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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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Caballo de Troya

J. J. Benítez

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mi propio engaño y no tuve más remedio que aceptar, simulando -además- gran contento por

aquella gentileza del discípulo.

El gremio de los tintoreros, tal y como me había anunciado Juan al salir de la casa, se

encontraba muy cerca. Descendimos por un estrecho callejón, tan mal empedrado como

pestilente, hasta desembocar en un corro de pequeñas casas de una planta, situado a la

sombra de la muralla exterior y en el ángulo suroccidental de la ciudad. Aquella treintena de

casas eran en realidad otras tantas tintorerías. Juan me condujo al interior de una de ellas,

propiedad de un viejo amigo: un tal Malkiyías, experto artesano y digno sucesor de una antigua

familia de tintoreros.

Y sin proponérmelo me vi en el interior de una habitación de unos seis por tres metros, casi

ahogada por la oscuridad, en uno de cuyos extremos divisé dos grandes cubas de casi un metro

de diámetro por otro de altura. A su lado habían sido situadas varias pilas de escaso fondo y un

banco de mampostería. En las cubas se había introducido potasa y cal apagada, así como una

pequeña cantidad de índigo1 en una de ellas y el doble en la siguiente. Cada cuba, cerrada por

una cubierta de piedra, presentaba un pequeño orificio o boca central (de unos 15 centímetros)

en la citada tapa. Por allí, el amigo Malkiyías iba introduciendo los hilos de los diferentes

tejidos, procediendo a su tinte. En otra de las pilas, varios obreros manipulaban grandes paños

de tela, sumergiéndolos en baños de púrpura y escarlata.

Juan le expuso mi deseo de hacer un regalo a un amigo, rogándole que nos enseñara

algunos de los mantos mejor trabajados y listos ya para su traslado al gremio de los

vendedores de telas. El jefe de la tintorería aceptó con gusto, mostrándonos un abundante

surtido de ropones, túnicas de lana y algodón, mantos para mujeres (muy parecidos al actual

chal) y finas vestiduras de hilo de Egipto, teñidos todos ellos en los más variados y sugestivos

colores.

Y, de pronto, al revisar aquellas prendas, tuve una idea. Busqué entre los tejidos más

delicados y señalándole a Juan un manto de lino blanco, le dije..

-Este... Desearía llevarme éste...

El discípulo me miró con asombro y comentó:

-Pero, Jasón, éste es un manto de mujer...

-Lo sé -repuse-, pero acabo de tener una idea mejor.

Juan respetó mi silencio, y sin hacerme una sola pregunta sobre aquel repentino cambio,

acordó con el maestro artesano el precio del rico manto. Aunque aquel tipo de operaciones

comerciales estaba prohibido -ya que los tintoreros no podían vender sus productos

directamente al público-, la amistad entre Juan y Malkiyías sirvió para soslayar el problema.

Y a eso de las cuatro de la tarde, después de recoger a Felipe y a Pedro y en compañía del

joven Juan Marcos, que quiso unirse a nosotros, reemprendimos el camino de regreso al

campamento de Getsemaní. En la casa de la familia Marcos, todo estaba listo para la cena. Las

circunstancias me habían impedido tener acceso al piso superior y ello empezaba a

preocuparme. Era vital para el completo desarrollo de mi misión que pudiera entrar en dicha

sala, antes de que fuera ocupada por Jesús y los doce...

Al vernos llegar, David Zebedeo se apresuró a interrogarme, mientras Pedro, Felipe y Juan

comunicaban a Jesús que todo estaba ultimado para la cena.

El astuto David me explicó que, dadas las circunstancias, había sugerido a Judas que le

entregara algo de dinero, con el fin de ir cubriendo las necesidades del grupo.

-Ante mi sorpresa -añadió-, este malnacido no sólo no ofreció resistencia, sino que,

entregándome la totalidad de los fondos líquidos y los recibos del dinero en depósito, me

anunció sin titubear: «Tienes razón. Creo que es lo más adecuado... Se está tramando algo

contra el Maestro y, en el caso de que me ocurriera algo, no serias molestado por nadie.» ¿Te

das cuenta, Jasón? -comentó con desaliento-. Este cínico acaba de confesarme que teme por la

vida de Jesús...

Aquel gesto de Judas -desprendiéndose de todo el dinero del movimiento- apuntaló aún más

mi sospecha de que el traidor no actuaba precisamente por avaricia.

1 A juzgar por su color azul y por su Forma, en panes cuadrados de unos 125 gramos de peso cada uno, aquella

pasta tintórea debía ser una de las especies de «índigo de la India», muy apreciada en el arte del tinte. (N. del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Hacia las cinco de la tarde, cuando apenas faltaba una hora para el ocaso, noté un

movimiento inusitado en el campamento. Felipe me informó que el Maestro tenía prisa por salir

hacia Jerusalén. Los apóstoles no terminaban de entender por qué el Maestro había organizado

aquella reducida e inusual cena, a la que sólo podían asistir sus doce hombres de confianza. Los

comentarios eran de lo más diverso. La costumbre judía establecía con gran rigor que el

almuerzo pascual debía celebrarse -una vez sacrificado el obligado cordero o cabrito en el

Templo- en la víspera de la Pascua propiamente dicha1. En esta ocasión, la fiesta pascual caía

en sábado por lo que era doblemente solemne, como creo que ya comenté. Si la tradicional

cena religiosa debía efectuarse al día siguiente, viernes, 7 de abril y una vez oscurecido, era

lógico que los discípulos se hicieran preguntas sobre el misterioso banquete organizado por el

Galileo para esa noche del jueves. Sólo unos pocos -Juan, Judas Iscariote, por supuesto, y

David Zebedeo- intuían que aquella cena iba a ser un acto muy especial, previo a la inmediata y

fulminante captura de su Maestro.

Para mí, aquellas prisas de Jesús por abandonar el huerto fueron la señal que me impulsó a

retirarme, adelantándome al grupo.

Dadas las especialísimas características de la «última cena» -a la que, insisto, sólo podían

asistir Jesús y sus doce apóstoles-, Caballo de Troya había estimado que mi presencia en la

misma hubiera podido quebrar el carácter íntimo que el Maestro pretendía. Era poco ético, por

tanto, que yo me hubiera sentado junto a los trece. Pero la misión no podía pasar por alto un

hecho tan trascendental y significativo como aquél. Yo debería recoger un máximo de

información sobre lo verdaderamente ocurrido en el piso superior de la casa de los Marcos. Y

para ello, el general Curtiss había dispuesto una solución «intermedia»: además de mis

indagaciones cerca de los protagonistas, la totalidad de las palabras de Jesús y de los doce

serían recogidas mediante un sensible y diminuto micrófono, que yo debería ocultar en un lugar

estratégico del cenáculo. (Difícilmente podía suponer entonces que aquella minúscula maravilla

de la electrónica -construida con gran mimo por los especialistas de la ATT (American

Telephone and Telegraph), empresa norteamericana de explotación telefónica, para nuestro

proyecto- iba a constituir una de las razones que aconsejaron a Caballo de Troya un segundo

«gran viaje» a la época de Cristo...)

Después de depositar el manto que había comprado en la tintorería de Malkiyías en manos

del Zebedeo, me apresuré a arrancar algunos manojos de espliego y lirios morados y blancos,

que crecían en las proximidades del olivar. Y a la carrera, tomé la senda más corta hacía

Jerusalén, advirtiendo al módulo que me disponía a situar el micro y la «vara de Moisés» en la

casa de Elías Marcos.

El gentil y apacible cabeza de familia no se sorprendió lo más mínimo cuando le anuncié que

Jesús y los doce no tardarían en llegar y que, como muestra de mi amistad y afecto hacia el

Maestro, deseaba contribuir, adornando la mesa con aquel humilde pero oloroso presente. Mi

plan surtió efecto y uno de los sirvientes -por indicación de Elías- me acompañó hasta el piso

superior.

Ascendimos por una estrecha escalera de piedra y, al abrir una puerta de doble hoja, el

improvisado «guía» me invitó a que le precediera. Así lo hice, penetrando en una espaciosa sala

rectangular de algo más de 20 metros de longitud, por 6 o 7 de anchura. En el centro había

sido dispuesta una mesa baja, en forma de « U » y de características muy parecidas a la que

había visto en la casa de Simón, «el leproso».

Alrededor se hallaban trece divanes, orientados casi perpendicularmente a la mesa. El que

ocupaba el centro, ola base de la «U», era algo más alto que los demás. Deduje de inmediato

que aquél era el puesto destinado al invitado de honor; es decir, a Jesús. Uno de los divanes -

muy similares a bancos de cuatro patas, pero sin brazos ni respaldo alguno- era más bajo que

el resto. Se encontraba situado en uno de los extremos de la mesa y, al verlo, deduje que el

anfitrión había tenido problemas para conseguir tantas tumbonas.


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