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UNA CERVEZA EN EL BAR DE LA ESQUINA

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UNA CERVEZA EN EL BAR DE LA ESQUINA














No sé cuántos años hace, quince o veinte. Yo estaba sentado en casa. Era una noche de verano muy calurosa y andaba aburrido.

Salí y anduve calle abajo. La mayoría de las familias ya habían cenado y estaban viendo la televisión. Subí hasta el bulevar. Al otro lado de la calle, había un bar de barrio, un viejo establecimiento decorado en madera, pintado en verde y blanco. Entré.

Después de una vida gastada por los bares, les había perdido casi todo el gusto. Cuando quería beber algo, normalmente iba a una licorería, lo compraba, me lo llevaba a casa y me lo bebía solo.

Entré y elegí un taburete alejado de la masa. No es que me sintiese incómodo; me sentía fuera de lugar. Pero si quería salir de casa, no tenía otro sitio adonde ir. En nuestra sociedad, la mayoría de los lugares interesantes son contrarios a la ley o carísimos.

Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. No era más que un bar de barrio como otro cualquiera. Todo el mundo se conocía. Contaban chistes verdes y veían la tele. Sólo había una mujer, vieja, vestida de negro, con una peluca roja. Llevaba una docena de collares y no hacía más que encender el mismo cigarrillo una y otra vez. Me empezaron a entrar ganas de estar de nuevo en casa y decidí largarme de allí en cuanto acabara la cerveza.

Entró un hombre y se sentó en el taburete contiguo al mío. No alcé la vista, no me interesaba, pero, por la voz, calculé que debía de tener mi edad. En el bar le conocían. El camarero le llamó por su nombre y un par de habituales le saludaron. Se sentó allí a mi lado y estuvo con su cerveza tres o cuatro minutos. Luego dijo:

—Hola, ¿qué hay?

—Nada de particular.

—¿Es usted nuevo en el barrio?

—No.

—No le había visto por aquí antes.

No contesté.

—¿Es usted de Los Angeles? —preguntó.

—Más que de ningún otro sitio.

—¿Cree que los Dodgers ganarán este año?

—No.

—¿No le gustan los Dodgers?

—No.

—¿Quién le gusta a usted?

—Nadie. No me gusta el béisbol.

—¿Qué le gusta?

—El boxeo. Los toros.

—Las corridas de toros son crueles.

—Sí, cuando se pierde, todo resulta cruel.

—Pero el toro no tiene ninguna oportunidad.

—Nadie la tiene.

—Es usted muy negativo. ¿Cree en Dios?

—En su clase de dios, no.

—¿Pues en qué clase?

—No estoy seguro.

—Yo he ido a la iglesia desde antes de tener uso de razón.

No contesté.

—¿Puedo invitarle a una cerveza? —preguntó.

—Desde luego.

Llegaron las cervezas.

—¿Leyó hoy los periódicos? —preguntó.

—Sí.

—¿Leyó lo de las cincuenta niñas que murieron en el incendio de ese orfanato de Boston?

—Sí.

—Horrible, ¿verdad?

—Supongo que sí.

—¿Lo supone?

—Sí.

—¿No lo sabe?

—Supongo que si hubiera estado allí, habría tenido pesadillas durante el resto de mi vida. Pero es muy diferente cuando uno se limita a leerlo en los periódicos.

—¿No siente lástima por las cincuenta niñitas que murieron abrasadas? Colgaban de las ventanas, gritando.

—Supongo que fue espantoso. Pero usted lo vio sólo como un titular de un periódico, una noticia de un periódico. Yo en realidad no pensé mucho en ello. Pasé la página.

—¿Quiere decir que no sintió nada?

—En realidad no.

Se quedó un momento en silencio y yo bebí un poco de su cerveza. Luego, gritó:

¡Eh, aquí hay un tipo que dice que no sintió puñetera cosa cuando leyó lo de las cincuenta huerfanitas que murieron abrasadas en Boston!

Todo el mundo me miró. Yo miraba mi cigarrillo. Hubo un minuto de silencio. Luego la mujer de la peluca roja dijo:

—Si yo fuera hombre, le sacaría a patadas en el culo a la calle.

¡Y además, no cree en Dios! —dijo el tipo que estaba a mi lado—. Y no le gusta el béisbol. Le gustan los toros, ¡y le gusta ver morir en un incendio a las huerfanitas!

Pedí al camarero otra cerveza. Para mí. El camarero puso el botellín a mi lado con repugnancia. Había dos jóvenes jugando al billar. El más joven de los dos, un chaval grande, con camiseta de manga corta blanca, dejó el taco y se me acercó. Se me plantó detrás inspirando con fuerza, llenándose los pulmones, procurando que su pecho pareciese más grande.

—Este es un bar decente. Aquí no se admiten gilipollas. Les echamos a patadas. ¡Les damos una buena zurra para que no vuelvan a asomar las narices por aquí!

Notaba su presencia a mi espalda. Alcé la botella y vertí la cerveza en el vaso, la bebí, encendí un cigarrillo. Con pulso bien firme. El siguió un rato allí plantado, después volvió por fin a la mesa de billar. El tipo que estaba sentado a mi lado se levantó del taburete y se trasladó más allá.

—Ese hijo de puta es negativo —le oí decir—. Odia a la gente.

—Si yo fuese un hombre —dijo la mujer de la peluca roja—, le daría una lección. No puedo soportar a esa clase de cabrones.

—Así es como hablaban los tipos como Hitler —dijo alguien.

—Asqueroso gilipollas.

Terminé la cerveza, pedí otra. Los dos jóvenes seguían jugando al billar. Algunos se fueron y empezaron a apagarse los comentarios sobre mí, salvo los de la mujer de la peluca roja. Estaba más borracha que antes.

—¡Pijotero, pijotero..., eres un pijotero asqueroso! ¡Apestas como una alcantarilla! Seguro que odias también a tu padre, ¿verdad? A tu patria, a tu madre y a todo el mundo. ¡Puaf, os conozco muy bien a los tipos como tú! ¡Gilipollas, cobarde, asqueroso!

Por fin, hacia la una y media, se fue. Luego se marchó uno de los chavales que jugaban al billar. El de la camiseta blanca de manga corta se sentó al extremo de la barra y se puso a hablar con el tipo que me había invitado a una cerveza. A las dos menos cinco, me levanté, despacio, y me marché. Nadie me síguió. Subí por el bulevar, llegué a mi calle. Estaban apagadas las luces de las casas y de los apartamentos. Llegué hasta mi casa. Abrí la puerta y entré. En la nevera había una cerveza. La abrí y me la bebí.

Luego, me desvestí, fui al cuarto de baño, meé, me cepillé los dientes, apagué la luz, fui al dormitorio, me metí en la cama y me dormí.

EL PAJARO QUE SE REMONTA














Íbamos a hacerle una entrevista a la famosa poetisa Janice Altrice. El director de American Poetry me pagaba por ella 175 dólares. Me acompañaba Tony con su cámara. El iba a ganar 50 dólares por las fotografías. Yo había pedido prestada una grabadora. La casa quedaba retirada, en las montañas, tras una larga cuesta. Paré el coche, eché un trago de vodka y le pasé la botella a Tony.

—¿Ella bebe? —preguntó Tony.

—Probablemente no —dije.

Puse el coche en marcha y continuamos. Nos desviamos por una empinada y estrecha carretera de tierra. Janice estaba esperándonos. Vestía pantalones y blusa blanca, con cuello alto de encaje. Bajamos del coche y caminamos hacia ella, en la ladera del pradillo. Nos presentamos y puse en marcha la grabadora de pilas.

—Tony va a sacarle unas fotos —le dije—. Procure ser natural.

—Por supuesto —dijo ella.

Subimos el pradillo y ella señaló hacia la casa.

—La compramos cuando los precios eran muy bajos. Ahora no podríamos permitírnosla.

Señaló luego una casa más pequeña que había en la ladera.

—Es mi estudio. Lo construimos nosotros mismos. Hasta tiene cuarto de baño. Vengan a verlo.

La seguimos. Señaló de nuevo.

—Esos setos de flores los plantamos nosotros mismos. Se nos dan muy bien las flores.

—Son maravillosas —dijo Tony.

Abrió la puerta del estudio y entramos. Era grande y fresco, con delicadas mantas indias y demás artesanías por las paredes. Había una chimenea, una librería, un escritorio grande con una máquina de escribir eléctrica, un gran diccionario, papel para escribir, cuadernos. Ella era pequeña, con el cabello muy corto. Las cejas tupidas. Sonreía mucho. En el rabillo del ojo tenía una profunda cicatriz que parecía como perfilada con una navaja.

—Vamos a ver —dije—, mide usted uno cincuenta y tres y pesa...

—Cuarenta y seis kilos.

—¿Edad?

Janice se echó a reír mientras Tony le sacaba una foto.

—Es prerrogativa de una mujer no contestar a esa pregunta. —Se echó a reír de nuevo—. Diga simplemente que soy intemporal.

Era una mujer de aspecto majestuoso. Me la imaginaba detrás de una tribuna, en alguna universidad, leyendo sus poemas, respondiendo preguntas, instruyendo a una nueva generación de poetas, encauzándoles hacia la vida. Probablemente también tuviera las piernas hermosas. Intenté imaginármela en la cama, pero no pude.

—¿En qué está usted pensando? —me preguntó.

—¿Es usted intuitiva?

—Por supuesto. Les prepararé café. Los dos necesitan beber

algo.

—Tiene razón.

Janice preparó café y nosotros salimos fuera. Salimos por una puerta lateral. Había un terreno de juegos en miniatura, columpios y trapecios, montones de arena, cosas así. Un jovencito de diez años llegó corriendo cuesta abajo.

—Es Jason, mi hijo más pequeño, mi bebé —dijo Janice desde la puerta.

Jason era un joven dios de pelo enmarañado, rubio, con pantalones cortos y una holgada camisa morada. Llevaba zapatitos de dos colores. Parecía sano y vivaz.

—¡Mamá, mamá! ¡Columpíame! ¡Venga, columpíame!

Jason corrió al columpio, se sentó y esperó.

—Ahora no, Jason, estamos ocupados.

—¡Columpíame, mamá, columpíame, venga!

—Ahora no, Jason...

—¡MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA! —gritaba Jason.

Janice se acercó al columpio y empezó a columpiar a Jason. Jason iba y venía, subía y bajaba, y nosotros esperábamos. Al cabo de un buen rato, terminaron y Jason se bajó del columpio. De uno de los agujeros de la nariz le colgaba un consistente moco verde. Se me acercó.

—Me gusta masturbarme —dijo. Luego escapó corriendo.

—No le reprimimos —dijo Janice; después miró soñadoramente hacia las montañas—. Antes montábamos a caballo por aquí. Tuvimos que defender la tierra contra los especuladores. Pero el mundo exterior nos cerca cada vez más. Aún así es encantador. Después de caer del caballo y romperme una pierna fue cuando escribí El pájaro que se remonta, un coro de magia.

—Sí, me acuerdo —dijo Tony.

—Aquella secoya la planté yo hace veinticinco años —dijo, señalándola—. En aquellos tiempos, aquí no había más que nuestra casa. Pero las cosas cambian, ¿verdad? Sobre todo la poesía. Hay muchas cosas nuevas e interesantes. Y luego, hay tanta cosa horrible.

Volvimos al interior de la casa y nos sirvió el café. Nos sentamos a tomarlo. Le pregunté cuáles eran sus poetas favoritos. Janice mencionó rápidamente a algunos de los más jóvenes: Sandra Merrill, Cynthia Westfall, Roberta Lowell, Sister Sarah Norbert y Adrian Poor.

—Escribí mi primer poema en la escuela primaria, un poema con ocasión del día de la madre. Le gustó tanto a la profesora que me pidió que lo leyese en clase.

—Su primera lectura de poesía, ¿verdad?

Janice se echó a reír.

—Sí, podríamos decir eso. Echo muchísimo de menos a mis padres. Hace ya veinte años que murieron.

—Eso es insólito.

—El amor no tiene nada de insólito —dijo ella.

Había nacido en Huntington Beach y había vivido toda la vida en la costa Oeste. Su padre había sido policía. Janice empezó a escribir sonetos en el instituto, donde tuvo la suerte de ser alumna de Inez Calire Dickey.

—Ella me inició en la disciplina de la forma poética.

Janice sirvió más café.

—Siempre me tomé muy en serio lo de ser poeta. Fui alumna de Ivor Summers en Stanford. Publiqué por primera vez en la Antología de poetas de la costa Oeste de Summers.

Summers influyó profundamente en ella. Al principio el grupo de Summers era un buen grupo: Ashberry Charleton, Webdon Wilbur y Mary Gather Henderson. Pero luego Janice se separó del grupo y se unió a los poetas de «arte mayor».

Janice estudió en la facultad de Derecho y estudió al mismo tiempo poesía. Después de licenciarse se hizo secretaria jurídica. Se casó con su amor del instituto a principios de los cuarenta. «Aquellos años de guerra fueron trágicos y sombríos.» Su marido era bombero. «Me convertí en una poetisa ama de casa.»

—¿Hay cuarto de baño? —pregunté.

—La puerta de la izquierda.

Entré en el cuarto de baño, mientras Tony daba vueltas, tomando fotos. Oriné y bebí un buen trago de vodka. Me subí la cremallera, salí del cuarto de baño y me senté otra vez.

A finales de los años cuarenta, los poemas de Janice Altrice comenzaron a florecer en una serie de publicaciones periódicas. Su primer libro, Ordeno que todo sea verde, lo publicó Alan Swillout. Le siguió Pájaro, pájaro, pájaro, nunca mueras, y también lo publicó Swillout.

—Volví a la universidad —dijo—. La universidad de California, Los Angeles. Me licencié en periodismo y en inglés. Al año siguiente me doctoré en inglés. Y, desde principios de los sesenta, doy clases de inglés y de redacción aquí, en la universidad estatal.

Adornaban las paredes de Janice muchos premios. Una medalla de plata del Club Alphids por su poema «Tintella»; un diploma de primer puesto del grupo poético de Lodestone Mountain por su poema «El tambor sabio». Había muchos premios y distinciones. Janice se acercó al escritorio y cogió una muestra del trabajo que estaba realizando. Nos leyó varios poemas largos. Revelaban una madurez impresionante. Le pregunté qué pensaba del escenario poético contemporáneo.

—Hay tantos —dijo— a quienes se da el nombre de poetas. Pero no tienen formación, no tienen sensibilidad para el oficio. Los salvajes han asaltado la fortaleza. No hay técnica, ni esmero, lo único que hay son ganas de gustar. Y estos nuevos poetas parecen admirarse muchísimo unos a otros. Me preocupa, y he hablado mucho de ello con mis amigos poetas. Todo poeta joven parece pensar que sólo necesita una máquina de escribir y unas cuantas cuartillas. No están preparados, no tienen ninguna preparación.

—Supongo que no —dije—. ¿Has tomado suficientes fotos, Tony?

—Sí —dijo Tony.

—Otra cosa que me inquieta —dijo Janice— es que los poetas asentados de la costa Este reciben demasiados premios y becas. A los poetas de la coste Oeste se les ignora.

—¿Podría eso deberse a que los poetas de la costa Este son mejores? —pregunté.

—Por supuesto que no.

—Bueno —dije—, creo que es hora de que nos vayamos. Una última pregunta, ¿cómo aborda usted la elaboración de un poema?

Hizo una pausa. Sus largos dedos tamborilearon delicadamente en la tela gruesa del sillón en el que se sentaba. La luz del sol poniente penetraba sesgada por la ventana y creaba largas sombras en la habitación. Habló despacio, como en un sueño:

—Comienzo a sentir un poema muchísimo tiempo antes de escribirlo. Se aproxima a mí, como un gato que cruza la alfombra. Con suavidad, pero no con menosprecio. Tarda en llegar siete u ocho días. Me siento deliciosamente agitada, nerviosa, es una sensación especial. Sé que está allí, y luego llega en una arremetida y todo resulta entonces fácil, muy fácil. ¡La gloria de crear un poema es tan majestuosa, tan sublime!

Apagué la grabadora.

—Gracias, Janice, le mandaré copia de la entrevista cuando se publique.

—Espero que todo haya ido bien.

—Todo ha ido muy bien, estoy seguro.

Nos acompañó hasta la puerta. Tony y yo bajamos la cuesta hasta el coche. Me volví una vez. Ella estaba allí. Le dije adiós con la mano. Sonrió y alzó también la mano. Entramos en el coche, doblamos la curva, paré el coche y destapé la botella de vodka.

—Deja un trago para mí —dijo Tony. Eché un trago y dejé otro para Tony.

Tony tiró la botella por la ventanilla. Nos alejamos, bajando de prisa, abandonando las montañas. En fin, mejor que trabajar lavando coches. Lo único que tenía que hacer era pasar a máquina lo que estaba grabado en la cinta y elegir dos o tres fotografías. Salimos de las montañas justo en la hora punta del tráfico. Fue horroroso. Podríamos haberlo cronometrado mejor.


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