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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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6 DE ABRIL, JUEVES

Avanzada ya la medianoche, uno a uno, los discípulos fueron levantándose y abandonando el

fuego. Mientras buscaban refugio en las tiendas o se arropaban con sus mantos al socaire del

muro de piedra, Andrés procedió a designar el primer turno de guardia: dos hombres armados

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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con espadas. Uno se situó al sur, en la entrada del huerto y el otro, al norte, en las

proximidades de la gruta. El relevo se efectuaría cada hora.

Pero Jesús no se movió. Sentado a metro y medio de la hoguera -y de espaldas al olivar-,

permaneció unos minutos con la mirada fija en las ondulantes y encarnadas lenguas de fuego,

que chisporroteaban a ratos a causa de algunos de los troncos, algo más húmedos que el resto.

Pronto me quedé solo, frente a él y con la fogata como único testigo, casi mudo, de la que

iba a ser mi tercera y última conversación con el Maestro. Sus brazos descansaban sobre las

piernas, cruzadas una sobre otra. El Nazareno había abierto sus manos, recogiendo el calor

sobre las palmas. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante y sus cabellos y rostro

se iluminaban y apagaban, a capricho del jugueteo de las llamas. Su expresión, acogedora y

apacible durante toda la noche, se había vuelto grave.

De pronto, el corazón me dio un vuelco. Brillante, tímida y sin prisas, una lágrima había

hecho aparición en su mejilla derecha. Era la segunda vez que veía llorar a aquel extraño

hombre...

No respiré siquiera, conmovido e intrigado por aquel sereno y súbito llanto del Galileo. Pero

Jesús parecía totalmente ausente. Y a los pocos minutos, echando la cabeza hacia atrás, inspiró

profundamente, incorporándose. En mi mente bullían y se cruzaban un sinfín de hipótesis sobre

el estado de ánimo del Galileo, pero no me atreví a moverme.

Le vi alejarse hacia el interior del olivar y detenerse a cosa de treinta o cuarenta pasos de

donde me encontraba. Y así permaneció en pie y con la cabeza baja- por espacio de una hora.

La luna, casi llena, solitaria entre miles de estrellas, se encargó de bañarlo con una luz

plateada, oscilante a veces por una brisa que entraba de puntillas entre las hojas verdiblancas

de los olivos.

Sin saber exactamente por qué, esperé. La temperatura había descendido notablemente,

haciendo tiritar a los astros con escalofríos blancos, azules y rojos. Durante un tiempo que no

sabría precisar me quedé con el rostro perdido en aquel negro y soberbio firmamento. Venus,

en conjunción con el sol en aquellas fechas, no era visible. Por su parte, Júpiter, con un brillo

cada vez más débil (magnitud 1,6 aproximadamente), se levantaba a duras penas sobre el

oeste, a escasa distancia del hermoso racimo estelar de Las Pléyades. Y en lo más alto,

disputándose la primacía, las refulgentes estrellas Regulus, Capella, Aldebarán, Betelgeuse y

Arcturus, arropadas por las constelaciones de Leo, Auriga, Taurus, Orión y Bootes,

respectivamente.

Jesús me sorprendió cuando alimentaba la hoguera con una nueva carga de leña.

-Jasón -me dijo-, ¿no duermes? Sabes de la dureza de las próximas horas. Deberías

descansar como todos los demás...

Sentado junto al fuego le miré con curiosidad, al tiempo que le invitaba a responder a una

pregunta que llevaba dentro desde que le había visto alejarse hacia el olivar:

-Maestro, ¿por qué un hombre como tú necesita de la oración...? Porque, si no estoy

equivocado, eso es lo que has hecho durante este tiempo...

El Galileo dudó. Y antes de responder, volvió a sentarse, pero esta vez junto a mi.

-Dices bien, Jasón. El hombre, mientras padece su condición de mortal, busca y necesita

respuestas. Y en verdad te digo que esa sed de verdad sólo puede aplacarla mi Padre. Ni el

poder, ni la fama, ni siquiera la sabiduría, conducen al hombre al verdadero contacto con el

reino del Espíritu. Es por la oración cómo el humano trata de acercarse al infinito. Mi espíritu

empieza a estar afligido y yo también necesito del consuelo de mi Padre.

-¿Es que la verdadera sabiduría está en el reino de tu Padre?

-No... Mi Padre es la sabiduría.

Jesús recalcó la palabra «es» con una fuerza que no admitía discusión.

-Entonces, si yo rezo, ¿puedo saciar mi curiosidad e iluminar mi espíritu?

-Siempre que esa oración nazca realmente de tu espíritu. Ninguna súplica recibe respuesta,

a no ser que proceda del espíritu. En verdad, en verdad te digo que el hombre se equivoca

cuando intenta canalizar su oración y sus peticiones hacia el beneficio material propio o ajeno.

Esa comunicación con el reino divino de los seres de mi Padre sólo obtiene cumplida respuesta

cuando obedece a una ansia de conocimiento o consuelo espirituales. Lo demás -las

necesidades materiales que tanto os preocupan- no son consecuencia de la oración, sino del

amor de mi Padre.

-¿Por eso has insistido tanto en aquello de «buscar el reino de Dios y su justicia...»?

Caballo de Troya

J. J. Benítez

173

-Si, Jasón. El resto siempre se os da por añadidura...

-¿Y cómo debemos pedir?

-Como si ya se os hubiera concedido. Recuerda que la fe es el verdadero soporte de esa

súplica espiritual.

-Dices que la oración -así formulada- siempre obtiene respuesta. Pero yo sé que eso no

siempre es así...

El Galileo sonrió con benevolencia.

-Cuando las oraciones provienen en verdad del espíritu humano, a veces son tan profundas

que no pueden recibir contestación hasta que el alma no entra en el reino de mi Padre.

-No comprendo...

-Las respuestas, no lo olvides, siempre consisten en realidades espirituales. Si el hombre no

ha alcanzado el grado espiritual necesario y aconsejable para asimilar ese conocimiento

emanado del reino, deberá esperar -en este mundo o en otros- hasta que esa evolución le

permita reconocer y comprender las respuestas que, aparentemente, no recibió en el momento

de la petición.

-¿Esto explicaría ese angustioso silencio que parece constituir en ocasiones la única

respuesta a la oración?

-Sí. Pero no te confundas. El silencio no significa olvido. Como te he dicho, todas las súplicas

que nacen del espíritu obtienen respuesta. Todas... Déjame que te lo explique con un ejemplo:

el hijo está siempre en el derecho de preguntar a sus padres, pero éstos pueden demorar las

respuestas, a la espera de que el infante adquiera la suficiente madurez como para

comprenderlas.

»La gran diferencia entre los padres humanos y nuestro Padre verdadero está en que

aquellos olvidan a veces que están obligados a contestar, aunque sea al cabo de los años.

-Según esto, cuando muramos, todos seremos sabios...

-Insisto que la única sabiduría válida en el reino de mi Padre es la que brota del amor.

Después de gustar la muerte, nadie será sabio si no lo ha sido antes en vida...

-¿Debo pensar entonces que la demora en la respuesta a mis súplicas es señal de mi

progresivo avance en el mundo del espíritu?

Jesús me miró con complacencia.

-Hay infinidad de respuestas indirectas, de acuerdo con capacidad mental y espiritual del

que pide. Pero, cuando una súplica queda temporalmente en blanco, es frecuente presagio de

una contestación que llenará, en su día, a un espíritu enriquecido por la evolución.

-¿Por qué resulta todo tan complejo?

-No, querido amigo. El amor no es complicado. Es vuestra natural ignorancia la que os

precipita a la oscuridad y la que os inclina a una permanente justificación de vuestros errores.

Guardé silencio. Aquel hombre llevaba razón. Sólo los hombres tratan desesperadamente de

justificarse y justificar sus fracasos...

Levanté la vista hacia las estrellas y señalándole aquella maravilla, le dije:

-¿Qué sientes ante esta belleza?

El Galileo elevó también sus ojos hacia el Firmamento y respondió con melancolía:

-Tristeza...

-¿Por qué?

-Si el hombre no es capaz de recibir en su alma la grandeza de esta obra, ¿cómo podrá

captar la belleza de Aquél que la ha creado?

-¿Es Dios tan inmenso como dices?

-Más que pensar en la inmensidad de mi Padre, debes creer en la inmensidad de su promesa

divina. Rebasa el espíritu del hombre y llega a producir vértigo en las legiones celestiales...

-Ya me lo explicaste, pero, ¿de verdad el acceso al reino de tu Padre está al alcance de todos

los mortales?

-El reino de nuestro Padre -me corrigió Jesús- está en el corazón de todos y cada uno de los

seres humanos. Sólo los que despiertan a la luz del evangelio lo descubren y penetran en él.

-Entonces, ¿todas las religiones, credos o creencias pueden llevarnos a la verdad?

-La verdad es una y nuestro Padre la reparte gratuitamente. Es posible que el gusto y la

belleza puedan ser tan caros como la vulgaridad y la fealdad, pero no sucede lo mismo con la

verdad: ésta sí es un don gratuito que duerme en casi todos los humanos, sean o no gentiles,

sean o no poderosos, sean o no instruidos, sean o no malvados...


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