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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Uno de los sacerdotes se destacó entonces de entre la muchedumbre y con paso decidido se

situó frente a la joven, asiendo su túnica con la mano izquierda y a la altura del vientre.

Después, de un fuerte tirón, desgarró la vestidura, dejando al descubierto unos pechos blancos

y pequeños. El grito de la esposa fue ahogado prácticamente por el bramido de la multitud,

excitada ante la contemplación de aquellos hermosos senos. Inmediatamente, el mismo

sacerdote se colocó a espaldas de la mujer, procediendo a soltar su larga cabellera negra.

Andrés, nervioso y disgustado, hizo ademán de retirarse. Tratando entonces de ganar tiempo

y de aprovechar aquel lógico deseo de mi amigo de evitar tan lamentable suceso, tomé mi

bolsa de hule y puse en su mano dos denarios de plata. Andrés me miró sin comprender.

-Deseo pedirte un nuevo favor -le dije-. Es importante para mí adquirir una muestra de la

tinta con la que ha sido escrita esa maldición...

El galileo quedó perplejo. Y adelantándome a sus pensamientos, añadí:

Confía en mi. Sabes que no puedo entrar en el Santuario y tratar de comprarla personalmente.

Bastará con una pequeña cantidad: quizá sea suficiente con una décima de log1.

Seguí mirando fijamente a Andrés, intentando trasmitirle un mínimo de confianza. La fortuna

volvió a sonreírme y el discípulo encogiéndose de hombros, accedió, rogándome que no me

moviera del lugar.

Mientras Andrés volvía a penetrar en el recinto del Templo, me reincorporé a la marcha de

los acontecimientos. El sacerdote que había desgarrado la túnica de la mujer se hallaba ahora

deliberando con el resto de los miembros del Templo. De vez en cuando volvían la cabeza hacia

aquella infeliz, enzarzándose en nuevas y encendidas polémicas. Uno de ellos dejó el corrillo y

caminó unos pasos, situándose a un palmo de la sospechosa de adulterio. Sin inmutarse ante

las lágrimas de la mujer, se inclinó ligeramente, inspeccionando de cerca los pequeños y

oscuros pezones. Al cabo de unos minutos retornó al centro de la reunión, iniciándose una

nueva y aún más áspera controversia.

Al final, y tras llegar a un acuerdo, otro de los sacerdotes tomó un cinturón egipcio -formado

por cuerdas entrelazadas- y se dirigió hacia la muchacha. Cubrió su torso ciñendo la tela por

encima de sus pechos, de forma que la túnica no pudiera bajarse.

A una orden del guardián del Templo y jefe de la patrulla de levitas, uno de los hebreos que

permanecía junto a los sacerdotes, y que resultó ser el marido, avanzó hasta el centro del

círculo, depositando a los pies de su mujer un cesto de paja con unos tres o cuatro kilos de

harina de cebada2. Después, con la misma frialdad, se retiró. Por un momento creí que el

querellante iba a situar el pequeño cesto en las manos de la condenada pero, por indicación de

uno de los levitas que sujetaba a la mujer, terminó por colocarlo en tierra. A mi regreso al

módulo, en la mañana del domingo, la computadora me aclararía este extremo: La tradición

bíblica especificaba que la ofrenda del marido -la «efá» de harina de cebada- debía ser colocada

sobre las manos de la víctima. El sacerdote, entonces, ponía su mano bajo las de la mujer,

agitando el recipiente de forma ritual. A continuación, lo acercaba al altar, cogía un puñado y lo

quemaba. El resto era destinado a la alimentación de los sacerdotes del Templo.

La peligrosa resistencia de la infeliz -que no podía ser liberada del firme control de los

policías- hizo aconsejable en este caso que el sacerdote pasase por alto aquella parte del ritual.

De pronto, y por la zona más próxima a la muralla, los judíos fueron abriendo un pasillo,

dando paso a otro sacerdote, estrechamente escoltado por seis levitas. Un murmullo se levantó

entre el gentío al descubrir que aquel sacerdote transportaba algo entre sus manos. El objeto

en cuestión -bastante liviano, a juzgar por el escaso esfuerzo desarrollado por el hebreo-

aparecía cubierto por un lienzo blanco. Imaginé al instante que podía tratarse del recipiente que

contenía las «aguas amargas». Desgraciadamente no tuve que aguardar mucho tiempo para

despejar mis dudas. La recién llegada escolta se situó en torno a la mujer y a los policías que la

sujetaban, formando un segundo cordón de seguridad.

El sacerdote retiró el lienzo y apareció a la vista de los presentes un pequeño cuenco de

arcilla rojiza, con una capacidad aproximada de un litro. Al verlo, la esposa sufrió un nuevo

1 Un «log» -medida utilizada para líquidos y áridos- equivalía a medio litro, aproximadamente. (N. del m.)

2 Una «efá» -medida judía de capacidad- equivalía a 72 «log». En este caso, la Biblia estimaba que debía

ofrendarse una décima de «efá»; es decir, 7,2 «log» o, lo que es lo mismo, unos 3 kilos y 600 gramos,

aproximadamente. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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ataque de desesperación, convulsionándose violentamente y profiriendo unos alaridos que

hicieron levantar el vuelo de las numerosas palomas que se hallaban posadas sobre los

torreones y cúpula del Templo.

Un silencio total -roto únicamente por los aullidos de la prisionera- cayó poco a poco sobre el

lugar. El sacerdote que portaba la vasija de barro levantó entonces su voz, conminando a la

mujer a que, por última vez, se declarara culpable o inocente.

El gentío aguardó expectante. Pero la hebrea entre gemidos cada vez más apagados, sólo

acertó a pronunciar dos palabras fatídicas: «Soy pura.»

El miembro del Templo, que parecía tener una incomprensible prisa, volvió la cabeza hacia

uno de los levitas, musitándole algo al oído. El policía dejó entonces su puesto, uniéndose a los

tres compañeros que retenían a la joven. Y situándose a espaldas de la víctima la sujetó por la

espesa mata de pelo, tirando de los cabellos hacia abajo y obligándola a mantener el rostro

cara al cielo. Los gritos arreciaron. Mientras la patrulla afianzaba sus pies sobre el áspero

terreno, sujetando con nuevos bríos los brazos y piernas de la mujer, otros dos policías se

situaron a escasos centímetros de ella, cada uno frente a un costado. Y como si aquella

operación hubiera sido largamente estudiada o practicada, mientras el levita del flanco

izquierdo cerraba con sus dedos la nariz de la «adúltera», el del costado derecho situó sus

manos a escasa altura de la cara, esperando a que el peligro de asfixia obligara a abrir la boca

a la judía. Entre sollozos y resoplidos mal contenidos, la muchacha terminó por aspirar aire.

Como movidas por un resorte, las manos del policía se hundieron en el interior de la boca,

separando violentamente la mandíbula inferior. En décimas de segundo, el sacerdote que

portaba el cuenco dio un paso hacia adelante, vertiendo su contenido en la boca de la víctima.

A pesar de los seis policías que tomaban parte en la inmovilización de la hebrea, ésta consiguió

ladear levemente la cabeza, haciendo que parte de aquel líquido negruzco se derramara por sus

mejillas, cuello y túnica.

Una vez apurado el brebaje, el sacerdote retrocedió, al tiempo que los levitas de los costados

dejaban libres nariz y boca. El que tiraba del cabello, sin embargo, al igual que los tres que

aprisionaban sus brazos y piernas, siguió en su puesto.

A pesar de mi preparación para esta misión, una oleada de indignación me conmovió de pies

a cabeza. Sin embargo, tal y como estaba establecido por Caballo de Troya, yo no podía hacer

otra cosa que asistir impasible a aquel trágico suceso. Ahora reconozco que fue una prueba

decisiva para asimilar mi misión y poder asistir -con toda frialdad- a las no menos dramáticas

horas del Viernes Santo...

No habrían transcurrido ni cinco minutos cuando la mujer comenzó a sufrir una serie de

espasmos. Sus rodillas se doblaron, mientras los levitas trataban de mantenerla erguida.

(Después, al analizar la muestra de tinta, comprendí que aquella actitud de los policías tenía un

único y bien estudiado objetivo: evitar que, al caer al suelo y flexionar el abdomen, la

condenada pudiera vomitar las «aguas amargas», anulando así sus efectos.)

Lentamente, la joven esposa fue perdiendo fuerza. Su rostro adquirió un tinte amarillento y

sus ojos -muy abiertos y fijos en aquel azul infinito del cielo de Jerusalén- se abultaron, al

tiempo que las grandes arterias del cuello se hinchaban de forma alarmante.

Evidentemente, el veneno había surtido efecto. Los sacerdotes lo sabían y, al apreciar

aquellos síntomas, ordenaron a la patrulla que soltara a la mujer. Al liberarla, ésta cayó

desplomada a tierra, mientras las decenas de curiosos comenzaban a desfilar en silencio,

cruzando de nuevo la muralla o alejándose ladera abajo, hacia el Cedrón.

Fue la voz de Andrés, llamándome desde el arco de la Puerta Oriental, la que me sacó de la

triste contemplación de aquel cuerpo desmayado, o quizá sin vida, rodeado por la policía del

Templo. Mi amigo debió advertir en seguida mi desolación y, tomándome por el brazo, me

condujo a través del Atrio de los Gentiles, en dirección a la ciudad baja. Una vez fuera del

Templo, el discípulo sacó disimuladamente de entre sus ropas un pequeño jarrito (de unos 17

centímetros de altura), provisto de una sola asa y con la reducida boca circular perfectamente

cerrada por un «tapón» de tela. Sin más explicaciones, puso el recipiente de barro rojo en mis

manos, al igual que uno de los dos denarios que yo le había entregado. Andrés no hizo una sola

pregunta y yo agradecí doblemente su eficacia y discreción.

Días más tarde, cuando fue posible analizar el contenido de aquel recipiente, mis sospechas se

vieron confirmadas. La tinta en cuestión contenía cuatro sustancias principales: añil, carbonato

potásico, ácido arsenioso y cal viva. Todo ello, diluido en agua común. La circunstancia clave de


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