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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 La inclusión de los familiares «¡Hosanna al hijo de David!», que aparecen en los evangelios canónicos, parece ser

una concesión posterior de la Iglesia primitiva, en base al salmo 118, 25, y que servia como profesión de fe, tal y como

apuntó muy acertadamente Leonardo Boff. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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-¡Oh Jerusalén!, si tan sólo hubieras sabido, incluso tú, al menos en este tu día, las cosas

pertenecientes a tu paz y que hubieras podido tener tan libremente... Pero ahora, estas glorias

están a punto de ser escondidas de tus ojos... Tú estás a punto de rechazar al Hijo de la Paz y

volver la espalda al evangelio de salvación... Pronto vendrán los días en que tus enemigos

harán una trinchera a tu alrededor y te asediarán por todas partes Te destruirán

completamente, hasta tal punto que no quedará piedra sobre piedra. Y todo esto acontecerá

porque no conocías el tiempo de tu divina visita... Estás a punto de rechazar el regalo de Dios y

todos los hombres te rechazarán.

Obviamente, ninguno de los que escucharon aquellas frases podía intuir siquiera el trágico

fin que acababa de profetizar el rabí. Treinta y tres años más tarde, desde el 66 al 70, el

general romano Tito Flavio Vespasiano primero caería sobre Israel con tres legiones escogidas y

numerosas tropas auxiliares del Norte. Su hijo Tito remataría la destrucción del Templo y de

buena parte de Jerusalén, en medio de un baño de sangre. Más de ochenta mil hombres,

integrantes de las legiones 5.ª, 10.ª 12.ª y 15.ª, reforzadas por la caballería, llegarían poco

antes de la luna llena de la primavera del año 70 ante la murallas de la ciudad santa. En agosto

de ese mismo año, y después de encarnizados combates, los romanos plantaban sus insignias

en el recinto sagrado de los judíos. En septiembre, tal y como había advertido Jesús, no

quedaba piedra sobre piedra de la que había sido la ciudad «ombligo del mundo». Según los

cálculos de Tácito, en aquellas fechas se habían reunido en Jerusalén -con el fin de celebrar la

tradicional Pascua- alrededor de seiscientos mil judíos. Pues bien, el historiador Flavio Josefo

afirma que, durante el sitio, el número de prisioneros -sin contar a los crucificados y a los que

lograron huir- se elevó a 97000. Y añade que, en el transcurso de tres meses, sólo por una de

las puertas de la ciudad pasaron 115000 cadáveres de israelitas. Los que sobrevivieron fueron

vendidos como esclavos y dispersados.

Las lágrimas y los lamentos del Nazareno estaban más que justificados...

El joven Juan, uno de los discípulos más queridos por Jesús -sin duda por su inocencia y

generosidad- se aproximó hasta el Maestro y con el alma conmovida le tendió un pañolón, de

los usados habitualmente para quitar el sudor del rostro y que solían guardar anudado en

cualquiera de los brazos. Cristo, sin pronunciar una sola palabra más, se enjugó las lágrimas y

volvió a montar en el jumento, iniciando el descenso hacia la ciudad.

La riada de gente que habíamos visto desde la cima subía ya por la ladera, arreciando en sus

vítores.

Jesús, fuertemente escoltado por sus hombres, correspondía a aquellas manifestaciones de

afecto, avanzando cada vez con mayores dificultades. El gentío que salía a raudales por las

murallas de Jerusalén no se contentaba sólo con aclamarle a ambas orillas del camino. Muchos

de ellos, especialmente los niños y adolescentes, se arremolinaban en torno al borriquillo,

obligando a los discípulos a abrir paso entre empujones y gritos. ¡Era el delirio!

El bullicio había conmovido de tal forma a los hebreos de la ciudad y de los campamentos

levantados en su entorno que, al poco, cuando la comitiva pujaba por cruzar bajo el arco de la

puerta de la Fuente, en el vértice sur de Jerusalén, un grupo de fariseos y levitas -alertados por

el tumulto y que, según los indicios, salía precipitadamente con idea de prender al impostor-

hizo su aparición entre la muchedumbre. Los policías del templo, armados con espadas y

mazas, permanecieron a la expectativa, esperando la orden de los sacerdotes. Pero el

entusiasmo y el clamor de aquellos miles de judíos eran tales que debieron pensarlo con más

calma y, prudentemente, dejaron pasar a Jesús y a sus seguidores. El rabí, con una envidiable

astucia, había evitado su tumultuosa entrada por la zona nororiental de Jerusalén. Desde la

cumbre del Olivete, el ingreso en la ciudad santa hubiera resultado mucho más rápido,

salvando el cauce seco del Cedrón y penetrando por la llamada Puerta Probática o por la del

Oriente, en el costado oriental de las murallas. Aquella maniobra, sin embargo, entrañaba un

riesgo latente: pasar muy cerca de la fortaleza Antonia, sede y cuartel general de las fuerzas

romanas de ocupación. Por otra parte, al planear la entrada triunfal por la zona más meridional,

Jesús se veía obligado a cruzar por algunas de las calles más populosas de la parte baja y vieja

de la capital. Aunque tampoco llegué a preguntárselo jamás, al contemplar aquella imponente

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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manifestación del pueblo judío, volcado con y por Jesús1, tuve la certidumbre de que el Maestro

quiso dirigir sus pasos a través de aquel sector de Jerusalén, precisamente con una doble

intención: permitir así un más prolongado y caluroso recibimiento que -de paso- le protegiera a

El y a sus hombres contra la orden de caza y captura dictada por el Sanedrín. Aquel estallido

fue tan sincero y clamoroso que, como ya he mencionado, los sacerdotes no se atrevieron a

consumar el prendimiento.

Al entrar en las calles de Jerusalén, la multitud se volvió tan expresiva que muchos de los

jóvenes y mujeres, al alcanzar la rosaleda (único jardín permitido en la ciudad santa),

arrancaron decenas de flores, arrojándolas al paso de Cristo.

Aquel gesto desbordó los perturbados ánimos de los fariseos y escribas que habían ido

saliendo al encuentro del «impostor» y algunos de ellos -los más audaces- se abrieron camino a

codazos y empellones, cerrando la marcha del Nazareno.

Alzando sus voces por encima del tumulto, los sacerdotes le gritaron a Jesús:

-¡Maestro, deberías reprender a tus discípulos y exhortarles a que se comporten con más

decoro!

Pero el rabí, sin perder la calma, les contestó:

-Es conveniente que estos niños acojan al Rijo de la Paz, a quien los sacerdotes principales

han rechazado. Sería inútil hacerles callar... Si así lo hiciera, en su lugar podrían hablar las

piedras del camino.

Los fariseos, desalentados y rabiosos, dieron media vuelta y con la misma violencia, se

perdieron en la cabeza de la manifestación, camino sin duda del templo, donde -según pude

verificar poco después- el Sanedrín celebraba uno de sus habituales consejos. Estos sacerdotes

dieron cuenta a sus colegas de lo que estaba sucediendo en las calles del barrio viejo de

Jerusalén. José de Arimatea, miembro de este Sanedrín y buen amigo de Jesús, relataría a la

mañana siguiente a Andrés y al resto de los apóstoles cómo los fariseos irrumpieron con los

rostros desencajados en la sala de las «piedras talladas» (lugar de sesiones del Sanedrín),

exclamando:

«¡Mirad, todo lo que hacemos es inútil! Remos sido confundidos por ese galileo. La gente se

ha vuelto loca con él... Si no paramos a esos ignorantes, todo el mundo le seguirá.»

La triunfal comitiva prosiguió su marcha por las estrechas y empinadas callejas de la ciudad.

Las gentes se asomaban a las ventanas o le saludaban desde los terrados y muchos -que veían

en realidad al Nazareno por primera vez- preguntaban: «¿Quién es este hombre?» La propia

multitud y los discípulos se encargaban de responder a voz en grito: «¡Este es el profeta de

Galilea! ¡Jesús de Nazaret!»

A eso de las tres y media o cuatro de la tarde, llegamos al largo muro oeste del hipódromo.

Una vez allí, al sur del gran recinto del templo, Jesús descendió definitivamente del jumento,

pidiendo a los gemelos Alfeo que regresaran a Betfagé y devolvieran el burrito a su dueño.

Atraídos por el incesante griterío de los judíos, algunos de los miembros del Sanedrín se

asomaron por entre los altos arcos del acueducto que unía el vértice suroccidental de templo

con la zona alta de la ciudad, contemplando atónitos cómo la multitud solicitaba a gritos que

Jesús hablase y que fuese proclamado rey. En el ánimo general -incluyendo a los más íntimos

del Nazareno- flotaba la creencia de que aquél era el libertador esperado. Por un momento me

dejé llevar por la fantasía e imaginé qué hubiera podido ocurrir si el rabí hubiera accedido a las

incesantes peticiones del pueblo...

Pero no eran esas -ni mucho menos- las intenciones del Galileo. Muy al contrario. Haciendo

caso omiso de las sugerencias de sus propios discípulos, que le suplicaban que se dirigiera a la


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