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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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LA MUERTE DEL PADRE (II)













Mi madre había muerto el año anterior. Una semana después de la muerte de mi padre, estaba yo en su casa, solo. Estaba en Arcadia, y hacía años que lo más cerca que había llegado a estar del lugar, era cuando pasaba por la autopista camino de Santa Anita.

Los vecinos no me conocían. El funeral había terminado y me acerqué al fregadero, me serví un vaso de agua, lo bebí y luego salí al porche. Como no se me ocurría otra cosa que hacer, cogí la manguera, abrí el agua y empecé a regar las plantas. Mientras estaba allí regando, empezaron a correrse cortinas. Luego empezaron a salir de las casas. Una mujer cruzó la calle y se acercó.

—¿Eres Henry? —me preguntó.

Le dije que era Henry.

—Conocíamos a tu padre desde hace años.

Luego vino su marido.

—Conocimos también a tu madre -—dijo.

Me incliné y cerré la manguera.

—¿Quieren pasar? —pregunté.

Se presentaron como Tom y Nellie Miller. Entramos en la casa.

—Eres igual que tu padre.

—Sí, eso dicen.

Nos sentamos, nos miramos.

—Oh —dijo la mujer—, él tenía tantos cuadros. Le debían gustar mucho los cuadros.

—Sí, le gustaban, ¿verdad?

—Me encanta ese del molino de viento al atardecer.

—Puede quedárselo.

—¿De veras?

Sonó el timbre. Eran los Gibson. Los Gibson me dijeron que también ellos habían sido vecinos de mi padre muchos años.

—Eres igual que tu padre —dijo la señora Gibson.

—Henry nos ha regalado el cuadro del molino de viento.

—¡Qué amable! A mí me encanta el del caballo azul.

—Puede usted llevárselo, señora Gibson.

—¡Oh! ¿Lo dices en serio?

—Sí, no se preocupe.

Sonó otra vez el timbre y entró otra pareja. Dejé la puerta entreabierta. Pronto asomó la cabeza de un hombre.

—Soy Doug Hudson. Mi mujer está en la peluquería.

—Pase, señor Hudson.

Llegaron otros, parejas sobre todo. Empezaron a recorrer la casa.

—¿Vas a venderla?

—Creo que sí.

—Es un barrio estupendo.

—Ya lo veo.

—¡Ay, este marco me encanta, pero el cuadro no me gusta!

—Llévese el marco.

—¿Pero qué voy a hacer con el cuadro?

Tírelo a la basura. —Miré a mi alrededor—. Si alguien ve un cuadro que le guste, que se lo lleve, no hay problema.

Lo hicieron. Pronto quedaron vacías las paredes.

—¿Necesitas estas sillas?

—No, para nada.

Entraban transeúntes de la calle, ni siquiera se molestaban en presentarse.

—¿Y el sofá? —preguntó alguien en voz muy alta—. ¿Lo quieres?

—No quiero el sofá —dije.

Se llevaron el sofá, luego la mesa de la cocina y las sillas.

—Tienes por aquí una tostadora, ¿verdad, Henry?

Se llevaron la tostadora.

—No necesitas estos platos, ¿verdad?

—No.

—¿Y la cubertería?

—No.

—¿Y la cafetera y la batidora?

—Lléveselas.

Una señora abrió el armario del porche trasero.

—¿Y todas estas frutas en conserva? No te las podrás comer todas.

—Está bien, llévenselas, que cada uno coja algo. Pero procuren dividirlo equitativamente.

—¡Oh, yo quiero las fresas!

—¡Yo quiero los higos!

—¡Y yo la mermelada!

La gente seguía yendo y viniendo, trayendo caras nuevas.

—¡Vaya, hay una botella de whisky en el armario! ¿Bebes, Henry?

—¡El whisky no lo toca nadie!

La casa estaba llenándose de gente. Sonó la cisterna del water. A alguien se le cayó un vaso del fregadero y se le rompió.

—Será mejor que te quedes con la aspiradora, Henry, te servirá para tu apartamento.

—Está bien, me la quedaré.

—El tenía herramientas de jardinería en el garaje. ¿Qué me dices de ellas?

—Me las quedaré.

—Te doy por ellas quince dólares.

—De acuerdo.

Me dio quince dólares y le di la llave del garaje. Pronto empezó a oírse rodar la segadora por la calle, camino de su casa.

—No deberías haberle dado todo eso por quince dólares, Henry. Valía muchísimo más.

No contesté.

—¿Y el coche? Tiene cuatro años.

—Me lo quedaré.

—Te doy cincuenta dólares por él.

—Me lo quedaré.

Alguien enrollaba la alfombra del recibidor. Después de eso, la gente empezó a perder interés. Pronto quedaron sólo tres o cuatro personas. Luego se fueron todos. Me dejaron la manguera del jardín, la cama, la nevera, la cocina y un rollo de papel higiénico.

Salí y cerré la puerta del garaje. Pasaban dos chavales pequeños con monopatines. Pararon mientras yo cerraba las puertas del garaje.

—¿Ves aquel hombre?

—Sí.

—Su padre se murió.

Siguieron patinando. Cogí la manguera, abrí el agua y me puse a regar los rosales.

LA MEDIACIÓN














Sonó el teléfono. Era Paul, el escritor. Estaba deprimido.

En Northridge.

¿Harry?

¿Sí?

—Nancy y yo hemos roto.

—¿Sí?

—Escucha, quiero volver con ella. ¿Puedes ayudarme? Salvo que quieras volver con ella...

Harry sonrió al aparato.

—No, no quiero volver con ella, Paul.

—No sé lo que pasó. Ella empezó con el asunto del dinero. Empezó a gritar por el dinero. Me pasaba por las narices las facturas de teléfono. Bueno, he estado haciendo todo lo posible para sacar pasta. Teníamos el tinglado aquel. Barney y yo. Nos poníamos los trajes de pingüinos..., él recitaba un verso de un poema, yo recitaba el otro..., cuatro micrófonos..., teníamos el grupo aquel de jazz para la sintonía de fondo...

—Paul, los recibos del teléfono son cosa seria —dijo Harry—. No deberías utilizar su teléfono cuando estás achispado. Conoces a demasiada gente en Maine, Boston y New Hampshire. Nancy es un caso de neurosis de angustia. No puede poner en marcha el coche sin que le dé un ataque. Se pone el cinturón, empieza a temblar y a darle a la bocina. Está como una cabra. Y es igual en todos los terrenos. Entra en unos grandes almacenes y se ofende porque hay un dependiente mascando chicle.

—Ella dice que te mantuvo durante tres meses.

—Mantuvo mi pijo. Básicamente con tarjetas de crédito.

—¿Eres tan bueno como dicen? Harry se echó a reír.

—Les doy alma. Eso no puede medirse en centímetros.

—Quiero volver con ella. Dime qué debo hacer.

—O chupas coño como un hombre o te buscas un trabajo.

—Pero no trabajas.

—No te compares conmigo. Ese es el error que comete la mayoría.

—Pero ¿dónde puedo conseguir algo de pasta? Estoy sin blanca. ¿Qué puedo hacer?

—Chupar aire.

—¿Es que no sabes lo que es tener un poco de compasión?

—Los únicos que lo saben son los que la necesitan.

—Ya la necesitarás tú algún día.

—La necesito ahora..., sólo que la necesito en una forma distinta de la tuya.

—Lo que yo necesito es pasta, Harry, ¿cómo puedo conseguirla?

—Atraca un banco. Si lo consigues hacer limpiamente, estás salvado. Si te enganchan, habrás conseguido una celda en la cárcel, no tendrás que pagar recibos de electricidad, ni de teléfono, ni de gas, no tendrás que aguantar a mujeres gruñonas. Además, podrás aprender un oficio y ganarás cuatro centavos a la hora.

—Realmente sabes machacar a un hombre.

—Vale. Sácate el caramelo del culo y te diré algo.

—Ya está sacado.

—Te diré el motivo por el que Nancy te ha dejado por otro. Otro tipo, negro, blanco, rojo o amarillo. Anota esta regla y estarás siempre a cubierto: una mujer raras veces abandona a una víctima sin tener otra a mano.

—Amigo —dijo Paul—, lo que necesito es ayuda, no teorías.

—Si no entiendes la teoría, siempre necesitarás ayuda...

Harry descolgó el teléfono y marcó el número de Nancy.

—¿Sí? —contestó ella;

—Soy Harry.

—Me he enterado por un pajarito de que estuviste muy liada en México. ¿Es cierto?

—Ah, te refieres a...

—Un torero español arruinado, ¿no?

—Con unos ojos bellísimos. No como los tuyos. Que no hay quien los vea.

—No quiero que nadie me los vea.

—¿Por qué?

—Porque si viesen lo que pienso, no podría engañarles.

—Así que me has telefoneado para decirme que sigues usando gafas de sol.

—Eso ya lo sabes. Te he llamado para decirte que Paul quiere volver. ¿Te sirve de algo que te lo diga?

—No.

—Ya me lo parecía.

—¿De veras te telefoneó?

—Sí.

—Bueno, he conseguido otro hombre. ¡Es maravilloso!

—Yo ya le dije a Paul que probablemente estabas interesada en algún otro.

—¿Cómo lo sabías?

—Lo sabía.

—¿Harry?

—¿Sí, muñeca?

—Vete a hacer puñetas...

Nancy colgó.

Vaya, pensó él, intento hacer de mediador y los dos se cabrean. Entró en el cuarto de baño y se miró la cara en el espejo. Qué rostro tan bondadoso tenía, Dios santo. ¿Es que no se daban cuenta? Comprensión. Nobleza. Localizó una espinilla cerca de la nariz. La apretó. Salió, negra y encantadora, arrastrando un rabillo de pus amarillo. Lo decisivo, pensó, es comprender a las mujeres y entender el amor. Amasó entre los dedos la espinilla. O quizá lo decisivo fuese tener huevos para cargarse limpiamente a un tipo. Se sentó a cagar mientras meditaba largamente en el tema.


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