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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela de hipótesis que desencadenan en la imaginación del

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1 La fiesta de la Pascua judía -también llamada hag ha-massot o «fiesta de los ácimos»- se celebraba anualmente el

15 de Nisán, correspondiendo con el plenilunio o luna llena de la primavera. En aquel año 30, esta fecha -15 de Nisán-

cayó en sábado, 8 de abril. El cordero pascual se sacrificaba la víspera (14 de Nisán) y se comía en familia, una vez

oscurecido; es decir, en esta ocasión, el viernes, 7 de abril. El Galileo celebró, por tanto, la «última cena» el 13 de

Nisán o jueves, 6 de abril. El mes de Nisán era el primero del año judío, correspondiendo a nuestros marzo o abril. (N.

del m.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

189

A la izquierda del comedor (tomando siempre como referencia la única puerta de entrada), y

pegados prácticamente al muro de ladrillo -cuidadosamente reforzado a base de caliza- conté

tres lavabos de bronce, elevados sobre el entarimado mediante sendos pies de madera. Todos

ellos, curiosamente, provistos de ruedas. De esta forma, aquellos recipientes de unos cuarenta

centímetros de diámetro y de escasa profundidad- podían ser trasladados cómodamente de una

parte a otra del aposento. Junto a los lavabos, el

dueño de la casa había preparado varías jarras con agua, así como algunas jofainas y lienzos

para el secado.

La escasa luz que penetraba por las espigadas ventanas -casi «troneras»-, que se repartían

a lo largo de los muros, había obligado ya a los sirvientes a encender las lámparas de aceite. En

una rápida exploración observé que las seis o siete lucernas adosadas en las paredes, y a cosa

de metro y medio del suelo, no daban una llama lo suficientemente grande como para iluminar

la estancia con amplitud. El defecto había sido subsanado con un farol cuadrado, en cuyo

interior ardía otra carga de aceite, con una triple mecha de cáñamo. Este refuerzo, plantado en

el interior de la «U» y sostenido a poco más de un metro del piso por un pie de hierro forjado

bellamente trabajado, sí proporcionaba a la mesa y a sus inmediaciones una generosa claridad.

A través de las paredes de vidrio -sutilmente teñidas de color oro-, la luz del farol inundaba y

bañaba de amarillo los divanes rojizos y el blanco e inmaculado mantel.

En uno de los extremos de la mesa (el más distante al lugar donde se encontraban los

lavabos «rodantes»), la servidumbre habla situado el pan, el vino, el agua y varios platos con

legumbres. Y sobre la mesa, en el punto correspondiente a cada uno de los invitados, trece

platos de fina cerámica, decorados con estrechas bandas rojas y blancas, posiblemente

trazadas a pincel por el artesano. Junto a la vajilla, cuatro copas de cristal de Sidón por

comensal. La presencia de tan numerosa cristalería me hizo suponer que Jesús pensaba

celebrar aquella cena, según el rito pascual.

Y por toda decoración, la sala lucía algunos tapices rojos, colgados estratégicamente en las

paredes. A la derecha de la puerta, en el ángulo del cenáculo, la madre del joven Marcos había

puesto un discreto toque femenino, a base de brillantes ramas de olivo y hojas de palma,

firmemente sujetas en un barreño con tierra.

Tras aquella vertiginosa ojeada a la estancia, comprendí que el lugar ideal para ocultar el

micrófono multidireccional era la base del farol. Desde aquel punto, equidistante de casi todos

los discípulos, las voces podrían llegar con nitidez hasta el sensible receptor. Pero, al volverme

hacia la puerta, la presencia del servicial acompañante me hizo desistir de mis propósitos. Tenía

que quedarme solo, aunque fuera únicamente durante un par de minutos...

De pronto advertí que aún tenía las flores en mi mano izquierda y entregándoselas al

sirviente le rogué que buscara algún jarrón. El buen hombre no entendía bien el griego y tuve

que expresarme por señas. Por fin pareció comprenderme y se alejó, escaleras abajo, con el fin

de satisfacer mi súplica.

Sin perder un segundo me hice con el micrófono, arrodillándome junto al farol. Por suerte, la

base era igualmente de hierro y el dispositivo magnético se «pegó» de inmediato. Los flecos

que colgaban del fanal formaron un excelente camuflaje. Retrocedí, saliendo del centro de la

mesa y, dirigiéndome rápidamente al diván que presumiblemente debía ocupar el Galileo, me

recosté sobre él, accionando la conexión auditiva con la nave. Eliseo respondió de inmediato.

Por espacio de varios segundos dirigí mi voz -en diferentes niveles de intensidad- hacia el farol,

situado a poco más de tres metros de la curvatura de la «U». Después repetí las pruebas de

sonido desde los dos extremos de la mesa.

Eliseo verificó las recepciones, anunciándome que el sonido llegaba «cinco por cinco»1.

Algo más sereno, me situé entonces en el rincón donde María Marcos había dispuesto el

adorno floral. En mi opinión, aquél era el único ángulo desde el que habría sido posible una

completa filmación de la escena. Pero, al examinar la posición de la única lente capaz -en este

caso- de registrar los acontecimientos, comprobé que existían dos obstáculos que dificultaban

la filmación: por un lado, las hojas de palma ocupaban la mayor parte del campo visual. Por

otro, y aunque no se hubiera dado aquel inconveniente, el lugar que tenía que ocupar el

Maestro quedaba oculto en parte por el farol central.

1 Esta expresión es frecuentemente utilizada en el argot aeronáutico para comunicar que se recibe el sonido de

forma nítida. (N. del t.)

Caballo de Troya

J. J. Benítez

190

Traté de tranquilizarme y, tomando de nuevo la vara, escudriñé hasta el último rincón de la

sala. Pronto desistí. No había una sola zona donde apoyar el cayado sin que levantase

sospechas y con garantías de una filmación correcta.

Desalentado, me dirigí entonces hacia el punto que había elegido en un principio, con el fin

de depositar la «vara de Moisés» por detrás de las ramas y palmas. «Al menos -me dije a mí

mismo-, quedará constancia del lugar y de algunos de los personajes.» Mi misión, en este caso,

era sencilla: bastaba con que dejara pulsado el clavo que activaba el rodaje. Una vez concluida

la cena, y si no surgían inconvenientes, todo era cuestión de subir nuevamente y recogerla.

Pero, cuando me faltaban unos pasos para alcanzar el rincón, el sirviente se presentó en la

estancia, arruinando mis intenciones. Traía en las manos un pequeño jarrón de barro y, en su

interior, mis flores.

Tuve que forzar una sonrisa. Después, casi como un autómata, lo situé sobre la mesa, frente

al plato y a las copas asignados al Nazareno.

Y profundamente contrariado, abandoné aquel histórico lugar.

Me disponía ya a despedirme de la familia Marcos cuando el bronco y áspero sonido de los

cuernos de carnero del Templo anunciaron el final del día. Mi intención era ocultarme en las

proximidades de la casa y esperar la llegada de Jesús y de sus hombres. De esta forma podría

controlarles y, sobre todo, estar al tanto de los movimientos de Judas. Pero la hospitalaria

familia no me dejó partir. Elías me rogó que aceptase un vaso de vino y que, si no alteraba mis

planes, permaneciese en su compañía hasta el regreso del grupo a Getsemaní. El padre de

Marcos conocía la disposición del rabí sobre la cena: nadie -excepto los trece- debería participar

en la comida pascual. Ni siquiera habría sirvientes. Y aunque yo me apresuré a recordarle este

deseo del Maestro, el buen hombre insistió en que no era necesario que yo estuviera presente

en el piso superior. Podía satisfacer mi apetito y, de paso, resguardarme en la planta baja o en

el pequeño jardín contiguo a la vivienda.

Reflexioné y acepté. Quizá aquél fuera el emplazamiento ideal para mi misión. Después de

todo, desde el piso inferior e, incluso desde el patio, era posible seguir los movimientos de

cuantos subieran o bajaran al cenáculo. Aquella amable invitación me permitió, además,

averiguar otro dato curioso: el menú de la «última cena».

De acuerdo con las costumbres judías, esta comida se sustentaba en un plato único -el

cordero o cabrito-, aderezado y acompañado con una serie de verduras, igualmente

obligatorias.

María Marcos había preparado varios platos con lechuga, perifollos olorosos (con un suave

aroma parecido al anís), un cardo llamado «eringe» o «eringio» y las imprescindibles yerbas

amargas. Todo ello, sin hervir ni cocer, tal y como marcaba la ley.

Cuando le pregunté sobre la forma de preparar el cordero, la matrona me condujo hasta el

jardín, mostrándome unas brasas de madera de pino, perfectamente circunscritas en un hogar

a base de grandes cantos de río. Uno de los sirvientes velaba para que la candela no se

extinguiera mientras otros dos se ocupaban de un cordero que no pesaría más allá de los ocho

o diez kilos. Con una destreza admirable, los sirvientes había cortado las extremidades y

extraído la totalidad de las entrañas. Después, tanto éstas como las patas -todo ello

perfectamente desollado y purificado a base de agua- fue introducido en el interior del cordero.

Uno de los hombres tomó varios brotes de alhova, así como laurel y pimienta, rellenando con

ello los huecos. A continuación, el vientre fue cerrado mediante largas y escogidas ramas de

romero, dispuestas alrededor de la pieza.

El segundo sirviente introdujo entonces un largo y sólido palo de granado por la boca del

cordero, atravesando todo el cuerpo y haciéndolo aparecer por el ano.

Una vez dispuesto de esta guisa, los extremos de la vara de granado fueron depositados

sobre sendas horquillas de hierro, firmemente clavadas en la tierra. Y dio comienzo un lento y

meticuloso asado. Siguiendo un antiguo ritual, antes de que los servidores situaran el cordero

sobre las brasas, el padre de familia dirigió su mirada al cielo, comprobando que nos

hallábamos «entre dos luces», tal y como específica el Éxodo (12,6).

El banquete había sido redondeado con puerros, guisantes, pan ácimo y, como postre,

nueces y almendras tostadas y una pasta -sin levadura- a base de higos secos.

Con el fin de aliviar el sabor de las obligadas yerbas amargas, la madre del pequeño Juan

Marcos tenía dispuesta una deliciosa compota o mermelada -llamada «jarôset»-, preparada a


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