Página principal



Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

Descargar 0.91 Mb.

Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983





Descargar 0.91 Mb.
Página17/24
Fecha de conversión06.08.2018
Tamaño0.91 Mb.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   24
BEBEDORA DE LARGA DISTANCIA














Eran las tres de la mañana y sonó el teléfono. Francine se levantó, contestó y le llevó el teléfono a Toni a la cama. El teléfono era de Francine. Toni contestó. Era Joanna, conferencia desde San Francisco.

—Oye —dijo Toni—, te dije que no me llamaras nunca aquí.

Joanna había estado bebiendo.

—Cierra el pico y escúchame. Estás en deuda conmigo, Toni.

Toni suspiró lentamente.

—Vale, adelante.

—¿Cómo está Francine?

—Eres muy amable por preguntar. Perfectamente. Estamos muy bien los dos. Estábamos durmiendo.

—Bueno, qué se le va a hacer, hombre, pues yo es que me entró hambre y salí a por pizza. Fui a una pizzería.

—Ya.

—¿Tienes algo contra la pizza?

—Sí, es una mierda, una basura.

—Ay, no sabes lo que es bueno. En fin, me senté en la pizzeria y pedí una pizza especial. «Tráiganme la mejor que tenga», dije. Y me senté a una mesa y me la trajeron y me dijeron, dieciocho dólares. Y yo dije que no podía pagar dieciocho dólares. Se echaron a reír y se fueron y empecé a devorar la pizza.

—¿Y qué tal tus hermanas?

—Ya no vivo con ninguna de ellas. Me echaron las dos. Fue por las conferencias que te puse. Las facturas del teléfono fueron de más de doscientos dólares.

—Ya te dije que no llamaras más.

—Cállate. Es mi manera de desahogarme. Estás en deuda conmigo.

—Está bien. Adelante.

—En fin, el caso es que estaba comiéndome la pizza y preguntándome cómo iba a pagarla, cuando me entró sed. Necesitaba una cerveza, así que cogí la pizza, me fui a la barra y pedí una cerveza. La bebí y seguí comiendo pizza y entonces vi un tejano muy alto, de pie, a mi lado. Como mínimo debía de medir dos diez. Me invitó a una cerveza. Estaban poniendo música en la máquina de discos, música del Oeste. Era un sitio ambientado del Oeste. A ti no te gusta la música del Oeste, ¿verdad?

—Es la pizza lo que no me gusta.

—Bueno, pues le di al tejano piernas largas un poco de pizza y él me invitó a otra cerveza. Y seguimos bebiendo cerveza y comiendo pizza hasta que se acabó la pizza. El pagó la pizza y nos fuimos a otro bar. También con decorado del Oeste. Bailamos. Bailaba bien. Bebimos y seguimos visitando bares estilo Oeste. En todos los bares a los que fuimos había música del Oeste. Bebimos cerveza y bailamos. Bailaba muy bien.

—¿Y?

—Por fin nos entró hambre otra vez y fuimos a un auto-restaurante a tomar una hamburguesa. Y cuando estábamos comiendo las hamburguesas, él de repente se inclinó y me besó. Un beso ardiente. ¡Ufff!

—¿Y?

—Y yo le dije: «Qué demonios, vámonos a un motel.» Y él dijo: «No, vamos a mi casa.» Y yo dije: «No, quiero ir a un motel.» Pero insistió en que fuéramos a su casa.

—¿Estaba allí la esposa?

—No, su mujer está en la cárcel. Ha matado a tiros a una de sus hijas, de diecisiete años.

—Ya.

—Bueno, el tejano tenía otra hija, de dieciséis años y me la presentó y luego nos fuimos a su dormitorio.

—¿Tengo que escuchar los detalles?

—¡Déjame hablar! Esta llamada la pago yo. ¡He pagado yo todas estas llamadas! ¡Estás en deuda conmigo, me oyes!

—Adelante.

—Bueno, nos metemos en el dormitorio, nos desnudamos. Estaba realmente muy bien el tipo, pero el pajarito lo tenía completamente lánguido.

—El problema es cuando los huevos están lánguidos.

—De todos modos, lo cierto es que nos metimos en la cama y empezamos a juguetear. Pero el caso era...

—¿Demasiado borracho?

—Por supuesto. Pero el asunto era que sólo se ponía caliente cuando su hija entraba en la habitación, o hacía ruidos... cuando tosía, o cuando tiraba de la cadena. Cualquier señal de la chica le ponía a tono, se ponía muy caliente.

—Comprendo.

—¿Comprendes?

—Sí.

—En fin, por la mañana, el tipo me dijo que allí tenía un hogar para toda la vida, si quería. Más una asignación de trescientos dólares a la semana. Tiene una casa muy maja: dos cuartos de baño y medio, tres o cuatro televisores, una librería llena de libros: Pearl S. Buck, Agatha Christie, Shakespeare, Proust, Hemingway, los clásicos de Harvard, cientos de libros de cocina y la Biblia. Tiene dos perros, un gato, tres coches...

—¿Y?

—Es todo lo que quería contarte. Adiós.

Joanna colgó, Toni también colgó. Luego dejó el aparato en el suelo. Se estiró en la cama. Ojalá Francine esté dormida, pensó. No lo estaba.

—¿Qué quería? —preguntó.

—Me contó un cuento de un hombre que se tiraba a sus hijas.

—¿Por qué? ¿Por qué se le ocurrió contarte semejante cosa?

—Supongo que pensó que me interesaría, pero el hecho es que ella también se lo tiró.

—¿Y te interesó?

—En realidad no.

Francine se dio la vuelta hacia él y él la abrazó. Los borrachos de las tres de la madrugada, en todos los Estados Unidos, miraban fijamente a las paredes, dándose finalmente por vencidos. No tenías que estar borracho para sentirte destrozado, para que te liquidase una mujer; pero podías sentirte destrozado y convertirte en un borracho. Durante un tiempo, especialmente si eras joven, podías pensar que te acompañaba la suerte; y a veces así era. Toda clase de estadísticas y de leyes entraban en acción para mantenerte en la inopia. Luego, una noche, la calurosa noche de un jueves de verano, te convertías en el borracho, estabas completamente solo en una habitación de alquiler, una habitación de tres al cuarto; y, por mucha experiencia que hubiese de noches similares, daba lo mismo; o era peor aún. Porque habías llegado a pensar que no tendrías que volver a afrontarlos. Lo único que podías hacer era encender otro cigarrillo, servirte otro whisky, mirar las paredes desconchadas a la busca de labios y de ojos. Lo que los hombres y las mujeres se hacían mutuamente era del todo incomprensible.

Toni abrazó a Francine con más fuerza, apretó su cuerpo silenciosamente contra el de ella y escuchó su respiración. Era horrible tener otra vez que tomarse en serio una mierda así.

Los Angeles era una locura. Escuchó. Los pájaros ya estaban en acción, gorjeando, y, sin embargo, era noche cerrada. Pronto la gente inundaría las autopistas. Pronto se oiría su ronroneo incesante, sumado al de los coches que se pondrían en marcha por doquier en las calles. Y, mientras tanto, los borrachos de las tres de la mañana del universo, yacerían en sus lechos intentando conciliar el sueño, que tanto merecían, e intentándolo en vano.

COMO CONSEGUIR QUE TE PUBLIQUEN














Dado que he sido un escritor underground toda mi vida, he conocido a bastantes editores extraños. Pero los más extraños de todos fueron H. R. Mulloch y su mujer Honeysuckle. Mulloch, ex-presidiario y ex-ladrón de diamantes, editaba la revista Demise. Empecé a enviarle poesía e iniciamos una correspondencia. El decía que, debido a mi poesía, ya no podía leer la de ningún otro. Le contesté diciendo que a mí también me pasaba lo mismo. H. R. empezó a hablar de las posibilidades de editarme un libro de poemas y yo dije, vale, magnífico, adelante. El me contestó, no puedo pagar derechos, somos pobres como una rata. Yo contesté, vale, estupendo, olvidemos los royalties, yo soy tan pobre como la última teta arrugada de tu rata. El contestó, un momento, conozco a la mayoría de los escritores y son unos completos gilipollas y unos seres humanos deleznables. Le contesté, tienes razón, soy un completo gilipollas y un ser humano deleznable. De acuerdo, contestó, Honeysuckle y yo iremos a Los Angeles a echarte una ojeada.

Semana y media más tarde, suena el teléfono. Estaban en la ciudad, acababan de llegar de Nueva Orleans y se alojaban en un hotel de la Calle Tercera rebosante de prostitutas, borrachos, carteristas, revientapisos, friegaplatos, atracadores, estranguladores y violadores. A Mulloch le encantaba el hampa y creo que amaba incluso la pobreza. Saqué la conclusión, por sus cartas, de que creía que la pobreza entrañaba pureza. Eso es lo que los ricos siempre han querido que creamos por supuesto. Pero ésa es otra historia.

Fui con Marie en el coche hasta allá, deteniéndonos primero a comprar tres paquetes de botellines de cerveza y un litro de whisky barato. A la entrada, había un hombrecillo de pelo canoso, que debía medir un metro cincuenta. Vestía atuendo de trabajador, pero llevaba un gran pañuelo blanco al cuello y un sombrero blanco de copa muy alta. Marie y yo nos acercamos. Fumaba un cigarrillo y sonreía.

—¿Eres Chinaski?

—Sí —dije—. Esta es Marie, mi mujer.

—No, amigo —contestó—. Ningún hombre puede decir jamás que una mujer es suya. No son nuestras nunca, sólo las tenemos prestadas una temporadita.

—Sí —dije—, creo que así está mejor.

Seguimos a H. R. escaleras arriba y luego por un pasillo pintado de azul y rojo que olía a asesinato.

—El único hotel de la ciudad que pudimos encontrar en que nos aceptaron con los perros y el loro.

—Parece un buen sitio —dije.

Abrió la puerta de su habitación y entramos. Había dos perros corriendo de acá para allá y Honeysuckle estaba en el centro de la habitación con un loro en el hombro.

—Thomas Wolfe —dijo el loro— es el mejor escritor del mundo.

—Wolfe está muerto —dije—. Vuestro loro delira.

—Es un loro viejo —dijo H. R.—. Hace mucho que lo tenemos.

—¿Cuánto tiempo llevas con Honeysuckle?

—Treinta años.

—¿La pediste prestada un ratito?

—Así parece.

Los perros corrían de allá para acá, y Honeysuckle seguía en el centro de la habitación con el loro en el hombro. Era de piel oscura, italiana o griega, muy delgada, con ojeras cargadas; tenía un aire trágico, bondadoso y peligroso; sobre todo trágico.

Puse el whisky y las cervezas sobre la mesa, y todos se abalanzaron. H. R. comenzó a destapar botellines y yo empecé a desenvolver la botella de whisky. Aparecieron vasos polvorientos y varios ceniceros. A través de la pared de la izquierda, atronó de pronto una voz masculina:

—¡Puta asquerosa, quiero que mastiques mi mierda!

Nos sentamos y serví whisky para todos. H. R. me pasó un puro. Lo pelé, le arranqué la punta con los dientes y lo encendí.

—¿Qué piensas de la literatura moderna? —me preguntó H. R.

—No me interesa, la verdad.

H. R. achicó los ojos y me sonrió.

—Ja, ja, ¡estaba seguro de eso!

—Oye —dije—, ¿por qué no te quitas ese sombrero para que vea con quién estoy en tratos? Podrías resultar un ladrón de caballos.

—No —dijo, quitándose el sombrero con gesto teatral—. Pero fui uno de los mejores ladrones de diamantes del Estado de Ohio.

—¿Es cierto eso?

—Lo es.

Las chicas bebían.

—A mí me encantan los perros —dijo Honeysuckle—. ¿Te gustan los perros?

—No lo sé —dije.

—El se gusta a sí mismo —dijo Marie.

—Marie tiene una inteligencia muy aguda —dije yo.

—Me gusta cómo escribes —dijo H. R.—. Puedes decir muchísimo sin extravagancias.

—El genio quizá sea la capacidad de decir una cosa profunda de una forma sencilla.

—¿Cómo dices? —preguntó H. R.

Repetí la frase y serví más whisky.

—Eso tengo que anotarlo —dijo H. R. Y sacó una pluma

del bolsillo y lo anotó en el borde de una de las bolsas marrones de papel que había en la mesa.

El loro se bajó del hombro de Honeysuckle, cruzó la mesa y se me subió en el hombro izquierdo.

—Eso está bien —dijo Honeysuckle.

—James Thurber —dijo el pájaro—, es el mejor escritor del mundo.

—Cabrón estúpido —le dije al pájaro. Sentí un dolor agudo en la oreja izquierda. El bicho casi me la arranca. Todos somos criaturas sensibles, pensé. H. R. abrió más cervezas. Seguimos bebiendo.

A la tarde siguió el anochecer y el anochecer se convirtió en noche. Desperté en plena oscuridad. Me había quedado dormido en la alfombra del centro de la habitación. H. R. y Honeysuckle dormían en la cama. Marie en el sofá. Los tres roncaban, sobre todo Marie. Me levanté y me senté a la mesa. Quedaba algo de whisky. Me lo serví y bebí una cerveza caliente. Me quedé allí sentado bebiendo. El loro se puso en el respaldo de una silla frente a mí. De pronto se bajó de allí y cruzó la mesa entre los ceniceros y las botellas vacías y se me subió en el hombro.

—No vuelvas a decirlo —le dije—. Es muy ofensivo para mí que lo digas.

—Puta jodida —dijo el loro.

Le cogí por las patas y volví a posarlo en el respaldo de la silla. Luego volví a la alfombra y seguí durmiendo.

Por la mañana, H. R. Mulloch comunicó lo siguiente:

—He decidido publicar tu libro de poemas. Lo mejor sería

irte a casa y empezar a trabajar.

—¿Quieres decir que comprendiste que no soy un ser humano deleznable?

—No —dijo H. R.—, nada de eso, pero he decidido ignorar mi buen criterio y, a pesar de todo, publicarlo.

—¿De veras fuiste el mejor ladrón de diamantes del Estado de Ohio?

—Sí, claro.

—Sé que estuviste en la cárcel. ¿Cómo te cazaron?

—Fue tan estúpido que prefiero no hablar de ello.

Bajé y compré un par de paquetes de botellines de cerveza y volví, y Marie y yo ayudamos a H. R. y a Honeysuckle a hacer el equipaje. Había cajas especiales para transportar los perros y el loro. Lo bajamos todo por las escaleras, lo metimos en mi coche, luego nos sentamos y acabamos la cerveza. Todos éramos profesionales: ninguno fue tan estúpido como para proponer un desayuno.

—Ahora eres tú el que nos debe visitar —dijo H. R.—. Vamos a preparar el libro. Eres un hijo de puta pero se puede hablar contigo. Esos otros poetas andan siempre atusándose las plumas y presumiendo.

—Eres un buen tipo —dijo Honeysuckle—. Los perros te quieren.

—Y el loro —dijo H. R.

Las chicas se quedaron en el coche y volví con H. R., que tenía que devolver la llave. Nos abrió la puerta una vieja de quimono verde y pelo teñido de un rojizo claro.

—Esta es mamá Stafford —me dijo H. R.—. Mamá Stafford, le presento al mejor poeta del mundo.

—¿De veras? —preguntó Mamá.

—El mejor poeta del mundo —dije yo.

—Muchachos, ¿por qué no entráis a tomar un trago? Creo que lo necesitáis.

Entramos y tuvimos que trasegar un vaso de vino blanco caliente. Nos despedimos y volvimos al coche...

En la estación de ferrocarril, H. R. sacó los billetes y fue a la sección de equipajes a que se hicieran cargo del loro y de los perros. Luego volvió y se sentó con nosotros.

—Me fastidian los aviones —dijo—. Me aterra volar.

Fui a comprar media pinta y nos la pasamos mientras esperábamos. Luego, empezaron a cargar el tren. Y cuando estábamos allí en el andén, haciendo tiempo, Honeysuckle saltó de pronto sobre mí y me dio un largo beso. Antes de apartarse, me metió la


1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   24

Similar:

Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconTítulo original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo
Gildrose Productions Ltd. 1958 rba coleccionabas, S. A., 1999, para esta edición Pérez Galdós 36 08012 Barcelona
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconWater purification 431 430 water purification
Buyer’s order are inconsistent with these terms, this shall constitute a counteroffer
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconAsociación Cartográfica Internacional
Competición de Mapas Infantiles Barbara Petchenik: 2003. Sin título, por Mahya Hadi Varnamkhasti
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconIsaac asimov
Título: Cuentos completos. Volumen I titulo original: The Complete Stories. Volume I
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconFegasacruz federación de ganaderos de santa cruz año / Edición 11 / Julio de 2017 / Santa Cruz, Estado Plurinacional de Bolivia indhú fiv sausalit o. Propietario Osvaldo Monasterio Rek. Cabaña Sausalito. Fegasacruz

Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconSoptravi secretaria de obras públicas, transporte y vivienda
Y vivienda. Terminos de referencia departamento de obras urbanisticas construccion del proyecto: “remodelacion del parque central...
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconFigura de rey
Título original: “Test de Copie et Reproductione de Mémorie de Figures Géometriques Complexes” 1959
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconTítulo de la presentacióN
Importante : no actualizar la versión de firmware del equipo o el video en movimiento volverá a su estado original
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconInscripcion en esta sad
Titulos docente, original y copia, debidamente registrados en provincia de buenos aires o constancia de titulo en tramite de instituciones...
Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983 iconTítulo en castellano (Estilo jnem título)i Title in English
Título corto de la comunicación (puede coincidir con el título de la comunicación si no ocupa más de una línea)


Descargar 0.91 Mb.