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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

166

Si los centinelas romanos sabían qué clase de suerte les aguardaba, en el supuesto que

desertaran de la misión que se les encomendaba, ¿cómo encajar entonces aquellos comentarios

de numerosos exégetas católicos que afirman «que los centinelas que guardaban el sepulcro

huyeron aterrorizados»? (Una vez más, los hechos registrados en aquel amanecer del domingo

no iban a coincidir con estas «justificaciones teológicas», tan apresuradas como faltas de rigor.)

Al pasar nuevamente por el patio porticado y ver a aquel legionario, con el pesado fardo a

cuestas, no pude resistir la tentación e interrogué al centurión, que nos acompañaba ya hacia el

túnel de salida de la Torre Antonia. Civilis me aclaró que se trataba de la «ignominia» o castigo

menor. A causa de alguna falta -que el oficial no me detalló-, aquel soldado había sido

castigado a permanecer durante todo un día con una carga de tierra sobre sus espaldas. (Elíseo

me confirmaría que aquel tipo de penalizaciones había sido «inventado» por el anterior

emperador Augusto.)

La soldadesca había vuelto a sus faenas habituales. Algunos, sentados en bancos de madera

de pino, se afanaban bajo los pórticos en la limpieza de sus cinturones y espadas o repasaban

sus sandalias. Recuerdo que al ver el calzado de uno de aquellos soldados me llamó la atención

la suela. Tomé una de las sandalias y, ante la atónita mirada de su propietario, conté los clavos

que habían sido incrustados en la cara externa de la misma. ¡Catorce! Formaban una «S»,

arrancando desde el tacón y llenando prácticamente la totalidad de dicha suela. (Como también

apunté, aquel mortífero calzado iba a ocasionar dolorosas lesiones en el cuerpo de Jesús de

Nazaret.)

Debían ser las tres de la tarde cuando, tras recuperar mi «vara de Moisés» y saludar a

Civilis, José y yo cruzamos el puente levadizo, dando por concluida aquella agitada e instructiva

visita a la sede de Poncio Pilato.

Al vernos entrar en la mansión de José, el saduceo a quien yo había rogado que siguiera los

pasos de Judas, el Iscariote, y que nos esperaba desde poco después de la hora sexta (las doce

del mediodía), nos besó en la mejilla en señal de bienvenida.

Ismael ben Phiabi I, descendiente del que fuera sumo sacerdote Simón v también saduceo1 -

y al que nunca podré agradecer lo suficiente su lealtad e información- se acomodó en el patio

donde había tenido lugar el almuerzo con Jesús y los griegos y, tras poner a José en

antecedentes de la misión que le había encomendado, pasó a relatarnos lo sucedido en el

templo. (El de Arimatea -tal y como me había referido Ismael en la explanada de los Gentiles-

era otro de los amigos y discípulos de Jesús que, por supuesto, conocía las «irregularidades» de

Judas como administrador del grupo, así como su cada vez más abierta oposición a las ideas

sobre la naturaleza del reino que predicaba el Maestro.)

En el fondo, Ismael reconoció que aquel encuentro conmigo había sido cosa de la

Providencia. Mientras se dirigía al interior del templo, en busca de información, el saduceo fue

madurando un plan que, al exponérselo a José, éste aprobó al instante. La dimisión de aquellos

19 miembros del Sanedrín -entre los que se encontraba- había sido, quizá, una medida muy

precipitada. Los seguidores del Maestro conocían el decreto de «caza y captura» de Jesús y no

tardaron en lamentar aquel masivo abandono del supremo órgano de Justicia. Sin un hombre

de confianza que pudiera seguir desde dentro los pasos del Sanedrín, la seguridad del rabí de

Galilea y de todo el grupo se veía gravemente comprometida. Era menester que alguien

simulara el reingreso en el consejo de los 71, actuando como confidente. Y aquélla -meditó

Ismael- podía ser la ocasión de oro para estrechar la vigilancia de José, alias «Caifás», y de sus

partidarios.

-Así que, armándome de valor -prosiguió Ismael-, me dirigí a los aposentos del sumo

sacerdote, solicitando una entrevista con él. Pero antes, y conociendo como conozco la extrema

vanidad y codicia de Caifás, me procuré una copa de oro y plata2.

1 Simón, hijo de Boetos, fue sumo sacerdote en Jerusalén entre los años 22 al 5 antes de Cristo. Un hermano de

Ismael -también del poderoso y acaudalado grupo de los saduceos- seria sumo sacerdote hacia el año 61 después de

Cristo. (N. del m.)

2 Yo sabía por la documentación de Flavio Josefo (Antigüedades, XIII) que los saduceos utilizaban y comían en

utensilios de oro y plata, ya que negaban la resurrección de los muertos, procurando gozar al máximo de la vida

terrena. En esta postura se notaba una clara influencia helenística. Por su parte, Caifás era o compartía las ideas de los

saduceos. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

167

»No fue muy difícil -sobre todo después de poner en sus manos aquel rico presente-

convencer a Caifás de mis «honestas intenciones» de volver al seno del Sanedrín. «Después de

profundas reflexiones -le dije- he terminado por comprender que la razón te asiste: resulta

blasfemo que este galileo vaya pregonando la resurrección de los muertos...» El sumo

sacerdote se alegró de esta decisión mía, encomendándome que abogara cerca del resto de los

disidentes para que siguieran mi ejemplo.

»Gracias a esta argucia, queridos amigos, pude tener acceso esta misma mañana a una

reunión informal de Caifás con el Sanedrín y en la que, sin yo imaginarlo, Judas iba a ser uno

de los protagonistas...

Ismael hizo una pausa y tomando mis manos entre las suyas añadió:

-Y todo te lo debemos a ti, hermano Jasón. Que Dios, bendito sea su nombre, te bendiga.

En lo más profundo de mi ser empezó a brotar, sin embargo, una incómoda incertidumbre:

¿Qué era lo que había ocurrido aquella mañana en el templo? ¿Por qué Ismael agradecía tan

efusivamente mi idea de seguir a Judas?

-Una hora después de la tercia (hacia las diez de la mañana), como os decía, la casi totalidad

del Sanedrín se reunió en la sala de las piedras talladas. Durante un buen rato, los allí

congregados discutieron la naturaleza de los cargos contra Jesús y, especialmente, la forma del

prendimiento y la fórmula a seguir para conducirle hasta la autoridad romana y garantizar la

ejecución de la sentencia de muerte, Este último punto es el que todavía preocupa a Caifás y a

los escribas y fariseos. Saben que el procurador no es hombre fácil y no han terminado por

ponerse de acuerdo sobre los argumentos jurídicos que deben plantearle.

Según averiguó Ismael, la noche anterior -la del martes y mientras Jesús y sus discípulos

regresaban al campamento de Getsemaní-, el Sanedrín había vuelto a reunirse, analizando

aquel último discurso del Galileo en la explanada del templo. Todos -por unos u otros motivos-

ratificaron las anteriores decisiones del Consejo, apremiando a Caifás para que procediera de

inmediato y sin más demoras al arresto de Jesús de Nazaret. Sospechando que el rabí de

Galilea no haría acto de presencia en el templo al día siguiente, miércoles, el sumo sacerdote y

los consejeros cursaron una nueva y más precisa orden a los levitas para que la captura tuviera

lugar antes del viernes. Sin embargo, una pregunta quedó flotando en el aire: ¿cómo prender al

impostor sin alterar a las masas y, sobre todo, sin provocar a la guarnición romana,

responsable del orden en Jerusalén? El grupo de los saduceos se mostró mucho más radical que

el de los escribas y fariseos: votaron por el asesinato del rabí. Sin embargo, los fariseos

rechazaron la propuesta por considerarla muy arriesgada.

-Dices que en la asamblea de esta mañana -interrumpí al saduceo- se han vuelto a exponer

los cargos contra el Maestro...

-Así es.

-¿Podrías concretármelos?

-Para los fariseos, los motivos son distintos a los de los saduceos. Aquellos se basan en lo

siguiente:

»Primero: temen a Jesús porque son muy conservadores y no desean que la gente les retire

su viejo prestigio como' maestros en religión".

»Segundo: sostienen que Jesús es un infractor de la Ley. Aseguran que ha violado el sábado

y otras muchas ceremonias sagradas.

»Tercero: consideran una blasfemia que se autoproclame como Hijo del Divino.

»Y cuarto y último: se sienten ofendidos por esa última denuncia del rabí en el templo.

»En cuanto a los saduceos, sus deseos de ver muerto a nuestro Maestro se basan en esto:

»Primero: temen que la creciente simpatía del pueblo por Jesús ponga en grave peligro la

existencia de la nación. Los romanos, dicen, no aceptarán jamás un movimiento revolucionario

como el que parece predicar Jesús.

»Segundo: esa extraña doctrina del rabí de Galilea, pregonando la hermandad entre todos

los hombres, les parece un insulto. Son ellos los únicos responsables del orden social y tiemblan

ante semejante corriente filosófica.

»Y tercero: la "limpieza" del templo por parte del Maestro, provocando el derribo de las

mesas de los cambistas y su retirada del atrio, ha colmado su paciencia. Según mis noticias,

sus pérdidas económicas han sido muy cuantiosas... Como supongo que sabes, tanto Caifás

como su suegro, Anás, tienen parte en el negocio de los intermediarios y cambistas de


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