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Todas las Posibilidades Freddy Aguasvivas

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Capítulo III

La tarjeta de crédito del Presidente

































La tarjeta de Baninter contenía muchos mensajes ocultos. Entre ellos, uno de los principales era el conflicto de intereses. Pero el que menos se veía era el enfrentamiento descarnado que libraban algunos ejecutivos bancarios por ser “el banquero del Presidente”. Ramoncito, con sus aportes voluminosos, se creía merecedor de llevar la delantera y de hecho, si por las sumas fuera cuantificada la cercanía con el presidente de la República, no hay dudas de que llevaba muchos cuerpos de ventaja a su competencia. Sin embargo, el gran poder en el sector lo tenía Alejandro Grullón, por tener colocados a sus principales cuadros en los estamentos de poder financiero y monetario. Pero Don Alejandro era discreto y efectivo. Hipólito desayunaba, jugaba y visitaba a Ramoncito. Como compadres, formaban una excelente pareja, sin embargo, a la hora de adoptar políticas de Estado, sus apuestas siempre iban a favor del banquero encanecido de la avenida Kennedy con Máximo Gómez. Dentro de esta madeja político-financiera, entraba en juego un elemento intrépido, a otro nivel: Pedro Castillo (Perucho), el verdadero banquero del Presidente. Pedro era hermano del esposo de Carolina, la hija del Presidente Mejía. Con Hipólito estaba entre familia, pero además, en términos de negocios – hay que recordar que Mejía fue siempre un empresario enganchado a político– Pedro Castillo tenía la cercanía y confianza suficientes con el mandatario como para hacer sus propias transacciones comerciales en familia. Aunque Perucho era el presidente del Grupo y del Banco Dominicano del Progreso, sus actividades de lobbismo, usando el nombre del gobernante, le producían más recursos que los que oficialmente recibía de las entidades financieras que presidía. Muchas transacciones comerciales eran culminadas por Perucho usando la influencia que le daba la cercanía familiar y comercial que tenía con Hipólito.

Quien mejor definió esta relación fue el todopoderoso Manuel Guaroa Liranzo, del llamado anillo palaciego de Balaguer, en una visita que hiciera al Jefe de las Fuerzas Armadas, José Miguel Soto Jiménez. El ex cónsul en Miami en la época de Balaguer, había salido del Palacio Presidencial hacia la sede de la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas a tratar un tema de interés mutuo con el jefe militar. En medio de la conversación, el empresario Liranzo le explicaba a Soto Jiménez sus impresiones de hacía unos minutos en Palacio:

  • Soto, tú me habías dicho que Hipólito y Pedro Castillo eran parientes, pero ellos no son parientes –desmintió el veterano empresario.

  • Sí don Guaroa, Pedro es cuñado de Carolina, la hija del Presidente.

  • No, jefe, está usted equivocado. No son parientes, son socios –sonrió socarronamente don Guaroa, y añadió –: Acabo de verlos juntos negociando, y en verdad son socios empresariales muy de cerca.

Con estas explicaciones del reconocido hombre de negocios, quedaba claro que Hipólito Mejía se movía con mucha destreza en los bancos. Daba todo el poder institucional al presidente del Banco Popular, don Alejandro Grullón para que dominara el sector financiero del país; hacía de cachanchán de Ramoncito, presidente del Baninter, para todas las acciones informales y espurias (modificar la Constitución, aprobar los Bonos Soberanos, La Ley Monetaria y Financiera) Sin embargo para los negocios apostaba a Pedro Castillo, presidente del Banco Dominicano del Progreso. Una tripleta que no podía fallar, desde su perspectiva, desconociendo que el destino le tenía una gran jugada reservada para las dos terceras partes de esa gran unión.

Los banqueros se tomaban muy en serio su servilismo al mandatario. Hipólito era un hombre muy permeable y permisible. Si ellos podían llegar a él con algunas prebendas, aparentemente imperceptibles, tendrían fuerza moral y las relaciones necesarias como para encauzar sus negocios sin ninguna dificultad. Por eso Pedro Castillo fue aguijoneado de inmediato cuando su socio y amigo, Mimilo Jiménez, le vino con la información de la tarjeta de crédito de Baninter que usaba el presidente.

  • ¿Tú sabías que Hipólito se mueve para todos lados con una tarjeta sin límites que le ha dado Ramoncito? –le preguntó Mimilo a Perucho Castillo.

  • He oído algo, pero la gente me ha dicho tantas cosas increíbles que no tengo idea de si son cuentos de camino o es la realidad. Tú sabes bien que al dominicano le gusta exagerar.

  • Es pura realidad. He conversado con todo el entorno y me dicen que se han hecho maravillas con esa tarjeta. Incluso, en estos días se compraron diecinueve Rolex Presidente para regalar a diferentes personalidades.

  • ¿Tú no crees que eso puede hacerle daño a Hipólito?

  • Daño o no, a él le está gustando el jueguito, porque la sigue usando a pesar de todo lo que se dice. Es importante para él recibir todo ese apoyo de Ramoncito. Tú sabes bien la cantidad de negocios que nosotros tenemos con el Presidente. Yo pienso que tú también debes darle una tarjeta igual para que Ramoncito no nos eche vainas –sugirió Mimilo.

  • Bueno, yo no tengo ningún problema en convencer al Consejo de Directores para que la aprobemos. Lo que no puedo autorizar es una tarjeta en la que se hagan gastos muy por encima de lo prudente y lo normal. Me cuentan que con la de Baninter se han comprado cosas que no tienen ningún sentido, gastos muy superfluos. Oye, eso no me parece ni justo ni prudente –dijo Perucho.

  • Bueno, le podemos dar una tarjeta con un límite, pero sabes que es el Presidente de la República ¿qué importa cuánto pueda gastar en una tarjeta, si al final el banco lo saca por otro lado con creces? –razonó el empresario.

  • Bueno, eso es verdad. Pero está bien, las American Express son muy amplias. El Presidente que gaste lo que quiera. No creo que con nosotros vaya a exagerar –aseguró Castillo.

Mimilo con esta propuesta ganaba dos veces. Lograría acercarse más a Hipólito, aunque de hecho ya él y Pedro tenía una relación muy estrecha con Mejía. De paso, se cobraba una rencilla personal que le tenía guardada al joven banquero de Baninter. Cuando Patricia Álvarez se hubo divorciado de Enriquito Peynado, Mimilo y ella empezaron un tórrido romance que llegó muy lejos. Mimilo se había esforzado a fondo para conquistar a la joven Álvarez. Entre las muchas cosas extraordinarias que hizo para conquistar su amor, fue indagar su itinerario un fin de semana en el que ella iba con un grupo de amigos a pasear en un yate de lujo, en las cercanías de La Romana. Investigó con exactitud por donde estarían navegando y aprovechó un momento de anclaje para llegar por la vía aérea y desde el helicóptero lanzar millares de rosas y flores sobre su cabeza, inundando el yate y sus alrededores con esa muestra de amor... Una forma cara y fina de enamorar a una dama... logró su objetivo. Ambos estaban muy enamorados, hasta que Mimilo, amparado en la gran amistad que tenía con Ramón Báez Figueroa, le llevó a Patricia para que la empleara en el Banco. Así Mimilo mitigaba un poco el peso de los gastos de una mujer de alta alcurnia, de finos y exquisitos gustos. Si su doncella ganaba un buen sueldo, por su inteligencia y capacidad, las responsabilidades económicas del empresario serían mucho más livianas. Ramoncito lo complació con el nombramiento de la joven profesional, pero Mimilo perdió al amigo y a la mujer. En poco tiempo la bella dama rompió sus compromisos con el joven empresario dejándolo en un estado depresivo que le amargó la vida por mucho tiempo. Más luego apareció envuelta en unas relaciones intensas con el presidente del Banco Intercontinental, con el cual contrajo lo que la prensa del corazón catalogó como “La Boda del Siglo”.

Fue éste el máximo acontecimiento social del país para la época. Las más grandes personalidades se dieron cita, para converger en un clima festivo que reunió a la alta sociedad, teniendo como parangón el haber unido a las más diversas tendencias políticas. El doctor Leonel Fernández y José Francisco Peña Gómez fueron testigos oficiales del enlace matrimonial, que contó además con la presencia de Hipólito Mejía, Jacinto Peynado y otras grandes figuras de la política, el empresariado, la justicia, los militares, los periodistas y los religiosos, además de la participación de grandes artistas nacionales y extranjeros, entre los que se destacaban Juan Luis Guerra y Luis Miguel.





























Capítulo IV

Comienza el abuso de la Pepe Card



















La señora lucía elegante pero sin clase. Su vestuario era fino, de marca. El exceso de prendas, todas de mucha calidad, la denunciaban como una mujer caribeña, muy probablemente dominicana o puertorriqueña. Cuando se presentó al mostrador del hotel Hampton Inn & Suite, muy cerca del Aeropuerto Internacional de Miami, el recepcionista se apresuró a brindarle atención. La dama quería una habitación para un par de semanas, sin fecha fija de salida. Lo dirían las circunstancias. Era el 17 de febrero de 2002. Se registró con el nombre de Antonieta Rodríguez de Goico.

La visita de la señora a Miami tenía un objetivo experimental. Iba con el propósito de hacer negocios y realizar algunas compras. Todo había empezado con una necesidad aparentemente ingenua. Desde que el capitán de corbeta Alberto Torres Pezzotti le entregó la tarjeta de crédito subsidiaria de la del presidente de la República, la había usado exclusivamente para cubrir sus necesidades básicas, con alguna holgura, claro –para algo era la tarjeta del presidente– pero no había cometido excesos todavía. A no ser que se le llamara exceso al hecho de haber gastado la semana anterior diecisiete mil pesos en ropa interior en la tienda Katia de la avenida Abraham Lincoln. Iba de viaje y necesitaba renovar el inventario de prendas íntimas en Santo Domingo.

A fin de año había estado en Miami y la necesidad de dinero en efectivo la llevo a probar con la tarjeta el día 28 de diciembre, en el cajero de McDonald en el Mall Las Américas. Sacó seiscientos dólares. La operación le pareció tan atractiva que la repitió en ocho ocasiones en menos de tres horas ese mismo día. Cada quince minutos pasaba por el pagador automático y retiraba seiscientos dólares... cuando llegó al hotel había reunido casi cinco mil dólares. Lo disfrutó muchísimo. ¿A qué mujer no le gustaba palpar una buena provisión de efectivo en su cartera? Ese mismo día había comprado Joyas por valor de US$28,470 dólares en la famosa joyería de Miami Mayor´s Jewerly. Tenía instrucciones precisas de Torre Pezzotti sobre qué tipo de joyas comprar.

Al día siguiente, mientras estaba en Kendall Lakes quiso constatar de nuevo las virtudes de una tarjeta sin límites e hizo las pruebas de fondo. En cinco ocasiones diferentes, en el mismo cajero de Kendall Lakes S. W/U, extrajo la suma de mil dólares cada vez. Ahora tenía cinco mil dólares, con menos esfuerzos que el día anterior. Como si todo esto fuera poco, hizo compras en Mega Gold por US$20,596 dólares, por un lado y US$19,764 media hora después. No había dudas, era una tarjeta maravillosa. Lamentaba muchísimo que al otro día regresaba a Santo Domingo, porque había descubierto, sin proponérselo, a “la gallina de los huevos de oro”.

No sería hasta el 19 de enero cuando pasaría de nuevo por Miami y tomaría algún efectivo del Cajero No. 3 del Aeropuerto Internacional. En esa fecha volvió a repetir la hazaña de obtener seis mil dólares, extrayendo en seis ocasiones la suma de mil dólares.

La señora que se hacía llamar Rodríguez de Goico, o por lo menos así decía su tarjeta, había decidido quedarse una temporada en La Florida, para estudiar la posibilidad de ir sacando una suma de dinero que le permitiera hacer algún ahorro para el futuro o invertir con su esposo en negocios rentables.

Regresó el siguiente fin de semana y entre el día jueves 24 de enero hasta el domingo 27 que estuvo en Florida hizo consumos por el orden de cien mil dólares usando la tarjeta que Ramón Báez Figueroa había dado cortésmente a su amigo presidente y que ella y su esposo, por obra y gracia del destino, tenían la disponibilidad de usar.

En esos cinco días de fin de enero, pudo sacar treinta y dos mil dólares en efectivo que colocaría en su cuenta de ahorros en Estados Unidos, nunca depositando más de ocho mil dólares en un día, para no levantar sospechas de las autoridades. Estaba decidida, tendría que venir una temporada para Miami. A parte de la belleza de la ciudad, los grandes centros comerciales, la diversión, los restaurantes famosos, y el excelente clima en esta época de comienzos del año, los recursos que se podían obtener con esta tarjeta mágica, sin límites, lo perfilaban como un proyecto muy atractivo.


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