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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Mi documentación sobre Tiberio se basó fundamentalmente en cuatro fuentes básicas: los «Anales» de Tácito, el

libro de «Los Doce Césares» de Suetonio y las «Historias de Roma» de Dión Casio y Veleio Patérculo. A esta bibliografía

sobre la vida pública y privada de Tiberio hubo que añadir un sinfín de documentos, datos y libros de F. Josefo, Filón,

Juvenal, Ovidio, de los Plinios, Séneca, Henting, Bernouilli, Barbagallo, Baring-Gould, Ferrero, Marsh, Ciaceri,

Mommsen, Marañón, Homo. Pippidt, Axel Munthe, Ramsay, Tarber, Tuxen y un largo etc. (N. del m.)

2 Para cualquier médico, aquellos ojos «saltones», así como el conjunto de las restantes características de Pilato -

obesidad, escasa estatura, hinchazón de la cara, etc.- le hubieran hecho sospechar una alteración de la glándula

tiroides (posiblemente un hipertiroidismo). (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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según todos los historiadores- era una de las características de los «claudios». Tiberio había

perdido el cabello desde su lejana juventud, utilizando al parecer pelucas rubias,

confeccionadas -según Ovidio- con las matas de pelo de las esclavas y prisioneras de los

pueblos bárbaros. Otros emperadores, como Julio César y Calígula, presentaban esta

enfermedad. Séneca describe magistralmente el grave complejo de Calígula como consecuencia

de su calvicie: «Mirarle a la cabeza -dice el español- era un crimen...»

Por supuesto, y curándome en salud, procuré mirar lo menos posible hacia el postizo de

Pilato...

Una caries galopante había diezmado su dentadura, salpicándola de puntos negros que hacían

aún más desagradable aquel rostro blanco, hinchado y redondo como un escudo. Poncio,

consciente de este problema, había tratado de remediar su malparada dentadura, haciéndose

colocar dos dientes de oro en la mandíbula superior y otro en la inferior. Aquellas prótesis,

además, denunciaban su privilegiada situación económica. Pilato lo sabía y observé que -

aunque no hubiera motivo para ello- le encantaba sonreír y enseñar «sus poderes»1.

A pesar de su apuradísimo rasurado y del perfume que utilizaba, su aspecto, en general,

resultaba poco agradable. También -creo yo- la descripción física de Poncio Pilato encajaba con

la clasificación tipológica que había hecho Ernest Kretschmer. Al menos, desde un punto de

vista externo, coincidía con el llamado tipo «pícnico». Pero lo que realmente me interesaba era

su forma de ser. Era vital poder bucear en su espíritu, a fin de entender mejor sus motivaciones

y sacar algún tipo de conclusión sobre su comportamiento en aquella mañana del viernes, 7 de

abril.

El procurador agradeció el obsequio de José y, cayendo sobre mí, me preguntó entre risitas:

-¿Y cómo sigue el «viejecito»?

Yo sabía que el carácter áspero y la extrema seriedad de Tiberio -ya desde su juventud- le

habían valido este apelativo. Y traté de responder sin perder la calma:

-En mi viaje hacia esta provincia oriental he tenido el honor de verle en su retiro de la isla de

Capri. Su salud sigue deteriorándose tan rápidamente como su humor...

-¡Ah! -exclamó el procurador, simulando no conocer la noticia-. Pero, ¿es que ha vuelto a

Capri?

Aquello terminó de alertarme. Pilato, con aquellas y las siguientes preguntas, trataba de

averiguar si yo formaba parte del grupo de astrólogos que rodeaba a Tiberio y que Juvenal

(años más tarde) calificaría irónicamente como «rebaño caldeo». La suerte estaba echada. Así

que procuré seguirle la corriente...

1 En contra de lo que han llegado a opinar algunos investigadores, el procurador Poncio Pilato no fue jamás un

esclavo liberto. Procedía de una familia nobilísima y muy antigua, entroncada desde cuatro siglos antes de Cristo con el

«orden ecuestre» romano. Un antepasado suyo, Poncio Cominio, tomó parte en la guerra de Camilo contra los galos.

Con gran arrojo, este antepasado de Pilato consiguió penetrar en Roma escondido en una barquichuela de cortezas de

árbol. El origen de Cominio, como nos señala su propio nombre, era samnita. Doscientos años más tarde surgen en la

Historia de Roma otros dos «Poncios» famosos: Cayo Poncio Telesino y su padre, Cayo Poncio Herenio, amigo de

Platón. La familia de Poncio Pilato, según todos los historiadores, se dividía en cuatro grandes «ramas»: los telesinos,

los cominianos, los fregelanos y los anfidianos. Todos ellos tomaban el nombre del lugar de procedencia de su familia.

La «rama» más distinguida y noble fue, sin duda, la de los telesinos, de la que procedía Cayo Herenio, lugarteniente de

Mario en la guerra de España, en tiempos de Sila. Pero más famoso fue aún Poncio Telesino, que puso a Sila en

grandísimo aprieto y cuya muerte fue, para Mario, la señal de su derrota. Desde entonces, los Poncio Telesinos

desaparecen de la historia de Roma, aunque dos importantes poetas -Marcial y Juvenal- hablan de ellos. Uno para mal

y el segundo, que los tenía en gran aprecio, para bien. Es difícil precisar a cuáles de las dos «ramas» importantes pudo

pertenecer Poncio Pilato aunque todo hace suponer -dado su rango y cargo- que a la de los «telesinos». «Pilato» no era

otra cosa que un sobrenombre o apodo, como ocurría con otros personajes ilustres: Cicerón, Torcuato, Corvino, etc.

Significaba «hombre de lanza», y presumiblemente tenía relación con algún importante hecho de armas ocurrido en la

familia de los Poncio. En la guerra civil de César y Pompeyo, por ejemplo, los Poncio fueron partidarios del primero,

contándose de ellos algunos rasgos heroicos que les valieron una gran amistad con César. Otros miembros de la

familia, sin embargo, permanecieron fieles a la República, como fue el caso de Lucio Poncio Aquila, amigo de Cicerón.

En tiempos de Tiberio aparecen los « fasces « consulares en manos de un tal Cayo Poncio Nigrino y en los bancos del

Senado tenemos a otro Poncio Fregelano, caído más tarde en desgracia al unirse al temido general Sejano. Pero

ninguna de estas circunstancias hizo perder prestigio a la familia de los Poncio. Y bajo el imperio de Nerón encontramos

a otro Poncio Telesino ejerciendo el Consulado con Suetonio Paulino.

Poncio «Pilato» pertenecía, en resumen, al «orden ecuestre» romano; es decir, a la nobleza de segundo grado. (N.

del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Como medida precautoria, Caballo de Troya habla establecido que, mientras durase mi

reunión con Pilato, la conexión auditiva con el módulo fuera prácticamente permanente. La

información auxiliar de Santa Claus, nuestro ordenador, podía resultar de gran utilidad. De ahí

que, durante toda la entrevista, yo permaneciese con la mano derecha pegada a mi oreja,

simulando dificultad para oír a mi interlocutor. En realidad, como ya expliqué, esta argucia

permitía que las voces de los allí reunidos pudieran llegar con nitidez hasta Eliseo...

-Comprendo que las noticias te lleguen con demora -fingí-, y que aún no estés informado del

retiro voluntario del Emperador en Capri. Allí permanece en la actualidad en compañía de su

amigo y maestro de astrólogos, el gran Trasilo.

Poncio no se daba por vencido. Aquella delicada situación parecía divertirle.

-Entonces -repuso el procurador sin abandonar aquella falsa sonrisa- habrá llevado consigo a

su médico personal, Musa...

La nueva trampa de Pilato tampoco dio fruto. Yo sabía que Antonio Musa había sido el galeno

de su antecesor, Augusto. Pero, ¿cómo podía rectificar al supremo jefe de las fuerzas romanas

en la Judea sin herir su retorcido ánimo?

-No, procurador. Sé que Tiberio admiró los cuidados de Musa para con su padrastro, pero el

Emperador ha preferido llevarse al no menos prudente y eminente Charicles. Según mis

noticias, Tiberio le llama de vez en cuando a cualquiera de las doce villas de Capri donde

habita.

Pilato empezó a juguetear con el pequeño falo de marfil que colgaba de su cuello. Aquel adorno

-tan corriente en la Roma imperial- vino a demostrarme algo que ya sospechaba: aquel romano

era profundamente supersticioso. La presencia de falos eh todo tipo de adornos, collares,

anillos, muebles, pinturas, etc. estaba motivada por el afán de los ciudadanos romanos de

atraer a la fortuna y evitar la desgracia


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