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2. Marco Teórico

    1. 2.1 Debate Estado / Mercado

El origen del Estado y del Mercado, así como sus relaciones mutuas a lo largo de la historia, conforman un tema que suscita intensos debates académicos. No es objeto del presente trabajo contribuir a despejar la controversia académica. Simplemente se trata de brindar el marco teórico que, expresando la lógica propia de estos dos verdaderos paradigmas de organización y distribución de los recursos del conjunto social, contribuya a comprender el problema y la posición que plantea la tesis.

      1. 2.1.1 Los dos paradigmas


En una visión amplia, interpretando el Estado como corporización de la actividad política y el Mercado como corporización de la actividad económica, puede afirmarse que ambos han coexistido desde los albores de la humanidad, sin poder establecerse claramente quién de ellos ha precedido al otro. El Estado, como porción de territorio cuyos habitantes se rigen por leyes propias, y el Mercado, como lugar donde se negocian las transacciones de bienes y servicios, han tenido desde sus orígenes, vidas paralelas con múltiples interacciones y cíclicas influencias mutuas.


Progresivamente, aunque de forma clara a partir de la Europa moderna que surgiera a mediados del siglo XVIII con la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, Estado y Mercado han llegado a convertirse en nuestros días en dos claros paradigmas de cómo se organizan las actividades humanas y cómo se distribuyen los productos y recursos de una sociedad.


El Estado opera esta organización y distribución de actividades, bienes y servicios, a través de los presupuestos públicos que ejecutan los gobiernos sobre la base de objetivos políticos fijados para el conjunto social, mientras que el Mercado lo hace a través de los precios que pactan los compradores y vendedores sobre la base de los objetivos individuales de quienes compran y venden buscando satisfacer sus propios intereses.


Este planteo, evidentemente poco original, que diera origen a la disciplina denominada Economía Política, se remonta por lo menos a la distinción crítica de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770/1831) entre Estado y Sociedad Civil (1). Estado que en el idealismo de Hegel no era un mero protector de la libertad y los intereses de cada individuo, sino una estructura en la cual, a través de su conductor (Monarquía Constitucional en el caso del Estado Prusiano del tiempo de Hegel) debía expresarse el espíritu del pueblo. Esto es, la concepción del Estado como la más alta expresión del bien general o “Ética Social”.

En palabras de Hegel: “El Estado es la realidad efectiva de la idea ética …” (1: pág. 227); “El fin del Estado es el interés general …” (1, pág. 240).


A partir de Hegel, diversos autores han intervenido en la arena de la economía política estableciendo diversas posiciones acerca de las relaciones entre el Estado y el Mercado. Sin embargo, es necesario advertir que en verdad lo que subyace en la distinción y colisión entre los paradigmas de Estado y Mercado es un debate mucho más profundo y por cierto más antiguo: la controversia histórica entre dos valores, dos principios éticos hace siglos considerados esenciales y aparentemente contrapuestos, o por lo menos muy difícil de articular: la libertad de cada individuo y la equidad para el conjunto social.


Es posible observar además, que aún en cada hombre, convive la tensión entre dos impulsos: uno determinado por las fuerzas que lo empujan a diferenciarse como individuo, luchando, compitiendo permanentemente, ya sea en un deporte, en su trabajo o en política, y otro, conformado por el sentido de pertenencia a un grupo más grande (la tribu, el pueblo, la Nación), el anhelo de fusión con el colectivo junto al anhelo íntimo de igualdad y solidaridad.


Como si el hombre estuviera constituido por dos partes desarticuladas:

La primera, más en consonancia con el mundo exterior, que lo impulsa a luchar y competir agresivamente por la diferenciación y la supremacía, y la segunda, que surge de su mundo interior, del reino de las ideas y del espíritu, que le impone los valores de solidaridad y equidad. Contradicción que el hombre traslada a los ámbitos sociales, institucionales y de gobierno.


      1. 2.1.2 Historia moderna del debate Estado Mercado


Las concepciones modernas de Estado y Mercado, el primero como organización política y jurídica de la comunidad, que procura el bien común (2) y el segundo, como institución social en la que los bienes, servicios y factores productivos se intercambian libremente entre los compradores y los vendedores (3), configuran dos principios que expresan acabadamente dos mundos que, aunque interactúan permanentemente, en su esencia son muy diversos: el mundo de la política y el mundo de la economía.


El Estado, con los cuatro elementos que lo conforman (territorio, población, gobierno y poder), constituye el espacio estructurado (entes y órganos del Estado) que actúa como brazo operativo para la conducción del proyecto social que expresa la voluntad y valores del pueblo, mientras que el Mercado, es el espacio no estructurado donde se determinan los precios y donde se expresa la voluntad de los individuos, quienes, como productores y consumidores, negocian transacciones sobre la base de valores y preferencias individuales.


Es más, en algunas concepciones de Mercado, resulta imperativo no sólo la eliminación de los condicionantes políticos expresados en las regulaciones del Estado, sino además la remoción de todos aquellos obstáculos que pudieran entorpecer las relaciones entre compradores y vendedores al momento que éstos establecen las cantidades y los precios de los productos que transan.


Tal el pensamiento del escocés Richard Adam Smith (1723/1790), profesor de la Universidad de Glasgow y principal referente de la “economía clásica” (considerado por algunos el padre de la economía política), quien en el año 1776, expuso su teoría: “la ganancia es el principal motivo de la conducta de las personas” y “la competencia induce a buscar mejoras de las que se beneficia el conjunto de la sociedad” (4).


Esto es el Paradigma Competitivo: si a cada individuo se le permitiese el logro de sus objetivos, en la búsqueda de la satisfacción de esos intereses particulares y a través de la competencia, en una situación de libre comercio, se alcanzaría la satisfacción de los intereses de todo el grupo. De acuerdo a esta teoría del “lassaie faire” (dejar hacer), basada en la conjugación del interés personal, la libertad de comercio y la división del trabajo, las sociedades producen, a través de la “mano invisible del mercado”, lo que las personas necesitan, a precios razonables.


A partir del concepto de división del trabajo, otro de los economistas destacados de la escuela clásica, el inglés David Ricardo (1772/1823) desarrolló la “ley de la ventaja comparativa”, en la cual postulaba que la sociedad nacional e internacional debería estar organizada según su eficiencia relativa.


Procurar el bien común: garantizar la libertad de cada individuo para su realización personal y la posibilidad para el conjunto social de hacer uso de dicha libertad.

Esto es, bajo los supuestos de una división universal del trabajo basada en la especialización, y de una armonía de intereses entre individuos, grupos y naciones, aún la Nación más pobre podría encontrar un lugar y eventualmente prosperar. (5, David Ricardo citado por Paul Krugman en Economía Internacional: Teoría y Política).


Adam Smith, aunque promovía la no interferencia del Estado en la acumulación de los beneficios, por cuanto éstos eran el motor de la sociedad (“el automatismo económico” conduce al progreso), reconocía al Estado (Soberano –monarca- ó República) importantes roles (deberes) y gastos (4: págs. 614 a 718):

1) Defender la sociedad contra el ataque de otras sociedades independientes: “gastos de defensa”.

2) Defender los individuos contra la violencia, la injusticia y la opresión que pudiera surgir dentro de la misma sociedad: “gastos de justicia”.

3) Establecer y sostener aquellas instituciones y obras públicas que, “aún siendo ventajosas en sumo grado a toda la sociedad, son, no obstante, de tal naturaleza que la utilidad nunca podría recompensar su costo a un individuo o a un número corto de ellos, y, por lo mismo, no debe esperarse que éstos se aventuren a fundarlas y sostenerlas”: “gastos de obras públicas e instituciones públicas”.


A la teoría del lassaie faire le fueron haciendo sucesivos aportes diversos autores entre los que se destacan el matemático francés José Luis Lagrange (1736/1813) y el ingeniero italiano (nacido en París) Vilfredo Pareto (1848/1923), profesor de economía política en la Universidad de Lausana (Suiza), quienes agregan los conceptos de “maximización de las ganancias” y “punto óptimo de equilibrio de los mercados” (6: citado por Joseph Schumpeter en Diez grandes economistas). El “óptimo de Pareto” expresa aquellas situaciones donde la asignación de recursos por acción del libre mercado, ya no puede mejorar la situación de una persona sin que otra se vea perjudicada.


En otro extremo, Karl Marx (1818/1883), alemán inicialmente Hegeliano de izquierda (a punto de partida de Hegel se distingue la derecha de la izquierda), doctorado en Derecho y admirador de los socialistas utopistas franceses (Saint-Simón, Fourier, Proudhon y Leroux), en 1847 fundó en Bélgica junto con Friedrich Engels (1820/1895), la Liga (Bund) de los Comunistas, cuyo programa político y filosófico fue fijado en 1848 en el Manifiesto del Partido Comunista: “proletarios del mundo uníos” (7). Los autores planteaban que el comunismo internacional debía unirse, como un solo haz, con la clase obrera internacional, con el proletariado, al que consideraban el sujeto de la anhelada revolución contra la burguesía.


Según Marx, los proletarios eran los trabajadores que en el desarrollo de la sociedad industrial, al no ser propietarios de los medios de producción, se veían obligados a transar frente a la burguesía su única posesión, la fuerza del trabajo, como mercancía (8). Los artesanos, como eran propietarios de los medios de producción, no formaban parte del proletariado. En la concepción de Marx y Engels, en el mundo capitalista, donde la libertad es ficticia, la clase de los poseedores (la burguesía que dispone de los medios de producción) se enriquece progresivamente por medio de la apropiación ilegítima (alienación) de la renta (plusvalía) que produce el trabajo realizado por la clase de los desposeídos o trabajadores (el proletariado), quienes a su vez, simétricamente devienen más pobres. (9).

Las características definitorias del capitalismo, según Marx, son:

  • La propiedad privada de los medios de producción.

  • La existencia del trabajo libre o asalariado.

  • El estímulo del beneficio y la voluntad de acumular capital.


Para comprender cabalmente el pensamiento de Marx es necesario contextualizarlo con algunos ejemplos de la realidad laboral británica de mediados del siglo XIX (8, págs. 359 a 365):

1) La ley laboral de 1833 establecía que la jornada laboral ordinaria debía comenzar a las 5 ½ de la mañana y finalizar a las 9 de la noche, y que dentro de esos límites (15 hs.) era legal emplear jóvenes (personas entre 13 y 18 años). La ley prohibía lo que antes era usual: emplear a niños menores de 9 años. También limitaba a 8 hs., el trabajo de los niños entre 9 y 13 años.

2) La ley fabril de 1844 estableció la jornada laboral de 12 hs. (sin pausa legal), aunque redujo a 8 años la edad de los niños que podían ser empleados. Esta ley fue enormemente resistida por los empleadores ingleses, quienes impusieron reducciones salariales para poder extender la jornada laboral (nuevamente a 15 hs.), a través de permitir a los empleados alcanzar el nivel salarial anterior cumpliendo horas extraordinarias de labor.

3) La ley fabril de 1850 redujo la jornada laboral de jóvenes y mujeres a 10 ½ hs.

4) A partir de 1860, diversas leyes especiales (por rama de trabajo) fue llevando la jornada laboral a 10 hs.

5) En congresos obreros de Europa y Estados Unidos de la década 1861/1870 comenzaron a surgir presiones para lograr la jornada laboral de 8hs.



Marx proponía por vía de la unión de los trabajadores (sindicatos, asociaciones de sindicatos y partidos obreros) y la lucha de clases, una nueva sociedad no sólo sin clases y por lo tanto sin poseedores explotadores ni trabajadores explotados, sino además sin Estado, o por lo menos sin Estado opresor, por cuanto en la cosmovisión de Marx dicho Estado, bajo la pretensión de libertades formales, se había convertido en un instrumento de explotación.


Sólo en esa nueva sociedad “comunista” el hombre podía ser verdaderamente libre de toda servidumbre. En esencia, la obra de Marx realiza un análisis del proceso capitalista y sostiene la teoría que dicho proceso inexorablemente conduciría a la destrucción del mundo capitalista y al surgimiento de una sociedad comunista. Sin embargo Marx nunca explicó como sería la economía, en esa nueva sociedad.


En rigor a la verdad, el concepto de mercado es más amplio que el concepto de capitalismo expresado por Marx. La esencia del mercado se encuentra en el papel central que cumplen los precios relativos en las decisiones distributivas. La esencia del capitalismo, en cambio, está dada por la propiedad privada de los medios de producción y la existencia del trabajo libre asalariado. En la práctica, sin embargo, el sistema de mercado ha tendido a asociarse con el capitalismo internacional.







La teoría de Marx debió esperar veinticinco años después de su muerte para ser llevada a cabo por Lenin (cuyo verdadero nombre era Vladimir Ulich Ulianov (de la ciudad de Ulianov; 1870/1924), en la revolución Rusa de 1917. Lenin pensaba en términos concretos de lucha por el poder y de conquista del Estado por el proletariado (10).


En la revolución del año 1917, los “bolcheviques”, fracción radical del partido socialista creada en 1903 y liderada por el propio Lenin, tomaron violentamente el poder, poniendo fin al Imperio Ruso que desde mediados del siglo XIV se había expandido desde el inicial Principado Moscovita, de 6.000 Kms2, hasta anexar territorios contiguos por más de 3 millones de Kms2 y sometiendo a más de 100 grupos étnicos y religiosos, entre ellos musulmanes. La revolución bolchevique proclamó el socialismo y estableció “consejos” de obreros, campesinos y soldados denominados “soviets”. El Zar Nicolás II y su familia fueron arrestados y fusilados. Para contener la diversidad étnica heredada del Imperio Ruso, Lenin impulsó la formación de una Federación de Estados denominado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), con una cierta autonomía.


Tras la muerte de Lenin (1924) asumió Stalin el poder dentro del partido comunista, y luego de eliminar políticamente a Trotsky (quien impulsaba la “revolución permanente”), inició una dictadura unipersonal. Stalin, que propugnaba la cristalización de la revolución primero en Rusia, llevó adelante un gobierno de un fuerte estatismo y centralismo moscovita, restringiendo las escasas autonomías que tenían las “Repúblicas Soviéticas”. Las principales características del gobierno de Stalin fueron:

1) La expropiación de todas las tierras cultivables de medianos y grandes productores entregándoselas a los campesinos: la revolución agraria.

2) Un acelerado proceso de industrialización en manos del Estado, con desarrollo especial de la industria pesada.


En occidente, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, hasta la década 1921/1930, a pesar de los desarrollos de los socialistas, prosperó la cosmovisión liberal y se concretó un enorme desarrollo industrial, en el marco de la economía de mercado. Asimismo se fueron consolidando los actuales Estados Europeos.


El siglo XVIII, además de conocido como el siglo de las luces, es considerado como el siglo de las dos revoluciones (revolución francesa y revolución industrial) fue un siglo de gran crecimiento Británico. En Inglaterra, en 1733, aparecieron las primeras máquinas hiladoras y tejedoras, mientras que en 1740 se comenzó a fabricar acero en crisol (recipiente de material refractario). En 1769, el ingeniero escocés James Watt (1736/1819) perfeccionó (haciendo más eficiente) la máquina a vapor (desarrollada por Tomás Newcomen en 1712), con lo cual se utilizaba la energía del vapor a presión para producir energía mecánica. Watt también, a través de un sistema de barras articuladas, logró transformar el movimiento alternativo del pistón en un movimiento rotatorio que hacía girar un eje (principio de la locomotora a vapor). Estos desarrollos fueron la base de la revolución de orden económico y social denominada “Revolución Industrial” o “Maquinismo”, en la cual, además de sentarse las bases del modelo industrial, se consolidó el modelo capitalista de concentración de la propiedad de los medios de producción.


La revolución industrial también se la denomina segunda Revolución de la Humanidad, entendiendo por revolución un período de gran aceleración en la historia del hombre. La primera revolución según este concepto, habría sido la Revolución Neolítica, 12.000 años antes, cuando por el aprendizaje del hombre de los principios de la agricultura (y la consiguiente disposición de alimentos), se pasó de la vida nómada a la sedentaria. Primera y segunda olas, en la metáfora de Alvin Tofler, autor que a fines del siglo XX (1980) consideraba que la humanidad estaba transitando el inicio de una nueva ola (11), una tercer ola con el inicio de una nueva civilización en la cual se produce uno de los cambios más importantes de la historia de la humanidad: el cambio del poder (12). Poder que ya no reside sólo en la fuerza (Estado) ni en la riqueza (Mercado), sino, que progresivamente, en la nueva civilización aparece una fuente de poder de más alta calidad: el acopio de conocimiento por parte de la sociedad.


A pesar que se ha asociado la sociedad industrial y el desarrollo de la tecnología con el mercado y la vida económica moderna, en verdad, el florecimiento científico de lo siglos XVII y XVIII, que sentara las bases de la industria y la tecnología modernas, no debe ser reducido como efecto meramente de causas económicas. La ciencia es una creación intelectual que surge esencialmente a partir de la curiosidad humana y del intento del hombre por entender el universo y sus leyes. Sin embargo, es importante reconocer que sin la demanda de nuevos productos y la demanda de mayor eficiencia por parte del mercado (sin dejar de reconocer el otro gran demandante: el mundo de la guerra), se hubiera visto reducido en gran medida el incentivo para el desarrollo de las ciencias y el desarrollo de las innovaciones tecnológicas.


La otra revolución del siglo XVIII, la Revolución Francesa (1789) o Revolución Burguesa, de contenido político (rechazo a la monarquía absoluta), económico (oposición de la burguesía al pago de impuestos a la nobleza –aristocracia-) y social (promoción de la libertad e igualdad de todos los individuos), a través de la Asamblea Nacional Constituyente (reunión de los Estados Generales, especie de parlamento constituido por representantes de los tres “estados”: la nobleza, el clero y el tercer estado -la burguesía y los campesinos-), por medio de la “Declaración de los derechos del Hombre” (expresión de un ideario de derechos: libertad; igualdad de todos ante la ley; propiedad; seguridad y resistencia a la opresión), se consagró esencialmente el triunfo de la burguesía (comerciantes y artesanos) por sobre el autoritario poder feudal latifundista asociado al alto clero (13).


De este modo, la burguesía liberal se convirtió en la clase política y económicamente dominante, con capacidad de imponer las condiciones generales del funcionamiento del Mercado. Ambas revoluciones del siglo XVIII fueron la base de un intenso crecimiento de la economía de Mercado a escala mundial, a lo largo de todo el siglo XIX. En oposición a la tradición de Europa occidental, surgida de ambas revoluciones, donde el Estado debía intervenir lo menos posible en el mecanismo de los precios establecido por el Mercado, la tradición socialista de Europa oriental sostenía que el Estado era el único que debía intervenir para establecer el ordenamiento económico y el equilibrio en la distribución de la riqueza.


A fines de la década 1921/1930 y comienzos de la década 1931/1940, concordantemente con el crecimiento de los monopolios y la caída del empleo, se produjo una gran crisis en la economía occidental que el propio mercado no pudo resolver. Es entonces cuando el economista de Cambridge, John Maynard Keynes (1883/1946), contra la tendencia de los “conservadores” de mantener a ultranza el equilibrio presupuestario del Estado, sostuvo que ante las crisis es el Estado quien debe intervenir y atemperar los efectos negativos del Mercado (14). Keynes realizó una crítica a los postulados de la economía clásica acerca de la demanda, la producción, el precio, el ahorro, el interés, los salarios y el empleo (14, pág. 25 a 37).


La teoría clásica sostenía que en una economía pura de mercado, los salarios reales (lo que se puede comprar con el salario) son flexibles (rápidamente se reacomodan a los precios de los bienes y servicios) por lo cual debía impedirse que el Estado fije valores mínimos a los salarios nominales (monto en moneda corriente). Los clásicos sostenían que si el Estado fijaba salarios mínimos, la oferta de trabajo superaba la demanda, generándose desempleo. Keynes por el contrario sostenía que si el Estado no intervenía para aumentar el salario nominal de modo que se mantuviera el salario real, caía el consumo por caída del salario real por cuanto los salarios reales, en verdad no se reacomodan rápidamente a la inflación (aumento del índice de precios al consumidor).


Keynes introdujo el concepto de intervención del Estado para modificar las expectativas de corto y largo plazo, en el sentido de aumentar la propensión a consumir, lo cual actuaría como multiplicador de la tasa de inversión y ocupación; luego mejorarían los salarios reales lo cual finalmente potenciaría el consumo (207 a 213).

En esencia Keynes sostenía que el Estado debe intervenir con una política de expansión económica por medio del aumento generalizado del empleo, del poder adquisitivo y del nivel de vida de la ciudadanía. El Estado debía intervenir gastando esencialmente en los aspectos sociales (Gasto Social) para corregir el efecto de regresión de los ingresos y activando la producción a través de favorecer más el gasto de la población (consumo) que el gasto de las empresas (inversión), ya que el consumo es el motor de la economía. Keynes puso en práctica sus principios intervencionistas como asesor económico de los gobiernos de Inglaterra y los Estados Unidos.


A partir del año 1940, con una aceleración luego de la segunda guerra mundial, se aplicaron en el mundo capitalista, políticas basadas en las ideas de Keynes, con un claro crecimiento de la intervención Estatal. En algunos países, la participación del Estado se limitó a los servicios de trasportes y comunicaciones (Gran Bretaña y Alemania), mientras que en otros, la intervención del Estado se extendió a la industria y el comercio (Italia, España, Francia y Latinoamérica).


De este modo fue corporizándose el concepto de Estado Benefactor, (Welfare State) que se había insinuado a fines del siglo XIX con el surgimiento en Alemania de los primeros seguros sociales (impulsados por el Estado) contra infortunios, y que se consolidara definitivamente con el informe Beveridge y las leyes que le siguieron.

La expresión Welfare State la utilizó por primera vez el arzobispo de York (Inglaterra), William Temple, quien en su libro “Citizens and Churchmen” (1941), propuso cambiar el término Warfare State (Estado de la guerra, en alusión al Power State de la Alemania Nazi) por el de Welfare State, que denotaba la vida en paz, democracia y bienestar de los ciudadanos (15). Al año siguiente (1942) Lord Beveridge ponía las bases de la seguridad social universal, a través de la “organización de los servicios sociales que han de proteger todo el ciclo vital de los ciudadanos, desde la cuna hasta la tumba (from de cradle to the grave).


Estado de Bienestar, que contrariamente al Estado Liberal no intervencionista, consideraba que era su responsabilidad intervenir con gasto social y conseguir:

  • Una situación de plena ocupación

  • Un sistema de seguridad social que cubriera la totalidad de la población

  • La generalización de un alto nivel de consumo

  • La garantía de un nivel de vida mínimo incluso para los más desfavorecidos (16)


De la mano de este Estado Benefactor se fueron consolidando diversas prácticas:

1) El Estado Empresario, con la aparición de grandes empresas Nacionales.

2) La promoción y fomento del Estado a diversos sectores de la economía.

3) La política de subsidios a diversos grupos sociales.

4) Las políticas de controles de precios.

5) Mecanismos directos de intervención económica.


El pico más alto del Welfare State se observó en el inicio de la década 1971/1980. Eran años de la Alianza para el Progreso y de líderes con mensajes socialmente aglutinantes, de desafío, idealismo y utopías. Años de inflación en ascenso y una gran guerra (Vietnam) para frenar el avance del comunismo (17).


Aún en tiempos donde la popularidad de la economía Keynesiana continuaba en ascenso y era ampliamente aceptado que el Estado benefactor interviniera a fin prevenir la ciclicidad de las crisis económicas y orientar la redistribución de la riqueza, Milton Friedman, principal economista de la denominada “Escuela de Chicago” (conocida también como “escuela monetarista” y popularmente como los “Chicago boys”) publicó en 1962 (18) las ventajas y beneficios si las políticas públicas se orientaban más hacia el mercado, sin la intervención del Estado en la economía, en todo lo que sea posible. Milton Friedman fue premio Nobel de economía posteriormente en 1976.


Finalmente, sobre el final del siglo XX, luego de décadas de expansión económica de base Keynesiana, luego de décadas de guerra fría en las cuales se originaron acuerdos regionales para la integración económica, política y social (Unión Europea, Mercosur, Comunidad Andina), y luego de la estrepitosa disolución de la URSS con desaparición del comunismo de Europa Oriental en el año 1991, se fue pasando de un mundo dividido en dos bloques, a la hegemonía de los sistemas de economía de mercado, produciéndose el retorno del liberalismo (neoliberalismo) y del conservadurismo (neoconservadurismo).


Neoliberalismo que además de propugnar la “vuelta al mercado” de muchos sectores administrados por el Estado y la reducción del Estado de Bienestar (Estado mínimo), en esta oportunidad vino acompañado de un nuevo fenómeno económico y social: la globalización. Para el pensamiento neoliberal, nutrido esencialmente por los llamados “filósofos de la política libertaria” (además de Milton Friedman, el profesor de Filosofía de Harvard, Robert Nozick y el austriaco premio Nobel de economía 1974, Friedrich August von Hayek) no es competencia del Estado proveer bienestar a los ciudadanos, sino que se trata de una acción subsidiaria de la iniciativa privada (“sociedad del bienestar” y no Estado del bienestar).


Según estos “libertarian political philosophers”, es la iniciativa privada la que debe encargarse de gestionar, en un sistema de libre mercado, los programas de bienestar demandados por los ciudadanos, por cuanto el mercado garantiza mayor eficacia y eficiencia (15: pág. 39).


El neoconservadurismo es también una propuesta liberal que al revalorizar el papel del sistema cultural, y dentro de él la religión, en su rol de fuerza social conservadora de la sociedad, se presenta como una alternativa acerca de los valores contemporáneos. El neoconservadurismo plantea esencialmente una versión actualizada del antiguo debate entre la primacía de la conversión personal y la primacía de la transformación de las estructuras. El neoconservadurismo se encuentra arraigado principalmente en los Estados Unidos, aunque también tiene una importante penetración en Europa.


La base teórica del análisis de los neoconservadores consiste en la distinción de tres ámbitos o “esferas” en el análisis social:

  • La esfera económica, en la que son partidarios del capitalismo

  • La esfera política, en la que defienden la democracia liberal

  • La esfera cultural, en la que buscan valores coherentes con el sistema económico capitalista, aunque analizando sus “contradicciones culturales”, como la cultura hedonista actual, que choca con los valores que permitieron el desarrollo del capitalismo: el ahorro, la austeridad y todas las otras actitudes que el sociólogo alemán Max Weber (1876/1920) había agrupado como “ascetismo intramundano” de los calvinistas (19).


Ronald Wilson Reagan, presidente Republicano (conservador) de los Estados Unidos entre 1981 y 1989 y Margaret Thatcher, primera ministro de Gran Bretaña (además primera mujer en ser primera ministro de ese país) por el partido Conservador (Tories) entre 1979 y 1990 (año de su renuncia), fueron los más altos exponentes de esta nueva ola de liberalismo que en esencia planteaba un nuevo fundamentalismo de mercado.


Globalización: tendencia, de algunos procesos económicos y sociales, de sobrepasar las fronteras Nacionales, para alcanzar una dimensión mundial, favorecida por el gran desarrollo tecnológico de las comunicaciones y el transporte. Inicialmente, la globalización estaba referida a la economía (sentido restrictivo), concretamente a la globalización de los mercados, con un claro exponente en la convergencia de los precios de los comodities entre regiones y países. En sentido amplio, sin embargo, la globalización está referida al conjunto de fuerzas del entorno (macroentorno y microentorno), que presionan las organizaciones sociales, gubernamentales y no gubernamentales, a converger en determinadas tendencias, denominadas megatendencias (20). Comúnmente es comprendida como la supresión de las barreras al libre comercio e integración de las diversas economías nacionales.

Sin embargo, en verdad, tanto Estados Unidos como Gran Bretaña, aunque impulsores del fundamentalismo de mercado hacia afuera, hacia adentro, aún durante los respectivos gobiernos neoliberales mencionados, continuaron evolucionando con un modelo económico que alejado de cualquier fundamentalismo, era funcional a los intereses de las respectivas Naciones.


De hecho, según las propias palabras de Joseph Stiglitz (profesor de Economía en la Universidad de Columbia, ex presidente del Consejo de Asesores Económicos del ex presidente Clinton, ex vicepresidente del Banco Mundial y premio Nóbel de economía del año 2001) “la industria estadounidense creció tras los muros arancelarios. Desde la primera línea telegráfica entre Washington y Baltimore, construida por el Gobierno Federal en 1842, hasta la moderna Internet, desde la ampliación de los servicios agrícolas en el siglo XIX hasta la investigación militar del XX y el XXI, se fomentaron nuevas industrias mediante una política industrial discrecional y de orientación mercantil” (21). Para los mercantilistas, el objetivo central de la política económica es lograr un excedente comercial, por lo cual es necesario proveer los instrumentos, como el proteccionismo, para fomentar las exportaciones (3, pág. 764).


A principios de la década 1991/2000, tras la caída del muro de Berlín y de la mano del profundo ataque de la escuela monetarista a las ideas keynesianas, en los más altos círculos económicos de la triunfante economía capitalista, se consolidó el listado de medidas de política económica descripto por John Williamson en “Lo que Washington quiere decir cuando se refiere a reformas de las políticas económicas” (22).


El listado de Williamsom, verdadero paradigma de “ortodoxia económica” que pomposamente fue designado como “Consenso de Washington”, concreta diez temas de política económica, en los cuales según el autor, “Washington” está de acuerdo. Washington significa el complejo político-económico-intelectual integrado por los organismos internacionales (Fondo Monetario Internacional -FMI- y Banco Mundial -BM-), el Congreso de los Estados Unidos de América, la Reserva Federal, los altos cargos del Gobierno Norteamericano y los grupos de expertos asociados.


El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que junto a la Organización Mundial de Comercio (OMC) constituyen las tres principales instituciones que gobiernan la globalización, tuvieron su origen en la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas de julio de 1944 en la localidad de Bretton Woods (Estado de New Hampshire, en Estados Unidos). Tanto la conferencia como la creación del FMI y el BIRF conformaron un enorme esfuerzo concertado para reconstruir Europa tras la devastación de la segunda guerra mundial y prevenir al mundo de una depresión económica, dado que todavía estaba muy presente el fantasma de la depresión de los años 30. Bajo el influjo del economista británico John Maynard Keynes, participante clave de Bretton Woods, tanto el BIRF, cuya misión es erradicar la pobreza en el mundo, como el FMI, cuya misión es preservar la estabilidad económica global (impedir una nueva depresión global), fue aceptado el planteo que ante la falta de una suficiente demanda agregada, ésta debería ser restaurada, a través de políticas activas de los Estados con la colaboración de los organismos multilaterales de crédito.

A pesar del origen de los organismos multilaterales de crédito, los temas del “acuerdo” de Washington (esencialmente macroeconómicos) son:

1) Disciplina presupuestaria: Presupuestos balanceados; No más déficit fiscal; La inflación como parámetro central de la economía

2) Cambios en las prioridades del gasto público: de áreas menos productivas (subsidios a empresas del Estado) a otras más productivas como salud y educación.

3) Reforma fiscal encaminada a buscar bases imponibles más amplias.

4) Liberalización financiera: tasas de interés determinadas por el mercado.

5) Tipos de cambio libres, determinados por las fuerzas del mercado.

6) Liberalización comercial de las importaciones.

7) Apertura a la entrada de inversiones extranjeras directas.

8) Privatizaciones, según el dogma de la mayor eficiencia de la empresa privada.

9) Desregulaciones, para promover la competencia.

10) Disminución del tamaño del Estado con rol prioritario en la garantía de los derechos de propiedad.


El problema congénito fundamental del consenso de Washington es que jamás fue objeto de debate general alguno, ni sometido a ninguna votación. Ni siquiera fue ratificado formalmente por los países a los que se les impuso. Otro problema basal es que en él queda prácticamente excluido el tema de la equidad social y el rol sustantivo del Estado en su búsqueda.


Esta exclusión de la equidad es particularmente grave por cuanto una de las regiones donde más se aplican las políticas de ajuste derivadas del consenso de Washington, e implementadas por el FMI, es América Latina, donde reina la exclusión y la inequidad.


Esta realidad queda desnudada cuando como resultado del “consenso”, en varios países (entre ellos la Argentina), en la década 1991/2000, se establecieron las siguientes políticas sustantivas:

1) Reformas fiscales que finalmente perjudicaron a quienes menos poseían.

2) Apertura indiscriminada a las importaciones con perjuicio de la industria local.

3) Apertura a la inversión extranjera sin normas ni controles (capitales golondrina, fondos buitre o dinero caliente).

4) Traspaso de las empresas del Estado a manos de grupos privados extranjeros, con enajenación del patrimonio público y despidos en masa.

5) Desregulaciones que muchas veces representaron disminución o supresión de garantías laborales, controles sociales y ambientales.

6) Gobiernos de menor tamaño salvo en su faceta policial y en su garantía absoluta del derecho de propiedad.


El consenso de Washington tampoco tuvo en cuenta temas centrales como:

  • La necesidad de un crecimiento sustentable de los países menos desarrollados

  • La necesidad de preservar el ambiente

  • La necesidad de garantizar verdaderas condiciones de libre competencia


En las palabras de Joseph Stiglitz (23): “Algunos países han seguido muy de cerca los dictados del modelo, pero no han experimentado funcionamientos económicos especialmente fuertes. Otros países han ignorado muchos de los dictados (como mínimo respecto a detalles cruciales de secuenciación) y han experimentado algunas de las tasas más altas de crecimiento sostenido que el mundo haya visto jamás (países Asiáticos)”. “Concentrándose en un grupo excesivamente estrecho de objetivos (incremento del PIB), otros objetivos, como la equidad, pueden haber sido sacrificados (...). Intentando forzar una transformación rápida (a menudo imponiendo una acentuada condicionalidad al recibir la asistencia vitalmente necesaria) no sólo han sido minados los procesos democráticos, sino que se ha debilitado, a menudo, la sostenibilidad política”.


Según Stiglitz, los objetivos de la política económica no pueden ser reducidos al incremento del PIB. Se deben incluir:

  • La mejora de los niveles de vida (incluyendo educación y salud).

  • Un desarrollo sostenible ecológica y políticamente.

  • Un desarrollo igualitario.

  • Un desarrollo democrático, incluyendo la participación de los ciudadanos en las decisiones colectivas que los afectan.



A lo largo de la década 1991/2000, de la mano del consenso de Washington y cabalgando sobre el neoliberalismo y el neoconservadurismo, es posible observar como se fueron desarrollando las siguientes megatendencias sociales casi universales:


  1. La mayoría de las sociedades transitaron por procesos de apertura, lo cual sumado a la explosión de las comunicaciones fue desarrollando en ellas “estilos de vida globales”.


  1. Se consolidaron amplias integraciones regionales aunque se preservan los “nacionalismos culturales”


3) La economía se fue globalizando. A través de megafusiones fueron surgiendo poderosas corporaciones supranacionales, con capacidad de generar lobbies asfixiantes sobre los Estados.


4) Los Estados, compelidos a cerrar el déficit fiscal fueron cediendo espacio tanto como asignadores de recursos frente al Mercado, como prestadores de servicios frente al sector privado, transfiriendo a los individuos gran parte del riesgo económico frente a los infortunios. Se fue produciendo una minimización del Estado (“Estado mínimo”) y se fue “privatizando el Estado de Bienestar”.



Latinoamérica cerró la década 1991/2000 con un claro retroceso respecto del Estado de Bienestar.

Jorge Wertheim, representante de UNESCO para Brasil, en el Foro Social Mundial celebrado en 2002 en Porto Alegre, denunció el dramático aumento de las desigualdades y un increíble agravamiento de la pobreza en el mundo en vías del desarrollo y subdesarrollado (24):

1) En 1980 había 120 millones de pobres; mientras que en 1999 el número había aumentado hasta 220 millones, esto es, alcanzando casi un 45% de la población.

2) El 20% más rico es casi 19 veces más rico que el 20% más pobre, cuando la media mundial es que los ricos son sólo 7 veces más ricos que los más pobres.

3) Se produjeron importaciones masivas que produjeron la desaparición de empresas privadas de capital nacional.

4) Las empresas públicas como los ferrocarriles, las telecomunicaciones, las líneas aéreas, los suministros de agua potable y energía fueron privatizadas y pasaron a manos de macroempresas extranjeras.

5) Se congelaron salarios y millones de trabajadores fueron despedidos de las ex empresas públicas y de las empresas privadas quebradas.


Asimismo, según la Organización Internacional del Trabajo, el 84% de empleos que se crearon en la década 1991/2000 fueron precarios y con bajos salarios.



Sin embargo, la presente década (2001/2010) se ha iniciado con promesas de un nuevo equilibrio Estado Mercado en Latinoamérica. Cuatro hechos parecieran auspiciar esta tendencia:

1) El cambio de tendencia de los gobiernos de la región en la década 2001/2010.

2) James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial, proclamó en noviembre de 2002, en una reunión latinoamericana (en Río de Janeiro) preparatoria del Foro Económico Mundial de Davos 2003: “El Consenso de Washington ha muerto”.

3) Jacques Chirac, presidente durante 2003 del G7 (el grupo de los siete países más ricos del mundo), ha prometido luchar por “una globalización controlada y solidaria”.

4) Joseph Stiglitz reconoce que los países que tuvieron más éxito (los del este de Asia) siguieron políticas claramente diferentes de las del Consenso de Washington: antes de la crisis financiera de 1997, el este de Asia experimentó tres décadas no sólo de crecimiento sin precedentes, sino también de reducciones sin precedentes de la pobreza.



      1. 2.1.3 Respuestas pendientes


En esta breve reseña histórica de la evolución paralela e interactiva de los paradigmas de Estado y del Mercado, es posible observar con nitidez como existe un común denominador donde la lógica del Mercado, al decir de Helbroner (citado por Gilplin: 25), lleva a radicar las actividades económicas donde son más productivas mientras que la lógica del Estado tiende a captar y controlar los procesos de crecimiento económico y la acumulación de capital.


Esta intervención del Estado es debida no sólo a fallos de competencia, información o presencia de externalidades, sino esencialmente a los fallos normativos del mercado, referidos a fallos en la equidad. Esto es, el mercado impulsa la redistribución de la tierra, el trabajo y el capital hacia aquellas actividades en las cuales resultan más productivos en términos económicos, pero no en términos sociales.


Por ello se habla de fallos del mercado referidos a la equidad en dos cuestiones sustantivas:

1) En la distribución del ingreso. Esto es: el paradigma de mercado puede garantizar la eficiencia de un sistema económico pero no puede garantizar la equidad en la distribución de la riqueza generada.

2) En el consumo de bienes y servicios preferentes. El mercado tampoco garantiza el acceso a los bienes preferentes como salud y educación.


Una de las características de la economía de mercado es considerar los factores productivos (tierra, capital y trabajo) como mercancía y la tendencia a incorporar todos los aspectos de la sociedad en la órbita del mecanismo de los precios: “el valor de las cosas es su precio”. Consecuentemente los mercados tienen un efecto profundo sobre las relaciones sociales tanto a nivel nacional como internacional. Esencialmente se crean divisiones jerárquicas sobre la base de la especialización en la producción (ventajas comparativas de costos) que origina, nacionalmente e internacionalmente, tanto un centro dinámico caracterizado esencialmente por sus mayores niveles de tecnología y desarrollo económico como una periferia dependiente y empobrecida.


Algunos autores como Milton Friedman sostienen que a posteriori los mercados tienden a diseminar en todo el sistema la riqueza y crecimiento que generan, esto es la teoría del rebosamiento. Sin embargo, en la realidad, el desarrollo y diseminación del crecimiento y la riqueza han demostrado que son desiguales, tanto en el sistema nacional como internacional. En consecuencia, existe una tendencia por parte de los Estados a intervenir en las actividades económicas a fin de promover los efectos beneficiosos del mercado y prevenir los que perjudican al conjunto social.


Externalidades: efectos no pecuniarios, sean costos o beneficios, que se introducen durante la producción o el consumo de los bienes y servicios, que no están contenidos en los precios de dichos artículos de consumo, y por ende no tienen contrapartida.


Bien (o servicio) preferente (meritorio o tutelar: bien prioritario para la comunidad por cuanto hace al bienestar general y por lo tanto es de interés que todas las personas lo consuman además porque los beneficios de su consumo son superiores a los gozados por el propio consumidor (externalidad positiva).

Sin embargo, aunque Estado y Mercado constituyen dos paradigmas claramente diversos de ordenamiento de las relaciones humanas, es innegable su interacción e influencia recíprocas toda vez que el Estado, por su capacidad de determinar las reglas que gobiernan los derechos de propiedad y el desenvolvimiento de las actividades económicas influye en los resultados económicos, así como el Mercado, por su capacidad de generar riqueza, es una fuente de poder que influye en los resultados políticos (25).


Mientras que las poderosas fuerzas de mercado, en la forma de comercio, dinero e inversión extranjera, tienden a saltar las fronteras nacionales a fin de escapar al control político, la tendencia del gobierno es a restringir, encauzar y hacer que las actividades económicas sirvan a los intereses manifiestos del Estado.


Además, la introducción en una sociedad de las fuerzas del mercado y del mecanismo de precios, tienen efectos altamente desorganizativos en la sociedad, por cuanto tienden a avasallar e inclusive a disolver las relaciones sociales establecidas y las instituciones tradicionales. Como consecuencia de la competencia y la expulsión de los agentes “ineficientes” se incrementa la vulnerabilidad de numerosos grupos sociales que tienen pocos elementos para defenderse ante acontecimientos adversos. Lo cual obliga a todos a adaptarse a nuevas pautas. Asimismo, los mercados presentan fluctuaciones cíclicas, sobre las cuales la sociedad civil y los Estados tienen escaso control.


Por consiguiente, el mercado constituye una poderosa fuente de cambio sociopolítico por lo cual ningún Estado, aún los más liberales, permite el desarrollo pleno y no regulado de las fuerzas del Mercado.


En síntesis, en la actualidad, en un escenario donde existen muy pocos pueblos que no estén configurados como Estados y el mercado se ha extendido globalmente en casi todas las sociedades como forma de intercambio económico, generando una compleja trama de interdependencias, el Estado y el Mercado interactúan y se enfrentan para determinar la distribución del poder y la riqueza tanto en el seno de cada sociedad como en el marco de las relaciones internacionales.


Es por ello que la tensión e interacción entre estos dos paradigmas organizativos de la vida social de las Naciones no sólo han sido y son temas de intensos debates académicos sino que esencialmente se han convertido en determinantes clave de la configuración del curso de la historia.


El último y apasionante debate, de interacción y enfrentamiento entre Estado y Mercado está condensado en las siguientes preguntas:

  1. El triunfo de la economía de mercado observado en las postrimerías del siglo XX, implica la legitimación de un retorno radical al capitalismo liberal o admite el mantenimiento y el desarrollo de los Estados del Bienestar?

  2. Podrá concretarse alguna forma de “tercera vía” entre el socialismo y el fundamentalismo de mercado, que pueda sostener los valores que dieron origen al Estado Benefactor: libertad, solidaridad, justicia, seguridad y democracia?

El concepto de “tercera vía” del que hoy se habla, gracias a la difusión que le diera en 1998 el primer ministro Británico Anthony (Tony) Blair al lanzar el neolaborismo, ha sido desarrollado por el sociólogo Británico Anthony Giddens. Esta metáfora del discurso político, sin embargo no es en absoluto nueva. Fue utilizada en 1951 en la fundación de la Internacional Socialista (organización mundial de partidos socialdemócratas, socialistas y laboristas que actualmente agrupa a 168 partidos políticos y organizaciones de todos los continentes). También representaba el título del programa económico de la Primavera de Praga de 1968 (rebelión del partido comunista Checoslovaco contra Moscú en 1968, que duró unos meses, hasta que las tropas rusas invadieran Praga). También en la década 1931/1940 se hablaba del fascismo como una “tercera vía” entre el capitalismo y el socialismo. En la Argentina una “tercera posición” era sostenida por Juan Domingo Perón, como alternativa entre el comunismo (la izquierda) y el capitalismo (la derecha).


Sin embargo, es importante resaltar que la “tercera vía” de Giddens / Blair no se trata de una “tercera posición” entre comunismo y capitalismo, por cuanto nunca existió en Gran Bretaña una implantación de políticas económicas y/o sociales de corte socialista-marxista, es decir, de economía centralmente planificada y un Estado propietario de los medios de producción, como sí ocurrió en la URSS y en sus aliados de Europa del Este. Se trata de una “tercera vía” entre las viejas socialdemocracias europeas con abundante intervencionismo estatal y el neoliberalismo. Casi una autocrítica socialdemócrata o laborista, en el entendimiento que el programa de reformas neoliberales llevado adelante por parte del gobierno de Margaret Thatcher fue la respuesta de una sociedad británica hastiada con ciertos “excesos” del Estado del Bienestar Keynesiano, como por ejemplo, el abuso con los subsidios a desempleados.


Algunos pensadores, como el profesor de economía política internacional de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Francis Fukuyama, sostienen que “es posible que lo que estamos presenciando no sea simplemente el final de la guerra fría... sino... el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano” (26). Fukuyama concluye que el liberalismo y la democracia liberal occidental son las formas ideológica y política adecuadas a un sistema de economía de mercado; como si las últimas sociedades que han surgido en la humanidad tuvieran una “pieza clave”, el Mercado, que tiende a configurar el resto de elementos de dichas sociedades. Como si el Mercado fuera la única pieza clave posible, para configurar un sistema ideológico y político homogéneo.


Otros autores, en cambio, como Joseph Miralles de la Universidad ESADE (Escuela de Administración y Dirección de Empresas) de Barcelona, se inclinan a pensar, aún sin renegar de los reconocidos beneficios de la economía de mercado, que es posible retener en el Estado de las sociedades futuras, la matriz de valores presentes en el origen del Estado del Bienestar (27).





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