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Todas las Posibilidades Freddy Aguasvivas

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  • Hay algo que debemos tomar en cuenta, para bien de todos. Los norteamericanos han insinuado que están investigando unos viajes extraños que se han realizado en el avión que es presentado como de la Avanzada Militar del Presidente. Si explota algún escándalo de lavado o de drogas en Estados Unidos, podríamos quedar todos embarrados, si no hemos hecho una investigación seria. Por el contrario, si hemos actuado con responsabilidad y sancionamos a los culpables, todos estaremos cumpliendo con nuestro deber y no seremos señalados –Ramoncito Báez trataba de defender con ahínco su posición, que para su suerte, era también la que sustentaba institucionalmente el Secretario de las Fuerzas Armadas, Soto Jiménez.

    El banquero extrajo de su chaqueta una correspondencia que previamente había preparado, donde hacia la denuncia al jefe de las Fuerzas Armadas y la entregó al presidente para saber su opinión. Hipólito luego de leerla le hizo dos o tres sugerencias de cambio y la entregó de nuevo al banquero.

    • Bueno Soto, forma una comisión mixta que investigue la denuncia y que me rinda un informe detallado de todos los disparates que se hayan hecho –el argumento de las indagatorias de Estados Unidos ablandó al presidente. Si ciertamente se están cometiendo algunas barrabasadas, y ellos se quedaban de brazos cruzados, aparecerían como cómplices de los delitos. Pero, si por el contrario, hacían una investigación seria, la podían enviar a la embajada, incluso, para que percibieran la actitud de transparencia que el gobierno tenía ante ellos. Díaz Morfa refunfuñó. El Jefe del Ejército era un gallito de pelea en cualquier escenario, pero cuando estaba frente al Presidente ni se sentía.

    • Tengo que demostrar con firmeza que no permitiré ese tipo de acciones. Es increíble la desgracia patológica que hay en la mente del ser humano de quererse enriquecer al vapor... –se lamentó el presidente. Luego, dirigiéndose a Ramoncito: –Prepárale un expediente completo a Soto para que la comisión que él forme estudie el caso y haga las investigaciones correspondientes.

    • No hay problemas, señor Presidente, esta misma noche lo preparo y mañana le entrego el expediente. Gracias una vez más por su comprensión.

    • Cuídate que te están por echar una vaina a ti y a tu banco –fue la respuesta del Jefe de Estado. Soto Jiménez y el banquero se pusieron de acuerdo. Ramoncito se comprometió a hacer todo el trabajo esa misma noche y lo enviaría en las primeras horas de la mañana a su despacho.


    De un tiempo a esta parte en la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas corrían los rumores sobre el díscolo comportamiento del Jefe de Seguridad del Presidente de la República, el coronel del Ejército Nacional Pedro Julio de Jesús Goico Guerrero, a quien todos conocían por su apodo de Pepe Goico. Sus compras estrambóticas, sus viajes en jets privados a Miami, Cuba, Venezuela y Panamá o en helicóptero por todo el país, levantaban mucho revuelo. En realidad ya en el J-2, la inteligencia militar, se estaban vigilando algunas actividades del coronel Goico, pero con mucha discreción y cuidado. Después de todo era un hombre de mucho poder y Mejía sabría por qué lo tenía a su lado, aún después de todos los hechos que se le imputaban.

    Pedro Julio Goico Guerrero estuvo preso en la cárcel de Najayo durante seis meses por los hechos relacionados a un fraude en la Lotería Nacional. Había sido acusado junto a Teté Antún Battle y Mario Núñez de dolo por RD$ 90 millones de pesos, moviendo los bolos marcados, mediante un sistema de control remoto accionado a distancia, en la gestión de Federico Antún Abud. Ramón Báez Figueroa fue de los pocos amigos que visitaron a Pepe en el presidio. Y ahí dispuso que se le entregara una tarjeta de crédito ORO VIP de RD$2 millones de pesos a la esposa de Pepe, para que nunca les faltara de nada.


    El teniente general José Miguel Soto Jiménez levantó ligeramente la mirada ladeando un poco hacia su izquierda donde estaba la puerta de entrada. Sin aviso previo, sólo una persona podía estar entrando a su despacho: su hermano, que funcionaba como su asistente personal en la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas.

    • Dime –le dijo en confianza

    • Secretario, hemos recibido esta correspondencia para usted. De hecho la enviaron al Consultor Jurídico, general Cruz Durán, con la indicación de que es de mucha urgencia –el coronel Soto Jiménez tenía muy claro el tratamiento delicado que debía al Jefe de las Fuerzas Armadas, aunque fueran hijos de los mismos padres. En la milicia, para un rango superior, siempre debe existir respecto, independientemente de las relaciones personales o filiales de los soldados.

    • ¿De qué se trata? ¿es de Palacio? –preguntó el Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas.

    • No, señor. Ha llamado el señor Ramón Báez Figueroa para encomendarme que se la entregue personalmente, sin pasar por los procedimientos tradicionales de correspondencia. Hizo énfasis en mantenerla lo más confidencial posible, señor.



    El alto oficial extendió el brazo, levantando en exceso la ceja izquierda al momento de hacerse con la carta y empezar a abrirla con curiosidad. Vio de inmediato que era la comunicación institucional del Banco Intercontinental – Baninter – con la firma de su presidente Ramón Báez Figueroa. El sobre contenía el expediente prometido. Se entregó a la lectura, sin percibir siquiera que su hermano había abandonado el despacho con tanto sigilo como con el que había entrado.

    Santo Domingo, D. N.

    20 de septiembre de 2002


    Teniente General

    José Miguel Soto Jiménez, E. N. (DEM)

    Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas

    Su Despacho.-


    Distinguido Señor Secretario:

    Con el previo conocimiento de su excelencia el Presidente de la República, Ingeniero Agrónomo Don Hipólito Mejía Domínguez, tenemos a bien dirigirnos a usted, con la finalidad de que las agencias de inteligencia de la institución que usted dignamente dirige, nos presten la debida colaboración en la investigación de la ocurrencia de una serie de irregularidades en perjuicio de nuestra entidad bancaria, que posiblemente involucre empleados nuestros, así como algunos miembros de nuestras Fuerzas Armadas.


    Anexo a esta comunicación nos permitimos remitirle un legajo, a manera de expediente, contentivo de las transacciones hechas con la tarjeta de crédito No. 5544-8702-8002-8737 y expedida a favor del Sr. PEDRO GOICO GUERRERO, Y PEDRO JULIO GOICO.

    En dichas transacciones, como se puede ver en el legajo anexo, aparecen operaciones realizadas desde el mes de mayo del año 2002 hasta la fecha y hacemos de su conocimiento que un equipo de investigación de nuestro banco está haciendo las indagaciones de lugar para determinar la regularidad de las mismas. En el mismo tenor solicitamos que estas indagatorias se hagan con la mayor discreción posible para no lastimar la delicadeza propia de este sector, estando en la disposición de acceder a los requerimientos que faciliten el buen desarrollo de las mismas.

    Con la misma disposición agradeceríamos que las investigaciones que llevarán a cabo, incluyan al SR. ALBERTO SEBASTIAN TORRES PEZZOTTI, Gerente de Suministro, Activo Fijo y Telecomunicaciones y quien a su vez es miembro activo de la Marina de Guerra, donde ostenta el rango de mayor.

    Sin otro particular, le saluda muy atentamente,

    Ramón Báez Figueroa

    Presidente


    • Coño... las vainas en las que mete este hombre al Presidente –comentó en voz alta el jefe militar, aunque sin ningún interlocutor. Estaba sumamente impresionado con los vouchers de consumo de las tarjetas y los montos envueltos. Tocó el dispositivo a control remoto que alertaba a su asistente para que entrara al despacho.

    • A sus órdenes, señor –se presentó de inmediato el coronel Soto Jiménez

    • Llámame al Presidente y localízate al coronel Pepe Goico donde quiera que esté, para que se presente en mi despacho inmediatamente regrese de viaje –el Jefe de las Fuerzas Armadas daba órdenes notablemente contrariado, para luego continuar –. Llámame además al general Cruz Durán, Consultor Jurídico, y al contraalmirante Lisandro Jorge, nuestro Inspector General. Quiero verlos a todos en el menor tiempo posible. Ah, llama al Jefe de la Policía, necesito hablar con él urgente.

    El Soto Jiménez coronel tomó notas con esmero de las órdenes del Secretario de las Fuerzas Armadas, formando en ese momento la Comisión de Investigación de alto nivel. En la Policía Nacional pediría a dos generales con experiencia en la investigación y relacionados con crímenes y delitos financieros y de falsificaciones.

    • ¿Algo más señor? –preguntó el asistente, para retirarse tras la negativa de su hermano.

    La correspondencia la esperaba desde el día anterior. Luego del fuerte altercado que sostuvo delante del presidente con el Jefe del Ejército Nacional, mayor general Carlos Díaz Morfa, tenía la sensación de que las cosas podrían complicarse. Llamaría a la Primera Persona para comunicarle que daría inicio a la investigación sobre la denuncia que acababa de recibir y quería que el mandatario no sólo diera seguimiento a la misma, si no también que le apoyara en la búsqueda de soluciones que no afectaran al gobierno, pero que dejaran satisfecha a la sociedad. Era muy probable que las altas figuras que apoyaban a Pepe Goico reaccionarían complotando contra él cuando se dieran cuenta que tenía la intención de dejarlo preso desde que regresara de su viaje a Japón, para lo cual recabó la autorización del presidente Mejía, en su condición, además, de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. No podía detener al encargado de la Avanzada Militar del mandatario y uno de sus hombres de confianza, sin que éste avalara tal acción.

    Por lo que acababa de leer en el expediente, el presidente Hipólito Mejía podría estar metido en un lío de grandes proporciones, incluso a nivel internacional. Soto Jiménez cavilaba para sus adentros, con gran preocupación. De una cosa debía estar el presidente seguro: él no apañaría ni escondería este tipo de inconductas. Para él las cosas eran mucho más complicadas de lo que parecían. Díaz Morfa y Pepe Goico eran los militares de más confianza del presidente dentro de las Fuerzas Armadas. Estaban a su lado las veinticuatro horas del día y la capacidad de servilismo de ambos era insuperable. Para los soldados de profesión, con alto nivel intelectual, no les resultaba simple tener que aceptar todas las ocurrencias del mandatario sin poner reparos. A Soto Jiménez su discernimiento y convicciones le hacían diferir del presidente con bastante frecuencia, pero no tenía alternativa. Lo otro sería hacer como los dos oficiales: decirle “muy bien” a todo lo que diga o haga el presidente, y felicitarlo, aunque con eso se estuviera hundiendo el país. Su empeño reeleccionista era uno de esos desaciertos que habían tenido que soportar.

    En esa posición de diferenciación, de vez en cuando había tenido algunos choques fuertes con Hipólito Mejía. Esto había sido aprovechado por sus enemigos y ahora que se acercaba el fin de año, el mayor general Carlos Díaz Morfa y el coronel Pepe Goico andaban en una clara campaña de conspiración para hacer que el presidente lo relevara. Muy pocos jefes de la Fuerzas Armadas habían sobrepasado más de dos años en el cargo y el hecho de que el presidente lo confirmara hacía apenas un mes, el 16 de agosto, les había puesto los pelos de punta a esos generales que buscaban todas las formas posibles para hacerlo saltar de su posición. No cabía duda de que esta era una papa muy caliente para tomarla con las manos vacías. Tendría que hilar muy fino, porque como le dijo al presidente delante del mismo Jefe del Ejército, el general Díaz Morfa no era ajeno al escándalo de la tarjeta de crédito.

    Durante todo el mes de julio y la mitad de agosto, Díaz Morfa y Pepe Goico movieron todas sus fichas e incluso llegaron a anunciar tras bastidores que el día de la Restauración Díaz Morfa sería nombrado Secretario de las Fuerzas Armadas en sustitución de Soto. Pero al llegar la fecha se quedaron con el moño hecho y la fiesta armada. Para conformarlo y aquietar su ambición, el presidente lo ascendió a Jefe de Estado Mayor del Ejército, su rama militar, con el rango de mayor general. Parece ser que como parte del consuelo, Hipólito le había anunciado al general del ejército que daría sólo unos meses más a Soto Jiménez en el cargo y que muy pronto lo designaría en la jefatura de las Fuerzas Armadas. La trama quedó develada de la manera más sencilla. Los aspavientos de los que se creían ya nombrados, los llevó a actuar con ligereza y empezaron a promover el 29 de noviembre, Día del Ejército Nacional, como la fecha cumbre que el presidente les había anunciado para tomar la decisión.

    Una mañana el general Soto Jiménez recibió una llamada telefónica de Ramón Báez Figueroa.

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