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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Aquel líquido aceitoso, según me explicó una de las discípulas, era fabricado en Jerusalén, partiendo precisamente

de aquella sustancia pardorojiza que yo había visto exudar a los olivos. Santa Claus confirmaría que dicha materia -

denominada «goma leca»- está formada por una sustancia blanca y cristalina que se distingue con el nombre de

«Olivila». (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

145

No podía entenderlo muy bien. ¿Por qué los discípulos de Jesús de Nazaret se hallaban tan

silenciosos? Aquel desayuno fue tenso. Nadie parecía dispuesto a abrir la boca. Ciertamente, los

acontecimientos de los últimos días y, sobre todo, el fantasma del decreto del Sanedrín contra

la persona del Maestro, planeaban sobre los corazones de aquellos hombres. Sin embargo,

resultaba chocante que el Nazareno fuera el menos atormentado del grupo. Las espadas

seguían al cinto de algunos de los doce y aquella noche, como en la anterior, se establecería el

rutinario servicio de guardia a las puertas del campamento.

Judas Iscariote fue el último en salir de la tienda. Por sus ojos enrojecidos y su semblante

demacrado tuve la impresión de que no había dormido gran cosa. Apuró su ración y, como sus

compañeros, permaneció sentado, como distraído.

El Maestro, al fin, rompió el silencio, diciendo:

-Hoy quiero que descanséis. Tomaros tiempo para meditar sobre todo lo que ha ocurrido

desde que vinimos a Jerusalén. Reflexionad sobre lo que está a punto de llegar...

La decisión de Jesús sorprendió un poco a los asistentes. Todos creían que el rabí entraría

nuevamente en el templo y que se dirigiría a las masas. Sin embargo, el Galileo -puesto en pie-

, confirmó su decisión, haciendo saber al jefe del grupo que pensaba retirarse durante toda la

jornada y que, bajo ningún pretexto, deberían traspasar las puertas de la ciudad santa. Andrés

asintió con la cabeza y Jesús se retiró al interior de la tienda.

Aquello -lo confieso- me desconcertó tanto o más que a los discípulos aunque por razones

bien distintas. ¿Qué pretendía el Nazareno? ¿A dónde pensaba dirigirse? Mi misión era seguir

los pasos de Jesús de Nazaret, allí donde fuera o estuviera y siempre y cuando mi presencia no

motivara una alteración de los hechos históricos. Por otro lado, Caballo de Troya me había

asignado la difícil e inaplazable tarea de conectar con el procurador romano. Era vital que

Poncio Pilato supiera de mi; que me conociera personalmente. Ello facilitaría mi ingreso en la

Torre Antonia en la mañana del próximo viernes. Además, esa cita -en manos de José, el de

Arimatea- estaba prevista inicialmente para esta misma mañana del miércoles. ¿Qué debía

hacer?

Para colmo, un pensamiento comenzó a hostigarme: «¿Qué maquinaba el cerebro de

Judas?»

Algo en lo más profundo de mi ser me decía que aquella jornada iba a ser decisiva en los

planes y decisiones del traidor. Y yo debía estar al corriente. Judas, como ya he dicho en otras

ocasiones, me atraía especialmente. En el fondo era el único que se rebelaba contra todo

aquello.

Me hallaba sumido en estas graves dudas cuando Jesús se presentó a la puerta de la tienda.

Había tomado su manto y anudado en torno a su cabeza un pañolón o «sudario». Aquello

significaba que se proponía caminar y bastante.

En ese momento, David Zebedeo -uno de los discípulos más corpulentos y rápido de

pensamiento y que jugaría un papel extraordinariamente práctico y eficaz durante las terribles

jornadas del viernes, sábado y domingo-, salió al paso del gigante, exponiéndole lo siguiente:

-Bien sabes, Maestro, que los fariseos y dirigentes del templo buscan destruirte. A pesar de

ello, te preparas para ir solo a las colinas. Esto es una locura. Por tanto, mandaré contigo tres

hombres armados para que te protejan.

El Galileo miró primero a David Zebedeo y, a continuación, observó a los tres fornidos

sirvientes del impulsivo discípulo, que esperaban a cierta distancia.

Y en un tono que no admitía réplica o discusión alguna contestó, de forma que todos

pudiéramos oírle:

-Tienes razón, David. Pero te equivocas también en algo: el Hijo del Hombre no necesita que

nadie le defienda. Ningún hombre me pondrá las manos encima hasta esa hora en la que deba

dar mi vida, tal y como desea mi Padre. Estos hombres no van a acompañarme. Quiero ir y

estar solo para que pueda comunicarme con mi Padre.

Al escuchar a Jesús, David Zebedeo y sus guardianes se retiraron y yo, sintiendo que algo se

quebraba en mi interior, comprendí también que no podía seguir al protagonista de mi

exploración. Por alguna razón que no había querido detallar, el Maestro tenía que permanecer

solo. Pero, cuando ya daba por perdida aquella parte de la misión, ocurrió algo que me hizo

recobrar las esperanzas y que, por suerte, me permitiría reconstruir parte de lo que hizo Jesús

en aquel miércoles.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

146

Cuando el rabí se dirigía ya hacia la entrada del huerto, dispuesto a perderse Dios sabe en

qué dirección, el muchacho que había traído la cesta con las hogazas de pan surgió de entre los

discípulos y corrió tras el Maestro. Al verle, el rabí se detuvo. Juan Marcos había llenado aquella

misma cesta con agua y comida y le sugirió que, si pensaba pasar el día en el monte, se llevara

al menos unas provisiones.

Jesús le sonrió y se agachó, en ademán de tomar la cesta. Pero el niño, adelantándose al

Galileo, agarró el canasto con todas sus fuerzas, al tiempo que insinuaba ron timidez:

-Pero, Señor, ¿y si te olvidas de la cesta cuando vayas a rezar... Yo iré contigo y cargaré la

comida. Así estarás más libre para tu devoción.

Antes de que Jesús pudiera replicar, el muchachito intentó tranquilizarle:

-Estaré callado... No haré preguntas... Me quedaré sentado junto a la cesta cuando te

apartes para orar...

Los discípulos que presenciaban la escena quedaron atónitos ante la audacia de Juan.

Y el Maestro volvió a sonreír. Acarició la cabeza del niño y le dijo:

-Ya que lo ansías con todo tu corazón, no te será negado. Nos marcharemos solos y haremos

un buen viaje. Puedes preguntarme cuanto salga de tu alma. Nos confortaremos y

consolaremos juntos. Puedes llevar el cesto. Cuando te sientas fatigado, yo te ayudaré.

Sígueme…

Y ambos desaparecieron ladera arriba.

Nadie hizo el menor comentario. Los rostros de los apóstoles reflejaban una total

consternación. Era doloroso que un simple niño les hubiera ganado la partida. Supongo que

todos los allí presentes -exceptuando al Iscariote- ardían en deseos de acompañar a su

Maestro. Sin embargo, ninguno había sido capaz de abrir su corazón y hablarle a Jesús con la

sinceridad de Juan Marcos. Y de la sorpresa fueron pasando a un mal disimulado disgusto. A los

pocos minutos, varios de los íntimos se habían enzarzado ya en una agria disputa sobre la

conveniencia de que el rabí se dedicara a caminar por los montes de Judea sin escolta y con un

chico de «los recados» por toda compañía.

Aquella discusión empezaba a fascinarme. Todos aportaban argumentos más o menos

válidos pero ninguno parecía dispuesto a reconocer públicamente la verdadera causa por la que

se habían quedado solos.

La discusión iba caldeándose poco a poco cuando, de pronto, vi salir de la tienda a Judas.

Sigilosamente se encaminó hacia la entrada del huerto, alejándose en dirección a la barranca

del Cedrón. No lo dudé. Tras recordar a Andrés mi cita con José de Arimatea, anunciándole que

regresaría en cuanto pudiera, crucé el recinto de piedra, procurando no perder de vista al

Iscariote. Este había descendido por una de las estrechas pistas que conducía a un puentecillo

sobre el cauce seco del Cedrón y que unía la explanada este del templo con el monte de los

Olivos. Judas, con paso decidido, atravesó el lugar donde yo había asistido a la prueba de las

«aguas amargas», deteniéndose bajo el transitado arco de la Puerta Oriental del templo.

Confundido entre los numerosos peregrinos que iban y venían pude ver cómo el traidor besaba

a otro hebreo. Y ambos entraron en el Atrio de los Gentiles.

Adoptando toda clase de precauciones me adentré también en el Templo. Llegué justo a

tiempo de comprobar cómo Judas y su acompañante subían las escalinatas del santuario,

desapareciendo por la puerta del Pórtico Corintio.

Maldije mi mala estrella. Aquél, justamente, era uno de los pocos lugares de Jerusalén donde

no podía entrar un gentil. El santuario era sagrado. Allí no cabía estratagema alguna. Y mucho

menos con mi aspecto de mercader extranjero...

¿Qué podía hacer para seguir los pasos de Judas?

Me dejé caer en las escalinatas donde habitualmente se sentaba el Maestro e intentaba

buscar una fórmula para descubrir la razón que había llevado al apóstol al interior del santuario,

cuando uno de los saduceos, amigo de José de Arimatea, y que había participado en el

almuerzo ofrecido por aquél a Jesús en la mañana del martes, vino a simplificar mis problemas.

El hombre me reconoció, interesándose por mi salud y preguntándome a qué obedecía

aquella mirada mía tan apesadumbrada. Después de medir las posibles consecuencias de la

idea que acababa de nacer en mi cerebro, me decidí a hablarle. Tras rogarle que mantuviera

cuanto iba a contarle en el más estricto secreto -a lo cual accedió el saduceo en un tono que

parecía sincero-, le expliqué que tenía fundadas sospechas sobre la falta de lealtad de uno de


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