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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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UN PAR DE GIGOLOS














Ser gigoló es una experiencia muy extraña, sobre todo si no eres profesional.

La casa tenía dos plantas. Comstock vivía con Lynne en la planta de arriba. Yo vivía con Doreen en la planta de abajo. La casa estaba en un sitio muy guapo, al píe de Hollywood Hills. Las dos damas eran ejecutivas, tenían trabajos muy bien pagados. La casa estaba provista de buen vino, buenos alimentos y un perro de culo raído. Había también una sirvienta negra, grande, Retha, que se pasaba casi todo el tiempo en la cocina, abriendo y cerrando la puerta de la nevera.

Cada mes llegaban las revistas adecuadas en la fecha prevista, pero Comstock y yo no las leíamos. Lo único que hacíamos era andar por allí tumbados, luchando contra la resaca, esperando que llegara la noche, cuando las damas nos darían vino y cena, que cargarían a sus respectivas cuentas de gastos.

Comstock decía que Lynne era la importante productora cinematográfica de unos grandes estudios. Comstock llevaba boina, pañuelo de seda, un collar de turquesas, barba, y tenía unos andares sedosos. Yo era un escritor atascado con la segunda novela. Tenía vivienda propia en un edificio de apartamentos destartalado y cochambroso de Hollywood Este. Pero apenas iba por allí.

Mi medio de transporte era un Comet del 62. La señorita de la casa de enfrente se ponía furiosa con mi viejo cacharro. Tenía que aparcarlo delante de su casa, porque era una de las pocas zonas llanas de los alrededores y mi coche no podía arrancar cuesta arriba. A duras penas arrancaba en llano; y yo tenía que darle al pedal y a la puesta en marcha una y otra vez y el humo salía en nubarrones por debajo del coche y el estruendo era incesante y horroroso. La dama empezaba a gritar como si hubiera enloquecido. Era una de las pocas ocasiones en que me avergonzaba de ser pobre. Allí sentado, dándole al pedal y rezando para que el Comet del 62 arrancara, e intentando ignorar los gritos furiosos que daba la mujer desde su casa de puta madre. Yo le daba y le daba al pedal. El coche arrancaba, andaba unos metros y se paraba.

¡Quite ese cacharro asqueroso de delante de mi casa o llamo a la policia!

Luego, empezaba con largos y enloquecidos alaridos. Por último, salía en quimono; era una jovencita rubia, guapa, pero al parecer estaba completamente loca. Se acercaba corriendo a la puerta del coche dando gritos y se le salía un pecho. Se lo metía y se le salía el otro. Luego, asomaba una pierna por el quimono.

—Por favor, señora —le decía yo—, estoy intentándolo.

Por fin, conseguía que el coche se pusiera en marcha y ella se quedaba allí plantada en el centro de la calle con los pechos al aire, gritando:

¡No vuelva a aparcar aquí su coche jamás, jamás, jamás!

En ocasiones como ésta era cuando yo consideraba la posibilidad de buscar trabajo. Sin embargo, Doreen, mi dama, me necesitaba. Tenía problemas con el chico de las bolsas, en el supermercado. Yo la acompañaba, me plantaba a su lado y le daba sensación de seguridad. Ella era incapaz de hacerle frente sola y siempre acababa tirándole un puñado de uvas en la cara o quejándose de él al encargado o escribiendo una carta de seis folios al propietario del super. Yo podía manejar perfectamente al chico de las bolsas. Hasta me resultaba agradable, sobre todo por aquella habilidad suya de abrir una gran bolsa de papel, con un simple y gracioso giro de muñeca.

Mi primera reunión informal con Comstock fue más que interesante. Hasta entonces, sólo habíamos charlado con la copa en la mano, con nuestras damas, por la noche.

Una mañana, estaba yo en la primera planta, en calzoncillos, haraganeando. Doreen se había ido a trabajar. Yo estaba planteándome la posibilidad de vestirme y acercarme a mi casa a recoger la correspondencia. Retha, la sirvienta, estaba acostumbrada a verme en calzoncillos.

—Amigo —decía—, qué piernas tan blancas tienes. Parecen patas de pollo. ¿Es que nunca tomas el sol?

La cocina estaba en la planta de abajo. Supongo que Comstock tenía hambre. Entramos al mismo tiempo. El llevaba una camiseta blanca de manga corta, vieja, con una mancha de vino en la pechera. Serví café y Retha se ofreció a freímos huevos con bacon. Comstock se sentó.

—Y bien —le dije—, ¿hasta cuándo crees tú que podremos seguir engañándolas?

—Por mucho tiempo. Necesito un descanso.

—Creo que yo también aguantaré.

—Vaya par de cabrones que estáis hechos —dijo Retha.

—Que no se vayan a quemar esos huevos —dijo Comstock.

Retha nos sirvió zumo de naranja, tostadas y huevos con bacon. Se sentó y comió con nosotros, leyendo Playgirl.

—Es que acabo de salir de un matrimonio fatal, algo horroroso —dijo Comstock—. Necesito un descanso largo, muy largo.

—Hay mermelada de fresa para las tostadas —dijo Retha—. Probad un poco de mermelada de fresa.

—Háblame de tu matrimonio —le dije a Retha.

—Bueno. Yo me agencié un mangante, un inútil jugador de billar que no sabe hacer nada...

Retha nos explicó todo el asunto, terminó el desayuno, se fue al piso de arriba y empezó a pasar la aspiradora. Entonces, Comstock me contó lo de su matrimonio.

—Antes de casarnos, todo iba bien. Ella me exhibía todos sus triunfos; pero siempre en la manga escondía una carta que no me dejaba ver. Yo diría que era algo más que una carta.

Comstock tomó un sorbo de café.

—Tres días después de la ceremonia, llegué a casa y ella se había comprado unas minifaldas. Nunca había visto yo minifaldas tan cortas. En mi vida. Y entré en casa, y allí estaba ella sentada, acortándolas. «¿Qué estás haciendo?», le pregunté. Y ella dijo: «Estos malditos chismes, son demasiado largos. Me gusta llevarlas sin bragas. Me gusta ver que los hombres me miran el trasero cuando me bajo de los taburetes de los bares y cosas así.»

—¿Te salió con una carta así, de pronto?

—Bueno, la verdad es que podría haberlo imaginado. Un par de días antes de la boda la llevé a conocer a mis padres. Llevaba un severo vestido, y mis padres le dijeron que les encantaba. Ella dijo: «Os gusta el vestido, ¿eh?», y se levantó el vestido y les enseñó las bragas.

—Supongo que te parecería encantador.

—En cierto modo sí. En fin, el hecho es que empezó a andar por ahí con minifalda y sin bragas. Las minifaldas eran tan cortas que si se agachaba un poco podías verle el ojo del culo.

—¿Y a los hombres les gustaba?

—Supongo. Cuando entrábamos en algún sitio, la miraban; y luego me miraban a mí. Se quedaban pensando cómo podría ir alguien con aquello del bracete.

—Bueno, cada quisquí hace lo que le parece. Qué demonios. Un coño y un ojo de culo no son más que eso, lo que son. Tampoco hay que exagerar.

—Sí, se puede pensar así, hasta que le toca la china a uno. Salíamos de un bar, y nada más salir, ella decía: «Oye, ¿viste aquel calvo del rincón? ¡Cómo me miraba el culo cuando me levanté! Apuesto a que se va a casa y se la menea.»

—¿Quieres que te sirva otro café?

—Sí, bueno, y ponle un poco de whisky. Puedes llamarme Roger.

—De acuerdo, Roger.

—Una noche, volví a casa del trabajo y ella se había ido. Había roto todos los cristales de las ventanas y todos los espejos. Había escrito cosas como «¡Roger es una mierda!», «¡Roger es un lameculos!», «¡Roger bebe pis!». Todo escrito por las paredes. Y se había ido. Me dejó una nota. Iba a coger el autocar para largarse a casa de su madre, a Texas. Estaba preocupada. Su madre había estado diez veces en el manicomio. Su madre la necesitaba. Eso decía la nota.

—¿Otro café, Roger?

—Sólo whisky. Bajé a la estación de autobuses y allí estaba ella con la minifalda, enseñando el culo, y dieciocho tipos dando vueltas a su alrededor, todos empalmados. Me senté a su lado y se echó a llorar. «¡Un negro de mierda —me dice— afirma que puedo ganar mil dólares a la semana si hago lo que me diga! ¡Yo no soy una puta, Roger!»

Retha bajó las escaleras, abrió la nevera para buscar tarta de chocolate y helado, entró en el dormitorio, encendió la tele, se tumbó en la cama y se puso a comer. Era una mujer muy corpulenta, pero agradable.

—En fin —dijo Roger—, le dije que la quería y conseguimos que nos devolvieran el dinero del billete. La llevé a casa. A la noche siguiente, viene un amigo mío y va ella y se le acerca por detrás y le atiza en la cabeza con un cucharón de madera. Así, sin avisar ni nada, de repente. Se le acerca por detrás y le atiza. Cuando mi amigo se marchó, me explicó que todo se le pasaría si la dejaba ir a una clase de cerámica los viernes por la noche. Está bien, le digo. Pero nada. Empezó a atacarme a cuchillazos. Sangre por todas partes. Mi sangre. En las paredes, en las alfombras. Era muy rápida, muy ágil. Le interesa el ballet, yoga, hierbas, vitaminas, semillas, frutos secos y toda esa mierda; lleva una Biblia en el bolso, la mitad de las páginas subrayadas en tinta roja. Se acorta un par de centímetros todas las faldas. Y de repente, una noche, estoy dormido y me despierto justo a tiempo. Me despierto y la veo saltar a los pies de la cama, gritando, con un cuchillo en la mano. Me giro y el cuchillo se clava quince centímetros en el colchón. Me levanto, le atizo y la tiro contra la pared. Cae y dice: «¡Cobarde! ¡Asqueroso cobarde, pegarle a una mujer! ¡Eres un cobarde, cobarde!»

—Hombre, quizá no debiste pegarle —dije.

—Sí, claro. El caso es que me fui de casa e inicié los trámites del divorcio. Pero no me libré de ella por eso. Se dedicaba a seguirme. Una vez, estaba yo en la cola en un supermercado y apareció ella y se puso a gritar: «¡Soplapollas asqueroso! ¡Marica!» Otro día, me arrinconó en una lavandería. Yo estaba sacando la ropa de la lavadora y metiéndola en la secadora. Y ella se plantó allí y se puso a mirarme sin decir nada. Dejé la ropa, cogí el coche y me largué. Cuando volví, ella ya no estaba. Miré en la secadora y estaba vacía. Se había llevado mis camisas, mis calzoncillos, pantalones, toallas, sábanas, todo. Empecé a recibir cartas escritas con tinta roja, en las que me contaba sus sueños. Siempre soñaba. No paraba de soñar. Y recortaba fotos de revistas y escribía en ellas. Yo no lograba descifrar lo que escribía. Una noche, estaba en casa sentado y apareció ella en la calle y empezó a tirar piedras a la ventana y a gritar: «¡Roger Comstock es un mariquita!» Debieron de oírla en tres manzanas a la redonda, por lo menos.

—Un rollo muy movido.

—Luego, conocí a Lynne, y me vine a vivir aquí. Me trasladé a primera hora de la mañana. Ella no sabe que estoy aquí. Dejé el trabajo. Y aquí estoy. Creo que sacaré al perro de Lynne a dar una vuelta. A ella le gusta que lo haga. Cuando vuelve del trabajo, le digo: «Oye, Lynne, saqué al perro a dar una vuelta.» Entonces ella sonríe. Le gusta.

—Bien —dije,

—¡Eh, Boner! —gritó Roger—. ¡Ven acá, Boner!

Aquella estúpida criatura de barriga fofa entró con la baba colgando. Salieron los dos juntos.

Aguanté sólo otros tres meses. Doreen conoció a un tipo que sabía tres idiomas y era egiptólogo. Yo volví a mi piso cochambroso de Hollywood Este.

Un día, salía del dentista, casi un año después, y allí estaba Doreen, entrando en el coche. Me acerqué y fuimos a un bar a tomar un café.

—¿Qué tal la novela? —me preguntó.

—Sigue atascada —dije—. Creo que no conseguiré nunca acabar esa hijaputa.

—¿Estás solo ahora? —me preguntó.

—No.

—Yo tampoco.

—Mejor.

—No es ninguna maravilla, pero puede aguantarse.

—¿Roger sigue con Lynne?

—Ella iba a largarle —me explicó Doreen—. Entonces él se emborrachó y se cayó por el balcón. Se quedó paralítico de cintura para abajo. La compañía de seguros le pagó cincuenta mil dólares. Entonces mejoró. Pasó de las muletas al bastón. Ya puede salir a dar un paseo con Boner otra vez. Hace poco, hizo unas fotos maravillosas de Olvera Street. Oye, tengo que irme. La semana que viene me voy a Londres. Vacaciones de trabajo. ¡Todos los gastos pagados! Adiós.

—Adiós.

Doreen se levantó, sonrió, salió, giró hacia el oeste y desapareció. Alcé mi taza de café, tomé un sorbo, la posé. Sobre la mesa estaba la cuenta. Un dólar ochenta y cinco. Tenía dos dólares, justo para la cuenta y la propina. Cómo demonios iba a pagar al dentista era ya otro asunto.

EL GRAN POETA














Fui a verle. Era el gran poeta. El mejor poeta narrativo desde Jeffers; aún no había cumplido los setenta y ya era famoso en todo el mundo. Sus dos libros más conocidos quizá fuesen Mi pena es mejor que la tuya, ¡ja! y El chicle que murió de tristeza. Había enseñado en varias universidades, había ganado todos los premios, incluido el Nobel. Bernard Stachman.

Subí las escaleras de la YMCA. El señor Stachman vivía en la habitación 223. Llamé. «¡PASE, COÑO, PASE!», gritó alguien desde dentro. Abrí la puerta y entré. Bernard Stachman estaba en la cama. Flotaba en el aire un olor a vómito, vino, orines, mierda y alimentos podridos. Sentí náuseas. Corrí al cuarto de baño, vomité; luego salí.

—Señor Stachman —dije—. ¿Por qué no abre una ventana?

—Buena idea. Y nada de «señor Stachman», mierda, me llamo Barney.

Estaba impedido. Tras un gran esfuerzo, logró incorporarse en la cama y aposentarse en la silla que había al lado.

—Ahora, listo para una buena charla —dijo—. Era lo que estaba esperando.

Junto a su codo, en la mesa, había una jarra de un galón de tinto italiano llena de cenizas de cigarrillos y polillas muertas. Aparté la vista, luego miré otra vez. Tenía la jarra en la boca, pero la mayor parte del vino se le derramaba por la camisa y los pantalones. Bernard Stachman posó la jarra.

—Exactamente lo que necesitaba.

—Debía utilizar un vaso —dije—. Es más cómodo.

—Sí, creo que tiene razón.

Miró a su alrededor. Había unos cuantos vasos sucios y me pregunté cuál escogería. Escogió el que le quedaba más cerca. El fondo del vaso estaba cubierto por una sustancia amarillenta, endurecida. Parecían restos de pollo con fideos. Escanció el vino. Luego, alzó el vaso y lo vació.

—Sí, esto es mucho mejor. Veo que ha traído una cámara. Supongo que querrá hacerme fotos.

—Sí —dije.

Me acerqué a la ventana, la abrí y respiré aire fresco. Llevaba días lloviendo y el aire estaba límpido y fresco.

—Oiga —dijo—, hace horas que tengo ganas de mear. Tráigame una botella vacía.

Había varias botellas vacías. Le acerqué una. El pantalón no tenía cremallera, sino botones, y sólo tenía abrochado el de más abajo, porque no le cabía en el cuerpo. Hurgó en la bragueta, se sacó el pajarito y puso el capullo en la boca de la botella. En cuanto empezó a orinar, el pajarito se tensó y empezó a cabecear, esparciendo la orina por todas partes... por la camisa, los pantalones y la cara; increíblemente, el último chorro fue a darle en la oreja izquierda.

—Es una mierda esto de no poder valerse —dijo.

—¿Cómo fue? —pregunté.

—¿Cómo fue el qué?

—El quedarse así, impedido.

—Mi mujer. Me pasó por encima, con el coche.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Dijo que no podía soportarme más.

No dije nada. Tomé un par de fotos.

—Tengo fotos de mi mujer. ¿Quiere ver fotos de mi mujer?

—Sí, claro.

—El álbum de fotos está allá, encima de la nevera.

Me acerqué, lo cogí, me senté. Sólo había fotografías de zapatos de tacón alto y esbeltos tobillos de mujer, piernas cubiertas de medias de nylon, ligueros, pantys y toda clase de piernas. En algunas páginas había pegados anuncios del mercado de carne: Redondo de ternera, 69 centavos la libra. Cerré el álbum.

—Cuando nos divorciamos —dijo—, me los dio.

Bernard buscó bajo la almohada de la cama y sacó un par de zapatos de tacón alto, unos zapatos de largos tacones de aguja. Los había hecho cubrir con una capa de bronce. Los colocó en la mesita de noche. Se sirvió otro trago.

—Duermo con esos zapatos —dijo—. Hago el amor con ellos y luego los lavo.

Tomé algunas fotos más.

—Oiga, ¿quiere una foto? Esta es una buena foto.

Se desabrochó el único botón de la bragueta. No llevaba calzoncillos. Cogió el tacón del zapato y se lo metió por el trasero.

—Así. Saque una así.

Hice la foto.

Le resultaba difícil mantenerse en pie, pero lo logró apoyándose en la mesita.

—¿Sigue escribiendo, Barney?

—Yo escribo siempre, coño.

—¿Y sus admiradoras no le interrumpen en su trabajo?

—Bueno, sí, a veces, las mujeres me encuentran. Pero no se quedan mucho.

—¿Se venden sus libros?

—Hombre, recibo cheques por mis derechos de autor.

—¿Qué aconseja usted a los escritores jóvenes?

—Que beban mucho, que jodan mucho y que fumen muchos cigarrillos.

—¿Y qué aconseja a los escritores de más edad?

—Si siguen aún con vida, no necesitan consejos.

—¿Cuál es el impulso que le mueve a crear un poema?

—¿Y usted, por qué caga?

—¿Qué piensa usted de Reagan y del paro?

—No pienso en Reagan ni en el paro. Todo eso me aburre. Como los viajes espaciales. Y la liga de béisbol.

—¿Cuáles son sus preocupaciones, entonces?

—Las mujeres modernas.

—¿Las mujeres modernas?

—No saben vestir. Llevan unos zapatos espantosos.

—¿Qué piensa usted del movimiento de liberación de la mujer?

—Si ellas están dispuestas a trabajar lavando coches, empujando el arado, cazando a dos tipos que acaben de asaltar una licorería, o limpiando alcantarillas, si están dispuestas a dejar que les rebanen las tetas de un tiro en el ejército, yo estoy dispuesto a quedarme en casa fregando los platos y a aburrirme quitando pelusilla de la alfombra.

—¿Pero no cree usted que tienen cierta razón en sus reivindicaciones?

—Por supuesto.

Stachman se sirvió otro trago. Incluso bebiendo del vaso, parte del vino se le derramaba por la barbilla y le bajaba hasta la camisa. Olía como un hombre que llevara meses sin bañarse.

—Mi esposa —dijo—, aún estoy enamorado de ella. Déme el teléfono, por favor.

Le di el teléfono. Marcó un número.

—¿Claire? ¿Oye, Claire...? —Colgó.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Lo de siempre. Colgó. Oiga, vámonos de aquí, vámonos a un bar. Llevo demasiado tiempo en esta maldita habitación. Necesito salir.

—Pero es que está lloviendo. Hace una semana que está lloviendo. Las calles están inundadas.

—Eso a mí no me importa. Quiero salir. Lo más probable es que en este momento, ella esté jodiendo con un tipo. Probablemente tenga puestos los zapatos de tacón. Yo no le dejaba nunca quitárselos.

Ayudé a Bernard Stachman a enfundarse un viejo abrigo marrón. Le faltaban todos los botones. Estaba tieso de mugre. No era un abrigo de Los Angeles. Era grueso y pesado, debía proceder de Chicago o de Denver, y debía datar de los años treinta.

Luego, cogimos las muletas y bajamos laboriosamente la escalera. Bernard llevaba una botella de moscatel en un bolsillo. Llegamos a la entrada y me aseguró que podía cruzar solo la acera y subir al coche. Mi coche estaba aparcado a cierta distancia del bordillo.

Cuando corría dando la vuelta al coche para entrar por el otro lado, oí un grito y a continuación un chapoteo. Estaba lloviendo, llovía mucho. Di otra vez corriendo la vuelta; Bernard se las había arreglado para caerse y quedar encajado en el suelo entre el coche y el bordillo. El agua le corría por encima. Estaba sentado y el agua le desbordaba, le cubría los pantalones, le daba en los costados; las muletas flotaban torpemente en su regazo.

—No se preocupe —dijo—. Váyase y déjeme.

—Pero, por Dios, Barney.

—En serio. Váyase. Déjeme. Mi mujer no me quiere.

—No es su mujer, Barney. Están divorciados.

—A otro perro con ese hueso.

—Vamos, Barney, le ayudaré a levantarse.

—No, no. No se moleste. Se lo digo en serio. Usted váyase. Emborráchese sin mí.

Le levanté, abrí la portezuela y le coloqué en el asiento delantero. Estaba empapado. El agua le caía a chorros. Luego rodeé el coche y me coloqué al volante, a su lado. Barney destapó la botella de moscatel, bebió un trago y me la pasó. Bebí un trago. Luego, puse el coche en marcha y salí, mirando por el parabrisas, entre la lluvia, buscando un bar en el que pudiéramos entrar y no vomitar en cuanto le echáramos una ojeada al hediondo urinario.


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