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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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DECADENCIA Y CAÍDA














Era un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y el camarero. Estar en Los Angeles un lunes por la tarde es como no estar en ninguna parte (incluso estar un viernes por la noche es como no estar en ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se llamaba Cari, bebía de algo que tenía debajo de la barra y estaba allí, frente a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida cerveza.

—Tengo que contarte una cosa —dijo Mel.

—Adelante —dijo el camarero.

—Bueno, la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron... Se quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera le mantiene. No me gustan demasiado esos tipos... pero ya sabes cómo es la gente, se cuelgan de ti.

—Sí —dijo el camarero.

—Pues el caso es que me telefoneó... oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a rayos.

—Vale, pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro, empieza a perder cuerpo.

—Bien... me dijeron que habían resuelto el problema de la carne... y yo pensé: «¿Qué problema de la carne?»... Me dijeron que fuese a verles. Yo no tenía nada que hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Yo digo: oye, Al, abre unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está encendido. Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas. Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un pijo que el país esté o no esté podrido, mientras a mí me vaya bien.

—Natural —dijo el camarero, sacando el vaso de debajo de la barra y echando un trago.

—Pues bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe su cerveza. Erica. La enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como a ganado. Que todos los malditos doctores van a lo suyo y nada más. Creen que su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un médico. Una estupidez, ¿no?

—No conozco a Al —dijo el camarero.

—En fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de unas manos, Al me dijo: «Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya alguien mirando mientras lo hacemos. » «Así es —dijo ella—, eso es lo que más me estimula. » Y Al va y dice: «Pero es tan difícil encontrar a alguien que mire. En principio parece muy fácil conseguir alguien que mire, pero es dificilísimo. » Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la habitación. Y Al detrás... «¡Eres una puta, una maldita puta! » dice él. Aquel tipo, llamándole puta a su mujer. «¡So puta! « gritaba. Y la arrincona en un extremo del cuarto y le atiza un par de sopapos, le rasga la blusa. «¡So puta! » grita él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la falda y ella patalea y chilla. E1 la levanta y la besa, luego la lanza sobre el sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde abajo para ver si les miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina a por más cervezas. «Gracias —dice cuando regresa—; ayudaste mucho. »

—¿Y luego qué pasó?- —preguntó el camarero.

—Bueno, por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella sale del baño y se va a la cocina.

A1 empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el mismo rollo.

Luego, Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La comida huele bien: un asado adornado con rodajas de pina. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. «Al —digo—, esto parece una pierna humana de la rodilla para arriba. » «Eso es —dice Al—. Eso es exactamente lo que es. »

—¿Dijo eso? —preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.

—Sí —contestó Mel—, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar. ¿Qué habrías pensado tú.

—Yo habría pensado que estaba bromeando —dijo el camarero.

—Claro. Así que dije: «Estupendo, córtame una buena tajada.» Y eso fue exactamente lo que Al hizo. Había también puré de patata y salsa, puré de maíz, pan caliente y ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: «Ponle a la carne un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va.» En fin, le eché un poco. La carne no estaba mala. «Oye, Al —le dije—, ¿sabes que no está nada mal? ¿Qué es?» «Lo que te dije, Mel —me contesta—, una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo auto-stop en Hollywood Boulevard. Le recogimos, le dimos de comer y estuvo tres o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello, así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y le metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a mí me gusta más la ternera.»

—¿Dijo eso? —preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de debajo de la barra.

—Eso dijo —contestó Mel—. Dame otra cerveza.

El camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:

—En fin, yo seguía pensando que todo era broma, ¿comprendes? Así que dije: «Está bien, déjame ver el congelador.» Y Al va y dice: «Bueno... Ven», y abre la puerta del congelador y allí dentro estaba el torso, pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando... estaba congelada hasta el labio inferior. «Dios mío, Al —le digo—. Eres un criminal..., ¡esto es increíble, esto es repugnante! » «Espabila —me dice—, ellos matan a millones de personas en las guerras y se reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentados viéndolo por la tele. »

Te aseguro, Cari, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada... Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.

En fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego, le dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú largarte de allí, Cari?

—Rápidamente —dijo Cari—. A toda máquina.

—Bueno, pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: «Escucha..., no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre..., libre, ¿entiendes?» «Quítate de delante de la puerta, Al... ¡Déjame salir de aquí! » Va y me agarra por la camisa y empieza a rasgármela... Le aticé en la cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra Vez, y otra, pero era como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la puerta y entonces su mujer llega corriendo, me agarra y empieza a besarme. No sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena de saliva; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré, y Al tenía la polla fuera y estaba mirando. La eché sobre el sofá y empezamos en seguida el asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.

Me levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: "Adiós, que te vaya bien", y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche, alejándome de allí. Y eso fue todo.

—¿Y no fuiste a la policía? —preguntó el camarero.

—Bueno, sabes, Cari, es complicado..., en realidad, fue como si me adoptasen en la familia. Fueron sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.

—Pues, tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.

—Mira, Cari, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecer mala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo del congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado...

El camarero sacó la Luger de debajo de la barra y apuntó a Mel con ella.

—Está bien —dijo—, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.

—Mira, Cari..., tú no tienes por qué decidir en este asunto.

¿Cómo que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos como tus amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!

—¡Escucha, Cari, escúchame! Óyeme lo que te digo...

—¡Está bien, adelante!

—Es un cuento.

—¿Quieres decir que lo que me contaste es mentira?

—Sí, era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a tomarnos un whisky cada uno.

—Lo que me contaste no era mentira.

—Te he dicho que sí.

—No, no era mentira... Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No era una broma, no. Nadie gasta esas bromas.

—Te aseguro que es mentira, Cari.

—No, no puedo creerte.

Cari se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono estaba allí, sobre la barra. Cuando Cari se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Cari soltó la pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a atizarle (ahora detrás de una oreja) y Cari se desplomó. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al Boulevard. El indicador del parquímetro de junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar.

¿HA LEÍDO A PIRANDELLO?














Mi novia me había sugerido que me fuese de su casa, una casa muy grande, bonita y cómoda, con un patio trasero de una manzana de largo, cañerías que goteaban y ranas y grillos y gatos. En fin, salí de allí, tenía que irme, como sale uno de tales situaciones: con honor, valor y esperanza. Puse un anuncio en un periódico underground: «Escritor necesita habitación donde se dé al ruido de una máquina de escribir mejor acogida que a las risas de fondo de "I Love Lucky". Llego a cien dólares mensuales. Intimidad imprescindible.»

Tenía un mes para trasladarme, mientras mi chica estaba en Colorado en su reunión anual con la familia. Me tumbé en la cama a esperar que sonara el teléfono. Por fin sonó. Era un tipo que quería que me encargase de cuidar a sus tres hijos siempre que el «ansia creadora» se apoderara de él o de su esposa. Habitación y manutención gratuitas, yo podría escribir siempre que el ansia creadora no se apoderase de ellos. Le dije que me lo pensaría. Al cabo de dos horas el teléfono volvió a sonar: «¿Sí?», preguntó el tipo. «No», dije. «Sí —dijo él—. ¿Conoce a una mujer embarazada en apuros?» Le dije que intentaría buscarle una y colgué.

Al día siguiente, volvió a sonar el teléfono. «He leído su anuncio. —Era una mujer—. Yo enseño yoga.» «¿Ah sí?» «Sí, ejercicios y meditación.» «¿Ah sí?» «¿Es usted escritor?» «Sí.» «¿Sobre qué escribe?» «Oh, Dios mío, no sé. Aunque suene muy mal; sobre la vida..., supongo.» «Eso no suena mal. ¿Incluye esto sexo?» «¿No lo incluye la vida?» «A veces sí. A veces no.» «Ya.» «¿Cómo se llama usted?» «Henry Chinaski.» «¿Ha publicado algo?» «Sí.» «Bueno, tengo una habitación grande que puedo dejarle por cien dólares. Con entrada independiente.» «Parece interesante.» «¿Ha leído usted a Pirandello?» «Sí.» «¿Ha leído a Swinburne?» «Todo el mundo lo ha leído.» «¿Y a Hermán Hesse?» «Sí, pero no soy homosexual.» «¿Odia usted a los homosexuales?» «No, pero no les amo.» «¿Y los negros qué?» «¿Y los negros qué?» «¿Qué piensa usted de ellos?» «Están muy bien.» «¿Tiene usted prejuicios?» «Todo el mundo los tiene.» «¿Qué idea se hace de Dios?» «Pelo blanco, barba rizada, sin pene.» «¿Qué piensa usted del amor?» «No pienso.» «Es usted un listillo. Mire, le daré mi dirección. Venga a verme.»

Apunté la dirección y estuve descansando un par de días más, viendo los seriales por la mañana y los telefilmes de espías y los combates de boxeo por la noche. Volvió a sonar el teléfono. Era la dama.

«No vino usted.» «Es que he estado liado.» «¿Está usted enamorado?» «Sí, estoy escribiendo mi nueva novela.» «¿Mucho sexo?» «A veces.» «¿Es usted un buen amante?» «Casi todos los hombres creen serlo. Yo probablemente sea bueno, pero no excepcional.» «¿Le gusta comer coñitos?» «Sí.» «Está bien.» «¿Está aún disponible su habitación?» «Sí, la habitación grande. ¿Les hace realmente eso a las mujeres?» «Sí, demonios. Pero hoy en día todo el mundo lo hace. Estamos en 1982 y tengo 62 años. Puede usted conseguir un hombre treinta años más joven que se lo haga igual. Y puede que mejor.» «No lo crea.»

Fui hasta la nevera, cogí una cerveza y un cigarrillo. Cuando volví a coger el teléfono, ella seguía allí.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

Me dijo un nombre fantástico, que olvidé en seguida.

—He estado leyendo cosas suyas —dijo—. Es usted un escritor con fuerza. Tiene usted mucha mierda dentro. Pero ha descubierto el medio de estimular las emociones de la gente.

—Tiene usted razón. No soy grande, pero soy diferente.

—¿Cómo les hace eso a las mujeres?

—Bueno, un momento...

—No, dígamelo.

—Bueno, es un arte.

—Sí que lo es, sí. ¿Cómo empieza usted?

—Un roce leve.

—Por supuesto, claro. Pero luego, después de empezar...

—Sí, bueno, hay técnicas...

—¿Qué técnicas?

—El primer toque, normalmente, adormece la sensibilidad en la zona, de modo que no puedes repetirlo con la misma eficacia.

—¿Qué diablos quiere decir?

—Usted lo sabe bien.

—Está usted poniéndome caliente.

—Es una observación clínica.

—Es una observación sexual. Está usted poniéndome caliente.

—No sé qué más decir.

—¿Qué es lo que ha de hacer un hombre después?

—Hay que dejar que sea el placer el que guíe la exploración. Siempre es distinto.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que a veces es un poco grosero, a veces tierno, según lo que sienta.

—Siga, siga.

—Bueno, todo acaba en el clítoris.

—Diga otra vez esa palabra.

—¿Qué?

—Clitoris.

—Clitoris. Clitoris. Clitoris...

—¿Lo chupa usted? ¿Lo mordisquea?

—Por supuesto.

—Está usted poniéndome caliente.

—Perdone.

—Puede usted contar con ese cuarto. ¿Le gusta la intimidad?

—Ya se lo dije.

—Hábleme de mi clítoris.

—Todos los clítoris son diferentes.

—No hay intimidad aquí, de momento. Están construyendo un muro de contención. Pero habrán acabado en un par de días. Le gustará esto.

Anoté la dirección otra vez, colgué y me fui a la cama. Sonó el teléfono. Me levanté, lo descolgué y me volví a la cama con él.

—¿Qué quiere decir con lo de que todos los clítoris son diferentes?

—Quiero decir que son diferentes en tamaño y en su reacción a los estímulos.

—¿Se ha encontrado con alguno que no haya podido estimular?

—Aún no.

—Escuche, ¿por qué no viene a verme ahora mismo?

—Verá, mi coche es un trasto viejo. No podría subir por el cañón.

—Coja la autopista y pare en el aparcamiento que hay en el desvío de Hidden Hills. Nos encontraremos allí.

—Vale.

Colgué, me vestí y cogí el coche. Fui por la autopista hasta el desvío de Hidden Hills, busqué el aparcamiento y me quedé sentado en el coche esperando. Al cabo de diez minutos, llegó una señora gorda vestida de verde. Llevaba un cadillac blanco del 82. Tenía todos los dientes delanteros con fundas.

—¿Es usted el del teléfono? —preguntó.

—Yo soy.

—Dios santo. No parece usted tan ardiente.

—Usted tampoco parece tan ardiente.

—Bueno, vamos.

Salí de mi coche y subí al suyo. Su vestido era muy corto. Sobre el gordo muslo más próximo a mí tenía un pequeño tatuaje que parecía un recadero de pie sobre un perro.

—No le pago nada, eh —dijo ella.

—De acuerdo.

—No parece usted escritor.

—Favor que me hace.

—En realidad, no parece usted un tipo que pueda hacer nada...

—Hay muchas cosas que no puedo hacer.

—Pero, desde luego, sabe hablar por teléfono. Yo estaba masturbándome. ¿Estaba usted masturbándose?

—No.

Seguimos en silencio. Me quedaban dos cigarrillos y los fumé los dos. Luego, encendí la radio y escuché música. Su casa tenía una entrada de coches larga y en curva, y las puertas del garaje se abrieron automáticamente cuando nos acercamos. Ella se desabrochó el cinturón del asiento y luego, de pronto, me rodeó con sus brazos. La boca de aquella mujer parecía una botella de tinta china roja abierta. Brotó la lengua. Nos recostamos en el asiento trabados así. Luego, el asunto terminó y salimos del coche.

—Vamos —dijo ella.

La seguí por un sendero bordeado de rosales.

—No voy a pagarle nada —dijo ella—. Ni un céntimo.

—No se preocupe —dije yo.

Sacó la llave del bolso, abrió la puerta y la seguí al interior de la casa.


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