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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

19

Con el fin de asegurarme, esperé los dos últimos cambios de la guardia y repetí los cálculos.

Los soldados números siete y ocho se comportaron exactamente igual.

Abstraído con aquella cifra a punto estuve de quedarme encerrado en el cementerio.

Con una extraña alegría volví a refugiarme en el hotel, sumiéndome en un sinfín de

cavilaciones.

A la mañana siguiente, y después ,de una noche prácticamente en vela, me uní a la comitiva

de periodistas. Aunque mis pensamientos seguían fijos en la Tumba del Soldado Desconocido y

en aquel misterioso número 21, opté por aprovechar aquella irrepetible oportunidad de visitar

el interior de la Casa Blanca y contemplar de cerca al presidente Reagan, al general y secretario

de Estado, Haig, y por supuesto, a los reyes de mi país.

Después de soportar un sinfín de controles y registros, me situé con mis compañeros en el

mimadísimo césped que se extiende frente a la famosa Casa Blanca.

A las diez en punto, y coincidiendo con la llegada de don Juan Carlos y doña Sofía, las

baterías situadas a un centenar de metros atronaron el espacio con las salvas de ordenanza.

Alguien, a mi espalda, había ido llevando la cuenta de los cañonazos e hizo un comentario

que nunca podré agradecer suficientemente:

-¡Veinte y veintiuno!

Me volví como movido por un resorte y pregunté:

-¿Es que son 21?

El periodista me miró de hito en hito y exclamó como si tuviera delante a un estúpido

ignorante:

-Es el saludo ritual... 21 salvas.

Al regresar al Marriott tomé el teléfono, dispuesto a solventar mis dudas de un plumazo.

Marqué el 6931174 y pregunté por míster Wilton, encargado de Relaciones Públicas y Prensa

en el Cementerio Nacional de Arlington.

El buen hombre debió quedar atónito al escuchar mi problema.

-Mire usted, soy periodista español y deseaba preguntarle si el número 21 guarda relación

con algún ritual...

-¿Se refiere usted a la Tumba del Soldado Desconocido?

-Sí.

-Efectivamente -puntualizó míster Wilton-, el ritual de Arlington se basa precisamente en ese

número. Como usted sabe, el saludo a los más altos dignatarios se basa en el número 21.

-Disculpe mi insistencia, pero ¿está usted seguro?

-Naturalmente.

Al colgar el auricular me dieron ganas de saltar y gritar. Abrí mi cuaderno de anotaciones y

repasé la clave del mayor.

Si el ritual de Arlington es el número 21, la segunda frase -llave y ritual conducen a

Benjamín- empezaba a tener cierto sentido. Estaba claro que mi llave y el número 21

guardaban una estrecha relación y que, si era capaz de descubrir quién o qué era «Benjamin»,

parte del misterio podrían quedar al descubierto.

Pero, ¿por dónde debía empezar?

En buena ley, aquella pequeña llave tenía que abrir algo. ¿Una vivienda quizá? Las reducidas

dimensiones de la misma no parecían encajar, sin embargo, con las llaves que se utilizan

habitualmente en las casas norteamericanas.

Descarté momentáneamente aquella posibilidad y me centré en otras ideas más lógicas.

¿Podía haber guardado el mayor su información en algún banco o en un apartado postal?

¿Se trataba por el contrario de una taquilla en algunos de los servicios de consigna en una

estación de ferrocarril?

Sólo había un medio para descifrar a «Benjamin»: armarse de paciencia y repasar -una por

una- las guías de teléfonos, de correos y de ferrocarriles de Washington.

Si esta primera exploración fallaba, tiempo habría de profundizar en otras direcciones.

Pero aquella laboriosa búsqueda iba a quedar súbitamente suspendida por una llamada

telefónica. A pesar de mi intensa dedicación al asunto del mayor norteamericano, yo no había

olvidado el tema de los fascinantes descubrimientos de los científicos de la NASA en los ojos de

la Virgen de Guadalupe. Nada más pisar los Estados Unidos, una de mis primeras

preocupaciones fue llamar a México y averiguar si el doctor Aste Tonsmann, uno de los más

destacados expertos, se hallaba en el Distrito Federal, o si, como me habían informado en

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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España, podía encontrarse en Nueva York, donde trabaja como profesor de la universidad de

Cornell. Era vital para mí localizarlo, con el fin de no hacer un viaje en balde hasta la república

mexicana.

Aquella misma mañana del martes 13 de octubre rogué a la telefonista del hotel que

insistiera -por tercera vez- y que marcara el teléfono de domicilio del doctor Tonsmann. Y a

media tarde, como digo, el aviso de la amable telefonista iba a trastocar todos mis planes. Al

otro lado del hilo telefónico, la esposa de José Aste me confirmaría que el científico tenía

previsto su regreso a México, procedente de Nueva York, los próximos miércoles o jueves.

Después de algunas dudas, se impuso mi sentido práctico y estimé que lo más oportuno era

congelar mis investigaciones en Washington. Tonsmann era una pieza básica en mi segundo

proyecto y no podía desperdiciar su fugaz estancia en México. Después de todo, yo era el único

que poseía la clave del secreto del mayor y eso me daba una cierta tranquilidad.

Y antes de que pudiera arrepentirme, hice las maletas y embarqué en el vuelo 905 de la

Easter Lines, rumbo a las ciudades de Atlanta y México (D.F.). Aquel miércoles, 14 de octubre

de 1981, iba a empezar para mí una segunda aventura, que meses más tarde quedaría

reflejada en mi libro número catorce: El misterio de Guadalupe.

A mí me suelen ocurrir estas cosas...

Durante horas había permanecido ante la tumba del presidente Kennedy, incapaz de atisbar

el secreto de aquella tercera frase en la clave del mayor.

Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy.

Pues bien, mis ojos se abrieron a 10.000 metros de altura y cuando me hallaba a miles de

kilómetros de Washington.

Mientras el reactor se dirigía a la ciudad de Atlanta, nuestra primera escala, tuve la

ocurrencia de intentar encajar el número 21 en las tres últimas frases del mensaje.

Debí cambiar de color porque la guapa azafata de la Easter, con aire de preocupación y

señalando la taza de café que oscilaba al borde de mis labios, comentó al tiempo que se

inclinaba sobre el respaldo de mi asiento:

¿Es que no le gusta el café?

-Perdón...

-Le pregunto si se encuentra bien.,

-¡Ah! -repuse volviendo a la realidad-, sí, estoy perfectamente... La culpa es del número

21...

La azafata levantó la vista y comprobó el número de mi asiento.

-No, disculpe -me adelanté, en un intento por evitar que aquel diálogo para besugos

terminara en algo peor-, es que últimamente sueño con el número 21...

La muchacha esbozó una sonrisa de compromiso y colocando su mano sobre mi hombro,

sentenció:

-¿Ha probado a jugar a la lotería?

Y desapareció pasillo adelante, convencida -supongo- de que el mundo está lleno de locos.

Por un instante, las largas piernas de la auxiliar de vuelo lograron sacarme de mis reflexiones.

Apuré el calé y volví a contar las letras que formaban el nombre y apellidos del fallecido

presidente norteamericano. No había duda. ¡Sumaban 21!

Aquel segundo hallazgo -y muy especialmente el hecho de que ambos apuntaran hacia el

número 21- confirmó mis sospechas iniciales. El mayor tenía que haber guardado su secreto en

algún depósito o recinto estrechamente vinculados con dicha cifra y, obviamente, con la llave

que me había entregado en Chichén Itzá. Consideré también la posibilidad de que «Benjamín»

fuera algún familiar o amigo del mayor, pero, en ese caso, ¿qué pintaban en todo aquello el

número y la llave?

Durante mi prolongada estancia en México, tentado estuve de hacer un alto en las

investigaciones sobre la Virgen de Guadalupe y volar al Yucatán para visitar a Laurencio. Pero

mis recursos económicos habían disminuido tan alarmantemente que, muy a pesar mío y si de

verdad quería rematar mis indagaciones en Washington, tuve que desistir y posponer aquella

visita a Chichén para mejor ocasión.


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