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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1. Había que esperar.

Apenas se hubo retirado David de la presencia de Jesús cuando el jefe de la intendencia,

Felipe, se aproximó al Maestro y le preguntó:

-Dado que se aproxima la hora de la Pascua, ¿dónde quieres que preparemos la cena?

El Galileo le respondió:

-Vete a buscar a Pedro y a Juan y os daré las instrucciones para la cena que comeremos

juntos esta noche. En cuanto a la Pascua, os hablaré de ello después de la cena...

Este asunto sí interesaba sobremanera a Judas. E incorporándose, comenzó a caminar hacia

Jesús, con el propósito -supongo- de averiguar dónde y a qué hora iba a celebrarse la cena de

1 La ruta utilizada habitualmente en aquella época, desde la localidad de Beth-Saida (Bethsaïde Julias) hasta

Jerusalén, obligaba a pasar por las poblaciones de Kursi e Hippos, en la orilla oriental del lago de Génésareth; Gadara y

Pella y, desde allí, siguiendo la margen del río Jordán, se alcanzaba Bethabara en la región de la Perea y, por último,

Jericó, Betania y Jerusalén. La otra ruta -la que cruzaba por el centro de Samaria- no era muy recomendable, dados los

continuos choques entre los habitantes de Judea y Galilea y los samaritanos. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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aquel jueves. Pero el Zebedeo -que no le perdía de vista- comprendió las oscuras intenciones

del Iscariote y, con unos reflejos admirables, se interpuso en el camino del traidor,

entreteniéndole.

Judas, nervioso, vio cómo Felipe, Pedro, Juan y el Maestro se separaban del grupo, entrando

en una de las solitarias tiendas. A los pocos minutos, los tres apóstoles salieron del albergue y,

sin hacer el menor comentario, abandonaron el huerto, ladera abajo.

Por un momento dudé. ¿Qué debía hacer? ¿Me unía al grupo de los apóstoles que acababa

de salir del campamento o permanecía junto al Maestro? David seguía entreteniendo al

Iscariote quien, con el rostro desolado pero sin perder su sangre fría, parecía resignado a su

suerte.

Me dejé llevar por el instinto y, disimuladamente, me lancé en pos de Felipe y sus compañeros.

Los alcancé cuando cruzaban al otro lado del Cedrón, bordeando la muralla suroriental de la

ciudad santa, en dirección a la puerta de los Esenios. Al verme, los discípulos se mostraron un

tanto sorprendidos. Pero intenté disipar sus recelos, comentándoles que -puesto que se

avecinaba la fiesta pascual- tenía intención de agradecer la hospitalidad del Maestro,

entregándole un obsequio1.

-Os he visto partir hacia Jerusalén -les dije- y he creído que ésta era una buena oportunidad

para pediros consejo...

Sólo Juan -mejor observador y más sensible que sus amigos- se emocionó por aquel gesto

mío. Y tomándome por el brazo, me preguntó:

-¿Y qué has pensado regalarle?

-Quizá una nueva túnica -improvisé.

-No es mala idea -meditó en voz, alta-, pero, quizá fuese más práctico que compraras un

manto... El tiene en alta estima su túnica. Te habrás fijado que fue confeccionada a mano y sin

costuras...

Le hice saber que me parecía una excelente idea y que, si disponían de unos minutos, me

acompañaran y recomendaran un buen mercader en telas.

Pedro intervino y en un tono brusco -como si arrastrara un cierto malhumor- me desveló lo

que, precisamente, deseaba saber:

-Atiende, Jasón. Ahora no puede ser. El Maestro nos ha encomendado un asunto un tanto

raro...

En su voz adiviné aquella casi genética incapacidad para comprender muchas de las acciones

de Jesús.

-… Tenemos que llegar hasta las puertas de la ciudad y buscar a un hombre -exclamó con

«retintín»- con un cántaro de agua... ¡Imagínate!, con miles de peregrinos en Jerusalén...

Juan le reprochó su poca fe.

-Si el Maestro nos ha dicho que al franquear las puertas encontraremos a ese hombre con el

cántaro, no hay más que hablar.

-Pero, reconoce -trató de razonar Felipe- que Pedro lleva razón. ¿No hubiera sido más fácil y

práctico que Jesús nos hubiera dado la dirección de la casa donde desea cenar esta noche o el

nombre de su propietario? ¿Por qué tanto misterio? ¿Qué necesidad hay de tanto laberinto?

Sonreí para mis adentros, recordando el texto evangélico donde se narra este suceso. No

habría estado de más que los escritores sagrados hubieran hecho mención de aquella polémica

entre los discípulos y que retrataba maravillosamente la fe ciega de uno y las lógicas dudas del

resto. (Cabe la posibilidad de que, con el paso de los años, ni Pedro ni Felipe desearan

descubrir a la incipiente comunidad cristiana su flaqueza de espíritu. Y es del todo humano y

comprensible.)

Los tres hombres siguieron enzarzados en aquella disputa, hasta que llegamos al umbral de

la gran puerta de los Esenios, frente al valle del Hinnom. A aquellas horas de la tarde el gentío

que entraba y salía sin cesar de Jerusalén era lo suficientemente grande como para desalentar

a cualquiera que intentara localizar a un «hombre con un cántaro de agua».

1 La costumbre judía de aquella época establecía que, para cumplir plenamente con el precepto de estar alegres en

la Pascua, era aconsejable hacer regalos, tanto a los amigos como a los familiares y, sobre todo, a las mujeres. Y

aunque éste no era mi caso, dada mi condición de gentil, consideré aquel pretexto muy adecuado para mis fines. (N.

del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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De pronto, en aquel confuso trasiego de gentes, Juan nos llamó la atención sobre un grupo

de mujeres que salía de la ciudad. Dos de ellas cargaban sobre sus cabezas sendos cántaros. El

resto -posiblemente lavanderas- mantenía sobre sus cráneos, con gran destreza, cestos de

mimbre repletos de ropa.

Pero Pedro, cada vez más desalentado, hizo ver al joven discípulo que se trataba de mujeres

y que, además, seguían una dirección opuesta a la que les había anunciado el rabí.

Al traspasar el arco de piedra de la gigantesca puerta, los tres apóstoles se detuvieron frente

a las primeras casas del barrio bajo. Y, durante algunos minutos, se dedicaron a inspeccionar a

cuantos deambulaban por el lugar. No necesitaron mucho tiempo para descubrir, a la derecha

del portalón de los Esenios, a un hombre que se hallaba sentado y con la espalda apoyada en la

muralla. A su lado había una cántara de casi medio metro de alzada, de las usadas

comúnmente para recoger el agua de las fuentes situadas delante de Jerusalén.

Los discípulos se miraron en silencio y Juan, sonriente y decidido, se adelantó hasta situarse

a dos metros de aquel individuo. Felipe le siguió y Pedro, vacilante aún, terminó por unirse a

sus amigos, negando sistemáticamente con la cabeza.

Ni Juan ni el resto llegaron a despegar sus labios. Cuando aquel hombre -que parecía

aburrido de esperar- les vio inmóviles y con los ojos fijos en él, dibujó una leve sonrisa y, sin

más, se levantó, tomando la pesada cántara. Acto seguido, y con el recipiente bien sujeto sobre

su cadera izquierda, inició una apresurada caminata.

Pedro, en silencio y con los ojos bajos, había enrojecido de vergüenza.

En cuestión de minutos, el misterioso personaje nos condujo por las empinadas y angostas

callejas de aquella zona meridional de Jerusalén hasta una casa de dos plantas, situada muy

cerca de la residencia de Anás, el ex sumo sacerdote y suegro de Caifás.

A la puerta de aquella mansión, tan lujosa casi como la de José de Arimatea, esperaba un

conocido de todos: el pequeño Juan Marcos!

Al parecer no fui el único sorprendido. Los tres discípulos, al ver al adolescente,

intercambiaron una mirada, adivinando entonces las intenciones de Jesús. Por mi parte, el

supuesto hecho milagroso del encuentro con el hombre del cántaro empezaba a tener una

explicación más racional. Aunque en aquellos instantes no disponía de pruebas suficientes, un

presentimiento comenzó a rondarme:

¿Había dado instrucciones el Maestro a Juan Marcos, durante el largo paseo del miércoles,

para que un miembro de su familia -quizá un sirviente- acudiera a una hora determinada hasta

las puertas de Jerusalén y portando un cántaro de agua? De no haber sido así, ¿cómo explicar

la presencia del muchacho, justamente en el escalón de la puerta de la casa donde debería

celebrarse la llamada «última cena»? Aquella hipótesis fue ganando terreno en mi

subsconsciente. En el fondo, todo encajaba: el férreo mutismo del joven ante las preguntas de

los discípulos y la extrema prudencia del Maestro a la hora de indicar el lugar donde deseaba

reunirse con sus íntimos...

Jesús de Nazaret estaba al corriente del complot que protagonizaba Judas, así como de sus

manejos para facilitar su captura. Era lógico que, si el Galileo deseaba no ser molestado en el

transcurso de aquella cena, adoptase las necesarias medidas de precaución. Y aquella

«maniobra», evidentemente, formaba parte del plan.

El joven Marcos nos condujo hasta el interior de la casa, presentándonos a sus padres, Elías

y María. Aquella familia -según pude averiguar- estaba emparentada con la de Jesús,

comulgando plenamente con sus enseñanzas.

Felipe, como responsable de la preparación de la cena, rogó a Elías Marcos que le mostrase

el lugar elegido y que le pusiese al corriente del menú y de los restantes preparativos.

Prudentemente, y puesto que el muchacho se hallaba presente, me abstuve de formular

preguntas a los dueños de la casa. Sin embargo, después de comprobar que la cena tendría por

escenario el piso superior de la mansión de los Marcos, mis dudas sobre el acuerdo secreto

entre Jesús y el hijo de aquellos quedaron prácticamente disueltas. Sólo restaba que el

muchacho o sus padres me lo confirmaran. Pero eso sucedería pocas horas más tarde...

Me disponía ya a seguir a Felipe y a Pedro hasta la primera planta, iniciando así otra de las

delicadas misiones encomendadas por Caballo de Troya cuando, inesperadamente, Juan el

Evangelista- me propuso aprovechar aquellos minutos para visitar el cercano barrio de los

tintoreros, satisfaciendo así mi deseo de adquirir el manto para el Maestro. Me vi atrapado en


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