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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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PORQUERÍA DE MUNDO














Iba conduciendo por Sunset, ya de noche, cuando me detuve en un semáforo y vi en una parada de autobús a aquella pelirroja teñida, de cara ajada y brutal, empolvada, pintada, que decía: «Esto es lo que nos hace la vida.» Me la imaginé borracha, gritando a un hombre de un extremo a otro de la habitación y me alegré de no ser aquel hombre. Vio que la miraba y me hizo una seña: «Eh, ¿me llevas?» «Bueno», dije; cruzó corriendo dos carriles de tráfico para subir al coche. Seguimos y me enseñó un poco de pierna. No estaba mal. Seguí conduciendo sin decir nada. «Quiero ir a la calle Alvarado», dijo. Me lo había supuesto. Es por donde andan, por la Octava y Alvarado arriba, los bares del otro lado del parque y por las esquinas, hasta donde empieza el cerro. Había andado por aquellos bares bastantes años y conocía el ambiente. La mayoría de las chicas sólo querían un trago y un lugar para pasar el rato. En aquellos bares no tenían demasiada mala pinta. Nos acercábamos ya a Alvarado. «¿Puedes darme cincuenta centavos?», preguntó. Busqué y saqué dos monedas de veinticinco. «Debías dejarme darte un tiento por esto.» Se echó a reír. «Adelante.» Le subí el vestido y le di un pellizco suave justo donde terminaba la media. Estuve a punto de decirle: «¡Qué coño! Compremos unas cervezas y vayamos a mi casa.» Me vi a mí mismo ensartando aquel cuerpo delgado y casi pude oír los muelles. Luego me la imaginé sentada en una silla, soltando tacos y hablando y riendo. Pasé. Se bajó en Alvarado y la vi cruzar la calle caminando, intentando menear el culo, como si lo tuviera. Seguí conduciendo. Debía al Estado 600 dólares del impuesto sobre la renta. Tendría que prescindir de un polvo de vez en cuando. Aparqué junto a la entrada de Chinaman's, entré y pedí un cuenco de won ton de pollo. Al tipo que estaba sentado a mi derecha le faltaba la oreja izquierda. Tenía sólo un agujero en la cabeza, un agujero asqueroso, con mucho pelo alrededor. Ni rastro de la oreja. Miré el agujero y volví al won ton de pollo. Ya no me supo tan bien. Luego, entró otro tipo y se sentó a mi izquierda. Era un vagabundo. Pidió un café. Me miró.

—Qué hay, borracho —dijo.

—Hola —contesté.

—Todo el mundo me llama «borracho», así que pensé que podía llamártelo a ti.

—Muy bien, hombre. Antes lo era, sí.

Revolvió el café.

—Esas burbujitas que quedan en el café. Mira. Mi madre decía que significan dinero. No fue así.

¿Su madre? ¿Había tenido madre alguna vez aquel hombre?

Terminé el cuenco y allí les dejé, al tipo sin oreja y al vagabundo que miraba las burbujitas del café.

Va a ser una noche infernal, pensé. Supongo que no va a suceder mucho más. Me equivocaba.

Decidí cruzar Alameda para comprar unos sellos. Había mucho tráfico y un poli joven dirigiéndolo. Algo pasaba. Un joven que estaba delante de mí no hacía más que gritarle al poli:

—¡Vamos, déjanos cruzar, qué demonio! ¡Ya hemos esperado bastante!

El poli seguía ordenando el tráfico.

—¿Pero qué coño te pasa? —le gritaba el chaval.

Este chaval está chiflado, pensé. Tenía un aspecto agradable, joven, alto, de metro ochenta y siete y unos ochenta kilos. Camiseta de manga corta blanca. La nariz demasiado grande. Quizá se hubiera tomado unas cervezas, pero no estaba borracho. Por fin, el poli tocó el pito e indicó a la gente que cruzara. El chaval se lanzó a la calzada.

—¡Bueno, adelante todos, ya se puede, ya podemos cruzar!

Eso es lo que te crees tú, chaval, pensé. El chaval braceaba.

—¡Adelante todos!

Iba caminando justo detrás de él. Vi la cara del poli. Estaba muy pálido. Vi sus ojos entrecerrados, como ranuras. Era bajo, corpulento, joven. Avanzó hacia el chaval. Santo cielo, ya está. El chaval se dio cuenta de que el poli iba por él.

—¡No me toques! ¡No te atrevas a tocarme!

El poli le agarró por el brazo derecho, le dijo algo, intentó hacerle volver al bordillo. El chaval se soltó y se alejó caminando. El poli corrió detrás de él y le hizo una llave doblándole el brazo en la espalda. El chaval se soltó, luego empezaron a forcejear, dando vueltas. El rumor de los pies resonaba en la calle. La gente se paró a contemplar la pelea a cierta distancia. Yo estaba junto a ellos. Tuve que retroceder varias veces mientras forcejeaban. Tampoco yo tenía ni pizca de sentido común. Por fin, llegaron a la acera. La gorra del poli voló. Entonces me animé un poco. El poli, sin la gorra, casi no parecía un poli, pero, aun así, tenía la porra y la pistola. El chaval se soltó de nuevo y echó a correr. El poli saltó sobre él por detrás, le echó un brazo al cuello e intentó derribarle, pero el chico aguantaba. Y luego, consiguió liberarse. Por último, el poli le acogotó contra una barandilla de hierro de un aparcamiento. Un chaval blanco y un poli blanco. Miré al otro lado de la calle y vi a cinco chavales negros que observaban y se reían. Estaban alineados contra una pared. El poli tenía otra vez la gorra puesta y se llevaba al chaval calle abajo, camino del teléfono.

Entré y saqué los sellos de la máquina. Una noche jodida. Casi esperaba que saliera una serpiente de la máquina. Pero salieron sellos. Alcé la vista y vi a mi amigo Benny.

—¿Viste el lío, Benny?

—Sí; en la comisaría se pondrán los guantes de reglamento y le harán una cara nueva.

—¿Tú crees?

—Seguro. En la ciudad es como en el campo. Les zurran de lo lindo. Acabo de salir de la nueva cárcel del condado. Allí dejan que los polis nuevos hostien a los presos para que adquieran experiencia. Presumen de ello. Cuando estaba yo allí, pasó un poli y dijo: «¡Acabo de darle una tunda a un vagabundo!»

—Ya lo había oído, sí.

—Te dejan hacer una llamada telefónica y el tipo aquél tardaba demasiado con la llamada y ellos le decían que cortase ya. El seguía diciendo: «¡Un momento, un momento!», hasta que al fin un poli se cabreó y colgó el teléfono, y el tío gritó: «¡Tengo mis derechos, no puede hacer eso!»

—¿Qué pasó?

—Unos cuatro polis le agarraron. Le dieron tal somanta de hostias que no tocaba con los pies en el suelo. Le llevaron a la habitación de al lado. Lo oí perfectamente: le zurraron de lo lindo. Nos ponían allí, sabes, agachados, nos miraban el culo, nos miraban los zapatos buscando droga, y trajeron al chaval desnudo y allí lo pusieron agachado, temblando. Tenía todo el cuerpo lleno de moretones. Allí le dejaron, temblando contra la pared. Le dieron una buena somanta.

—Sí —dije—. Una noche iba yo en coche por Union Rescue Mission y vi dos polis en un coche patrulla, que habían cogido a un borracho. Uno de ellos se metió con el borracho en el asiento de atrás; oí que el borracho decía: «¡Asqueroso poli hijo de puta!» Y vi al poli sacar la porra y hundírsela con todas sus fuerzas en el estómago. Fue un golpe terrible; me dieron náuseas. Podría haberle reventado el estómago, o haberle provocado una hemorragia interna.

—Sí; porquería de mundo.

—Tú lo has dicho, Benny. Hasta pronto. Cuídate.

—Por supuesto. Y tú también.

Subí al coche y volví calle arriba por Sunset. Cuando llegué a Alvarado tiré hacia el sur y fui bajando hasta la calle Octava. Aparqué, bajé, busqué una tienda de licores y compré una botella de whisky. Luego, entré en el bar más próximo. Allí estaba ella.

Mi pelirroja de cara brutal. Me acerqué, le di una palmadita a la botella.

—Vamos.

Acabó lo que estaba bebiendo y me siguió.

—Bonita noche —dijo.

—Oh, sí —contesté.

Cuando llegamos a mi casa, se metió en el baño y lavó dos vasos. No hay escapatoria, pensé. Ninguna escapatoria.

Entró en la cocina y se echó sobre mí. Se había pintado los labios. Me besó, pasándome la lengua alrededor de la boca. Le alcé el vestido y le agarré las bragas. Allí nos quedamos, bajo la luz eléctrica, trabados. En fin, el Estado tendría que esperar un poco más para cobrar mi impuesto sobre la renta. Quizás el gobernador Deukmejian lo entendiese. Nos separamos, serví dos whiskies y pasamos a la habitación contigua.

360 KILOS














Eric Knowles despertó en la habitación del motel y miró a su alrededor. Allí estaban Louie y Gloria entrelazados en la otra mitad de la inmensa cama. Eric encontró una botella de cerveza caliente, la abrió, pasó al baño con ella y se la bebió mientras se duchaba. Se sentía muy mal. Había oído comentar a especialistas la teoría de la cerveza caliente. No funcionaba. Salió de la ducha y vomitó en el retrete. Luego volvió a la ducha. Aquél era el problema de ser escritor, ése era el principal problema: tiempo libre, demasiado tiempo libre. Tenías que andar esperando a que se acumulara el material para poder escribir y mientras esperabas, te volvías loco, y como te volvías loco, bebías; y cuanto más bebías, más loco te ponías. La vida del escritor no tenía nada de glorioso; ni la del bebedor. Eric se secó con una toalla, se puso los calzoncillos y salió del cuarto de baño. Louie y Gloria se estaban despertando.

—¡Oh, mierda —dijo Louie—, Dios santo!

Louie también era escritor. A diferencia de Eric, no le llegaba ni para pagar la renta; la renta de Louie la pagaba Gloria. Tres cuartas partes de los escritores que conocía Eric en Los Angeles y Hollywood vivían mantenidos por mujeres; aquellos escritores no tenían tanto talento con la máquina de escribir como con sus mujeres. Se vendían espiritual y físicamente a sus mujeres.

Oyó a Louie vomitar en el baño y, al oírle, empezó él otra vez. Encontró una bolsa de papel vacía y cada vez que Louie vomitaba, Eric vomitaba. Parecían llevar el compás.

Gloria era bastante agradable. Acababa de enrolarse como profesora ayudante en un centro universitario del norte de California. Se estiró en la cama y dijo:

—Desde luego, sois increíbles. Los vomitadores gemelos.

Louie salió del cuarto de baño.

—Eh, ¿te estás riendo de mí?

—Nada de eso, chaval. Lo que pasa es que ha sido una noche de aupa para mí.

—Ha sido una noche de aupa para todos.

—Probaré otra vez la cura de la cerveza caliente —dijo Eric.

Destapó la botella y lo intentó de nuevo.

—Fue increíble, cómo la sometiste —dijo Louie.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, me refiero a cuando ella se fue hacia ti por encima de la mesa, y tú te la tiraste en cámara lenta. No estabais nada excitados. La cogiste por un brazo, luego por el otro, y la hiciste girar. Luego, te pusiste encima de ella y dijiste: «¿Qué coño pasa contigo?»

—Esta cerveza funciona —dijo Eric—. Deberías probar.

Louie destapó la botella y se sentó al borde de la cama. Louie editaba una revistilla, La rebelión de las ratas. Mimeografiada. Como revistilla, no era mejor ni peor que las demás del género. Todas resultaban muy aburridas; el ingenio era superficial e incoherente. Louie iba ya por el número quince o dieciséis.

—La casa era suya —dijo Louie, pensando en la noche anterior—. Así que dijo que era su casa y que nos largáramos todos de allí.

—Ideales y puntos de vista discrepantes. Siempre traen problemas y siempre hay ideales y puntos de vista discrepantes. Además, la casa era suya —dijo Eric.

—Creo que probaré una de esas cervezas —dijo Gloria. Se levantó, se puso el vestido y cogió una cerveza caliente. Una profesora de lo más atractiva, pensó Eric.

Allí estaban sentados los tres, intentando deglutir la cerveza.

¡Si rompes la puerta llamo a la policía! —¿Qué?

Oyeron otro golpe; luego, silencio. Las voces siguieron: —Estoy en libertad vigilada por agresión y lesiones. Mejor será dejar así las cosas.

—Sí, cálmate, seguro que no quieres hacerle daño a nadie. —Pero es que me jodieron el baño.

—Hay cosas más importantes que darse un chapuzón, hombre. —Sí, por ejemplo, comer —dijo Louie a través de la puerta. —¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! —¿Qué quieres? —preguntó Eric.

¡Escuchadme, amigos! ¡Si oigo una palabrita más, sólo una, entro ahí sea como sea!

Eric y Louie guardaron silencio. Oyeron a los dos gordos bajar las escaleras.

—Creo que habríamos podido con ellos —dijo Eric—. Los gordos no valen nada, no se pueden mover.

—Sí —dijo Louie—, creo que podríamos haberles dado una lección. Si hubiéramos querido.

—Estamos sin cerveza —dijo Gloria—. Y yo me tomaría una fresca de muy buena gana. Tengo los nervios deshechos.

—Ya has oído, Louie —dijo Eric—. Tú vas a por las cervezas y yo las pago.

—No —dijo Louie—. Vas tú y las pago yo. —Las pago yo —dijo Eric— y que vaya Gloria. —De acuerdo —dijo Louie.

Eric dio el dinero y las instrucciones a Gloria. Abrieron la puerta y salió. La piscina estaba vacía. Era una linda mañana californiana, rebosante de humo, contaminación, hedor y galbana. —Tú y tu maldita máquina de mimeo —dijo Eric. —Es una buena revista —dijo Louie—. Tanto como la que más.

—Supongo que tienes razón.

Luego, se levantaron y se sentaron; se sentaron y se levantaron, esperando a que volviera Gloria con la cerveza fría.


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