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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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TE QUIERO, ALBERT














Louie estaba sentado en el Pavo Real Rojo, con resaca. Cuando el camarero le trajo su bebida, dijo:

—Sólo he conocido a una persona en esta ciudad que esté tan loca como tú.

—¿Ah, sí? —dijo Louie—. Mira qué bien.

—Y precisamente está aquí ahora —continuó el camarero.

—¿Ah, sí? —dijo Louie.

—Es aquella de allí, la del vestido azul con esa figura de campeonato. Pero no hay quien se acerque a ella, porque está loca.

—¿Ah, sí? —dijo Louie.

Louie cogió el vaso, se levantó y fue a sentarse junto a la chica.

—Hola —le dijo.

—Hola —dijo ella.

Luego, se quedaron allí sentados, uno junto al otro, un buen rato, sin decirse una palabra.

Myra (así se llamaba ella) estiró de pronto el brazo y cogió de detrás de la barra una coctelera llena. La alzó e hizo ademán de lanzarla contra el espejo de detrás de la barra. Louie le agarró el brazo y dijo: «¡No, no, no, querida!» Tras esto, el camarero sugirió a Myra que se largase. Cuando Myra se fue, Louie la siguió.

Myra y Louie compraron unas botellas de whisky barato y tomaron el autobús para ir a casa de Louie, en los apartamentos Belsey Arms. Myra se quitó un zapato (eran de tacón alto) e intentó asesinar al conductor del autobús. Louie la sujetó con un brazo, mientras sostenía con el otro las botellas de whisky. Bajaron del autobús y fueron caminando a casa de Louie.

Entraron en el ascensor y Myra empezó a pulsar botones. El ascensor subía, bajaba, subía, paraba, y Myra seguía preguntando:

—¿Dónde vives?

Y Louie seguía repitiendo:

—Cuarta planta, apartamento número cuatro.

Myra seguía apretando botones, mientras el ascensor subía y bajaba.

—Escucha —dijo al fin—, llevamos años aquí dentro. Lo siento, pero tengo que mear.

—Vale —dijo Louie—. Hagamos un trato, tú me dejas darle al botón y yo te dejo mear.

—Hecho—dijo ella. Y se bajó las bragas, se acuclilló y lo hizo. Louie apretó el botón del 4.°, mientras contemplaba el reguero. Llegaron. Para entonces, Myra se había incorporado, se había subido las bragas y ya estaba lista para salir.

Entraron en casa de Louie y empezaron a abrir botellas. En eso Myra no ofrecía problemas. Se sentaron uno frente al otro, con unos cuatro metros de espacio por medio. Louie estaba sentado en la butaca junto a la ventana y Myra en el sofá. Myra cogió una botella y Louie otra, y empezaron. Al cabo de unos cinco minutos o así, Myra se dio cuenta de que había unas botellas vacías en el suelo junto al sofá. Así que empezó a recogerlas, entrecerrando los ojos, y a tirárselas a Louie a la cabeza. No acertó ni una. Algunas salieron por la ventana abierta, por detrás de la cabeza de Louie. Otras dieron en la pared y se rompieron. Otras rebotaron en la pared y milagrosamente cayeron al suelo sin romperse. Myra volvió a cogerlas y a tirárselas. Pronto se quedó sin botellas.

Entonces, Louie se levantó y salió a la azotea por la ventana. Recogió las botellas. Cuando hubo recogido un buen montón, volvió a saltar por la ventana y se las dio a Myra. Las puso a sus pies. Luego se sentó, alzó la botella y siguió bebiendo. Las botellas empezaron a caer de nuevo sobre él. Bebió otro trago, luego otro, luego, ya no recordaba...

Por la mañana, Myra fue la primera en despertarse. Se levantó, preparó café, y le llevó el desayuno a Louie.

—Vamos —le dijo—. Quiero que conozcas a mi amigo Albert. Es un tipo muy especial.

Louie tomó el café y luego hicieron el amor. No estuvo nada mal. Louie tenía una gran hinchazón en el párpado izquierdo. Se levantó y se vistió.

—De acuerdo —dijo—, vamos.

Bajaron en el ascensor, fueron caminando hasta la calle Alvarado y allí cogieron el autobús hacia el norte. Siguieron tranquilamente unos cinco minutos y entonces Myra se levantó y pulsó el botón de parada. Se bajaron, caminaron una media manzana, luego entraron en un viejo edificio incoloro de apartamentos. Subieron un tramo de escaleras, torcieron en el descansillo y Myra se detuvo a la puerta de la habitación 203. Llamó. Se oyeron pasos y la puerta se abrió.

—Hola, Albert.

—Hola, Myra.

—Albert, quiero que conozcas a Louie. Louie, éste es Albert.

Se dieron la mano.

Albert tenía cuatro manos. Tenía también cuatro brazos a juego. Los dos brazos de arriba tenían mangas y los dos de abajo salían de unos agujeros practicados en la camisa.

—Pasad —dijo Albert.

Albert tenía un vaso con whisky y agua en una mano. En la otra, un cigarrillo. En la tercera, el periódico. La cuarta, la que había estrechado la mano de Louie, la tenía desocupada. Myra fue a la cocina, cogió un vaso y sirvió a Louie un trago de la botella que llevaba en el bolso. Luego se sentó y se puso a beber del gollete.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—A veces, tocas fondo en el terror y arrojas la toalla, pero no revientas —dijo Louie.

—Albert violó a una gorda —explicó Myra—. Tendrías que haberle visto en acción con sus cuatro brazos. Fue todo un espectáculo, Albert.

Albert gruñó. Parecía deprimido.

—A Albert le echaron del circo porque bebía y porque violó a la gorda. Ahora está en el paro.

—Nunca podría adaptarme a la sociedad. No siento simpatía por la humanidad. No tengo el menor deseo de adaptarme, no siento el menor espíritu de lealtad, no le veo sentido.

Albert se acercó al teléfono. Lo descolgó. En una mano sostenía el teléfono, en la segunda, un boleto de apuestas de carreras, un cigarrillo en la tercera y un vaso en la cuarta.

—¿Jack? Sí. Soy Albert. Oye, quiero Crumchy Main, dos ganadora en la primera. Luego, Blazing Lord, dos en la cuarta. Hammerhead Justice, cinco ganador en la séptima. Luego, Noble Flake, cinco ganador y quinto en la novena.

Albert colgó.

—Mi cuerpo me tortura por un lado y mi espíritu por el otro.

—¿Cómo te va en el hipódromo, Albert? —preguntó Myra.

—Voy ganando cuarenta pavos. Tengo un sistema nuevo. Se me ocurrió una noche de insomnio. De pronto lo vi todo ante mí, como un libro abierto. Pero si gano demasiado no me aceptarán las apuestas. Podría ir al hipódromo, claro, y hacer allí las apuestas, pero...

—¿Pero qué, Albert?

—Bueno, demonios...

—¿Qué quieres decir, Albert?

—¡QUIERO DECIR QUE LA GENTE ES MUY MIRONA! POR AMOR DE DIOS, ¿ES QUE NO COMPRENDES?

—Perdona, Albert.

—No hay nada que perdonar. ¡Guárdate tu compasión!

—Está bien. Nada de compasión.

—Te vas a ganar un soplamocos, por imbécil.

—Desde luego podrías atizármelo y no uno, sino todos los que quisieras. Con tantas manos.

—No me provoques, Myra —dijo Albert. Terminó su bebida, se acercó a la botella y se sirvió otro trago. Luego se sentó. Louie no había abierto la boca. Pero consideró que tenía algo que decir:

—Deberías probar en el boxeo, Albert. Con tantas manos... Serías el terror del ring.

—No te hagas el gracioso, mamón.

Myra sirvió otro trago a Louie. Estuvieron allí sentados un rato sin hablar. Por fin, Albert alzó la vista. Miró a Myra. —¿Te acuestas con este tío?

—No, Albert, qué va. Te quiero sólo a ti, ya lo sabes. —Yo no sé nada de nada.

—Sabes que te quiero, Albert. —Myra se levantó y se sentó en las rodillas de Albert—. Eres tan quisquilloso. No te compadezco, Albert, te quiero. Le besó.

—Yo también te quiero, nena —dijo Albert. —¿Más que a ninguna otra mujer? —¡Más que a todas las otras mujeres!

Volvieron a besarse. Un beso terriblemente largo. Es decir, un beso terriblemente largo para Louie, de espectador sentado con su whisky. Alzó la mano y se tocó la hinchazón sobre el ojo izquierdo. Se le revolvió el estómago y tuvo que ir al cuarto de baño y ponerse a cagar. Fue una larga y lenta cagada.

Cuando salió, Myra y Albert estaban de pie en el centro de la habitación, besándose. Louie se sentó y agarró la botella de Myra y se puso a mirarles. Los dos brazos superiores de Albert abrazaban a Myra mientras las manos inferiores le alzaban el vestido hasta la cintura. Luego, empezaron a manipular dentro de las bragas. Cuando las bragas cayeron, Louie bebió otro trago, posó la botella en el suelo, se levantó, se dirigió a la puerta y se marchó.

De nuevo en el Pavo Real Rojo, Louie se sentó en su taburete favorito. Se le acercó el camarero.

—¿Qué, Louie, cómo te fue?

—¿Cómo me fue?

—Con la dama.

—¿Con la dama?

—Os fuisteis juntos, hombre. ¿Te la cepillaste?

—No exactamente...

—¿Qué fue mal?

—¿Que qué es lo que fue mal?

—Sí, ¿qué es lo que fue mal?

—Dame un amargo de whisky, Billy.

Billy le preparó el amargo de whisky. Se lo sirvió. Ninguno de los dos decía nada. Billy se largó al otro extremo de la barra. Louie alzó el vaso y bebió la mitad de un trago. Estaba riquísimo. Encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos de una mano. Cogió el vaso en la otra. Por la puerta entraba el sol de la calle. No había contaminación, iba a ser un buen día, mejor que el anterior, eso seguro.

EL POLVO DEL PERRO BLANCO














Henry se echó la almohada a la espalda y esperó. Louise entró con la tostada, la mermelada y el café. La tostada con mantequilla.

—¿Estás seguro de que no quieres un par de huevos pasados por agua? —preguntó ella.

—No, qué va, es suficiente. No te preocupes.

—Deberías tomarte un par de huevos.

—Bueno, ya que insistes.

Louise salió del dormitorio. El se había levantado temprano para ir al baño y había visto que le había doblado y colgado la ropa. Lita nunca lo hacía. Y Louise era un polvo magnífico. No había niños. Le encantaba cómo hacía las cosas, con aquella suavidad, aquel cuidado. Lita siempre estaba a la greña. Un manojo de espinas. Cuando Louise volvió con los huevos, le preguntó:

—¿Por qué lo hizo?

—¿El qué? ¿Quién?

—Hasta me has pelado los huevos. ¿Por qué demonios se divorció tu marido?

—Oh, un momento, que se sale el café —dijo ella, y salió corriendo de la habitación.

Con ella podía escuchar música clásica. Tocaba el piano. Tenía libros: El dios salvaje, de Alvarez; La vida de Picasso; E. B. White; E. E. Cummings; T. S. Eliot; Pound; Ibsen y etcétera, etcétera. Tenía incluso nueve libros suyos, de Henry. Quizás eso fuese lo mejor de todo.

Louise volvió y se metió en la cama. Puso su plato en el regazo.

—¿Y qué pasó con tu matrimonio?

—¿Con cuál? ¡Han sido cinco!

—El último, ¿qué pasó con Lita?

—¡Ah! Bueno, a Lita, salvo que estuviese en movimiento, le parecía que no pasaba nada. Le gustaban los bailes y las fiestas, toda su vida giraba alrededor de fiestas y de bailes. Le gustaba lo que ella llamaba «animarse». O sea, hombres. Decía que yo no le dejaba «animarse». Decía que estaba muerto de celos.

—¿De verdad no le dejabas?

—Supongo que no, pero me esforzaba en no hacerlo. En la última fiesta, me salí al patio de atrás con mi cerveza y la dejé a su aire. La casa estaba llena de hombres, y la oía chillar allí dentro: «¡Yijuuuu! ¡Yi juquuu! ¡Yi Juuuuu!» Supongo que era una chica instintiva, una chica del campo.

—Podías haber bailado tú también.

—Supongo que sí. A veces lo hacía. Pero suelen poner el estéreo tan alto que me pone malo. Así que me fui al patio. Volví a por cerveza y había un tipo besándola bajo de escalera. Salí otra vez hasta que acabaron. Luego, volví a por la cerveza. Estaba oscuro, pero me pareció que se trataba de un amigo. Y luego le pregunté qué había estado haciendo bajo la escalera.

—¿Te quería?

—Decía que sí.

—Bueno, dar besos y bailar no es tan malo.

—Supongo que no. Pero tendrías que verla. Con aquella forma de bailar parecía que estuviera ofreciéndose en sacrificio. O incitando a la violación. De verdad. A los hombres les encantaba. Tenía treinta y tres años y dos hijos.

—No comprendía que eres un solitario. Cada hombre tiene su carácter.

—Nunca se hizo cargo de mi carácter. Como ya te he dicho, si no estaba en movimiento, aturdiéndose, creía que no pasaba nada. Se aburría. «Oh, esto me aburre, aquello me aburre. Desayunar contigo me aburre. Ver cómo escribes me aburre. Necesito emociones.»

—Hombre, un poco de razón sí tenía.

—Quizá, puede. Pero mira, sólo se aburre la gente aburrida. Tienen que andar estimulándose continuamente para sentirse vivos.

—¿Como tú con la bebida, por ejemplo?

—Sí, eso. Sin beber no puedo afrontar la vida.

—¿Y ése fue todo el problema?

—No. Era una ninfómana. Pero no lo sabía. Decía que la satisfacía sexualmente, aunque dudo que yo pudiera satisfacer su ninfomanía de espíritu. Yo ya había vivido antes con otra ninfo. Aparte de eso, tenía buenas cualidades; pero su ninfomanía resultaba un engorro, para mí y para mis amigos. Me cogían aparte y me decían: «¿Pero qué coño le pasa?» Y yo decía: «Nada, es que es una chica de campo.»

—¿Lo era?

—Sí. Pero el problema era lo otro.

—¿Quieres otra tostada?

—No, ya está bien.

—¿Cuál era el problema?

—Su comportamiento. Si había en la habitación otro hombre, se sentaba lo más cerca de él que podía. Si él se agachaba a poner un cenicero en el suelo, ella también se agachaba. Luego, si él volvía la cabeza para mirar algo, ella hacía lo mismo.

—¿No sería una coincidencia?

—Eso pensé yo. Pero sucedía con demasiada frecuencia. El tipo se levantaba para cruzar la habitación, y ella se levantaba e iba caminando a su lado. Luego, cuando él volvía, ella volvía a su lado. Los incidentes eran constantes, muy numerosos, y, como ya te he dicho, embarazosos, tanto para mí como para mis amigos. Y, sin embargo, estoy seguro de que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Todo era algo subconsciente.

—Cuando yo era niña, había en el barrio una mujer que tenía una hija de quince años. Era una chica incontrolable. La madre la mandaba a comprar una barra de pan y volvía con el pan al cabo de ocho horas; entretanto se había tirado a seis tipos.

—Supongo que la madre debería haber hecho el pan en casa.

—Supongo. La chica no podía evitarlo. En cuanto veía a un hombre, se le escapaba la risa. Al final, la madre tuvo que esterilizarla.

—¿Se puede hacer eso?

—Sí, pero tienes que pasar por un montón de formalismos legales. No se podía hacer otra cosa con ella. Habría estado toda la vida preñada.

—¿Tienes tú algo contra el baile? —continuó Louise.

—La mayoría de la gente baila por divertirse, porque está de buen humor. Pero ella lo convertía en una cosa indecente. Uno de sus bailes favoritos era «el polvo del perro blanco». Un tío le enroscaba las dos piernas en una suya, y empezaba a moverse como un perro en celo. Otro de sus bailes favoritos era la danza del borracho. Ella y su pareja acababan revolcándose juntos por el suelo.

—¿Decía ella que te ponías celoso porque bailaba?

—Esa era la palabra que más usaba: celoso.

—Yo bailaba en el instituto.

—¿Ah, sí? Oye, gracias por el desayuno.

—De nada, hombre. Tenía una pareja en el instituto. Éramos los que bailábamos mejor de todo el instituto. Era un chico que tenía tres huevos. Yo creía que eso era una señal de virilidad.

¿Tres huevos?

Sí, tres huevos. Pero el caso es que bailábamos muy bien. Yo le hacía una señal tocándole en la muñeca y entonces los dos dábamos un salto mortal, muy alto, y caíamos de pie. Una vez, estábamos bailando, y le toqué la muñeca, salté, di mi voltereta, pero no caí de pie. Caí de culo. El se llevó la mano a la boca y me miró y dijo: «¡La Virgen!», y se largó. No me ayudó a levantarme. Era marica. Nunca volvimos a bailar juntos.

—¿Tienes algo contra los homosexuales con tres huevos?

—No, pero nunca volvimos a bailar.

—Lita estaba verdaderamente obsesionada con el baile. Se metía en bares extraños y pedía a los hombres que bailaran con ella. Lo hacían, claro. Pensaban que era un polvo fácil. No sé si lo sería. Supongo que a veces sí. El problema de los hombres que rondan por los bailongos y los bares es que tienen la inteligencia de un gusano.

—¿Cómo lo sabes?

—Están atrapados en el ritual.

—¿Qué ritual?

—El ritual de la energía a ciegas.

Henry se levantó y empezó a vestirse.

—Chica, tengo que irme.

—¿Pero qué pasa?

—Pues que tengo que trabajar. Soy escritor.

—Dan una obra de Ibsen esta noche en la tele. A las ocho y media. ¿Vendrás?

—Claro. Te dejo esa botella de whisky. No te lo bebas todo.

Henry se vistió y bajó las escaleras. Subió al coche y se fue, camino de casa y de la máquina de escribir. Segunda planta al fondo. Siempre que se ponía a escribir, la mujer del piso de abajo empezaba a golpear con la escoba en el techo. No escribía para paladares delicados. Nunca pudo evitarlo: El polvo del perro blanco...

Louise telefoneó a las cinco y media. Había estado dándole al whisky. Estaba borracha. Le patinaban las palabras. Desvariaba. La lectora de Thomas Chatterton y D. H. Lawrence. La lectora de nueve libros de Henry.

—¿Henry?

—¿Sí?

—¡Oh, ha pasado algo maravilloso!

—¿Sí?

—Vino a verme ese chico negro. ¡Es maravilloso! Es más maravilloso que tú...

—Por supuesto.

—...más maravilloso que tú y que yo.

—Sí.

—¡Me emocionó tanto! ¡Estoy a punto de volverme loca!

—Sí.

—¿No te importa?

—No.

—¿Sabes cómo pasamos la tarde?

—No.

—Leyendo ¡tus poemas!

¿Ah, sí?

—¿Y sabes lo que dijo?

—No.

—¡Dijo que tus poemas son magníficos.

—Pues qué bien.

—Me ha puesto tan cachonda... no sé qué hacer. ¿Por qué no vienes? Ahora. Quiero verte ahora...

—Louise, estoy trabajando...

—Oye, ¿no tendrás nada contra los negros?

—No.

—Hace diez años que conozco a este chico. Trabajaba para mí cuando era rica.

—Querrás decir cuando aún vivías con el ricacho de tu marido.

—¿Te veré luego? Ibsen es a las ocho y media.

—Ya te diré algo.

—¿Por qué tendría que venir ese cabrón? Yo estaba estupendamente y va y aparece. Dios mío. Estoy tan nerviosa. Tengo que verte. Estoy a punto de volverme loca. Era tan maravilloso, el muchacho.

—Estoy trabajando, Louise. El problema se reduce a una palabra: el alquiler. Intenta comprenderlo.

Louise colgó. Llamó otra vez a las ocho y veinte por lo de Ibsen. Henry dijo que aún estaba trabajando. Estaba. Luego, empezó a beber y se sentó en una butaca; sencillamente se quedó allí sentado. A las nueve cincuenta, llamaron a la puerta. Era Booboo Meltzer, el número uno del rock, la estrella de 1970, en la actualidad, en paro; aún vivía de royalties.

—Qué hay, chaval —dijo Henry.

Meltzer entró y se sentó.

—Eres un gato viejo cojonudo —dijo—. No hay quién pueda contigo.

—No digas eso, chaval, los gatos han pasado de moda. Lo que ahora priva son los perros.

—Tuve la corazonada de que necesitabas ayuda, viejo.

—Siempre la he necesitado, chaval.

Henry fue a la cocina, cogió dos cervezas, las abrió y volvió con ellas.

—Estoy sin coño fijo, chaval, que para mí es como estar sin amor. Soy incapaz de separarlos. No soy tan listo.

—Ninguno de nosotros es tan listo, Pops. Todos necesitamos ayuda.

—Sí.

Meltzer tenía un tubito de celuloide. Lo destapó cuidadosamente y vertió dos pequeños montoncitos sobre la mesita de café.

—Cocaína, Pops, cocaína...

—Ah, ya.

Meltzer buscó en el bolsillo y sacó un billete de cincuenta dólares, lo enrolló muy enrollado y se lo introdujo en la nariz. Tapó el otro lado con un dedo y se inclinó sobre una de las blancas colinas de la mesa de café e inhaló. Luego se metió el billete de cincuenta dólares en el otro agujero de la nariz y esnifó el segundo montoncito blanco.

—Nieve —dijo Meltzer.

—Estamos en Navidad, muy apropiado —dijo Henry.

Meltzer preparó otros dos montoncitos y le pasó el billete a Henry. Pero Henry dijo:

—Espera, utilizaré el mío y sacó un billete de un dólar y se puso a esnifar. Una vez por cada lado.

—¿Qué piensas de El polvo del perro blanco? —preguntó Henry.

—Este es «El polvo del perro blanco» —dijo Meltzer, echando otros dos montoncitos.

—Dios santo —dijo Henry—, creo que no volveré a aburrirme jamás. Tú no te aburres conmigo, ¿verdad?

—No hay manera —dijo Meltzer, esnifando por el billete de cincuenta dólares con todas sus fuerzas. No hay manera, Pops, no hay manera...


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