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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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MANTIS RELIGIOSA














Hotel Vista del Angel. Marty pagó al empleado, cogió la llave y subió las escaleras. Lo era todo menos una noche agradable. Habitación 222. ¿El número tendría algún significado? Entró, encendió la luz, y toda una docena de cucarachas salieron del empapelado, masticando y correteando sin tregua. Había teléfono de monedas. Metió una moneda y marcó. Ella contestó.

—¿Toni? —preguntó.

—Sí, soy yo —dijo ella.

—Toni, me estoy volviendo loco.

—Te dije que iría a verte. ¿Dónde estás?

—En el Vista del Ángel, Seis y Coronado, habitación 222.

—Iré a verte dentro de un par de horas.

—¿No puedes venir ahora mismo?

—Mira, tengo que llevar a los niños a casa de Carl, luego tengo que ir a ver a Jeff y a Helen, hace años que no les veo...

—Toni, te quiero, por amor de Dios, ¡necesito verte ahora!

—Si te libraras de tu mujer, Marty...

—Esas cosas requieren tiempo.

—Dentro de dos horas estaré ahí, Marty.

—Escucha, Toni...

Pero ella ya había colgado. Marty se sentó al borde de la cama. Aquélla sería su última aventura. Le desbordaba. Las mujeres eran más fuertes que los hombres. Conocían todas las jugadas. El no conocía ninguna.

Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era una rubia de treinta y tantos años, con una bata azul rota. Llevaba un maquillaje morado y los labios pintados a todo pintar. Desprendía un lejano aroma a ginebra.

—Oye, no te importa que ponga la tele, ¿verdad?

—No hay problema, ponla si quieres.

—Es que el último tipo que tenía esta habitación estaba medio chiflado. En cuanto yo ponía la tele empezaba a aporrear las paredes.

—No hay problema. Puedes poner la tele.

Marty cerró la puerta. Sacó el penúltimo cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Toni se le había metido en la sangre y tenía que quitársela de encima. Llamaron otra vez a la puerta. La rubia otra vez. El maquillaje casi hacía juego con las negras ojeras. Era imposible, por supuesto, pero parecía que se hubiera dado otra capa de carmín en los labios.

—¿Sí? —preguntó Marty.

—Oye —dijo ella—. ¿Sabes qué hace la hembra de la mantis religiosa mientras le da al asunto?

—¿Qué asunto?

—Joder.

—¿Qué?

—Le come la cabeza al macho. Mientras le da al asunto, le come la cabeza: En fin, supongo que hay formas peores de morir, ¿no crees?

—Sí —dijo Marty—. El cáncer.

La rubia entró en la habitación y cerró la puerta. Se sentó en la única silla. Marty se sentó en la cama.

—¿Te calentaste cuando dije «joder»? —preguntó ella.

—Sí, un poco.

La rubia se levantó de la silla y se acercó a la cama; puso la cabeza muy cerca de la de Marty. Le miró a los ojos; puso los labios muy cerca de los suyos. Luego dijo: «¡Joder, joder, joder!» Se acercó más, y repitió: «¡JODER!» Entonces se levantó del borde de la cama y regresó a la silla.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Marty.

—Lilly. Lilly LaVell. Hacía estriptis en Butbank.

—Yo soy Marty Evans. Encantado de conocerte, Lilly.

Joder —dijo Lilly muy despacio, entreabriendo los labios y enseñando la lengua.

—Puedes poner la tele cuando quieras —dijo Marty.

—¿Has oído hablar de una araña que se llama la viuda negra? —preguntó ella.

—No.

—Bueno, te lo contaré. Después de darle al asunto, joder, se come vivo al macho.

—Ah —dijo Marty.

—Pero hay formas peores de morir, ¿no crees?

—Claro, la lepra, quizá.

La rubia se levantó y empezó a pasearse por el cuarto.

—La otra noche me emborraché, conduje por la autopista e iba escuchando un concierto de Mozart para trompa y aquella maldita trompa me atravesaba de pies a cabeza. Iba a más de ciento veinte sosteniendo el volante con los codos y escuchando el concierto, ¿me crees?

—Claro que te creo.

Lilly dejó de pasear y miró a Marty.

—¿Y crees que puedo meterme tu chisme en la boca y hacerte cosas que jamás ha experimentado antes ningún ser humano?

—Bueno, no sé qué pensar.

—Pues puedo, vaya si puedo...

—Eres muy simpática, Lilly, pero estoy esperando a mi novia, más o menos para dentro de una hora.

—Bueno, voy a ponerte a punto para ella.

Lilly se le acercó, le bajó la cremallera y le sacó el pene al aire.

—¡Oh, qué cosa más guapa!

Entonces se humedeció el índice de la mano derecha y empezó a frotar el capullo, en un masaje por debajo de la cabeza.

—¡Qué amoratado está!

—Como tu maquillaje...

—¡Oh, se está poniendo muy GRANDE!

Marty se echó a reír. Una cucaracha salió del empapelado a contemplar el espectáculo. Luego salió otra. Movieron las antenas. De pronto la boca de Lilly se cerró sobre el pene. Lo sujetó por el borde del capullo y chupó. Tenía la lengua casi como papel de lija. Parecía conocer los puntos sensibles. Marty la contemplo allí abajo y se excitó muchísimo. Empezó a acariciarle el pelo a gemir dulcemente. De pronto, ella mordió con fuerza Le mordía casi por la mitad. Luego, sin soltar la presa, arrancó con los dientes un trozo de capullo. Marty lanzó un alarido, se tiró a la cama y empezó a dar vueltas sobre sí mismo. La rubia se levanto y escupió. Por la alfombra quedaron esparcidos salivazos y pellejos sanguinolentos. Luego, se dirigió a la puerta, la abrió salió, la cerro.

Marty sacó la funda de la almohada y se sujetó el pene con ella. Le daba miedo mirar. Sentía sus latidos palpitándole por todo el cuerpo, sobre todo allá abajo. La sangre empezó a empapar la funda de la almohada. Sonó el teléfono. Logró levantarse llegar hasta el, contestar. «¿Sí?» «¿Marty?» «¿Sí?» «Soy Toni » «¿Si, Toni...?» «Te noto raro...» «Sí, Toni...» «¿No puedes decir otra cosa? Estoy en casa de Jeff y de Helen. Estaré ahí dentro de una hora.» «Bien.» «Oye, ¿qué demonios te pasa? Creí que me querías.» «Ya no lo sé, Toni...» «Está bien», dijo ella furiosa, y colgó.

Marty logró encontrar una moneda y meterla en el teléfono

—Telefonista, quiero una ambulancia. Localícemela, rápido Creo que me estoy muriendo...

—¿Ha hablado usted con su médico, señor?

—Telefonista, por favor. ¡Llame una ambulancia!

En la habitación contigua la rubia estaba sentada frente al te levisor. Se inclinó hacia adelante y lo encendió. Llegaba justo a tiempo para el programa de Dick Cavett.

MERCANCÍAS ROTAS














Frank entró en la autopista y se sumó al tráfico. Era empleado de la sección de repartos de la American Clock Company. Llevaba ya seis años currando. Nunca antes había pasado seis años seguidos en el mismo puesto, y aquel trabajo de los cojones le estaba matando. Tenía cuarenta y dos años y, con sólo el bachillerato y un diez por ciento de paro, no tenía mucha elección. Era su decimoquinto o decimosexto trabajo, y todos habían sido horrorosos.

Frank estaba cansado, quería llegar a casa y tomarse una cerveza. Metió el Volkswagen en el carril de velocidad máxima. Una vez allí, no se sintió ya tan seguro de tener prisa por llegar a casa. Fran estaría esperándole. La cosa duraba cuatro años.

Sabía lo que le esperaba. Fran se lanzaría en seguida a la pelea. Era inevitable. No podía remediarlo. Fran siempre estaba a la espera de la primera andanada. Dios, ella siempre estaba a punto para empezar el baile. Y luego, la que se armaba...

Frank sabía que era un fracasado. No hacía falta que Fran se lo recordase. Lo lógico es que dos personas que viven juntas se ayuden. Pero no. Ellos le habían cogido el gusto a criticarse. El la criticaba a ella y ella a él. Eran un par de fracasados. Lo único que les quedaba era demostrar cuál de los dos podía ser más sarcástico al respecto. Y además estaba aquel hijo de puta de Meyers. Meyers había vuelto a la sección de repartos diez minutos antes del cierre y se le había plantado delante.

—Frank.

—¿Sí?

—¿Pones las etiquetas de FRÁGIL en todos los envíos?

—Sí.

—¿Haces los paquetes con cuidado?

—Sí.

—Estamos recibiendo muchas quejas de los clientes porque reciben las mercancías rotas.

—Supongo que las roturas ocurrirán durante el transporte...

—¿Estás seguro de empaquetar bien los pedidos?

—Sí.

—¿Crees que sería mejor que probásemos con otra empresa de transportes?

—Todas son iguales.

—Bueno, quiero que se aprecie una mejora. Quiero menos roturas.

—Sí, señor.

En otros tiempos Meyers había controlado la American Clock Company, pero la bebida y un mal matrimonio habían acabado con el. Había tenido que vender la mayor parte de sus acciones y ahora sólo era un ayudante de dirección. Como no podía beber, estaba siempre de mal humor. E intentaba continuamente sacar a Frank de sus casillas. Lo que quería era una excusa para ponerle de patas en la calle.

No había nada peor que un borracho ex alcohólico reconvertido en cristiano, y Meyers era ambas cosas...

Frank iba detrás de un coche viejo por el carril de máxima velocidad. Era un destartalado devorador de gasolina, un sedán y soltaba una sucia estela de humo por el tubo de escape Tenía los parachoques abollados y a punto de desprenderse con la velocidad. La pintura había desaparecido casi por completo de la carrocería. Era casi incoloro, de un gris nebuloso.

Todo esto a Frank le traía sin cuidado. Lo que le molestaba era que el coche iba demasiado despacio, pues mantenía la misma velocidad que el otro coche del carril contiguo. Comprobó el velocímetro. Iban todos a ochenta. ¿Por qué?

Quizá no importase. Fran estaba esperándole. Fran a un extremo y Meyers al otro. El único momento que tenía para él solo, el único rato en que no había nadie pinchándole, era el trayecto del trabajo a cajsa y de casa al trabajo. O cuando dormía. De todos modos, a él no le gustaba ir encajonado en la autopista. Era absurdo. Miró a los tipos del sedán. Los dos hablaban al mismo tiempo y reían. Eran dos jóvenes rockeros, de unos veintitrés o veinticuatro años. Frank se alegró de no tener que escuchar la conversación. Aquellos titis empezaban a irritarle. Luego Frank vio su oportunidad. El coche que iba a la derecha del viejo sedán había acelerado un poco, estaba adelantando. Frank se coló tras el otro coche. Empezaba a saborear la libertad de salir del encajonamiento. Sería una pequeña victoria tras un día horroroso, con una horrible velada vespertina en perspectiva. Lo conseguiría. Pero, en el momento en que se disponía a situarse delante del sedán, el tipo que iba al volante pisó el acelerador, se adelantó, le cortó el paso y se alineó de nuevo con el otro coche. Frank se situó detrás del coche de los rockeros. Seguían hablando y riéndose. Se fijó en la pegatina de atrás. JESÚS TE AMA. Luego se fijó en una calcomanía de la ventanilla trasera, THE WHO. En fin, tenían a Jesús y tenían a The Who. ¿Por qué diablos no le dejaban paso? Frank se acercó más a ellos, se pegó casi a su parachoques trasero. Seguían hablando y riéndose. Seguían conduciendo exactamente a la misma velocidad que el coche a su derecha. Ochenta kilómetros por hora.

Frank miró por el retrovisor: una hilera ininterrumpida de vehículos se perdía de vista a lo lejos.

Pasó su Volkswagen del carril de velocidad máxima al siguiente, luego al más lento. Allí, el tráfico circulaba más de prisa. Adelantó a un coche por la izquierda y al fin se vio con espacio suficiente. Pero en ese momento advirtió que el viejo sedán aceleraba. Los chicos se pusieron a su altura. Frank miró el velocímetro. Noventa y cinco kilómetros hora. Pasó a cien. Los chicos seguían a su izquierda. Pasó a ciento diez. Los chicos no le abandonaban. Ahora tenían prisa. ¿Por qué? Frank pisó el acelerador a fondo. El Volks sólo alcanzaba los ciento veinte. Quemaría el motor o la culata. Los rockeros seguían pegados a él, aunque también debían de estar destrozando su coche. Les miró. Dos jovencitos rubios con perillas ridículas. Ellos también le miraron. Rostros fofos como culos de pavo con agujeritos a modo de bocas. El rockero que no conducía le hizo un corte de manga. Frank señaló primero al del corte de manga, luego al conductor. Luego indicó la salida de la autopista. Los dos asintieron. Frank les condujo hacia la salida de la autopista. Paró en un stop. Ellos esperaron detrás. Giró luego a la derecha y siguió con los golfos detrás. Siguió hasta que vio un supermercado. Entró en el aparcamiento. Había un almacén de carga. Estaba oscuro al fondo. El supermercado estaba cerrado. La zona de carga estaba desierta, con las puertas metálicas echadas. Allí no había más que cemento vacío y pilas de cajas de madera vacías. Frank aparcó en la zona de carga. Salió del coche, lo cerró, subió por la rampa y siguió a lo largo de la plataforma de carga. Los rockeros aparcaron el viejo sedán junto al coche de Frank y salieron. Subieron hacia él por la rampa. Ninguno de los dos pesaba más de cincuenta kilos. Los dos juntos sólo le superaban en unos doce kilos.

Después el tipo que le había hecho el corte de manga dijo:

—Bueno, vamos allá, viejo de mierda.

Se lanzó contra Frank, dando al mismo tiempo un grito, un agudo chillido, las manos abiertas en una posición de karate. Luego se volvió e intentó darle una patada hacia atrás, falló, se volvió y le dio a Frank en la oreja con el filo de la mano. No fue más que una bofetada. Frank lanzó sus noventa y dos kilos en un derechazo que alcanzó al rockero en el estómago y el chaval se desmoronó sobre el cemento sujetándose el vientre.

El otro rockero sacó una navaja automática. La abrió.

—¡Voy a cortarte los huevos! —le dijo.

Frank esperó, mientras el joven avanzaba, cambiando de una mano a otra la navaja con nerviosismo. Frank retrocedió hacia las cajas de madera. El golfo avanzaba, emitiendo sonidos silbantes. Frank esperó, con la espalda apoyada en las cajas. Cuando el rockero se lanzó hacia él, alzó el brazo, agarró una caja de madera y se la lanzó. La caja le dio de lleno en la cara y Frank se abalanzó sobre él, le agarró el brazo de la navaja, haciéndola caer al suelo; Frank le retorció el brazo hacia atrás por la espalda y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas.

—¡No me rompas el brazo, por favor! —gritó el rockero.

Frank le soltó, atizándole una buena patada en el trasero. El chaval cayó de bruces, agarrándose el culo. Frank cogió la navaja, la cerró, se la guardó en el bolsillo y se encaminó sin prisas hacia su coche. Cuando lo ponía en marcha, vio a los dos rockeros de pie, muy juntos, al lado del viejo sedán, observándole. Ya no hablaban ni se reían. Aceleró súbitamente y se lanzó contra ellos. Salieron corriendo. En el último instante, se desvió. Aminoró la velocidad y salió del aparcamiento. Advirtió que le temblaban las manos. Había sido un día infernal. Siguió por el bulevar. El Volks no respondía bien, jadeaba, como si protestase por el mal trato recibido en la autopista. Entonces Frank vio el bar: El caballero afortunado. Tenía aparcamiento delante. Paró, bajó del coche y entró. Se sentó y pidió una Bud.

—¿Dónde está el teléfono?

El camarero se lo dijo. Estaba al fondo, junto al cagadero. Metió la moneda y marcó.

—¿Sí? —contestó Fran.

—Oye, Fran, llegaré un poco tarde. He tenido un lío. Hasta pronto.

—¿Un lío? ¿No te habrán robado?

—No, tuve una pelea.

—¿Una pelea? ¡No me digas! ¡Pero si no podrías pelear ni con una bolsa de basura!

—Fran, me gustaría que no usaras esas expresiones de tres al cuarto.

—¡Pero si es la verdad! ¡No podrías pelearte ni con una bolsa de basura!

Colgó y volvió a la barra. Cogió la botella de Bud y bebió un trago.

—¡Me gustan los hombres que beben directamente del gollete!

Había alguien sentado junto a él. Una mujer. Tendría unos treinta y ocho años y las uñas sucias. Una rubia teñida, con el pelo mal recogido a modo de moño elevado, pendientes de plata y los morros pintarrajeados. Se relamió, despacio. Luego se puso un Virginia Slim entre los labios y lo encendió.

—Me llamo Diana.

—Frank. ¿Qué tomas?

—El ya sabe...

Hizo una seña al camarero, que se acercó con una botella de su whisky favorito en la mano. Frank sacó un billete de diez y lo puso sobre la barra.

—Tienes un rostro fascinante —dijo Diana—. ¿Qué haces?

—Nada.

—Justo la clase de hombre que me encanta.

Alzó el vaso y apretó su pierna contra la de Frank mientras bebía. Frank se puso a rascar con la uña la etiqueta húmeda de la botella de cerveza. Diana acabó el whisky. Frank hizo una seña al camarero.

—Otros dos.

—Bien, ¿y usted?

—Yo lo mismo que ella.

—¿Lo mismo que ella? —repitió el camarero—. ¡Guau!

Todos rieron. Frank encendió un cigarrillo. El camarero se acercó con la botella. De pronto, a pesar de todos los pesares, parecía que iba a ser una noche de puta madre.


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