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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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podido olvidar sus alusiones a la esperanza: «...La persistente predicación de este evangelio -

había prometido- llevará algún día a las naciones a una nueva e increíble liberación...»

¡Cuánto he ansiado ver cumplida tal afirmación! Sin embargo, hoy por hoy, esa maravillosa

realidad parece aún lejana... «Si Jesús fue capaz de pronosticar -¡40 años antes!- la total

destrucción de Jerusalén por las legiones de Tito, ¿por qué iba a equivocarse en aquella otra

profecía?»

También me desconcertó su recomendación sobre la forma en que debía ser promulgada la

Verdad. «No debéis buscar -aseguró- la propagación de esta Verdad por medio de leyes

seculares.» Y una punzante duda quedó en mi corazón: ¿hubiera aprobado el Hijo del Hombre

la intrincada maraña de leyes, normas y códigos que han regido y siguen rigiendo los destinos

de las iglesias y que, en el fondo, no son otra cosa que una asfixiante burocracia secular,

agazapada bajo pretextos espirituales y sagrados más o menos claros?

Pero mi misión no era enjuiciar, sino observar y dar testimonio. Ruego a quien pueda leer

este diario me disculpe...

Cuando entramos en el campamento, David Zebedeo tenía lista la comida. Le noté nervioso

y malhumorado. En un primer momento, lo atribuí a nuestro retraso. Normalmente, aquel

almuerzo -a mitad de jornada- solía celebrarse alrededor de las doce. «El disgusto del Zebedeo

-pensé- está más que justificado...» Pero, una vez más, me equivocaba La desazón del jefe de

los emisarios no se debía a la demora del grupo...

Nos fuimos acomodando en torno al fuego y las mujeres comenzaron a servir: guiso a base

de lentejas, aromatizado con sendos «pellizcos» de comino negro y cilantro1, espigas frescas

pasadas ligeramente por la lumbre o grano tostado (proporcionado por Juan Marcos) y una

pequeña ración de requesón, elaborado por las mujeres con la leche de cabra. Y como

complemento, amén del vino, unas tortas de harina, amasadas esa misma mañana a base de

agua y sal. El procedimiento utilizado por las mujeres del campamento en la cocción de

aquellas tortas de unos 12 centímetros de diámetro era muy singular. Al menos para mí.

Empleaban un «horno» -si es que se le puede llamar así- consistente en un gran jarro,

perfectamente recubierto de barro en su exterior. Se aseguraba en el suelo y en su interior se

encendía un fuego. Una vez que la candela había calentado suficientemente las paredes del

jarro, las mujeres procedían a apagar las llamas, pegando entonces las tortas a la superficie

interior del «horno». En general, se comían calientes. Pero, cuando Jesús y los restantes

discípulos llegaron al huerto, las tortas hacía tiempo que se habían enfriado. Algunos de los

comensales subsanaron, sin embargo, aquel contratiempo rociándolas con miel.

Jesús apenas probó el guisado de lentejas, dedicando su atención al requesón y a su

obligada ración de pasas sin grano...

A mitad del almuerzo, Judas apareció en el campamento. Nadie se sorprendió. Sólo Jesús,

David Zebedeo y yo le seguimos con la mirada. El Iscariote, con la vista baja, tomó una de las

escudillas de madera, sirviéndose una generosa ración de lentejas. Y en el mismo silencio con

que había entrado en el huerto, así se retiró y aisló, sentándose entre las raíces de uno de los

olivos más cercanos. Durante un buen rato, el traidor centró su atención en la comida. Una vez

concluida, y mientras procedía a escarbarse los dientes con una brizna de hierba, levantó los

ojos hacia el cielo, en dirección al sol. (Supongo que tratando de averiguar lo que restaba de

luz.) Y allí siguió, atento a todos y cada uno de los movimientos del Galileo y de sus allegados.

Debía faltar una hora para las tres de la tarde, cuando David Zebedeo -cada vez más

inquieto- se levantó y tiró prácticamente de Jesús, caminando con él en dirección a las tiendas.

Hablaron unos minutos y observé cómo el Maestro le respondía, al tiempo que levantaba su

mano izquierda, como tratando de apaciguarle. Judas, impasible, seguía la escena sin moverse

de su sitio.

Cuando David regresó hasta el grupo, traté de sonsacarle:

1 El cilantro o Coriandrum sativum, de las umbelíferas, es el fruto más conocido en Occidente por coriandro, a causa

del fuerte olor a chinches que desprende cuando está recién cogido. Una vez desecado, se vuelve muy aromático. El

utilizado por las israelitas era amarillento y del tamaño de un grano de pimienta. Es menos excitante y afrodisíaco que

el comino. Según pude comprobar, muchos hebreos mezclaban este último con miel y pimienta, tomándolo dos veces al

día. Esto, según me dijeron, les excitaba sexualmente. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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-¿Qué te ocurre? -le pregunté bajando el tono de mi voz, de forma que no pudiera ser oído

por el resto.

-Mis hombres en Jerusalén -me explicó con desesperación- han traído malas nuevas...

Empezaba a intuir de qué se trataba y cuál era en verdad la razón de la progresiva agitación

del discípulo.

Han seguido a Judas y, tal y como vosotros me adelantasteis, los planes para apresar al

Maestro están casi ultimados. Será hoy. Es posible que después de la puesta de sol. El capitán

de la policía del Templo está furioso por la fuga de Lázaro y ha apremiado al Iscariote para que

se consume el arresto.

-¿Sabéis dónde tendrá lugar?

-No. Lo único que sé es que no podemos perder de vista a ese bastardo... -masculló David

clavando su mirada en Judas.

-¿Y qué ha dicho Jesús?

El Zebedeo se encogió de hombros y rezumando aún la evidente sorpresa que le habla

causado la contestación del Galileo, comentó:

-Me ha pedido que no hable de esto con nadie, pero a ti sí puedo decírtelo, puesto que ya lo

sabes... «Sí, David -me ha respondido-, lo sé todo. Y sé que tú sabes, pero cuida de no

decírselo a nadie.» Y, cuando trataba de persuadirle para que huyera, añadió: «No dudes de

que la voluntad de Dios prevalecerá al final.» Te juro, Jasón, que no acierto a comprenderle. Si

él quisiera, ahora mismo pondríamos a su servicio más de un centenar de hombres armados

que le escoltarían y guardarían hasta llegar a la Perea...

Coloqué mis manos sobre sus hombros, tal y como había visto hacer a Jesús, e intenté

animarle con la mirada. Pero la tristeza de aquel hombre era mucho más profunda de lo que yo

podía suponer.

La súbita llegada de uno de los «correos» sacó a David de sus sombríos pensamientos. Le

acompañé hasta la tienda de los hombres y allí, en presencia del Zebedeo, el emisario -que

procedía de Filadelfia- leyó un mensaje de Abner. Hasta aquella remota ciudad oriental habían

llegado también los insistentes rumores sobre un complot para matar al Maestro y pedía

instrucciones. «¿Debía movilizarse con toda su gente y dirigirse a Jerusalén?»

El Zebedeo leyó la misiva y acudió de inmediato al Galileo. Éste, una vez conocida la nota del

hombre que daba protección a Lázaro, transmitió a David: «Dile a Abner que siga adelante con

su labor. Si marcho de vosotros en carne es porque puedo volver en espíritu. No os

abandonaré. Estaré con vosotros hasta el final.»

Otro de los mensajeros partió a la carrera hacia Filadelfia y yo aproveché aquella

oportunidad para preguntar al Zebedeo por la madre de Jesús. Era casi la hora nona (las tres) y

María y sus familiares no habían dado señales de vida. Como dije, la posibilidad de encontrarme

cara a cara con la madre del Galileo había ido excitando mi espíritu, llenándome de curiosidad.

¿Cómo era realmente aquella mujer? ¿Podía tener el aspecto que nos muestra la tradición

pictórica universal? ¿Qué había de cierto en todas esas cualidades y virtudes que han

remachado sin cesar los investigadores y estudiosos mariológicos?

David no pudo satisfacer mi duda. El camino desde Beth-Saida, en Galilea, a unos 600

estadios de Jerusalén (alrededor de 110 kilómetros), suponía un considerable esfuerzo, sobre

todo para un grupo en el que viajaban varias mujeres


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