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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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de España a Estados Unidos. Yo había acompañado a don Juan Carlos y a doña Sofía en otras

visitas de Estado y sabía que aquélla era una oportunidad que no podía dejar escapar. Entre

otras importantes razones, porque ese tipo de viajes resulta siempre muy asequible a la

modesta economía de los profesionales del periodismo.

Así fue como aquel 11 de octubre de 1981, y en compañía de una treintena de periodistas

españoles, un segundo reactor de la TWA -el vuelo 407- me situaba en el aeropuerto nacional

de la capital federal de los Estados Unidos. Eran las 17.58 (hora local de Washington).

A pesar de mi creciente inquietud y nerviosismo, mi ansiada visita al Cementerio Nacional de

Arlington tuvo que ser demorada hasta el día siguiente, lunes. Aquel mes de octubre, el

camposanto de los héroes norteamericanos cerraba sus puertas a las cinco de la tarde. Y

amparándome en el cansancio del viaje, decliné la invitación de mis entrañables amigos Jaime

Peñafiel, Giani Ferrari y Alberto Schommer para visitar la ciudad, encerrándome a cal y canto

en la habitación 549 del hotel Marriot, sede y cuartel general de la prensa española. Ellos, por

supuesto, eran ajenos a los verdaderos objetivos de mi viaje.

Hasta altas horas de la madrugada permanecí enfrascado en el posible «plan de ataque». Un

plan, dicho sea de paso, que, como siempre, terminaría por experimentar sensibles variaciones.

Pero trataré de ir por partes.

A las nueve de la mañana del día siguiente, 12 de octubre, con mis cámaras al hombro y un

inocente aire de turista despistado, me acercaba hasta las oficinas del Temporary Visitors

Center, a las puertas del Cementerio Nacional de Arlington. Allí, una amable funcionaria -plano

en mano- me señaló el camino más corto para localizar la Tumba del Soldado Desconocido. Una

leve y fresca brisa procedente del río Potomac había empezado a mecer las ramas de los

álamos y abetos que se alinean a ambos lados del drive o paseo de McClellan. A los pocos

minutos, y temblando de emoción, divisé las plazas de Wheaton y Otis e inmediatamente detrás

la tumba a la que, sin duda, hacía referencia el mensaje de mi amigo el mayor.

Aunque el cementerio había abierto sus puertas hacía escasamente una hora, un nutrido

grupo de turistas se repartía ya a lo largo de la cadena que aísla la pequeña explanada de

grandes losas grises en la que se encuentra el gran mausoleo de mármol blanco en el que

reposan los restos de un soldado norteamericano caído en los campos de batalla de Europa, y

otras dos sepulturas -a derecha e izquierda del anterior- en las que fueron inhumados otros dos

soldados desconocidos, muertos en la segunda guerra mundial y en la de Corea,

respectivamente.

Allí estaba el centinela; el único, según me informaron en el Centro de Visitantes, que monta

guardia permanente en Arlington.

«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual...»

Mis primeros minutos frente a la tumba fueron una indescriptible mezcla de aturdimiento,

confusión y absurda prisa por asimilar cuanto me rodeaba.

Y en mitad de aquel caos mental, la primera frase del mayor:

«El centinela que vela...»

Después de dos horas de observación, con los ánimos algo más reposados, saqué mi

cuaderno de «bitácora» y comencé una frenética anotación de cuanto había sido capaz de

percibir.

El centinela -punto central de mis indagaciones- era relevado cada hora. Eso significaban 60

minutos... La verdad es que, conforme iba escribiendo, muchas de aquellas observaciones me

parecieron ridículas. Pero no estaba en condiciones de despreciar ni el más nimio de los

detalles.

También hice una exhaustiva descripción de su indumentaria: guerrera azul oscura, casi

negra, pantalón igualmente azul (algo más claro), con una raya amarilla en los costados, ocho

botones plateados, guantes blancos y gorra negra de plato. Al hombro, un mosquetón con la

bayoneta calada...

Observo -seguí anotando- que el centinela, al llegar al final de su corto y marcial desfile ante

las tumbas, cambia siempre el arma de hombro. Curiosamente, el fusil nunca aparece

enfrentado al mausoleo.

Pero, ¿qué tenía que ver todo aquello con el dichoso ritual?

El corto paseo del soldado frente a los sepulcros discurría monótona y silenciosamente.

Estaba claro que el centinela no podía hablar. Como es fácil de comprender, no me hice

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ilusiones respecto a la remota posibilidad de interrogarle sobre el «ritual de Arlington». En

aquella primera frase de su oscura clave, el mayor tampoco afirmaba que dicho soldado pudiera

transmitirme, de viva voz, el citado ritual. La expresión «te revelará» podía ser interpretada de

muy diversas formas, aunque casi desde el principio descarté la de un hipotético diálogo con el

miembro de la Vieja Guardia. El secreto tenía que estar en otra parte. Seguramente, y

considerando que un ritual es una ceremonia> habría que concentrar las fuerzas en todo lo

concerniente a dicho rito.

Un tanto aburrido, y por aquello de no levantar sospechas ante mi prolongada presencia en

la plaza este del anfiteatro> procure repartir la mañana y parte de la tarde entre el siempre

concurrido recinto del Soldado Desconocido y la lápida del malogrado presidente Kennedy,

ubicada a poco más de 300 metros, en la falda oriental de la colina que rematan precisamente

las mencionadas tres tumbas de los norteamericanos desconocidos.

Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy, rezaba la tercera frase del mensaje.

Pero, por más que los abrí, mi mente siguió en blanco. Sumé, incluso, los números de sus

fechas de nacimiento y muerte (1917-1963), sin resultado alguno. Por pura inercia, jugué con

la edad del presidente, montando un sinfín de cábalas tan absurdas como estériles. Creo que lo

único positivo de aquellas largas horas frente a la sepultura de Kennedy y de las de los dos

hijos que fallecieron antes que él fue el padrenuestro que dejé caer en silencio, como un

modesto reconocimiento a su trabajo.

A las tres de la tarde, hambriento y medio derrotado, me dejé caer sobre las pulcras y

blancas escalinatas del minúsculo anfiteatro que se levanta frente a las tres sepulturas. En mi

cuaderno; plagado de números, comentarios más o menos acertados y hasta dibujos de los

diez centinelas que había visto desfilar hasta ese momento, sólo había espacio ya para la

desilusión.

«Creo que voy a desfallecer -escribí-. No soy lo suficientemente inteligente...»

El centinela número seis, tras una de aquellas monótonas pausas pasó su mosquetón al

hombro contrario y reanudó el paso. De la forma más tonta, atraído probablemente por el brillo

de sus botines, comencé a contar cada una de las zancadas, al tiempo que las hacía coincidir

con un improperio, premio a mi probada ineptitud.

«…Tres (idiota)... cuatro (imbécil)... siete (necio)... veinte (mentecato)... veintiuno (iluso).»

El soldado se detuvo. Nueva pausa. Giró. Cambió el fusil. Nueva pausa. Y prosiguió su

desfile.

Dos (merluzo)... cuatro (burro)... doce (calamidad)... veinte (paranoico)... veintiuno...»

¿Veintiuno? El último insulto fue sustituido por un escalofrío. ¿He contado bien?

El centinela había dado 21 pasos. Mi decaimiento se esfumó. Me puse en pie y volví a contar.

«…diecinueve, veinte y ¡veintiuno!»

No me había equivocado. Aquella nueva pista hizo resucitar mi entusiasmo. ¿Cómo no me

había dado cuenta mucho antes?

Avancé hacia la cadena de seguridad y, reloj en mano, cronometré el tiempo que consumía

el soldado en cada desplazamiento.

¡21 segundos! ¿Veintiún pasos y veintiún segundos?

Hice nuevas pruebas y todas -absolutamente todas- arrojaban idéntico resultado.

¿Qué significaba aquello? ¿Se trataba de una casualidad?

Picado en mi amor propio me propuse contabilizar hasta el más insignificante de los

movimientos del centinela.

Fue entonces, al contar el tiempo invertido por el soldado en cada una de sus pausas,

cuando mi corazón comenzó a acelerarse: ¡21 segundos!

«No puede ser -me dije a mí mismo, temblando por la emoción-, seguramente estoy en un

error...»

Pero no. Como si se tratase de un robot, el centinela caminaba 21 pasos, empleando en ello

21 segundos. Se detenía exactamente durante 21 segundos, girando y cambiando el arma de

posición. La nueva pausa, antes de proseguir con el desfile, duraba otros 21 segundos y así

sucesivamente.

Anoté «mi» descubrimiento y releí la clave del mayor con una especial fruición.

El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington. «No puede ser una

casualidad», me repetía obsesivamente. «Pero, ¿porqué 21? ¿Qué significa el número 21?»


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