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Todas las posibilidades Freddy Aguasvivas


Freddy Aguasvivas





Todas las Posibilidades




El fascinante y estremecedor relato de uno de los escándalos político-financieros más grandes del mundo

















Título Original:

Todas las posibilidades

Autor:

Freddy Aguasvivas

©Derechos Reservados por el autor.

Primera edición:

Abril de 2009

2,000 ejemplares

ISBN: 000-0000-000-0

Diseño y diagramación:

Jahjhdfhakaklaklalalalal

Portada:

Ahjlhapaskakk Sklajaapo

Impresión:

Editorial Impretur, S. A.

Reservados todos los derechos por el autor. Prohibida la reproducción parcial o total por cualquier medio impreso, electrónico, o de cualquier naturaleza, sin la debida autorización por escrito del autor.



Para comentarios:

todaslasposibilidades@gmail.com

aguasvivas.freddy@gmail.com









Dedicatoria:

A Victoria Avril, definitivamente mi último retoño.

A todos mis hijos y nietos, que son quienes me mantienen aferrado a la vida.



























Capítulo I

El comienzo del fin















Si Ramoncito no hubiese enviado esa carta al ministro de las Fuerzas Armadas, tres bancos importantes estarían aún funcionando y él, junto con otros banqueros y sus principales colaboradores, no estarían encerrados en la cárcel de Najayo.

Por esta razón su mirada traspasaba el sólido techo de su celda para proyectarse nítida hacia un pasado tan reciente que parecía que podía borrarlo de un manotazo y volver a empezar. Tras la careta de tranquilidad que su rostro mostraba, un torbellino de recuerdos le perturbaban el espíritu, que empezaba a despertar del letargo narcótico que le había producido la realidad.

En su andar divagando por los recuerdos, atrapado por los fantasmas de la soledad, en la pantalla virtual que había creado en su techo, rebobinaba con ansiedad los funestos vientos que trajeron esta tempestad. Se había propuesto ser fuerte. Asumir con hombría su desgracia y dar la cara erguida, por la abstracción que proviene del subconsciente. ¿Por qué he de avergonzarme de mi inconducta, si es la conducta habitual del concierto social? No he hecho nada que desafine con la costumbre... El envío de la carta lo atormentaba.

Sólo enviar esa carta... provocar con ella a los demonios de la intolerancia política, por tener la miope concepción de que “es Pepe el que aprieta” y no su amo y señor.

Sí, se había hecho a la idea de no derrumbarse, de mantener la frente en alto ante los demás. Pero los demás no lo incluía a él. Por eso sintió por primera vez cómo le venían encima los densos muros de su cárcel aprisionándolo y mientras el piso subía, el techo bajaba hasta exprimirle el cerebro y hacerle brotar los más negros recuerdos, que eran también el infausto contraste de aquellos momentos de derroche y boato, de poder y de gloria. De la felicidad sin fin.

No, su máscara no era introspectiva, sólo era hacia afuera. Por eso penetró desnudo en su interior y auscultó a cada neurona reclamándole asumir el impacto de la caída. Adormecer la conciencia para condenarla a un sueño eterno que le anestesiara el espíritu, para no sucumbir ante el peso lacerante de un presente tan cruel y real.

Ramón Buenaventura Báez y Figueroa era el presidente y propietario del noventa por ciento de las acciones del Banco Intercontinental, S. A. (Baninter), el cual, hasta el momento de la carta inoportuna, era la tercera institución financiera más poderosa de la República Dominicana. Por lo menos en los libros oficiales, porque los hechos que fueron descubiertos, detectaron activos y pasivos que prácticamente superaban el volumen de los dos bancos más grandes del país en conjunto. Su pantalla virtual empezó a funcionar:







El presidente de Baninter llamó a su despacho a Marcos Báez Cocco y a doña Vivian Lubrano de Castillo. Era muy frecuente que los requiriera para consultarlos sobre algunos temas de su interés. Los dos vicepresidentes se acomodaron en las butacas frente al escritorio de Ramoncito. Éste les fue directamente al grano:

  • Hipólito me ha solicitado ayuda económica para su campaña. Como ustedes saben, él quiere ser presidente y nosotros nos habíamos puesto a sus órdenes para colaborar con ese proyecto. Me gustaría escuchar sus opiniones sobre qué y cómo hacerlo sin que el banco se vea muy involucrado.

Marcos Báez Cocco, mirándolo directamente a los ojos, le dijo:

  • Lo primero que debemos saber es qué cantidad tú piensas donarle, para entonces, a partir de ahí elaborar un esquema que 0nos permita disimular esos aportes.

  • Yo pienso lo mismo. Además, es importante saber si es una sola colaboración o se harán algunos aportes esporádicos –preguntó d0oña Vivian.

  • Precisamente por eso los he convocado. Me gustaría saber qué sería más práctico y factible para ellos, pero además, con qué podríamos impresionar más al candidato. Debe ser un aporte que le impacte, que se note. Si le hacemos un regalo solamente, eso podría olvidarse para cuando termine esta campaña, que es muy larga. Hay que pensar en grande, que pueda ser trascendente para él aunque para nosotros no lo sea tanto.

  • Si se le hace un solo donativo, aún siendo espléndido, como tú dices, puede olvidarse al final. Es mejor hacerlo, si no mensual, por lo menos con varias cuotas distribuidas en todo el proceso –opinó Báez Cocco.

  • Mi opinión es que le demos una cantidad fija mensual durante toda la campaña, y así se notará que hemos dado un apoyo permanente y continuo... Si gana las elecciones, nos tendrá un agradecimiento eterno. ¿En cuánto tú habías pensado como donación global para él? –preguntó señalando a Ramoncito con el gesto.

  • Bueno, en realidad hay que tener en cuenta que él será el próximo presidente de la República. De alguna manera debemos tenerlo bien contento y ustedes saben por qué no podemos fallar. Yo había pensado en hacerle entrega de veinte o treinta millones de pesos para toda su campaña. Creo que es una suma impactante como contribución.

  • Es muy buena suma. Es superior, creo, a la que ninguna otra empresa pueda ofrecer –intervino Marcos Báez.

  • Si es así, yo propongo lo siguiente: ¿Por qué no le damos una tarjeta de crédito abierta, digamos, por un millón de pesos mensuales durante todo el trayecto de la campaña? Eso nos ayudaría en dos sentidos: primero, estaríamos otorgando una suma mensual garantizada, sin tener que hacer cheques, dejar evidencias, ni manejar toda la documentación de soporte para sacar ese millón por mes, y en segundo lugar, eso les da a ellos una gran movilidad y capacidad de manejo de recursos, los cuales estarán seguros cada mes y no dependerán de un papeleo que puede dejar huellas para el futuro. De esta manera, además, evadimos las explicaciones sobre esos aportes que tendríamos que dar a la Superintendencia y a otras instancias –Vivian hablaba como la banquera experimentada que era. Tomaba en cuenta todas las variables.

  • Estoy de acuerdo con esa forma, pero deben ser dos millones, por lo menos, incluyendo cincuenta mil dólares para los viajes al extranjero. Hay que tomar en cuenta que estamos a poco más de la mitad del año 1999 y que esta campaña en realidad ya sólo es por ocho o nueve meses y con esa suma le daremos menos de veinte millones de pesos en aportes –explicó Ramoncito.

  • Con este esquema hay que buscar a una persona de confianza para que maneje el estado mensual, que lo reciba aquí mismo en el banco y nunca salga hacia la calle. Ese funcionario tendrá la responsabilidad de acreditar a ese estado de cuenta el monto consumido y debitarlo a una de nuestras cuentas especiales –dijo Marcos Báez.

  • ¿Quién puede ser la persona más adecuada para eso? –preguntó Ramoncito

  • Yo pienso que Luis Matos es el más indicado. Es discreto, profesional y eficiente. Es de nuestra confianza. Podemos poner esa tarea en sus manos –sugirió doña Vivian.

  • Bueno, pues prepárate tú misma todos los documentos, hay que llamar a Hipólito para ver a nombre de quién ponemos esa tarjeta y luego tú le das todas las instrucciones a Luis Matos para que mensualmente se encargue de hacer las operaciones necesarias para que se borren los consumos y quede limpia para los nuevos gastos del candidato.

Durante el período de campaña electoral Hipólito Mejía manejó su tarjeta de Baninter sin ninguna dificultad. Utilizaban cerca de dos millones de pesos mensuales en gastos diversos del proceso. Si iban de viaje al extranjero hacían uso de los dólares asignados. Luis Matos recibía el estado cada mes, y como le habían indicado, sin pasarlo por los mecanismos correspondientes para las tarjetas de crédito, procedía a “pagar” los montos consumidos, dándole un crédito a la deuda y debitando la cuenta que en ese momento se estuviera utilizando para las borraduras.

Cuando Hipólito ganó las elecciones, al documento crediticio se le eliminaron los límites y pasó a tener un poder de compra enorme, tan grande, que sería el comienzo de la perdición de uno de los bancos más grandes de la República Dominicana.

El licenciado Luis Matos tenía más de un año manejando los estados de cuenta del documento, pero cada día se hacía más difícil y comprometedor estar lidiando con esa responsabilidad. Lo que estaba pasando con los gastos no le gustaba para nada y el tiempo que debía dedicar a esta tarea le restaba eficiencia al trabajo por el cual realmente le pagaban en el banco. Cuando Hipólito ganó las elecciones, Matos pidió a Báez Cocco que le relevara de esas funciones y que colocara a otra persona de su confianza. El vicepresidente de Baninter no se hizo rogar, casi lo esperaba. De inmediato le sugirió a Ramoncito que designara al señor Alberto Sebastián Torres Pezzotti para esa labor, quien se desempeñaba como gerente del Departamento de Suministro, Activos Fijos y Telecomunicaciones de Baninter.

Torres Pezzotti era un hombre de la absoluta confianza de Báez Cocco. Es más, algunos llegaban a decir que era como su hijo. Éste había conquistado el corazón del experto banquero, por medio del hijo de Báez Cocco. Los dos eran grandes amigos, inseparables, hasta que la muerte sorprendió al joven Báez en un accidente en la carretera de Jarabacoa. Torres Pezzotti siempre estuvo a su lado, hasta el último momento. Más luego, pudo traspasar su cariño al padre de su gran amigo, ido a destiempo, y Marcos Báez Cocco, a su vez, consoló su desgracia dándole entrada al joven Pezzotti en el lugar más apreciado de su corazón. Con él mantenía muy de cerca los recuerdos del vástago perdido y le endosó su confianza. Esa cercanía sería vital para que los hechos relativos a la tarjeta de crédito del presidente, se descarrilaran por los senderos que finalmente tomaron.

En realidad la tarjeta del presidente iba a ser manejada por Juancito Gilberto Núñez “El Almirantico”. Éste era un teniente de navío de la Marina de Guerra que sería ascendido a capitán de corbeta inmediatamente después que Hipólito asumió la presidencia, por recomendaciones de la dirigencia de La Vega, de donde era oriundo el joven y correcto militar. Su mote de “El Almirantico”, más que una burla, era un reconocimiento a destiempo de sus grandes condiciones militares. Era un joven diligente, capaz, bien presentado, que se conducía siempre con mucha corrección y tenía el don de la palabra. Cuidadosamente vestido, estaba presto y atento para servir. Esto le granjeó el aprecio y afecto del Primer Mandatario, quien lo hizo su edecán militar y en él empezó a depositar confianza.

Hipólito Mejía había decidido que la tarjeta de crédito que Baninter le había concedido en cortesía, fuera manejada por éste joven oficial. Si así hubiese sido, la historia del presidente de la República, la del Baninter, y tal vez la del país, hubiesen sido distintas. Pero la ambición y las zancadillas políticas nunca están ausentes de los corrillos del poder. La brillantez y eficiencia del capitán de corbeta Juan Gilberto Núñez, sólo llegaron hasta que puso en peligro la influencia – y tal vez el puesto – del coronel del ejército Pedro Julio de Jesús Goico Guerrero, mejor conocido como Pepe Goico.

Aprovechando un día de tranquilidad en el Palacio, Pepe Goico esperó el momento oportuno para abordar un ascensor junto al edecán del Presidente, y desde que estuvieron solos en el cubículo móvil, lo agarró con fuerza por la solapa, con las tenazas ardientes que tenía como manos...lo atestó contra la pared del elevador y le bramó, muy cerca de su cara:

  • ¡Te voy a decir una cosa, hijo de la gran puta... si te sigues metiendo conmigo de voy a arrancar la cabeza... ¡¿lo oíste bien?!

Hasta ahí llego el brillo de la estrella del capitán de corbeta, que inició un proceso de retiro táctico y de bajo perfil, para conservar la cabeza sobre los hombros, donde le quedaba más cómoda.







Las relaciones de Pepe Goico con el general Carlos Díaz Morfa, influyeron mucho en el hecho de que Pepe fuera adquiriendo poder dentro del círculo del Primer Mandatario. En realidad el coronel del ejército tenía un amplio rechazo en dos sectores fundamentales para Hipólito Mejía: su familia y su partido. Ninguno quería la presencia del militar cerca del presidente, debido a su historial, primero y por sus modales, después. La familia del Jefe de Estado se oponía con vehemencia a que Pepe fuera colaborador cercano del mandatario, pero Hipólito, al decir de algunos, terco como una mula, no se dejaba imponer directrices de familia. Era muy machista como para que su mujer y su hija lo dirigieran. Pepe Goico no pudo entrar a la casa de Hipólito en los primeros meses de mandato, hasta que el general Díaz Morfa, familiar cercano de doña Rosa, la Primera Dama, le logró una dispensa, para que pudiera pernoctar en momentos específicos en la sala de la vivienda del Jefe de Estado. Carlos Díaz Morfa se había destacado en su carrera militar por ser un oficial correcto, muy aplicado, con alto sentido del deber, actuando siempre con mucha responsabilidad. Era sumamente leal al presidente Mejía y salvo un incidente en el que actuó en defensa propia en San Pedro de Macorís, tenía una hoja de servicios intachable.

El partido acudía con frecuencia donde el general Soto Jiménez para que convenciera a Hipólito de quitarse a Pepe de encima, por los expedientes previos. Para los fines políticos, el historial pasado de Pepe Goico le hacía mucho daño a la imagen del Presidente. Hipólito no lo entendía así y tendría que pagar las consecuencias, tal vez, con su separación del poder cuatro años antes de sus planes.







Torres Pezzotti había sido enganchado como mayor de la Marina de Guerra por gestiones realizadas por Pepe Goico, quien originalmente le había pedido el favor al Jefe de las Fuerzas Armadas, teniente general Soto Jiménez. Cuando fracasó en esas gestiones logró la aceptación por medio del Jefe del Ejército, mayor general Carlos Díaz Morfa y con el mismo presidente Mejía, quien lo enganchó a la milicia a principios de enero del año 2002. A su vez, Pepe Goico intercambiaba sus funciones en la Avanzada Militar con la de asesor de seguridad bancaria de Baninter, función por la que el militar ganaba cuarenta mil pesos mensuales. Pepe mantenía vínculos muy cercanos con el presidente del Banco Intercontinental desde sus días de estudiantes del colegio La Salle, cuando el grandulón y bocón servía como “seguridad” de Ramoncito, ante cualquier agresión que pudiera recibir el enclenque “hijo de papi”, de muy poca contextura física.

Para Torres Pezzotti lo que empezó como una rutina, se fue convirtiendo en una obsesión. Recibía religiosamente el estado de cuenta de la tarjeta de crédito del Presidente, aunque todos sabían que se trataba de plásticos a nombre de Pepe Goico y de su padre o hijo homónimos. Pero era impresionante tener que supervisar el nivel de gastos y el derroche que estaba sucediendo en torno a ese crédito. Cada mes la tarjeta traía mayor volumen, con gastos disímiles, onerosos, increíbles. El funcionario supervisor no podía concebir cómo se las arreglaban para hacer consumos tan variados y estrambóticos en un solo mes. Con la ironía incluida de que él revisaba los estados y tenía instrucciones de borrar esas cuentas como si no hubiesen ocurrido. Ahí encontró un terreno muy fértil para que naciera el gusanito de la ambición. Coño, pero yo soy que reviso los estados y los “pago” sin ninguna supervisión, si yo me meto en el juego, nadie más podrá darse cuenta que esos gastos no son del presidente... ¿cómo lo van a saber, si soy yo quien maneja todo el esquema de pago? Esos pensamientos ocasionarían la desgracia del mismo Torres Pezzotti y de su jefe inmediato.

Con la habilidad que caracteriza a los que tienen abundancia de testosteronas para delinquir, el mayor de la Marina de Guerra y Gerente de Suministro, Activos Fijos y Telecomunicaciones, se suministró a sí mismo un clon de la tarjeta del presidente, a través de la emisión de un plástico adicional a nombre de la señora Antonieta Rodríguez Solano de Goico, esposa del coronel Goico Guerrero, la que en realidad sería manejada por la esposa de Torres Pezzotti, Mireille Elízabeth Fernández Pineda de Torres. Desde ese momento, toda la madeja que se entretejió con lo que se llamaría el caso de la Pepe Card, envolvería a un grupo insospechado de participantes, haciendo un festín de grandes proporciones, con el dinero de los ahorrantes del Banco Intercontinental. Pero había otro entuerto incluido.

Hay quienes sostienen que Marcos Báez Cocco también habría sugerido a Torres Pezzotti clonar las tarjetas del Presidente para dotar a sus respectivas esposas de ese poder de compra. Además del clon a nombre de la señora de Pepe Goico, Además del plástico de la tarjeta de la esposa, Alberto Torres Pezzotti imprimió una adicional a su nombre, asegurando mil veces que lo hizo por instrucciones del coronel del ejército, para fines de facilitar la operatividad en conjunto de ambos.

Para ubicar los gastos de uno y otro y documentar sus inicios, había que discernir muy bien entre un grupo de gastadores empedernidos y compulsivos que compraban de todo, en todos los lugares y a cada hora. ¿Quién sacaba veinticinco mil dólares de cajeros automáticos en Miami, mientras otro gastaba sin parar en grandes joyerías de París o Madrid y el tercero compraba una jepeta de lujo para el jefe del Ejército? Era imposible saber quién era quien en cada caso, pero tres o cuatro plásticos sin límites circulaban por el mundo, con un nivel tan escandaloso de gastos que dispararon las alarmas del imperio del norte y entonces empezó la debacle. La fiesta de los tres era en grande, mientras que Ramoncito, el dueño de la orquesta, no tenía idea que personas tan cercanas, dentro de su banco, estaban aprovechándose al máximo de esta facilidad.









El teniente general José Miguel Soto Jiménez despachaba unos documentos de oficiales que serían enviados a estudiar al extranjero, cuando le interrumpió su asistente:

  • Señor, le llama el coronel Goico Guerrero.

  • Gracias... –levantó el auricular –Hola Pepe ¿Cómo estás?

  • Bien Jefe... con algunos problemitas que el Presidente necesita que nos ayudes a resolver.

  • ¿Qué les pasa, hay algún problema?

  • El Presidente está varado aquí en Perú, porque cuando hemos ido a pagar la cuenta del hotel, resultó que la tarjeta de crédito que nos dio Ramoncito está bloqueada y no autorizan el pago.

  • Coño, pero eso no es posible ¿Cómo que está bloqueada la tarjeta de crédito del Presidente? Explícame esa vaina.

  • Bueno, tú sabes que todos los gastos de viaje del Presidente se pagan con la tarjeta de Baninter. Pero ahora, cuando fui a pagar, la cuenta está bloqueada y lo peor es Ramoncito no aparece por ningún lado. Nos hemos cansado de llamarlo y no responde y sospechamos que es una acción premeditada, porque no hemos podido localizar a Vivian ni a Marcos Báez. Creemos que todos se están escondiendo para no autorizarnos. El Presidente ordena que te encargues de esto ya que tú estás en República Dominicana.

  • Oye Pepe, pero no me digas que entre todos esos lambones que andan con el Presidente, ninguno puede pagar una cuenta de hotel. Tú eres un hombre rico, Pepe, ¿No puedes pagar esa factura y luego lo recuperas aquí? –el Jefe de las Fuerzas Armadas lucía realmente indignado por lo ridículo de la situación.

  • No hay nadie que resuelva. Encárgate tú, por favor.

  • Bien Pepe, déjame ver cómo puedo resolver esto, pero me tiene sorprendido que entre tantas personas de dinero que andan con el Presidente, ninguno pueda pagar una mísera cuenta, poniendo así el prestigio del país en juego. Yo voy a resolver.

El Primer Mandatario de una nación democrática y soberana, había viajado a la XI Cumbre iberoamericana de Jefes de Estado y Presidentes, celebrada en Lima, Perú, y ahora estaba atascado allí, porque andaba de limosna con una tarjeta donada por un banco comercial privado. Desde todos los puntos de vista, esto sería un escándalo en cualquier país del mundo, por la variedad de aristas que contenía: la dignidad de la Nación, insolvencia, inmoralidad, en fin, hasta corrupción, si se quiere. El país quedaba a expensas de que un banquero se jactara de que sin él las autoridades no podían moverse y que las podía poner a hacer el ridículo ante el mundo. Pero además, ¿Hasta dónde había llegado el poder del hombre de las finanzas, que se atrevía a desafiar de una manera tan infeliz al Presidente de la República y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional? Este hecho era digno de estudio. La tarjeta de crédito que usaba el mandatario contenía una buena cantidad de lados oscuros.

Es de imaginar que la seguridad de Perú, que tenía una programación cronométrica para el cuidado de su invitado, estaría perpleja por la imposibilidad de cumplir con ese estricto protocolo en tiempo y espacio, porque el Presidente no había cancelado el hotel. El primer deber del jefe de seguridad de los dignatarios extranjeros, sería avisar al presidente Toledo, que su homólogo dominicano no había salido porque no tenía dinero para pagar la cuenta... Por ahí comenzaría una cadena de informes que provocarían el desprestigio internacional y en grandes proporciones de la dignidad de los dominicanos, por la falta de visión del mandatario y su séquito, sobre los alcances de la institucionalidad del Estado.

El Secretario de las Fuerzas Armadas, por su acceso a las fuentes de inteligencia, tenía seria preocupación por los rumores que circulaban en torno a la famosa tarjeta de Baninter. Sus mecanismos de investigación ya habían detectado a más de veinte generales de las Fuerzas Armadas exhibiendo muy orondos sus jepetas del año, compradas con la facilidad que había otorgado Baninter al Presidente o por obsequios directos del dueño del banco a los altos oficiales. Soto Jiménez no entendía eso. Hasta el mismo Jefe del Ejército Nacional circulaba en un vehículo adquirido por esa vía. Pero los acontecimientos no se quedaban ahí y había tenido que soportar el surgimiento de unas pequeñas fuerzas armadas, manejadas por personas con tanto poder como él mismo, funcionando en torno al Cuerpo de Ayudantes Militares y la Avanzada Militar del Presidente. De hecho, el coronel Pepe Goico hacía negocios violando todos los procedimientos de controles establecidos en las Fuerzas Armadas para hacer adquisiciones. Por una larga tradición, para comprar cualquier bolígrafo, los guardias tenían que gastar dos resmas de papel en solicitudes, informes, aprobación, contabilidad, auditoría, contraloría, despacho; en fin, era una odisea el proceso de compras en las Fuerzas Armadas dominicanas, las cuales debían incluir cinco cotizaciones de empresas diferentes, para hacer los pedidos y ser validados.

Sin embargo, el coronel Pepe Goico iba a una empresa cualquiera y adquiría todo lo que necesitaba para su avanzada militar o para el Cuerpo de Ayudantes Militares, pasaba la tarjeta de crédito y colorín colorado, cuento acabado. Eso molestaba a la jerarquía institucional de las Fuerzas Armadas. El descalabro era tal, que sin previa autorización de los jefes, el coronel Pepe Goico ordenó hacer una calcomanía con el logo del Cuerpo de Ayudantes Militares y la colocaba en el avión Jetstream, el cual había sido comprado con la famosa tarjeta de crédito, para hacer viajes a nombre de ese departamento de la institución militar, sin que nadie estuviera enterado. Las veces que el Secretario de las Fuerzas Armadas intentó abordarle el tema al presidente Mejía, éste reaccionaba de manera extraña y no tomaba ninguna medida para evitar el irrespeto. Era el pleito del huevo y la piedra. Había que actuar con entereza, pero con algún grado de prudencia.





Tampoco Soto Jiménez encontraba a Ramón Báez Figueroa, ni a ninguno de los otros ejecutivos del banco que tomaban decisiones. Entonces acudió a su gran amigo Juancho López, de la empresa fotográfica Fujifilm, que siempre sabía cómo localizar al banquero, y le pidió ayuda. Juancho le prometió que investigaría, para ver cómo los ponía en contacto. Al poco tiempo devolvió la llamada:

  • Jefe, Ramoncito está en Italia...

  • Coño, no me digas una vaina así. ¿Y cómo resolveremos este problema?

  • Te he conseguido el teléfono que está usando allá, así le llamas y hablas con él –lo consoló Juancho López, al tiempo de informarle que Ramoncito estaba fondeado en su yate Patricia, vacacionando en las costas del Mediterráneo, en Italia, frente a la isla de Capri.

  • Gracias hermano. No sabes cuánto te lo agradezco –el general apuntó los datos y procedió de inmediato a llamarlo. Cuando el banquero respondió, le fue directamente al grano:

  • Ramoncito, ¿en qué lio tú has metido al Presidente? Tenemos un gran problema en Perú.

  • Ja, ja, ja.... ¡qué bueno coño, que está varado!... Soto, dile a Hipólito que vaya donde Alejandro Grullón para que le desbloquee la tarjeta –el banquero parecía feliz con el poder que estaba demostrando frente al Presidente de la República.

  • Pero tú no puedes hacer eso, Ramoncito. Eso es altamente peligroso para ti y le hace un daño tremendo al país. No es a Hipólito que le estás malogrando la imagen, es a la República Dominicana. Cualquier diferencia que tengas con el Presidente la podemos discutir aquí con él, cuando tú vengas, pero ahora el prestigio internacional de la Nación está en juego, por una mierda de un par de miles de dólares. Eso no puede ser, entiéndelo –el militar trataba de hacer entrar en razón al banquero, pero sin abandonar su posición de autoridad. En alguna medida le dejaba claro que no le estaba pidiendo un favor, le estaba instando a resolver el problema.

  • Tú sabes muy bien Soto que yo me la he jugado por Hipólito, con todo lo que he hecho por él, su partido y su gente. Mi banco le ha dado el mayor apoyo posible, pero ¿qué hace Hipólito? ¡Joderme! –Ramoncito se desahogaba con mucha frustración. Luego continuó –le pedí que no nombrara a Persia Álvarez en la Superintendencia de los Fondos de Pensiones, porque ella es una ficha clave de Alejandro Grullón. Es más, ella, cuando era Superintendente de Bancos, hizo todo lo posible para que Nene Ureña y el Banco del Comercio se hundieran, sólo para ayudar a su jefe del Banco Popular. Soto, el presidente nombró en la Gobernación del Banco Central a un empleado del Banco Popular, porque Frank Guerrero Prats es un hombre de ellos, Milton Ray Guevara es un cuadro de ellos y lo puso a presidir el Consejo de Seguridad Social, y ahora también nombró a Persia Álvarez para manejar todos los fondos de pensiones ¿Dónde tú crees que va a llevar Persia todos esos activos? A fortalecer al Banco Popular para menguar todos sus problemas con ese dinero –Ramoncito estaba sumamente incómodo. Se notaba muy exaltado y molesto.

  • Pero debes entender que el escenario que has escogido es escabroso y delicado. Tú no puedes desafiar así a un Presidente. Tienes que venir y discutir con él. ¿Tú no le sugeriste algo al respeto? –le preguntó el militar.

  • Claro que sí. Le pedí que no nombrara a Persia. Se lo rogué. ¿Tú sabes lo que me contestó? Que me iba a dejar a Candelier como jefe de la Policía para que yo me contentara. Yo le dije: ¿Y a mí qué me importa Candelier? Candelier es otro hombre de Alejandro Grullón. Ese banquero fue quien le regaló su villa en Casa de Campo en La Romana –Báez Figueroa seguía exteriorizando su descontento:

  • Una vez hablé por Candelier, para que el presidente no lo cancelara de la Policía y ya Hipólito cree que es un hombre mío. Pero ¿qué tiene que ver la policía, cuando estamos hablando de altas finanzas? Hipólito Mejía es un mal agradecido. Yo me tiré encima todo el tema de modificación de la Constitución para aprobar la reelección y le hice aprobar los Bonos Soberanos, y ¿con qué me paga? Dándoles todo el poder a mis enemigos para que yo me hunda –Ramoncito no quería entrar en razón y no paraba de sacar cuentas.

  • Bueno Ramoncito, todos esos temas los podemos discutir aquí, cuando vengas, pero ahora hay que resolver lo de la cuenta en Lima. Hazlo por tu país. Olvídate del Presidente por ahora, pero ordena de inmediato que se desbloquee esa tarjeta para que se pueda retirar la comitiva dominicana de Perú –el Jefe hablaba con una mezcla de condescendencia y cortesía pero a la vez dejaba muy claro que estaba dando una orden: el país no iba a soportar ese tipo de rabietas.

  • Está bien José Miguel, yo voy a instruir de inmediato, para resolver ese problema, pero necesito que cuando yo vaya me lleves donde Hipólito. Yo necesito que el Presidente haga un equilibrio y que no perjudique tanto a Baninter –se resignó el banquero.

  • Ok. Por favor, resuelve eso, que voy a llamar de inmediato al Presidente para que salga de Perú. Gracias Ramoncito – el Secretario de las Fuerzas Armadas se despidió con una especie de respiro y angustia.

Por fin, terminaba el impasse del Primer Mandatario en Sudamérica pero el conversatorio le había dejado un profundo vahído en el estómago. Ser testigo de primera mano de las grandes carencias institucionales, de los vacíos del sistema democrático, del conflicto de intereses al más alto nivel, le descomponían el alma. ¿Podíamos llamar a esto Democracia? ¿Alguien tenía alguna idea de la palabra Institucionalidad? Definitivamente Juan Bosch tenía razón: aquí no existe clase gobernante.

El Secretario de las Fuerzas Armadas llamó al Presidente y le informó sobre la solución, sin entrar en mayores detalles, a considerar que el teléfono no era la mejor vía para comentar sus preocupaciones e inquietudes, ya que debía estar intervenido por varias vías.

Este cúmulo de informaciones afectó él ánimo del más alto jefe militar del país. Lo que estaba sucediendo con la famosa tarjeta, si se tratara sólo de un problema político, no se metería en él y lo dejaría tomar su curso sin intervenir. Pero los que estaban siendo más afectados, positiva o negativamente con la famosa facilidad crediticia eran los guardias. El militar es un preso del peso. Había que resolver el problema. Por eso, en su primera visita al presidente, luego de su regreso, le saludó con una frase tajante:

  • Señor Presidente, la seguridad nacional no puede tener acreedores ni estar hipotecada en manos privadas.

  • ¿Por qué tú me dices eso, Soto? –le preguntó el presidente.

  • Todos los equipos de inteligencia que se están comprando con la tarjeta de Baninter, todos los gastos militares que se están haciendo y hasta su problema en Perú, afectan la seguridad nacional y el Estado Dominicano tiene la suficiente fortaleza como para cubrir sus necesidades sin depender de ninguna empresa privada –exhortó el Secretario de las Fuerzas Armadas al Presidente de la República.

Hipólito no le prestó la debida atención, no obstante guardaría el incidente de Perú en el rinconcito de sus recuerdos que tiene asignado para las venganzas.























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