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Título de la edición original: Hot Water Music Black Sparrow Press Santa Bárbara, 1983

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UNA MADRE














La madre de Eddie tenía los dientes saltones; yo también. Y recuerdo una vez que subíamos juntos la cuesta hacia la tienda y ella dijo: «Henry, los dos necesitamos una ortodoncia. ¡Tenemos una dentadura horrible!» Yo subía la cuesta con ella, orgullosísimo. Ella llevaba un vestido amarillo muy ceñido, de flores, y tacones altos y se movía la mar de ondulante, y los tacones hacían die, die, die en la acera y yo pensaba: voy con la madre de Eddie y ella va conmigo y subimos juntos la cuesta. No hubo más que eso; yo entré en la tienda a comprar una barra de pan para mis padres y ella compró sus cosas. No hubo más, eso fue todo.

Me gustaba ir a casa de Eddie. Su madre estaba siempre allí sentada en una butaca con un vaso en la mano, las piernas cruzadas, muy levantadas, podía verle dónde terminaban las medias y empezaba la piel desnuda. Me gustaba la madre de Eddie, era una auténtica señora. Cuando yo entraba, me decía: «¡Hola, Henry!», y sonreía y no se bajaba la falda. El padre de Eddie también me decía hola. Era un tipo grande y estaba allí sentado, también con un vaso en la mano. No era fácil encontrar trabajo en 1933; y, además, el padre de Eddie no podía trabajar. Había sido aviador en la Primera Guerra Mundial y le habían derribado. Tenía alambres en los brazos en vez de huesos, así que se pasaba la vida allí sentado, bebiendo con la madre de Eddie. Siempre estaba oscuro allí, en la sala donde se pasaban el día bebiendo. Pero la madre de Eddie se reía en todo momento.

Eddie y yo hacíamos aviones, los hacíamos con tablillas de madera barata. No volaban, los movíamos por el aire con las manos. Eddie tenía un Spad y yo tenía un Fokker. Habíamos visto Angeles del infierno, de Jean Harlow. A mí, Jean Harlow me parecía mucho menos sexy que la madre de Eddie. Por supuesto, no le hablaba a Eddie de su madre. Luego me di cuenta de que Eugene empezaba a rondarnos. Eugene era otro chaval que tenía un Spad, pero yo podía hablar con él de la madre de Eddie. Cuando teníamos oportunidad, hacíamos combates muy buenos, dos Spad contra un Fokker. Yo lo hacía lo mejor que podía, pero normalmente me derribaban. Siempre que me veía en un apuro, hacía una Immelman. Leíamos las antiguas revistas de aviación, la mejor era flying Aces. Yo escribí incluso algunas cartas al director, y él me contestó. La vuelta Immelman, me escribió, era casi imposible. Se sometía a las alas a una presión demasiado grande. Pero yo a veces tenía que utilizarla, sobre todo cuando me ametrallaban por la cola. Normalmente se me rompían las alas y tenía que saltar en paracaídas.

Cuando Eddie no estaba, hablábamos de su madre.

—¡Dios, qué piernas!

—Y no le importa enseñarlas.

—Cuidado, que viene Eddie.

Eddie no tenía ni idea de que hablábamos en ese plan de su madre. A mí me daba un poco de vergüenza, pero no podía evitarlo. Desde luego, no quería que él pensase en mi madre de la misma manera. Claro que mi madre no era así. Ninguna otra madre era así. Quizá tuviesen algo que ver con el asunto aquellos dientes saltones. Quiero decir que mirabas y veías aquellos dientes de conejo que estaban un poco amarillos y luego bajabas la vista y veías aquellas piernas cruzadas muy alto, con un pie balanceándose. Sí, yo también tenía los dientes saltones.

En fin, el caso es que Eugene y yo seguíamos yendo por allí y haciendo combates, y yo hacía mis Immelmans y se me rompían las alas. Pero teníamos otro juego y Eddie también jugaba.

Hacíamos vuelos acrobáticos y carreras. Salíamos y corríamos grandes riesgos, pero lo cierto es que siempre volvíamos sanos y salvos. Y, con frecuencia, aterrizábamos en el jardín de casa. Todos teníamos una casa y teníamos una mujer, y nuestras mujeres estaban esperándonos. Explicábamos cómo iban vestidas nuestras mujeres. No llevaban mucha ropa encima. La de Eugene era la que menos llevaba. En realidad, llevaba un vestido con un gran agujero en la parte delantera. Y salía así vestida a esperar a Eugene a la puerta. Mi mujer no era tan atrevida, pero tampoco llevaba mucha ropa. Todos hacíamos el amor continuamente. Hacíamos el amor a nuestras mujeres sin parar. Nunca tenían bastante. Mientras nosotros estábamos fuera haciendo acrobacias y carreras y arriesgando la vida, ellas se quedaban en casa esperándonos y esperándonos. Y nos amaban sólo a nosotros, no querían a ningún otro. A veces, procurábamos olvidarnos de ellas y volver a los combates. Y así pasábamos casi todas las tardes. El padre y la madre de Eddie estaban allí dentro bebiendo, y de vez en cuando oíamos la risa de la madre de Eddie.

Un día, Eugene y yo fuimos a casa de Eddie y le llamamos, pero no salía.

—¡Eh, Eddie, qué pasa, hombre, sal!

Eddie no salía.

—Ahí dentro pasa algo —dijo Eugene—. Yo sé que ahí dentro pasa algo malo.

—A lo mejor han asesinado a alguien.

—Lo mejor sería que entrásemos.

—¿Crees que deberíamos?

—Sería lo mejor.

La puerta de rejilla se abrió y entramos. Estaba oscuro, como siempre. De pronto, oímos una sola palabra:

¡Mierda!

La madre de Eddie estaba tumbada en la cama del dormitorio. Estaba borracha. Tenía las piernas alzadas y el vestido subido. Eugene me cogió del brazo.

—¡Dios mío, mira eso!

Era magnífico, Dios santo, sí, era magnífico; pero yo sentía demasiado miedo para apreciarlo. ¿Y si llegaba alguien y nos encontraba allí mirando? Tenía el vestido subido y estaba borracha, con aquellos muslos al aire, y casi podías verle las bragas.

—¡Eugene, oye, vámonos de aquí!

—No, vamos a mirar. Yo quiero verla. ¡Mira todo lo que enseña!

Recordé una vez que hice auto-stop y me recogió una mujer. Llevaba la falda subida hasta la cintura. Bueno, casi hasta la cintura. Yo aparté la vista, volví a mirar, y me dio miedo. Ella me hablaba como si nada mientras yo miraba por el parabrisas y contestaba a sus preguntas. «¿Adonde vas?» «Bonito día, ¿eh?» Pero yo estaba muy asustado. No sabía qué hacer, pero temía que si hacía algo habría problemas. Que se pondría a gritar, o llamaría a la policía. Así que, de vez en cuando, miraba de reojo y luego apartaba la vista. Por fin me dejó bajarme.

También la madre de Eddie me daba miedo.

—Oye, Eugene, me largo.

—Está borracha; ni siquiera se da cuenta de que estamos aquí.

—El muy hijo de puta se largó —dijo ella desde la cama—. Se largó y se llevó al chaval, a mi hijo...

—Está hablando —dije.

—Está como una cuba —dijo Eugene—. No se da cuenta de nada.

Avanzó hacia la cama.

—Ahora vas a ver.

Le cogió la falda y se la subió aún más. Se la subió para que yo pudiera verle las bragas. Eran de color rosa.

—¡Eugene, yo me voy!

—¡Gallina!

Eugene se quedó allí mirándole los muslos y las bragas. Se quedó allí mucho rato. Luego, sacó el pene. Yo oía sollozar a la madre de Eddie. Se movió en la cama. Sólo un poco. Eugene se acercó más. Luego, le rozó el muslo con la punta del pene. Ella sollozó otra vez. Entonces, Eugene se corrió. Le echó el esperma por todo el muslo y parecía tener mucho. Vi los chorretones bajándole pierna abajo. La madre de Eddie dijo entonces: «¡Mierda!» Y se incorporó de repente en la cama. Eugene salió corriendo delante de mí hacia la puerta. Yo me volví y también salí corriendo. Eugene tropezó con la nevera en la cocina, rebotó y salió de, un salto por la puerta. Yo la seguí y seguimos corriendo calle abajo. No paramos hasta mi casa. Seguimos corriendo por la entrada de coches y entramos en el garaje corriendo y cerramos las puertas.

—¿Crees qué nos vio? —pregunté.

—No sé. Me corrí encima de las bragas rosa.

—Estás loco. ¿Por qué lo hiciste?

—Porque me puse muy caliente. No pude evitarlo. No podía dominarme.

—Iremos a la cárcel.

—Tú no hiciste nada. Fui yo quien le roció la pierna.

—Yo estaba mirando.

—Oye, mira —dijo Eugene—, creo que lo mejor es que me vaya a casa.

—Está bien, vamos.

Le vi tomar el sendero de coches y luego cruzar la calle hacia su casa. Salí del garaje. Entré por la puerta de atrás y me fui a mi cuarto. Me quedé allí sentado esperando. No había nadie en casa. Fui al cuarto de baño y me encerré y pensé en la madre de Eddie, allí, tumbada en la cama. Sólo que me imaginaba que le quitaba aquellas bragas color rosa y se la metía. Y que a ella le gustaba...

Esperé el resto de la tarde y esperé durante la cena a que pasara algo, pero nada pasó. Después de cenar, me fui a mi cuarto, me senté y esperé. Luego, llegó la hora de acostarse y me metí en la cama y esperé. Oí roncar a mi padre en la otra habitación y seguí esperando. Al final, me dormí.

Al día siguiente, era sábado y vi a Eugene en el jardín de su casa con una escopeta de perdigones. Tenía delante de casa dos palmeras grandes y estaba disparando a los gorriones que anidaban en ellas. Ya había conseguido darle a dos. Tenían tres gatos, y cada vez que caía a la yerba uno de los gorriones, aleteando, uno de los gatos se lanzaba sobre él y se lo llevaba.

—No ha pasado nada —le dije a Eugene.

—Si no ha pasado nada todavía, ya no pasará —dijo él—. Debía de haberle pegado un polvo. Ahora siento no haberlo hecho.

Le dio a otro gorrión, que cayó, y un gato gris muy gordo de ojos amarilloverdosos lo cogió y se lo llevó tras el seto. Yo volví a mi casa, cruzando la calle. Mi padre aguardaba en el porche de entrada. Parecía furioso.

—¡Oye, quiero verte trabajar segando el césped! ¡Ahora mismo!

Fui al garaje y saqué la segadora. Primero segué el sendero de coches y luego salí al pradillo de entrada. La segadora estaba rígida y vieja y costaba mucho trabajo segar con ella. Mi viejo estaba allí, mirándome furioso, observándome, mientras yo arrastraba la segadora entre la yerba enmarañada.

ESA PENA DE ESCORIA














El poeta Víctor Valoff no era un gran poeta. Tenía reputación local, les gustaba a las señoras y su mujer le mantenía. Siempre estaba dando lecturas en las librerías locales y a menudo se le oía en la radio estatal. Leía con voz sonora y espectacular, pero el tono nunca variaba. Víctor siempre estaba en trance. Supongo que era eso lo que atraía a las damas. Algunos de sus versos, por separado, parecían tener alma, pero si los considerabas todos como un conjunto, te dabas cuenta de que Víctor nunca decía nada, aunque lo dijera a gritos.

Pero Vicki, como la mayoría de las señoras, se dejaba deslumbrar fácilmente por los cretinos e insistió en ir a una lectura de Valoff. Era un viernes por la noche y hacía bastante calor en la librería feminista-lesbiana-revolucionaria. No cobraban entrada. Valoff leía gratis. Y además habría una exposición de ilustraciones suyas después de la lectura. Sus ilustraciones eran muy modernas. Un toque o dos, normalmente en rojo, y un pequeño epigrama en un color que hiciese contraste. Las muestras de su sabiduría eran de este calibre: Me afecta mucho el cielo verde, lloro azul, azur, azul, azur, azul...

Valoff era inteligente. Sabía que azul podía nombrarse de dos modos.

Había por allí fotos de Tim Leary. Carteles de PROCESEMOS A REAGAN. A mí me dejaban indiferente los carteles de PROCESEMOS A REAGAN. Valoff se levantó y caminó hasta el podium, con media botella de cerveza en la mano.

—Mira —dijo Vicki—, mira qué cara. ¡Cómo tiene que haber sufrido!

—Sí —dije—, y ahora me toca a mí sufrir.

Valoff tenía un rostro bastante interesante..., comparado con la mayoría de los poetas. Pero, comparado con la mayoría de los poetas, casi todo el mundo lo tiene.

Victor Valoff comenzó:


«Al este del Suez de mi corazón

comienza un zumbar zumbar zumbar

silencio sombrío, sombra silenciosa

y de pronto llega el verano

viene directamente como un

defensa driblando hasta llegar a la meta

de mi corazón.»


Víctor gritó el último verso y, mientras lo hacía, alguien cerca de mí dijo: «¡Maravilloso!» Era una poetisa feminista local que se había cansado de los negros y se tiraba a un doberman en su dormitorio. Era pelirroja, con trenzas, ojos apagados, y tocaba la mandolina mientras leía su obra. Casi toda su obra se refería a algo relacionado con la huella de un bebé muerto en la arena. Estaba casada con un médico que no se dejaba ver (al menos tenía el buen sentido de no asistir a lecturas de poesía). Este doctor le pasaba una cantidad generosa para subvencionar su poesía y alimentar al doberman.

Valoff continuó:


«Dique y duque y día derivado

fermentan tras mi frente

del modo más implacable

oh sí, del modo más implacable.

Avanzo dando tumbos a través de la luz y las tinieblas...»


—En eso le doy la razón, mira —le dije a Vicki. —Cállate, por favor —contestó.

«Con un millar de pistolas y un millar de esperanzas irrumpo en el porche de mi mente para asesinar a un millar de papas.»

Busqué mi mediana de cerveza, la destapé y bebí un buen trago.

—Oye —dijo Vicki—, siempre te emborrachas durante las lecturas. ¿Es que no puedes dominarte, hombre?

—Me emborracho con mis propias lecturas —dije—. Tampoco puedo soportar mi obra.

Caridad engomada —continuaba Valoff—, eso es lo que somos, caridad engomada engomada engomada engomada caridad...

—Ahora dirá algo de un cuervo —dije.

Engomada caridad —continuó Valoff— y el cuervo para siempre...

Se me escapó la risa. Valoff la reconoció. Me miró.

—Señoras y señores —dijo—, esta noche tenemos entre nosotros al poeta Henry Chinaski.

Se oyeron bisbiseos. Me conocían. «¡Cerdo sexista!» «¡Borracho!» «¡Hijo de puta!»

Eché otro trago.

—Continúa, por favor, Victor —dije.

Continuó.


«... condicionada bajo la joroba del valor

el sintético rectángulo inminente y trivial

no es más que un gene en Genova

un cuadrúpleto Quetzalcoatl

y la china llora llora agridulce y bárbara

en su manguito.»


—Es maravilloso —dijo Vicki—, pero ¿de qué está hablando?

—Habla de amorrarse al pilón.

—Ya me parecía a mí. Es un hombre maravilloso.

—Espero que se amorre al pilón mejor que escribe.


«Pena, Dios santo, pena mía,

esa pena de escoria,

barras y estrellas de pena,

cataratas de pena,

mareas de pena,

pena a destajo

por todas partes...»


—«Esa pena de escoria» —dije—. Me gusta eso. —¿Ha dejado ya de hablar de amorrarse al pilón? —Sí, ahora dice que no se encuentra bien.


«... una docena de panadería, primo de un primo

admite la estrectomicina

y, propicio, devora mi

gonfalón.

Sueño el plasma de carnaval

a través de frenético cuero...»


—¿Y qué dice ahora? —preguntó Vicki.

—Dice que ya está en condiciones de volver a amorrarse al pilón.

—¿Otra vez?

Victor leyó algo más y bebió algo más. Luego, pidió un descanso de diez minutos y el público se levantó y se amontonó alrededor del podium. Vicki se acercó también. Hacía calor allí dentro y salí a la calle a tomar el fresco. Había un bar a media manzana. Pedí una cerveza. No había demasiada gente. En la tele, daban un partido de baloncesto. Estuve viéndolo. Me daba igual quien ganase, claro. Mi único pensamiento era, Dios santo, cómo corrían aquellos tipos de un lado a otro, de un lado a otro. Deben de tener los suspensorios empapados de sudor. Y el ojo del culo debe de olerles a rayos. Tomé otra cerveza y volví a la guarida de la poesía. Valoff había empezado otra vez. Se le oía desde la calle, a media manzana de distancia.


«Choke, Columbia, y los caballos muertos de

mi alma

me saludan a las puertas

me saludan durmiendo, historiadores

ven este tiernísimo pasado

que salta con

sueños de geisha, traspasado del todo de

impertinencia.»


Encontré libre mi asiento junto a Vicki.

—¿Qué dice ahora? —me preguntó.

—No dice gran cosa, en realidad. Lo que dice en esencia es que no puede dormir por las noches. Debería buscarse un trabajo.

—¿Dice que debería buscarse un trabajo?

—No, eso lo digo yo.


«... el lemming y la estrella fugaz son

hermanos, la disputa del lago

es El Dorado de mi

corazón. Ven toma mi cabeza, ven toma mis

ojos, zúrrame con consuelda...»

—¿Y ahora qué dice?

—Dice que necesita una mujer gorda y grande que le dé marcha.

—No seas ganso. ¿De verdad dice eso? —Los dos lo decimos.


«... podría devorar el vacío,

podría disparar cartuchos de amor en la oscuridad

podría mendigar toda una India por tu regresivo estiércol...»

En fin, Victor siguió y siguió y siguió. Una persona cuerda se levantó y se fue. Los demás nos quedamos.


«... digo, arrastra los dioses muertos a través del

garranchuelo.

Digo la palma es lucrativa,

digo, mira mira mira

a nuestro alrededor:

todo amor es nuestro

toda vida es nuestra

el sol es nuestro perro al extremo de una correa

nada hay que pueda derrotarnos

a la mierda el salmón

no tenemos más que estirar la mano

no tenemos más que arrastrarnos y salir de

sepulcros evidentes,

la tierra, el barro,

la esperanza en tartán de acechantes injertos a nuestros propios

sentidos. Nada tenemos que tomar y nada que

dar, no tenemos más que

empezar, empezar, empezar...»


—Muchísimas gracias —dijo Victor Valoff—, por haber venido.

El aplauso fue muy ruidoso. Siempre aplaudían. Victor estaba esplendoroso en su gloria. Alzó la misma botella de cerveza. Logró incluso ruborizarse. Luego, sonrió, una sonrisa muy humana. A las damas les encantó. Bebí un último trago de mi botella de whisky.

Todos le rodearon. Les daba autógrafos y contestaba sus preguntas. A continuación, sería la exposición de sus obras de arte. Conseguí sacar a Vicki de allí y subimos la calle hacia el coche.

—Lee con gran vigor —dijo ella.

—Sí, tiene buena voz.

—¿Qué te parece su obra?

—Muy fina.

—Creo que le tienes envidia.

—Entremos aquí a beber algo —dije—. Retransmiten un partido de baloncesto.

—Bueno —dijo ella.

Tuvimos suerte. El partido no había terminado. Nos sentamos.

—Caramba —dijo Vicki—, ¡mira qué piernas tan largas tienen esos tipos!

—Bueno, ahora te escucho —dije—. ¿Qué vas a tomar?

—Whisky con soda.

Pedí dos whiskies con soda y vimos el partido. Aquellos tipos corriendo de un lado a otro, sin parar. Maravilloso. Parecían muy emocionados por algo; no había mucha gente en el local. Fue lo mejor de la noche.


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