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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1. Estas dos «arterias» comerciales estaban unidas por un enjambre

de calles transversales que constituían un laberinto. En esa red de callejuelas -la mayoría sin

1 Ésta corresponde a la actual calle el-Wad. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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empedrar y sumidas en un pestilente olor, mezcla de aceite quemado, guisotes y orines

arrojados al centro de las vías- se hacinaban miles de viviendas, casi todas de una sola planta y

con las paredes desconchadas.

Pero el grupo, encabezado siempre por Jesús, evitó aquellas incómodas y oscuras callejas,

dirigiendo sus pasos por una de las calzadas más anchas de esta parte baja de Jerusalén. Ante

mi sorpresa, entramos de pronto en una calle de casi ocho metros de ancho, perfectamente

empedrada, que desembocaba junto a la piscina de Sibé.

Las antorchas y lucernas -estratégicamente situadas sobre los muros de las casas-

empezaban ya a alumbrar la noche de la ciudad santa. Sin embargo, y a pesar de las súbitas

tinieblas, el tráfico de peatones era incesante. A las puertas de los edificios de aquella calle, de

más de doscientos metros de longitud, observé numerosos artesanos, enfrascados por entero

en sus labores o en interminables regateos con los posibles compradores. En aquella zona baja

o vieja se habían afincado las profesiones más nobles y consideradas de Jerusalén. Los

paganos, prosélitos e «impuros», en cambio, tenían sus dominios en la parte alta. El fanatismo

de los judíos en este sentido había llegado a tal extremo que, por ejemplo, el esputo de un

habitante de la ciudad alta era considerado como impuro; cosa que no ocurría con las

expectoraciones de los residentes en esta área de la ciudad. Andrés me explicó que, en el

fondo, todo había arrancado a raíz de la instalación de los «bataneros» o blanqueadores de

tejidos en dicha zona alta. Estos aparecían entre las profesiones «despreciables» de la

comunidad israelita.

Junto a las más variadas tiendas o janûyôt se alineaban -siempre en la calle- sastres,

barberos, médicos o sangradores, fabricantes de sandalias carpinteros, zapateros, vendedores

de lámparas y de utensilios propios de cocina, artesanos del cobre y hasta fabricantes de

vestidos de Tarso, sin olvidar a los solicitados vendedores de perfumes y de ungüentos.

Aquello, en definitiva, constituía un espectáculo único, en el que los pregones de las

mercancías, gritos infantiles, risas y el aroma de las frituras terminaban por envolverle a uno,

cautivándole.

Fue en uno de aquellos puestos al aire libre donde, súbitamente, decidí adquirir un hermoso

frasco de esencia de nardo. Sin ocultar su extrañeza, el bueno de Andrés -que me sirvió de

oportuno mediador- consiguió una sustancial rebaja, pagando un total de 250 denarios por la

preciada jarra. La vasija en cuestión había sido primorosamente labrada, por el antiquísimo

procedimiento que los hebreos llamaban del «decantado de líquidos», de pulimento circular. El

engobe y el bruñido habían reducido la porosidad de los vasos, con un pulimento tan brillante

que, a primera vista, daba la impresión de un proceso de vidriado.

Alcanzamos al Maestro y a los restantes discípulos cuando pasaban bajo el arco de la puerta

de la Fuente, en el extremo meridional de Jerusalén. Yo sabia que la ciudad, en especial en

aquellos días previos a la Pascua, era un «nido» de mendigos, pero, al cruzar las murallas

quedé impresionado. Decenas de leprosos se disponían a pasar la noche, envueltos en sus

mantos y harapos, mientras una legión de cojos, lisiados, hinchados, contrahechos y ciegos nos

salían al paso, suplicándonos una limosna. De no haber sido por Andrés, que tiró de mi sin

contemplaciones, lo más probable es que mis 150 denarios restantes hubieran ido a parar a

manos de aquellos supuestos desdichados. Y digo «supuestos» porque -según el hermano de

Pedro- la inmensa mayoría eran simuladores «profesionales», que aprovechaban la fiesta para

conmover los corazones de los forasteros y «no dar golpe...».

Creo que no me percaté bien del desconcierto general de los discípulos de Cristo hasta que

hubimos caminado algo más de un kilómetro, rumbo a Betania. El Maestro, silencioso,

encabezaba el grupo, tirando de los diez con sus características zancadas.

Ni uno solo abrió la boca en todo el trayecto. Aquellos galileos parecían confusos, deprimidos

y hasta malhumorados. Pronto deduje cuál era la razón. Después de la apoteósica e inesperada

recepción tributada al Maestro, 105 apóstoles no habían comprendido por qué Jesús no había

aprovechado aquella magnífica oportunidad para proclamarse rey e instalar, definitivamente, su

«reino» en Judea, extendiéndolo después a las restantes provincias. Al ver sus rostros no era

difícil imaginar cuáles eran sus pensamientos.

Andrés, preocupado por su responsabilidad como jefe del grupo, era quizá el que menos

valoraba aquel estallido popular en torno al Maestro.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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La verdad es que, en los días sucesivos, algunos de los íntimos -en especial Pedro, Santiago,

Juan y Simón Zelotes- tuvieron que hacer considerables esfuerzos para asimilar tantas

emociones...

Simón Pedro fue posiblemente uno de los más afectados por la manifestación popular. Y,

más que por el excitante recibimiento, por el incomprensible hecho de que el Maestro no se

hubiera dirigido a la multitud o, cuando menos, que les hubiera permitido hacerlo a ellos. Para

Pedro, aquélla había sido una magnífica oportunidad... perdida.

Mientras caminaba hacia Betania le noté afligido y triste. Sin embargo, su pasión por Cristo

era tal que supo encajar el extraño comportamiento del Nazareno sin el menor reproche o signo

de disgusto.

Los sentimientos de Santiago, el Zebedeo, eran muy parecidos a los de Simón Pedro. Su

miedo inicial había ido esfumándose conforme bajaban por la ladera del Olivete. La vista de

aquella multitud que aclamaba a su Maestro le había hecho concebir esperanzas de poder e

influencia. Pero todo se había venido abajo cuando Jesús descendió del jumentillo, perdiéndose

en el templo. ¿Cómo podía renunciar así, tan graciosamente, a una oportunidad de oro como

aquélla?

Por su parte, Juan Zebedeo había sido el único que había intuido las intenciones de Jesús. El

recordaba que el Maestro les había hablado en alguna ocasión de la profecía de Zacarías y, no

sin dificultades, asoció aquella entrada triunfal con las verdaderas intenciones de Jesús. Aquello

le salvó en buena medida de la depresión general que ocasionó el traumatizante final. Su

juventud y ciego amor por el Nazareno le impedían, además, sospechar o imaginar siquiera que

el Maestro se hubiera equivocado...

Felipe, el «intendente» y hombre «práctico» del grupo, había sufrido otro tipo de

preocupación. Al ver aquella riada humana pensó por un momento que Jesús podía pedirle -

como ya había hecho en otras oportunidades- que les diera de comer. Por eso, al verle

abandonar la procesión y pasear tranquilamente por el recinto del templo, sintió un profundo

alivio.

Cuando aquellos temores desaparecieron de su mente, Felipe se unió a los sentimientos de

Pedro, compartiendo el criterio de que había sido una lástima que Jesús no hubiera

aprovechado aquella ocasión para instalar definitivamente el reino. Aquella noche, sumido en

las dudas, se preguntó una y otra vez qué podían querer decir todas aquellas cosas. Pero su fe

en el Galileo era sólida y pronto olvidaría sus incertidumbres.

Mateo, hombre cauto, aunque de una fidelidad extrema, quedó maravillado ante aquel

estallido multicolor en torno al rabí. Sin embargo, su natural escepticismo se sobrepuso y no

tardaría en olvidar aquellas emociones de la tarde del domingo. Sólo hubo un momento en el

que Mateo estuvo a punto de perder su habitual calma. Ocurrió en plena explosión popular,

cuando uno de los fariseos se burló públicamente de Jesús, diciendo: «Mirad todos. Ved quién

viene: el rey de los judíos sobre un asno.» Aquello estuvo a punto de sacarle de sus casillas y

poco faltó -según me confesó días después- para que saltara sobre el sacerdote.

A la mañana siguiente, como digo, Mateo había superado la crisis general, mostrándose tan

alegre como siempre. Después de todo, era un perdedor que sabía tomarse la vida con

filosofía...

Tomás, como Pedro, caminaba aturdido. Su profundo corazón no terminaba de encontrar la

razón de aquel festejo, absolutamente infantil, según su criterio. Jamás había visto a Jesús en

un enredo como aquél y eso le había desorientado. Por un momento, el práctico y frío Tomás

llegó a suponer que todo aquel alboroto sólo podía obedecer a un motivo: confundir a los

miembros del Sanedrín, que como todo el mundo sabía- intentaban prender al Maestro. Y no le

faltaba razón...

Otro de los grandes confundidos por aquel acontecimiento fue Simón el Zelotes. Su sentido

del patriotismo le había hecho concebir todo tipo de sueños respecto al futuro político de su

país. El acariciaba la idea de liberar a Israel del yugo romano y devolver al pueblo su soberanía.

Y Jesús, por supuesto, debía ocupar el derrocado trono de David. Al asistir a la entrada triunfal

en Jerusalén, su corazón tembló de emoción y se vio ya al mando de las fuerzas militares del

nuevo reino. Al descender por el monte de los Olivos imaginó, incluso, a los sacerdotes y

simpatizantes del Sanedrín ajusticiados o desterrados. Fue, sin lugar a dudas, el apóstol que

gritó con más fuerza y que animó constantemente a la multitud. Por eso, a la caída de la tarde,


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