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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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lengua rápidamente en la boca. Me quedé allí plantado, y encendí un puro mientras Marie besaba a H. R. Luego H. R. y Honeysuckle subieron al tren.

—Es un tipo legal —dijo Marie.

—Querida —dije—, creo que le diste un beso demasiado apasionado.

—¿Estás celoso?

—Yo siempre lo estoy.

—Mira, se han sentado en la ventanilla, nos sonríen.

—Es embarazoso. Ojalá saliera de una vez ese maldito tren.

Al fin el tren empezó a moverse. Dijimos adiós con la mano, claro, y ellos contestaron. H. R. tenía una sonrisa satisfecha y feliz. Honeysuckle daba la sensación de lloriquear. Parecía muy trágica. Luego, ya no pudimos verles más. Se acabó. Iban a publicarme. Poemas escogidos. Dimos la vuelta y escapamos de los andenes.

LA ARAÑA














Cuando llamó, él llevaba ya seis o siete cervezas en el cuerpo, o sea que fui a la nevera y cogí una para mí. Luego salí al porche y me senté. Parecía muy deprimido.

—¿Qué pasa, Max?

—Acabo de dejarme perder una. Se largó hace un par de horas.

—No sé a qué te refieres, Max.

Alzó la vista de la cerveza.

—Escucha, sé que no me vas a creer, pero hace cuatro años que no echo un polvo.

Le di a mi cerveza.

—Te creo, Max. En realidad en nuestra sociedad hay la tira de gente que se mueren sin haberlo hecho. Se sientan en habitaciones diminutas y hacen objetos de papel de estaño, los cuelgan en la ventana y observan sus destellos al sol, ven cómo se retuercen con el viento...

—Bueno, pues acabo de dejarme perder una. Estaba aquí mismo...

—Cuenta.

—Verás, sonó el timbre y allí estaba una chica joven, rubia, vestido blanco, zapatos azules, que me dice: «¿Eres Max Miklovik?» Le dije que sí y ella dijo que había leído mi material y que si la dejaba pasar. Le dije que sí, claro, y la dejé pasar.

Entró y se sentó en una silla del rincón. Yo fui a la cocina, serví dos whiskies con agua, volví, le di uno y me senté en el sofá.

—¿Guapa? —pregunté.

—Guapa de veras, y un cuerpo estupendo. Llevaba un vestido que era como si no llevara nada. Luego, me preguntó: «¿Has leído a Jerzy Kosinski?» «Leí su Pájaro pintado —dije—. Un escritor horrible.» «Es muy buen escritor», replicó ella.

Max se quedó de pronto silencioso, pensando, supongo, en Kosinski.

—¿Qué pasó después? —le pregunté.

—Había una araña manos a la obra sobre su cabeza. Soltó un chillido. Dijo: «¡Esa araña se me cagó encima!»

—¿Era cierto?

—Le dije que las arañas no cagaban. Ella dijo: «Sí, claro que cagan.» Le dije: «Jerzy Kosinski es una araña.» Y ella dijo: «Me llamo Lyn.» Y yo dije: «Qué tal, Lyn.»

—Toda una conversación.

—Toda una conversación. Luego ella dijo: «Quiero contarte una cosa.» Y yo dije: «Adelante.» Y ella dijo: «A los trece años me enseñó a tocar el piano un conde de verdad. Vi sus documentos, era un conde legítimo, real. El conde Rudolph Stauffer.» «Bebe, bebe», le dije yo.

—¿Puedo tomar otra cerveza, Max?

—Claro, tráeme una.

Cuando volví, continuó:

—Terminó su whisky y yo me acerqué para recogerle el vaso, y, al hacerlo, me incliné para besarla. Ella se apartó. «Vamos, un beso no significa nada —le dije—. Las arañas besan.»

«Las arañas no besan», dijo ella. No había nada que hacer, salvo entrar en la cocina y preparar otros dos whiskies un poco más cargados. Salí, le pasé su vaso y volví a sentarme en el sofá.

—Creo que deberíais haber estado los dos en el sofá —dije yo.

—Pero no lo estábamos. Ella siguió hablando. «El conde —dijo— tenía la frente despejada, los ojos color avellana, el pelo rosáceo, los dedos largos y finos y olía siempre a esperma.»

—Vaya.

—Y luego dijo: «Tenía sesenta y cinco años, pero era muy apasionado. Le enseñaba a tocar el piano también a mi madre. Mi madre tenía treinta y cinco años y yo tenía trece, y él nos enseñaba a tocar el piano.»

—¿Y qué se supone que debías responder a eso? —pregunté.

—No sé. Así que le dije: «Kosinski no es capaz de escribir nada.» Y ella dijo: «El le hacía el amor a mi madre.» Y yo dije: «¿Quién? ¿Kosinski?» Y ella dijo: «No, el conde.» «¿Y a ti se te tiró el conde?», le pregunté. Y ella dijo: «No, nunca. Pero me toqueteaba y me excitaba mucho. Además, tocaba maravillosamente el piano.»

—¿Cómo reaccionaste tú a todo eso?

—Bueno, le hablé de cuando trabajaba para la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial. Andábamos recogiendo botellas de plasma. Había por allí una enfermera muy gorda, de pelo negro, y después de comer se tumbaba en el prado con las piernas hacia mí. Y miraba y miraba. Después de recoger la sangre, yo llevaba las botellas al almacén. Hacía un frío pelón y las botellas se guardaban en saquitos blancos y, a veces, cuando se las pasaba a la encargada del almacén, una botella se escurría del saco y se estrellaba en el suelo. ¡PAF! Sangre y cristales por todas partes. Pero la chica siempre decía: «No hay problema. No te preocupes.» A mí me parecía muy amable y siempre que le llevaba la sangre, la besaba. Era muy agradable besarla allí, en aquella cámara frigorífica, pero nunca llegué a hacer nada con la otra, la del pelo negro que se tumbaba en la yerba después de comer y abría las piernas hacia mí.

—¿Le contaste eso?

—Eso le conté.

—¿Y qué dijo?

—Dijo: «¡Esa araña se está descolgando! ¡Desciende hacia mí!» «Oh, Dios mío!», dije, y cogí el formulario de las carreras y lo abrí y atrapé la araña entre la tercera carrera para potrancas a seis estadios y la cuarta carrera, que era de cinco mil dólares para animales de más de cuatro años, de una milla dieciséis. Tiré el boletín luego y conseguí darle a Lyn un beso furtivo. Ella no reaccionó.

—¿Qué dijo del beso?

—Dijo que su padre era un genio de la industria de las computadoras y que apenas estaba en casa, pero que de algún modo se enteró de lo de su madre y el conde. Y, un día, la cogió a ella a la salida del colegio, la sujetó por la cabeza y le dio de cabezazos contra la pared, preguntándole por qué había encubierto a su madre. El padre se puso muy furioso cuando descubrió la verdad. Por último, dejó de darle cabezazos contra la pared y corrió a partirle la cabeza a su madre. Dijo que había sido horrible y que nunca volvieron a ver al conde.

—¿Y tú qué dijiste?

—Le dije que una vez había conocido en un bar a una mujer y me la había llevado a casa. Cuando se quitó las bragas, tenía en ellas tanta sangre y tanta mierda que no pude hacer nada. Olía como un pozo de petróleo. Me dio una friega con aceite de oliva en la espalda y yo le di cinco dólares, media botella de oporto avinagrado, la dirección de mi mejor amigo y la mandé a tomar viento.

—¿De veras te sucedió eso?

—Sí. Luego Lyn me preguntó si me gustaba T. S. Eliot Le dije que no. Luego dijo: «Me gusta cómo escribes, Max; tienes una forma tan fea y demencial de escribir que me fascina. Me enamoré de ti. Te escribí carta tras carta, pero nunca me contestaste.» «Disculpa, nena», dije. Ella dijo: «Me volví loca. Me fui a México. Me dio por el rollo religioso. Llevaba un chal negro y me iba a cantar por las calles a las tres de la madrugada. Nadie me molestaba. Tenía todos tus libros en mi maleta y bebía tequila y encendía candelas. Después conocí a aquel torero que me hizo olvidarte. Duró varias semanas.»

—Esos tíos se las traen de calle.

—Ya lo sé —dijo Max—. En fin, dijo que después se cansaron el uno del otro y entonces yo dije: «Déjame ser tu torero.» Y ella dijo: «Eres igual que todos los hombres. Lo único que quieren es joder.» «Joder y lamer y chupar», le dije yo. Me acerqué a ella. «Bésame», le dije. «Max —dijo ella—, tú lo único que quieres es divertirte. No piensas para nada en mí.» «Me preocupo por mí», contesté. «Si no fueses tan gran escritor —dijo ella— ninguna mujer hablaría siquiera contigo.» «Vamos a joder», dije. «Yo quiero casarme contigo», dijo ella. «Yo no quiero casarme contigo», dije yo. Ella cogió su bolso y se largó.

—¿Es ése el final de la historia? —pregunté.

—Es —dijo Max—. Cuatro años sin echar un polvo y pierdo esta ocasión. Por orgullo, estupidez o lo que sea.

—Eres un buen escritor, Max, pero eres un desastre de don juan.

—¿Crees que un buen don juan podría haber conseguido algo?

—Claro, a cada una de sus jugadas tendrías que haberle dado la respuesta correcta. Cada respuesta correcta desvía la conversación en una nueva dirección hasta que el don juan tiene a la mujer arrinconada o, más exactamente, abierta de piernas.

—¿Cómo puedo aprender?

—No se puede aprender. Es un instinto. Tienes que saber lo que realmente está diciendo una mujer cuando dice otra cosa. No puede enseñarse.

—¿Qué decía ella realmente?

—Te quería, pero no supiste llegar hasta ella. Fuiste incapaz de tenderle un puente. La cagaste, Max, eres un chapuzas.

—Pero ella había leído todos mis libros. Estaba convencida de que yo sabía mucho.

—Ahora es ella la que sabe mucho.

—¿Qué sabe?

—Que eres un perfecto imbécil, Max.

—¿Eso soy?

—Todos los escritores lo son. Por eso escriben.

—¿Qué quieres decir con eso de que «por eso escriben»?

—Quiero decir que escriben cosas porque no las entienden.

—Yo escribo muchas cosas —dijo Max con tristeza.

—Recuerdo que cuando era niño leí un libro de Hemingway. Un tipo se iba a la cama con una mujer una y otra vez y no podía hacerlo, aunque quería a la mujer y ella le quería a él. Santo cielo, pensé, qué libro estupendo. Tantos siglos y nadie había escrito sobre este aspecto de la cuestión. Yo creía que el tío era, simplemente, demasiado cojonudamente imbécil para poder hacerlo. Luego leí en el libro que es que le habían destrozado los órganos genitales en combate. Qué decepción.

—¿Crees que volverá? —preguntó Max—. Si hubieras visto qué cuerpo, qué cara, qué ojos...

—No volverá —dije yo, levantándome.

—¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó Max.

—Pues seguir escribiendo tus patéticos poemas, relatos y novelas...

Le dejé allí y bajé las escaleras. No podía decirle más de lo que le había dicho. Eran las siete cuarenta y cinco y no había cenado. Me metí en el coche y enfilé hacia McDonald's pensando que, probablemente, me decidiría por las gambas a la plancha.

LA MUERTE DEL PADRE (I)














En realidad, el funeral de mi padre fue como un pollo recalentado. Me senté en un bar de enfrente de la funeraria de Alhambra y pedí un café. Sería un viaje de nada hasta el hipódromo, cuando el asunto terminara. Entonces entró un hombre de cara terriblemente despellejada, con gafas muy redondas de lentes gruesos.

—Henry —me dijo. Luego, se sentó y pidió un café.

—Hola, Bert.

—Tu padre y yo nos hicimos muy buenos amigos. Hablábamos mucho de ti.

—A mí no me caía bien mi viejo —dije.

—Tu padre te quería, Henry. Tenía la esperanza de que te casaras con Rita. —Rita era la hija de Bert—. Sale ahora con un chico estupendo, pero no la emociona. Parece que le gustan los tipos raros. No lo entiendo. Aunque algo debe de gustarle —dijo, animándose—, porque esconde al niño en el cuarto cuando él viene.

—Bueno, Bert. Vamos.

Cruzamos la calle y entramos en la funeraria. Alguien estaba comentando qué buen hombre había sido mi padre. Me dieron ganas de contarles la otra versión. Entonces, alguien se puso a cantar. Nos levantamos y pasamos en hilera junto al ataúd. Yo era el último. ¿Le escupiré o no le escupiré?, pensé.

Mi madre también había muerto. El entierro fue el año anterior. Al acabar, me había ido al hipódromo y después había echado un polvo. La fila avanzaba. De pronto, una mujer gritó: «¡No, no, no! ¡No puede estar muerto!» Se inclinó junto al ataúd, le alzó la cabeza al muerto y le besó. Nadie la apartaba. No separaba sus labios de los del cadáver. Agarré a mi padre y a la mujer por el cuello y los separé. Mi padre se desplomó en el ataúd y a la mujer se la llevaron, temblando.

—Era la novia de tu padre —dijo Bert.

—No está mal —dije.

Cuando bajé las escaleras después de la ceremonia, la mujer me estaba esperando. Se precipitó hacia mí.

—¡Eres igual que él! ¡Eres él!

—No —dije—, él está muerto, y yo soy más joven y más guapo.

Me abrazó y me besó. Le metí la lengua entre los labios. Luego, me liberé.

—Vamos, vamos —dije, en voz alta—. ¡Contrólate!

Me besó de nuevo y esta vez le metí la lengua hasta el fondo. El pene empezó a encabritárseme. Unos hombres y una mujer se acercaron para llevársela.

—No —dijo ella—. Quiero ir con él. ¡He de hablar con su hijo!

—Vamos, María, por favor, ven con nosotros

—¡No, no, he de hablar con su hijo!

—¿No le importa? —me preguntó un hombre.

—No se preocupe —dije.

María subió a mi coche y fuimos a casa de mi padre. Abrí la puerta y pasamos.

—Echa un vistazo por ahí —dije—. Puedes llevarte lo que quieras. Voy a darme un baño. Los funerales me hacen sudar.

Cuando salí, María estaba sentada al borde de la cama de mi padre.

—¡Llevas su bata!

—Ahora es mía.

—A él le encantaba esa bata. Yo se la regalé por Navidad. Le gustó mucho. Dijo que iba a ponérsela y a dar una vuelta a la manzana para que todos los vecinos se la viesen.

—¿Lo hizo?

—No.

—Es una bata fetén. Ahora es mía.

Cogí un paquete de cigarrillos de la mesilla de noche.

—¿Esos cigarrillos son suyos, verdad?

—¿Quieres uno?

—No.

Lo encendí.

—¿Cuánto hace que le conoces?

—Más o menos un año.

—¿Y no lo descubriste?

—¿El qué?

—Que era un ignorante. Cruel. Patriota. Avariento. Un mentiroso. Un cobarde. Un farsante.

—No.

—Me sorprendes. Pareces inteligente.

—Yo quería a tu padre, Henry.

—¿Qué edad tienes?

—Cuarenta y tres.

—Te conservas bien. Tienes unas piernas preciosas.

—Gracias.

—Muy atractivas.

Entré en la cocina y saqué una botella de vino del aparador, la descorché, cogí dos vasos de vino y volví. Le serví un vaso y se lo ofrecí.

—Tu padre hablaba mucho de ti.

—¿Sí?

—Decía que te faltaba ambición.

—Tenía razón.

—¿De veras?

—Mi única ambición es no ser nada de nada; parece lo más razonable.

—Eres un bicho raro.

—No, el bicho raro era mi padre. Déjame que te sirva otro vaso. Es un buen vino.

—Decía que eras un borracho.

—Mira, ya he conseguido algo.

—Te pareces tanto a él.

—Sólo en la superficie. A él le gustaban los huevos pasados por agua. A mí me gustan escalfados. A él le gustaba la compañía, a mí la soledad. A él le gustaba dormir de noche y a mí me gusta dormir de día. A él le gustaban los perros y yo les tiraba de las orejas y les metía cerillas en el culo. A él le gustaba su trabajo y a mí me gusta andar por ahí... sin nada que hacer.

Me incliné y la aferré. Le abrí los labios, embutí mi boca en la suya y empecé a sorber el aire de sus pulmones. Le escupí en la garganta y le metí un dedo por la raja del culo. Nos separamos.

—El me besaba con suavidad —dijo María—. El me amaba.

—Mierda —dije—. Aún no llevaba un mes enterrada mi madre y ya estaba él chupándote las tetas y compartiendo tu papel de water.

—Me amaba.

—¡Qué cojones! Fue el miedo que tenía a la soledad lo que le condujo derecho a tu entrepierna.

—El decía que eras un joven amargado.

—Naturalmente. A la vista de lo que tenía por padre...

Le levanté la falda y empecé a besarle las piernas. Empecé por las rodillas, llegué a la parte interior del muslo y se me abrió. La mordí, con fuerza, y tuvo un sobresalto y se tiró un pedo.

—¡Ay, perdona!

—No te preocupes —dije.

Le serví otro trago, encendí otro de los cigarrillos del difunto y fui a la cocina a por una segunda botella de vino. Bebimos durante más de dos horas. La tarde se iba convirtiendo en anochecer, pero yo estaba cansado. La muerte era tan tediosa. Eso era lo peor de la muerte. Era tediosa. Una vez que sucedía, no había nada que hacer. No podías jugar al tenis con ella, ni convertirla en una caja de bombones. Estaba allí, como un neumático deshinchado. La muerte era estúpida. Me metí en la cama. Oí a María quitarse los zapatos, la ropa. Luego, la sentí a mi lado en la cama. Apoyó la cabeza en mi pecho y sentí sus dedos acariciarme detrás de las orejas. Entonces, el pijo empezó a encabritarse. Le alcé la cabeza y puse mi boca sobre la suya. Suavemente. Luego le tomé una mano y la coloqué en mi pijo.

Había bebido demasiado. Pero la tomé y le di y le di. Estaba continuamente a punto, pero no podía acabar. Fue un plácido polvo, largo, sudoroso e interminable. La cama se estremecía y saltaba, rechinaba y gemía. María también gemía. La besaba sin parar. Apenas la dejaba respirar.

—¡Santo cielo! —dijo—. ¡Estás JODIENDOME REALMENTE!

Yo estaba deseando acabar, pero el vino había embotado el mecanismo. Por último, me eché a un lado.

—Dios santo —dijo ella—. Dios santo.

Empezamos a besarnos y todo volvió a recomenzar. Volví a tomarla. Esta vez, sentí que llegaba, poco a poco, la culminación.

—¡Oh! —dije—. ¡Oh, Dios santo!

Al fin lo conseguí, me levanté, me fui al cuarto de baño, salí fumando un cigarrillo y volví a la cama. Ella estaba medio dormida.

—¡Dios mío! —dijo—. ¡Me JODISTE realmente!

Nos dormimos.

Por la mañana me levanté, vomité, me cepillé los dientes, hice gárgaras y abrí una botella de cerveza. María se despertó y me miró.

—¿Jodimos? —preguntó.

—¿Lo dices en serio?

—No, quiero saberlo. ¿Jodimos?

—No —dije—. No pasó nada.

María fue al cuarto de baño y se duchó. Cantaba. Luego se secó y salió. Me miró.

—Me siento como una mujer bien follada.

—No pasó nada, María.

Nos vestimos y la llevé al café de la esquina. Pidió salchicha, huevos revueltos, una tostada de pan de trigo y café. Yo tomé un zumo de tomate y un bollito de salvado.

—No puedo sobreponerme. Eres igual que él.

—Esta mañana no, María, por favor.

Mientras la miraba, María se fue metiendo en la boca los huevos revueltos y la salchicha y la tostada de pan de trigo (untada con mermelada de frambuesa) y entonces me di cuenta de que nos habíamos perdido el entierro. Nos habíamos olvidado de ir al cementerio a ver cómo metían al viejo en el hoyo. Me habría gustado verlo. Era lo único bueno del asunto. No nos habíamos unido al cortejo fúnebre, nos habíamos largado a casa de mi padre a fumarnos sus cigarrillos y a bebemos su vino.

María se metió en la boca un trozo particularmente grande de huevo revuelto de un amarillo claro y dijo:

—Tienes que haberme jodido. Siento el semen correrme por la pierna.

—Es sólo sudor, mujer. Hace mucho calor esta mañana.

Vi que se metía la mano por la falda, debajo de la mesa. Luego levantó un dedo. Lo olisqueó.

—No es sudor. Es semen.

Terminó el desayuno y nos fuimos. Me dio su dirección y la llevé a su casa. Aparqué en el bordillo.

—¿Quieres pasar?

—Ahora no. Tengo que resolver asuntos. La testamentaría.

María se inclinó y me besó. Tenía los ojos grandes, doloridos, rancios.

—Sé que eres mucho más joven, pero podría matarte —dijo—. Estoy segura de ello.

Cuando ya iba por el caminillo de acceso, se volvió. Nos dijimos adiós con un gesto. Me dirigí a la licorería más próxima, me hice con una botella y el programa de las carreras del día. Me esperaba una buena sesión en el hipódromo. Siempre me iban bien las carreras después de una jornada de descanso.


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