alfeo, iban armados con unas espadas cortas, prácticamente idénticas a los

gladius de los legionarios romanos: la conocida gladius Hispanicus o espada española, como la

definió Polibio. Eran unas armas de sesenta a setenta centímetros de longitud, de hoja ancha y

doble filo, con una punta que las hacía temibles

Los discípulos de Jesús procuraban esconderías bajo los mantos

-generalmente en el costado derecho- y dentro de una vaina de madera.

Jesús no ignoraba que algunos de sus más cercanos seguidores llevaban armas. Sin

embargo, salvo en el triste momento de su captura en la noche del jueves, en la finca de

Getsemaní, jamás les hizo mención o reproche alguno.


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