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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 Sospechando el alto grado de superstición del pueblo romano, Caballo de Troya quiso regalar precisamente

esmeraldas, ya que esta gema gozaba en la antigüedad de un carisma especial. Se le atribuían propiedades curativas

contra las fiebres perniciosas y las picaduras de animales venenosos, tan comunes en los bosques y desiertos de

Palestina en aquellas fechas. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

163

Y soltando una de aquellas grasientas empanadas de ubre de cerda, comenzó a reír a

carcajadas, al tiempo que hacía una señal al esclavo galo para que le acercara un aguamanil. El

mancebo esperó a que su amo hubiera lavado sus manos y, como si se tratase de una

costumbre habitual, se inclinó sobre el procurador, ofreciéndole su larga y sedosa cabellera.

Pilato, sin mirarle siquiera, fue secándose con el pelo del esclavo.

José y yo cruzamos una mirada de repugnancia.

Pero Poncio había centrado el tema de la conversación en el conocido sentido del humor de

su Emperador y me rogó que le contara algunos de los últimos chistes y anécdotas

protagonizados por Tiberio.

Aquello me pilló tan de improviso que a punto estuvo de costarme un serio percance con el

procurador. Y aún sabiendo que lo que iba a relatarle se debe más a la leyenda e invención

popular que al rigor histórico, eché mano de una anécdota que circuló por Capri en aquellos

años de destierro voluntario del César.

-Se cuenta -comencé, esperando que Eliseo me ofreciera nueva documentación- que no hace

mucho, el Emperador fue asustado por un pescador de la isla, cuando éste se le aproximó para

regalarle un pez. Tiberio, con la crueldad que le caracteriza, mandó que le refregaran la cara

con el pescado. Y, entre ayes de dolor, el pescador -que debía tener un humor tan especial

como el del César- se felicitó por no haberle ofrecido una langosta...

»Al oír esto, el Emperador -siguiendo el humorístico comentario de su súbdito- hizo que

trajeran una langosta con un caparazón erizado de púas, refregándoselo por la cara.

Pilato asintió con la cabeza, exclamando:

-Ese es Tiberio...

Para ese momento, Santa Claus había memorizado ya otros sucesos; algunos, fiel reflejo del

profundo desprecio que sentía Tiberio César por sus semejantes.

Y aún a riesgo de que Poncio los conociera, procedí a relatárselos:

-Se cuenta también, admirado procurador, que, en cierta ocasión, el Emperador recibió a

unos embajadores de Troya, que habían acudido a expresarle su pésame por la muerte del hijo

del César. Como estos troyanos llegaron con bastante retraso, Tiberio les respondió: «Yo, a mi

vez, os doy el pésame a vosotros por la muerte de vuestro gloriosísimo ciudadano Héctor... »

Pilato apuró su enésima copa de vino, reclinándose aún más en los mullidos almohadones de

plumas y haciéndome una señal para que prosiguiera.

-En Roma circula también otra anécdota. Tiberio dio una vez un banquete y los invitados, al

entrar en el triclinium observaron que sobre la mesa sólo había medio jabalí. El César,

entonces, les hizo ver «que medio tenía el mismo sabor que un jabalí entero»...

Tal y como empezaba a suponer, los vapores del vino y la comilona no tardaron en hacer

efecto. Y Poncio, que intentaba sostener su cabeza sobre la palma de la mano derecha,

comenzó a dar súbitas cabezadas.

En un tono algo más bajo conté el que sería el último suceso:

-Hubo veces en que ese humorismo disfrazaba una terrible crueldad. Este fue el caso de un

acontecimiento ocurrido al poco de ser nombrado Emperador. Como sabéis -proseguí sin perder

de vista los cabeceos del gobernador-, cuando Augusto murió dejó en su testamento un

importante legado económico, que Tiberio fue repartiendo poco a poco. Pues bien, cierto día

acertó a pasar un entierro por delante del Capitolio. Y uno de los presentes se acercó al

cadáver, simulando que le hablaba al oído. Tiberio se extrañó y le preguntó por qué había

hecho aquello. El bromista le dijo que le había pedido al muerto que le transmitiera a Augusto

que él no había cobrado todavía. Tiberio enrojeció de ira y dio orden de que lo matasen, «para

que fuera él mismo quien llevase el recado al fallecido emperador Augusto»1.

Al concluir mi exposición, Poncio Pilato yacía ya -boca arriba-, sumido en un profundo sueño.

Y sigilosamente, por consejo del centurión, abandonamos el comedor, mientras uno de los

sirvientes -siguiendo, al parecer, otra rutinaria obligación- iniciaba una más que penosa tarea:

hurgar con una pluma en las fauces de su señor, a fin de provocarle el vómito... y pudiera

disfrutar de las delicias de la siguiente comida.

1 Algunas de estas anécdotas fueron introducidas en el ordenador del módulo siguiendo los textos de Suetonio (Los

doce Césares), Tácito (Tibére ou les six premiers livres des Annales. París, 1768), y Casio Dión (Historia de Roma, LVI,

14) (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

164

Ya en el vestíbulo, y cuando nos disponíamos a despedirnos de Civilis, otro centurión nos

salió al paso. En latín y casi al oído le comunicó algo. El jefe de los centuriones no respondió a

las palabras de su compañero. Dudó un instante y, por fin, volviéndose hacia nosotros, trató de

excusarse, informándonos que el tribuno de la legión -destacado también con él y sus hombres

desde Cesárea- le aguardaba para proceder a la ejecución de una sentencia.

Aquello era igualmente nuevo para mí y experimenté una gran curiosidad. Pero, aunque no

llegué a despegar los labios, Civilis -que parecía leer los pensamientos de cuantos le rodeaban-

debió captar mis deseos y, dirigiéndose a José, le hizo saber con un aire de ironía y desprecio

hacia su condición de judío:

-Si así lo deseáis, ahora podéis presenciar una prueba más de la justicia del pueblo

romano...

Ni el anciano ni yo teníamos idea del asunto. Pero la voz del centurión había sonado casi

como una orden y nos apresuramos a seguirle. En compañía del otro oficial, Civilis descendió

por las escaleras, de mármol, dirigiéndose hacia la derecha del patio porticado. Este se hallaba

desierto, con la excepción de aquel legionario que seguía cargando un pesado saco sobre su

cuello y hombros y la del centinela que permanecía a su lado. ¿Dónde estaba el resto de la

tropa?

Pronto iba a salir de dudas.

Al cruzar una de las puertas del ala norte del patio nos encontramos de pronto en una

explanada, también al aire libre, de algo más de 300 pies de longitud por otros 150 de anchura.

Aquel lugar, totalmente cubierto por arena blanca y muy fina, se hallaba dentro del recinto de

la fortaleza, ocupando buena parte de su cara norte. El recinto aparecía perfectamente cercado

por el muro exterior de la Torre Antonia y por el complejo de edificios de la sede romana en sus

restantes alas. En el extremo más oriental se alineaban una decena de tiendas de campaña,

ocupando la totalidad de aquel lado del rectángulo al que nos había conducido el oficial y que -

según me fue explicando- no era otra cosa que un campo de entrenamiento. Las tiendas,

confeccionadas con pieles de cabra y teñidas en un amarillo terroso, presentaban un techo con

dos vertientes


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